
En el tema del amor me explayé ampliamente el pasado año, dedicándole varias entradas a caballo de la poesía, al amparo de varias teorías motivacionales y otras, que fui interpretando a mi manera e, incluso, creando. Empecé el asunto el 9 de julio, cerrando el tema el 16 de septiembre. En ello incluí un relato: La berrea, que explicitaba una experiencia imaginaria, pero clarificadora a mi modesto entender.
Abordé la salud recientemente, retrotrayéndome a un artículo que publiqué hace 22 años en la prensa. La presenté como tridimensional, bajo la perspectiva biopsicosocial. Y es que en este mundo nada es unicausal. La pluricausalidad es la esencia de un sistema abierto, con todos sus elementos en interacción entre sí y con el exterior. En nuestro caso los factores biológicos, psicológicos y sociales se concatenan en una interacción que sustenta el grado de bienestar, de salud, del sujeto.
Me falta tocar el asunto del dinero. La verdad, es un tema complejo, pues nuestro mundo lo tiene como motor y andamos esclavos de él, es el que nos permite comprar todo, al menos en apariencia, el que nos da prestigio social, y nos acerca a la felicidad, insisto, aparentemente. Poderoso caballero es Don Dinero, decía Quevedo con toda la razón hace ya cuatro siglos. El asunto es que sigue siéndolo y no sabemos hasta cuando. Pero la felicidad no está en poseer cosas, en la ostentación y el deslumbramiento de los demás o, al menos, no debe de estar cuando un sujeto es maduro y no se deja llevar por estos infantilismos.
Para mí, esta reflexión tiene una especial importancia, pues determina mi posicionamiento respecto a ese perverso motor, que se ancla en la codicia que tanto mal ha hecho, y está haciendo, en nuestros días. Veamos, si no, la crisis financiera y la consecuente especulación que nos ha llevado a esta profunda tribulación. Esta situación la comenté el año pasado en la entrada: “El tobogán de la codicia”.
Me pregunto, entonces, si el elemento motivador de nuestra conducta es, o ha de ser, el dinero. Si este ha de marcar la pauta del desarrollo de los seres humanos y la evolución que, previsiblemente, nos acecha. Si el dinero es un medio o es un fin en sí mismo. En todo caso, si el dinero es mi aliado o mi enemigo. Si es como una buena medicación, que aplicada en su justa medida sana y en grandes dosis envenena.
Para situar el tema, en esta primera parte, me gustaría referirme a un par de teorías o postulados, que nos ubiquen en disposición de entender los razonamientos y argumentaciones que expondré posteriormente. En su interpretación me apoyaré para consolidar la idea central del debate.
No sé si conocéis la teoría bifactorial de Herzberg aplicada a la motivación laboral. En ella se mantiene que hay factores motivadores y factores higienizantes. Los primeros, bajo mi punto de vista, e interpretando a Herzberg, son los que surgen intrínsecamente, del interior, y tienen relación con la consistencia psicológica interna del sujeto, con los aspectos cognitivos y la forma de afrontamiento, con sus principios y valores, con su capacidad intrínseca de implicarse en un proyecto o idea. Son los verdaderamente motivantes. Los segundos, los higienizantes, llamados también de mantenimiento, son factores externos que suelen crear un contexto, entorno, o ambiente, que facilitan la existencia de los primeros; es decir, la situación adecuada para que aflore la motivación verdadera.
Herzberg sostiene que los primeros hacen alusión a la satisfacción, apareciendo esta cuando se dan, y la “No satisfacción” aparece cuando no existen. Los segundos, o higienizantes, los relacionan con la insatisfacción. Si se dan hay “no insatisfacción” y si no se dan aparece la insatisfacción. Obsérvese que no es lo mismo, para él, la insatisfacción que la no satisfacción; la satisfacción, que la no insatisfacción.
¿Y esto por qué? Yo, siguiendo sus planteamientos, sitúo el concepto de satisfacción en los aspectos intrínsecos del sujeto, en lo más profundo, en su interior y los valores y principios que nos mueven verdaderamente hacia los objetivos. Me refiero al mayor nivel de implicación por convencimiento propio, dimanante de lo más profundo de su ser. Son los verdaderos motivadores basados en la esencia del ser humano, como ya hemos apuntado.
El concepto de insatisfacción lo estable dependiente de los aspectos externos, de lo que incidan los hechos de los demás en nosotros, de la influencia del contexto; son cuestiones ambientales que nos facilitan las cosas o que nos las complican a la hora de ejercer una actividad. En todo caso, la no insatisfacción, como situación ideal, nos permite un estado o entorno adecuado para que se dé la verdadera motivación.
Dentro de los motivadores coloca: el trabajo en si mismo, los logros, el reconocimiento en la empresa, una justa carga de responsabilidad, las oportunidades de ascenso... y en los higienizantes: las condiciones de trabajo, las relaciones con superiores y subordinados, la seguridad laboral y el salario... Sí, sí, el salario, el dinero.
Por tanto, es imprescindible, o al menos deseable, que se den los factores de mantenimiento, o higienizantes, para que no aflore la insatisfacción que bloquee, o neutralice, una verdadera motivación al amparo de los factores motivadores. Un buen gerente deberá considerar esta situación para rentabilizar su gestión, facilitando los higienizantes. No incido más en ella, aunque es un interesante tema desde el punto de vista conceptual e instrumental.
Existe otro sugestivo planteamiento, más conocido, elaborada por Maslow. Se trata de una teoría que jerarquiza las necesidades humanas, siendo representada por una pirámide. Establece una priorización para cubrir las necesidades, que se inicia con las necesidades fisiológicas, pasa a las de seguridad, siguiendo con las de afiliación, salta a las de reconocimiento, para llegar, en última instancia, a las de autorrealización (Ver el dibujo de la pirámide). Sostiene que no se puede cubrir la necesidad superior si antes no se ha cubierto, con una satisfacción mínima, la inferior. Ello quiere decir que todo el esfuerzo del ser humano se orientará a conseguir la satisfacción de la necesidad básica y posteriormente a las otras. Uno de los grandes hándicap para el desarrollo cultural, artístico y de autorrealización pasa por tener resuelto el problema de la nutrición, el vestido, el hábitat, etc. Todo lo demás queda supeditado a ello. Si quieres ganarte al hambriento dale de comer y luego dile lo que quieras, que te entenderá mejor...
Pues bien, el dinero lo hemos definido como higienizante por permitir cubrir estas necesidades fisiológicas básicas, de supervivencia y sostenimiento. Ahora bien, pasa a ser motivante cuando la preocupación principal del sujeto viene determinada por la avaricia, por la codicia. Entonces, el acumulo de capital está por encima de cualquier otra necesidad, siendo más satisfactorio, para el individuo, que la propia satisfacción de una necesidad de orden intermedio, lo que no deja de tener un cierto componente psicopatológico. Solo en estos casos entiendo que se entronque al dinero en los factores motivadores, pero, insisto, lo ubico en una morbosa interpretación de su función principal y básica. Lo lógico es que nos facilite las cosas para estar en buena disposición hacia la motivación, cubriendo otras necesidades de índole más material y no que sea un motor o factor íntimo de la satisfacción, sino que evite la insatisfacción, higienizando el campo para que se dé la motivación.



