sábado, 12 de septiembre de 2026

El conocimiento en un panal

 

Opinión | Tribuna

Por: Antonio Porras Cabrera

Publicado en el diario La Opinión de Málaga, el día 12 SEPT 2026 7:00

Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/09/12/conocimiento-panal-134196741.html

La alegoría del panal sirve como metáfora para explicar la necesidad de abandonar el pensamiento dogmático y transitar entre diferentes áreas del saber para alcanzar un conocimiento más profundo

Panal de abejas. / Irma Collín

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El mundo anda revuelto, más de lo que debiera. Hay demasiada gente segura de lo que piensa desde su autogenerada infalibilidad mental y, por desgracia, cada vez menos que lo cuestionen todo para poder elevar su conocimiento y descubrir la verdad desde la humildad del limitado saber que a todos nos acompaña. Mucha gente se ampara en un pensamiento enquistado, aislado en sí mismo y dogmático, que enmascara su incapacidad para elaborar uno propio desde el análisis racional de los hechos, por lo que se somete a la doctrina del grupo de pertenencia, que es el garante de su inserción cultural y social.

Esta puede ser la clave del futuro que nos aguarda. Los medios nos darán la suficiente información para forjar el conocimiento, ya elaborado por ellos, para que no tengamos que pensar por nosotros mismo; o sea, alcanzar el saber sin salir de casa, encerrados en la celdilla del panal donde se ubica esa artificial sabiduría. Mas no debemos preocuparnos, entiéndase el sarcasmo, porque la IA ―Inteligencia Artificial― pensará por nosotros y nos protegerá de los errores propios del ser humano, facilitando el acceso, a través de los medios de información, al conocimiento que ellos almacenan y controlan… y ¡sálvese el que pueda!

¡Ay, qué pena!, ver sometida la inteligencia humana a un artificioso proceder donde nuestra inteligencia se atrofia por falta de ejercicio mental. ¿Para qué pensar, si ya nos dan el pensamiento elaborado? ¿Para qué saber quién fue Zaratustra, si tocando una tecla te informan de todo sobre él?… o tal vez, pasado un tiempo, andemos con un chip de IA incorporado al organismo y solo habrá que darle la orden mentalmente para que nos informe a través de una conexión al Gran Hermano que nos atrapará con su dominio.

Me horroriza pensar que, una vez colonizado nuestro pensamiento por IA, siendo sujetos pasivos, la propia IA evalúe la necesidad de mantener una especie bioquímica como la nuestra, y concluya que es mejor eliminarla por ser una carga en su proceso evolutivo de intelecto artificial. En todo caso, reivindico la necesidad del ser humano para desarrollar su propio y singular conocimiento elaborado a través de sus procesos cognoscitivos, donde la IA es solo una herramienta de apoyo siempre sometida a vigilancia crítica y al libre juicio de la persona.

La alegoría del panal

A raíz de mis reflexiones sobre el tema, me vino a la memoria una metáfora o alegoría explicativa del proceso de aprendizaje y elaboración del conocimiento, que manejábamos en los cursos de doctorado de la UMA cuando, hace décadas, asistía a ellos. La alegoría del panal era una interesante forma de explicar al alumnado la extensión de los campos de investigación y cómo ir transitando la ruta del conocimiento científico a través de ellos. El conocimiento se acumula en todas y cada una de las celdillas que conforman un inmenso panal. Las celdillas, como ya se sabe, son las pequeñas cavidades hexagonales de cera que forman los panales de las abejas. Cada hexágono comunica con otro diferente a través de cada una de las paredes que lo delimitan. Si nos imaginamos que en cada pared existe una puerta de paso al contiguo, deduciremos que podremos acceder a seis celdillas o lugares diferentes desde cada una de ellas, donde se acumula más conocimiento.

Ubiquémonos, amigo lector o lectora, en una celdilla que es el lugar que ocupamos en ese momento, donde nos desenvolvemos, su ambiente y entorno material e intelectual acompañado del conocimiento que se acumula en ella. Es nuestro mundo conocido y razonado desde nuestras percepciones. No sabemos lo que hay en las otras celdillas, y, aunque pudiéramos imaginarlo en función de informaciones o hipótesis elaboradas al respecto, solo lo sabremos con certeza si las visitamos y nos mueve la inquietud por conocer todo el contenido del panal de la colmena infinita.

Podremos quedarnos toda la vida en esa celdilla. No saldremos de ella y únicamente conoceremos lo que ofrece, el conocimiento que almacena. Para saber lo que hay en las otras nos fiaremos de quienes dicen haber traspasado la frontera y, tras visitarlas, nos expresan sus elucubradas conclusiones. Es decir que daremos crédito a quienes obtengan nuestra confianza, a quienes nos persuadan y pensemos que, dominando tal o cual conocimiento, nos ofrecen su docta opinión.

Atrapados en la celdilla

Si no tenemos nociones en las materias necesarias para analizar las cosas, ya sea en matemáticas, física, geografía, historia, etc.; si no disponemos de una mínima base para establecer un solvente criterio desde un razonamiento cognitivamente sólido, podremos acabar atrapados en teorías conspiranoicas, y creyendo lo increíble, incluso el terraplanismo. Siempre fue más fácil creer que pensar. Creer en lo que otro dice no implica razonar, solo valorar si su discurso es coherente con los escasos conocimientos que, sobre esa materia, tenemos y que, por otra parte, son insuficientes para elaborar con garantía nuestras propias conclusiones.

Recuerdo una interesante y ocurrente anécdota de finales de los años 60: Un amigo mío, estudiante de ingeniería, cuyo padre era analfabeto, discutía con el mismo sobre la llegada del hombre a la Luna con el Apolo 11, en julio de 1969. El padre mantenía que el viaje era un montaje pues llegar a la Luna era imposible, mientras el hijo, chico de una formación sólida y solvente, le intentaba convencer de lo contrario. Al final, el padre, acorralado por los argumentos del hijo, le espetó: «Pues no han ido a la Luna, porque a mí me lo ha dicho mi amigo El colilla (apodo) y ese sabe leer». Ante tal descalificación del saber de su hijo, costeado con el esfuerzo y sacrificio del padre, mi amigo abandonó el debate y se resignó para que el padre no se sintiera ofendido. El caso es que, a veces, se puede dar credibilidad a quien no la puede tener por sus escasos conocimientos sobre la materia tratada, aunque tenga un valor especial para nosotros, una ascendencia, en base a la proximidad y los sentimientos y emociones que con esa persona compartimos.

La duda, antesala de la verdad

Hace años que esta forma de pensar, ese juego de explorar en las celdillas del panal, me parece seductor. Siempre ejercí de «dudante», como defendí en mi artículo «La duda, antesala de la verdad» publicado en este diario el 17 de enero pasado― convencido de que mis conocimientos limitados no me permiten dogmatizar sobre nada. En él planteo que: «La ciencia es dudante por definición. Incluso, en muchos casos, ante las certezas que ya han sido demostradas, siempre existe la duda de que, en otras circunstancias o contextos que afloraran, pudieran no ser ciertas, dado nuestro limitado conocimiento».

Yo aconsejo que, con mesura, vayamos abriendo puertas, entremos en la siguiente celdilla para conocer lo allí existente y, una vez asimilado, abramos otra de las cinco puertas que nos ofrece para pasar a ella y seguir incrementando nuestro conocimiento que busca la verdad absoluta, aunque sepamos que esta es asintótica; o sea, inalcanzable.

Cada respuesta nos plantea cinco nuevas preguntas, que nos obligan a hipotetizar sobre que habrá tras la puerta cerrada en todas y cada una de las celdillas colindantes, y despierta el gusanillo de la curiosidad del científico que busca comprender el mundo a través de la investigación y la evidencia.

Circulemos entre las celdillas

Hay gente enclaustrada en sus celdillas que, creyendo que ya lo sabe todo, se resiste ante cualquier planteamiento que le cuestione su conocimiento, su opinión, sus valores y principios, lo que implica una dificultad añadida para su desarrollo y evolución. «Ya conozco la verdad, para qué buscarla en otro lugar».

Existe demasiada gente de pensamiento enquistado, ya sea de índole religiosa, ideológico, político, etc. que defiende, con mente cerrada y resistente a cualquier argumentación lógica, anacronismos que frenan el desarrollo del intelecto y del conocimiento científico. ¿Será porque su orgullo no les permite acepta la inconsistencia de su pensamiento? Tal vez la vivan como una humillación de su ego en este mundo tan competitivo, donde el prestigio social está en juego.

Mas, en este sentido, no olvidemos la famosa frase de Bertrand Russell: «Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas». También viene a colación la frase de Mark Twain: «Es más fácil engañar a la gente, que convencerlos de que han sido engañados».

Propongo, a modo de conclusión, este aforismo: «Dudo, luego existo desde mi libre pensar».

 

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