Opinión | Tribuna
Publicado
en el diario La Opinión de Málaga, el día 12 SEPT 2026 7:00
Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/09/12/conocimiento-panal-134196741.html
La alegoría
del panal sirve como metáfora para explicar la necesidad de abandonar el
pensamiento dogmático y transitar entre diferentes áreas del saber para
alcanzar un conocimiento más profundo
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| Panal de abejas. / Irma Collín |
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El mundo anda revuelto, más de lo
que debiera. Hay demasiada gente segura de lo que piensa desde su autogenerada
infalibilidad mental y, por desgracia, cada vez menos que lo cuestionen todo
para poder elevar su conocimiento y descubrir la verdad desde la humildad del
limitado saber que a todos nos acompaña. Mucha gente se ampara en un pensamiento
enquistado, aislado en sí mismo y dogmático, que enmascara su incapacidad
para elaborar uno propio desde el análisis racional de los hechos, por
lo que se somete a la doctrina del grupo de pertenencia, que es el garante de
su inserción cultural y social.
Esta puede ser la clave del futuro
que nos aguarda. Los medios nos darán la suficiente información para forjar el
conocimiento, ya elaborado por ellos, para que no tengamos que pensar por
nosotros mismo; o sea, alcanzar el saber sin salir de casa, encerrados en la
celdilla del panal donde se ubica esa artificial sabiduría. Mas no debemos
preocuparnos, entiéndase el sarcasmo, porque la IA ―Inteligencia Artificial― pensará por nosotros y nos protegerá
de los errores propios del ser humano, facilitando el acceso, a través de los medios de información, al conocimiento
que ellos almacenan y controlan… y ¡sálvese el que pueda!
¡Ay, qué pena!, ver sometida la inteligencia humana a un artificioso
proceder donde nuestra inteligencia se atrofia por falta de ejercicio mental.
¿Para qué pensar, si ya nos dan el pensamiento elaborado? ¿Para qué saber quién
fue Zaratustra, si tocando una tecla te informan de todo sobre él?… o tal vez,
pasado un tiempo, andemos con un chip
de IA incorporado al organismo y solo habrá que darle la orden
mentalmente para que nos informe a través de una conexión al Gran Hermano que
nos atrapará con su dominio.
Me horroriza pensar que, una vez
colonizado nuestro pensamiento por IA,
siendo sujetos pasivos, la propia IA evalúe la necesidad de mantener una
especie bioquímica como la nuestra, y concluya que es mejor eliminarla por ser
una carga en su proceso evolutivo de intelecto artificial. En todo caso,
reivindico la necesidad del ser humano para desarrollar su propio y singular
conocimiento elaborado a través de sus procesos
cognoscitivos, donde la IA es solo una herramienta de apoyo siempre
sometida a vigilancia crítica y al libre juicio de la persona.
La alegoría del panal
A raíz de mis reflexiones sobre el
tema, me vino a la memoria una metáfora o alegoría explicativa del proceso de aprendizaje y elaboración
del conocimiento, que manejábamos en los cursos de doctorado de la UMA cuando,
hace décadas, asistía a ellos. La alegoría del panal era una interesante forma
de explicar al alumnado la extensión de los campos de investigación y cómo ir
transitando la ruta del conocimiento
científico a través de ellos. El conocimiento se acumula en todas y cada
una de las celdillas que conforman un inmenso panal. Las celdillas, como ya se
sabe, son las pequeñas cavidades hexagonales de cera que forman los panales de
las abejas. Cada hexágono comunica con otro diferente a través de cada una de
las paredes que lo delimitan. Si nos imaginamos que en cada pared existe una
puerta de paso al contiguo, deduciremos que podremos acceder a seis celdillas o
lugares diferentes desde cada una de ellas, donde se acumula más conocimiento.
Ubiquémonos, amigo lector o
lectora, en una celdilla que es el lugar que ocupamos en ese momento, donde nos
desenvolvemos, su ambiente y entorno material e intelectual acompañado del
conocimiento que se acumula en ella. Es nuestro mundo conocido y razonado desde nuestras percepciones. No sabemos
lo que hay en las otras celdillas, y, aunque pudiéramos imaginarlo en función
de informaciones o hipótesis elaboradas al respecto, solo lo sabremos con
certeza si las visitamos y nos mueve la inquietud por conocer todo el contenido
del panal de la colmena
infinita.
Podremos quedarnos toda la vida en
esa celdilla. No saldremos de ella y únicamente conoceremos lo que ofrece, el conocimiento que almacena. Para saber
lo que hay en las otras nos fiaremos de quienes dicen haber traspasado la
frontera y, tras visitarlas, nos expresan sus elucubradas conclusiones. Es
decir que daremos crédito a quienes obtengan nuestra confianza, a quienes nos
persuadan y pensemos que, dominando tal o cual conocimiento, nos ofrecen su docta opinión.
Atrapados en la celdilla
Si no tenemos nociones en las
materias necesarias para analizar las cosas, ya sea en matemáticas, física,
geografía, historia, etc.; si no disponemos de una mínima base para establecer
un solvente criterio desde un razonamiento
cognitivamente sólido, podremos acabar atrapados en teorías conspiranoicas, y creyendo lo
increíble, incluso el terraplanismo. Siempre fue más fácil creer que pensar.
Creer en lo que otro dice no implica razonar, solo valorar si su discurso es
coherente con los escasos conocimientos que, sobre esa materia, tenemos y que,
por otra parte, son insuficientes para elaborar con garantía nuestras propias
conclusiones.
Recuerdo una interesante y
ocurrente anécdota de finales de los años 60: Un amigo mío, estudiante de
ingeniería, cuyo padre era analfabeto, discutía con el mismo sobre la llegada del hombre a la Luna con el Apolo 11, en julio de 1969. El padre
mantenía que el viaje era un montaje pues llegar a la Luna era imposible,
mientras el hijo, chico de una formación sólida y solvente, le intentaba
convencer de lo contrario. Al final, el padre, acorralado por los argumentos
del hijo, le espetó: «Pues no han ido a la Luna, porque a mí me lo ha dicho mi
amigo El colilla (apodo) y ese sabe leer». Ante tal descalificación del saber
de su hijo, costeado con el esfuerzo y sacrificio del padre, mi amigo abandonó
el debate y se resignó para que el padre no se sintiera ofendido. El caso es
que, a veces, se puede dar credibilidad a quien no la puede tener por sus
escasos conocimientos sobre la materia tratada, aunque tenga un valor especial para
nosotros, una ascendencia, en base a la proximidad y los sentimientos y
emociones que con esa persona compartimos.
La duda, antesala de la verdad
Hace años que esta forma de pensar,
ese juego de explorar en las celdillas del panal, me parece seductor. Siempre
ejercí de «dudante», como defendí en mi artículo «La duda, antesala de la
verdad» publicado en este diario el 17 de enero pasado― convencido de que mis conocimientos limitados no me permiten
dogmatizar sobre nada. En él planteo que: «La ciencia es dudante por definición. Incluso, en muchos casos, ante
las certezas que ya han sido demostradas, siempre existe la duda de que, en
otras circunstancias o contextos que afloraran, pudieran no ser ciertas, dado
nuestro limitado conocimiento».
Yo aconsejo que, con mesura,
vayamos abriendo puertas, entremos en la siguiente celdilla para conocer lo
allí existente y, una vez asimilado, abramos otra de las cinco puertas que nos
ofrece para pasar a ella y seguir incrementando nuestro conocimiento que busca la verdad absoluta, aunque sepamos que esta
es asintótica; o sea, inalcanzable.
Cada respuesta nos plantea cinco
nuevas preguntas, que nos obligan a hipotetizar sobre que habrá tras la puerta
cerrada en todas y cada una de las celdillas colindantes, y despierta el
gusanillo de la curiosidad del
científico que busca comprender el mundo a través de la investigación y la evidencia.
Circulemos entre las celdillas
Hay gente enclaustrada en sus
celdillas que, creyendo que ya lo sabe todo, se resiste ante cualquier planteamiento
que le cuestione su conocimiento,
su opinión, sus valores y principios, lo que implica una dificultad añadida
para su desarrollo y evolución.
«Ya conozco la verdad, para qué buscarla en otro lugar».
Existe demasiada gente de pensamiento enquistado, ya sea de
índole religiosa, ideológico, político, etc. que defiende, con mente cerrada y
resistente a cualquier argumentación lógica, anacronismos que frenan el
desarrollo del intelecto y del conocimiento
científico. ¿Será porque su orgullo no les permite acepta la
inconsistencia de su pensamiento? Tal vez la vivan como una humillación de su
ego en este mundo tan competitivo, donde el prestigio social está en juego.
Mas, en este sentido, no olvidemos
la famosa frase de Bertrand Russell:
«Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que
los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas».
También viene a colación la frase de Mark
Twain: «Es más fácil engañar a la gente, que convencerlos de que han
sido engañados».
Propongo, a modo de conclusión,
este aforismo: «Dudo, luego existo desde mi libre pensar».

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