jueves, 30 de octubre de 2014

Los muertos viven en la memoria de los vivos

Cementerio de mi pueblo

Estamos a las puertas del día de los difuntos y he recordado la frase que titula mi reflexión; le he dado suelta a mi pensamiento y he comenzado a escribir sin condición previa. Lo que viene a continuación ha surgido a borbotones de mi mente y mis dedos apenas han podido seguir tecleando el flujo que afloraba de mi cavilación. Lo comparto con vosotros a modo de homenaje a nuestros ancestros y de reflexión sobre la propia vida.
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En estos días, cuando honramos a nuestros muertos, es bueno y conveniente que nos enfrentemos a esa realidad ineludible. Tomar conciencia de nuestra nimiedad, de lo lábiles que somos, de cuan corto es el tránsito entre la vida y la muerte, nos permite reubicarnos en esa verdad de la que, normalmente, huimos. La muerte, al fin y al cabo, no es más que el punto culminante de la vida, la última etapa, la meta final. Sí, nacemos para morir y lo importante es vivir, porque el bien vivir nos llevarán a un buen morir. La conciencia limpia, la bondad por bandera, el trabajo bien hecho, el objetivo de la vida bien cubierto y, aparte de haber recorrido el camino, haberse nutrido y crecido con ese tránsito, llegar al final en paz con uno mismo y su entorno, sin conflictos internos y con la sensación de haber aprovechado el tiempo que nos dio esa vida para crecer mentalmente, en conocimiento, mejorando el mundo que nos fue entregado y dejando la herencia a nuestros descendientes en mejores condiciones de las que la recibimos.

Hay credos que hablan de esta vida como un campo donde venimos a cultivar la espiritualidad, a sanar el alma, a limpiar y purgar los pecados o errores cometidos en otras vidas anteriores, hasta llegar a la perfección que nos abra las puertas de una dimensión pura para no volver más. Tal vez sea un cuento chino al amparo de nuestra resistencia a la nada, de nuestra rebelión contra el desvanecimiento, evaporación y muerte, de nuestro egoísmo y soberbia, pero no deja de ser bonita esa imaginación, esa concepción de la vida y de la muerte, que nos palia el sufrimiento que provoca la desaparición. En nuestro mundo judeocristiano, la muerte implica el juicio, con posible tormento eterno (que curioso eso de eterno… no se nos dará otra oportunidad), aunque la iglesia católica ya descartó la existencia del infierno, sigue pesando en nuestras mentes el troquelado infantil de aquella etapa del nacional-catolicismo preñada de amenazas divinas y castigos ejemplares. Tememos  a la muerte, al juicio, al potencial castigo con el que se nos aterró en la vida, pero también nos resistimos a abandonar nuestras propiedades, nuestras cosas ganadas con el sudor de la frente, nuestras comodidades materiales y los bienes del entorno. No olvidemos que somos gente de conciencia poco clara, voluble según el caso, sometidos al discurso del pecado y su condena, cargados de dudas sobre nuestra moral y conducta, sujetos a juicios ajenos sobre aquello que hicimos, sin respeto al discernimiento y análisis personal y al libre albedrio… nosotros no definimos lo que está bien y mal, lo definen otros y eso confunde. Dios, y en su nombre sus ministros, marca la  pauta del pecado, pero esos ministros son tan hombres como uno, tan propensos al error y a la confusión como lo somos nosotros. De ello han dejado suficiente constancia a lo largo de la historia. Por tanto nuestro miedo a la muerte se ampara en ese juicio ante un Dios terrible, que nos arrojará al infierno, como hizo con los ángeles malos y rebelados y, por otro lado, a abandonar nuestras bienes materiales.

Pero hablemos desde otra perspectiva de la inmortalidad, de la vida eterna, que según los credos es variable y concebible de distinta forma. El ser humano, en general, dentro de su egolatría, se siente como un dios menor que no soporta su desaparición. Pero, en el fondo, no desaparece, deja sus genes, sus enseñanzas, sus recuerdos y sus obras. Eso perpetúa su existencia, da sentido a su vida y trascendencia en distintos campos. Sabido es aquello de que se ha de tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Curioso… tener un hijo: dejar tu semilla, tus genes, tu sangre con su carga proyectiva, con tu trascendencia personal en un nuevo ser capaz de dar testimonio de tu existencia con su herencia genética y su conducta. Plantar un árbol, representa tu alianza con la naturaleza, con el medio ambiente que sustenta la vida que inicia la escala desde el vegetal al animal más básico hasta llegar al hombre, esa especie de reconocimiento ecológico, de contrato tácito entre la madre naturaleza, la pachamama de la América incaica, y el ser humano donde se da esa afinidad que perpetúa la vida en equilibrio. Finalmente, escribir un libro, que no es otra cosa que dejar testimonio de tu paso por la vida, de tu relato, plasmando todo el desarrollo que has realizado, qué viste y viviste, cómo lo entendiste, qué hiciste a lo largo del camino… o, en todo caso, si no hablas de ti de forma directa, lo haces de forma indirecta, aunque sea un testimonio novelado, proyectado en otra historia. El libro es un testamento, un documento que deja constancia a las generaciones venideras de tu paso por la vida.

Recuerdo lo que me decía un paciente, etiquetado de loco en tratamiento con neurolépticos, antipsicóticos, a raíz de sus delirios. “Los muertos viven en la memoria de los vivos, por eso yo no puedo olvidarme de mi madre, por eso voy al cementerio todos los días, para que ella no muera…” Esa certera locura constataba una realidad, la inmortalidad la consiguen los hombres desde su propia trascendencia a otras generaciones. Si saben que exististe, sin duda has existido, pero si no lo saben... sabe Dios si habrás existido.

Al menos una vez al año nos acordamos de nuestros difuntos, les llevamos flores, limpiamos sus tumbas y sus lápidas, le rezas si crees y, si no, te acuerdas de ellos, de sus actos, de su vida y su contacto. Es bueno no perder la memoria de dónde venimos, pues ello nos ayuda a hacer el camino desde esa constelación familiar que marca nuestro sino. El día de los difuntos los cementerios se llenan de vida, de colorido, de luces y de gente que hace revivir al ausente y hacerlo presente con su recuerdo. Tal vez ese día, sea el día en que menos le temo a la parca pues tomo conciencia del corto camino que va desde el parto a la muerte. Al fin y al cabo, entre el nacer y le morir solo hay pasos de esa senda que nos tocó transitar sin ni siquiera pedir que la queríamos andar. Ahora me toca pensar cómo se puede encajar en mi forma de vivir ese objetivo final para poder terminar bajo la influencia de la bonhomía. Me viene a la memoria un estrambote que le puse a un soneto sobre mi bodeguilla, dedicado a la bonhomía, y que termina:

“De esta forma te lleva a la vejez
en paz contigo y pleno de armonía
la dulce carroza de la bonhomía”.

Vida y muerte, y mientras tanto, tránsito digno del camino que lleva hasta el destino final.


martes, 28 de octubre de 2014

Algo huele a podrido

 
El último imputado
Hay momentos en que la capacidad de sorpresa queda superada, en que ya cabe todo, en que todo es posible sin que aflore el asombro. Nuestro mundo político está superando todo lo inimaginable. No sabe uno si reír o llorar, si dejarse llevar por la pena negra o por la indiferencia, por el desasosiego y la rabia o la calma. Pero no se puede escapar a ese halo de tristeza que genera el desencanto, la pérdida de fe en la gente y en los gobernantes, en los políticos de diferente signo (unos más y otros menos) que se aprovechan del puesto para su propio beneficio o el de sus colegas de grupo.

Los que ya peinamos canas, los que andamos por encima de los 60 y transitamos desde la dictadura a la venerada y ansiada democracia mediante aquella lucha, cargada de fe en el mañana, de buena voluntad, de ideología y esperanza, de sentido democrático y respeto a todo lo que fuera el pensamiento crítico constructivo, andamos a la baja. Estamos en periodo de extinción o, por lo menos, embarcados en la nave de la obsolescencia. ¡Ha cambiado tanto el mundo! Queríamos un mundo mejor, donde el sistema pivotara entorno al ciudadano, a políticos que gestionaran la cosa pública en beneficio del colectivo social; pretendíamos un sistema público de salud y educación donde todo el mundo tuviera cabida, donde la igualdad y la equidad fuera el marchamo que lo identificara. Queríamos las empresas al servicio del bien común, al servicio del ser humano, y nos sometieron a los hombres al servicio del capitalismo salvaje.

Qué bonito, nuestros líderes políticos eran oradores y comunicadores capaces de entender, comprender y dar respuesta a los planteamientos y necesidades del pueblo. Era gente brillante, de confianza, luchadores que, en muchos casos, pasaron por la cárcel por defender sus ideas sin pedir nada a cambio. Cantábamos canciones de protesta en las universidades y en la calle, que ensamblaban y aglomeraban a una juventud que quería otro futuro, su futuro. Pretendían el relevo para forjar una nueva sociedad que reemplazara a la caduca dictadura. Y decíamos nosotros “Podemos” y debemos cambiar esto…

Nuestro objetivo era el progreso, pero el progreso social, el desarrollo del intelecto del pueblo llano, la realización y elevación del ser humano a cotas de mayor conocimiento y libertad. Pretendíamos forjar un pueblo responsable, comprometido, competente, donde hacer pivotar la soberanía mediante la práctica de una democracia real. ¿No me digas que no era un proyecto bonito? Pero, entonces llegaron ellos, como decía Serrat en su canción “De cartón piedra”… y cambiaron el concepto de progreso y la palabra pasó a significar otra cosa. Para ellos, el progreso era tener más, ser más rico materialmente, gozar de instrumentos de forma irracional, de coches que retaban al vecino, televisores comecocos alienantes, vacaciones consumistas, abusiva ropa, apartamento en la costa, electrodomésticos a mansalva, todo pagadero en cómodas letras… Pasamos de entender el progreso como una mejor forma de SER a una valoración del TENER. El progreso era consumismo y el consumismo era mercado, producción irracional, manipulación y creación continua de necesidades nuevas. O sea, nos sometimos al mercado. El mercado ganó la partida y entramos en la lucha por tener más cosas. Despreciamos el cultivador del intelecto y ensalzamos y encumbramos a los mediocres. Tomamos como modelos sociales a las Belenes Esteban, como forma de relacionarse a los estilos de Gran Hermano, como estilo de debate a los “tontulianos” de la tele, como modelo de desarrollo y de triunfador a los Marios Conde y los habilidosos del pelotazo… ¡Qué tíos más inteligentes! Sabían triunfar, hacerse ricos maniobrando, engatusando, engañando, aprovechando al máximo las oportunidades que le daba el mercado, la bolsa y el lucro de las finanzas… manipulando a los demás. Ese era el modelo, el del dios Yuppie, agresivo en los negocios, desalmado en el trato y altamente cualificado para gobernar el mercado. Mientras tanto, el concepto progresista, “progre”, se fue adjudicando al sujeto caduco que defendía los antiguos principios que ya estaban superados; era un carca residual que quedaba bien, pero solo como testimonio de un pasado superado, y ellos acuñaron el concepto “progreso” en su línea comercial donde el sujeto no se cultivaba como idealista, sino como borrego e instrumento de producción y consumo que les hacía más ricos a los ricos. Se le había dado la vuelta a la tortilla.

No quiero decir, y espero no se me malinterprete, que renuncie al bienestar que otorga ese tipo de progreso tecnológico y material. Soy de los defensores de la teoría bifactorial de Herzberg, donde lo material solo ha de ser un mero elemento higienizante para que podamos centrarnos en el desarrollo de los factores personales y humanos, para tener más tiempo de ocio y cultivo de habilidades y conocimientos, para un mayor desarrollo cultural y de valores humanistas.

Pero, volviendo al tema, en esa especia de huída hacia delante, el capital, el mundo financiero y las grandes empresas, se llevaron por delante todo lo que encontraron y no le encajaba en su proyecto. Ya no es solo que cayera el mundo comunista y sus dirigentes mafiosos se plegaran a los cantos de sirenas enriqueciéndose con el patrimonio del Estado, sino que mataron las ideologías y sometieron al contrario. El socialismo pasó a llamarse socialdemocracia, el movimiento internacional del mundo obrero se volatilizó, y se sometió a los sindicatos mediante la compra de sus líderes por las liberaciones y prebendas otorgadas. El político fue tentado, como en la madre patria del capital, o sea los EE. UU., donde la connivencia de política y empresa está muy bien consolidada mediante esas donaciones escandalosas que le dan, solamente a los dos partidos que practican la alternancia. Es el modelo que se ha de imponer en la zona de influencia del papá americano. Se crean, pues, la figura del mismo perro con distinto collar.

¿Y esto como se consigue? Sometiendo al político de turno, al partido que gobierna y al que pretende gobernar. Controlando los medios de comunicación y manipulando la información, creando opinión interesada, desinformando, tapando lo impresentable, maximizando lo que les interesa y minimizando lo que no les interesa. Todo lo puede el dinero. Atrapan al partido con los préstamos que no devuelve y al político con las comisiones, los chanchullos, los regalos y las cuentas en paraísos fiscales, además del chantaje y del conocimiento y manejo de los secretos inconfesables. Eso sí, si se portan bien y defienden los intereses de las grandes empresas, cuando salgan del gobierno tienen garantizado un buen puesto de consejero en la empresa de turno; no importa que no sepan nada de esa actividad, le harán un consejero que no tenga que dar consejos.

Esto no creo que tenga que explicarlo, solo con ver lo que está pasando puede cada cual sacar sus propias conclusiones. La mayoría de los políticos son expertos actores que nos hacen ver lo que no es, otra realidad distinta. Eligen de portavoces a los más cínicos, los más avezados en la mentira, los engatusadores. Tienen asesores para que cale el mensaje aunque sea una falacia como la copa de un pino. Hagan el ejercicio. Escúchenlos y verán entre líneas esa capacidad de decir lo contrario de lo que es y salir de rositas. Hoy he escuchado a Pons, a la Cospedal, a Esperanza Aguirre, hablando sobre el asunto de la corrupción en su partido y, si en Andalucía andamos con ERE que ERE, ellos anda con ERRE que ERRE sin asumir la canallesca gestión que están haciendo de la cosa pública. Ponen la mano en el fuego por tal o cual y se queman, pero siguen poniéndola y olvidándose de lo que dijeron cuando estaban en la oposición, de lo que prometieron que iban a hacer y no han hecho, hacen lo que criticaban al otro y en grado más elevado. Echar pelotas fuera, esa debe ser la consigna, digo yo… visto lo visto la responsabilidad siempre se ha de poner en el tejado del otro, sea la auxiliar de ébola o del propio tesorero del partido. Pero la gente no es tonta y al final se da cuenta de la jugada y se vuelve contra ellos…

¿Cómo vamos  a sorprendernos de que salga una nueva lucha de la juventud actual, apoyada por los mayores sensatos e idealistas? Podemos es un claro ejemplo de reivindicación de una nueva etapa, donde se acabe con el fracaso de los iluminados del pasado, de la vieja generación, de la “casta” como ellos la definen, para dar paso a otra generación, la suya, que fragüe un nuevo ciclo, una nueva oportunidad de cambiar el mundo… tal vez aprendan del pasado, aunque lo más probable es que el ciclo se repita y que cada generación deba hacer su revolución para reivindicar su protagonismo en la gestión de su futuro y su progreso. ¿Estamos ante otro mayo francés del 68, ante otro mundo hippie salvando las distancias? ¿Estamos ante otra transición que reubique a la nueva generación? Puede que sí…


Lo que es cierto, de forma definitiva, es que los partidos clásicos están agonizantes y que solo podrán subsistir sin cambian y se rearman ideológicamente, si aflora una nueva etapa de honestidad, que neutralice esta laxa ética que los caracteriza y que sepan leer y comprender al pueblo, a la ciudadanía, para anteponerla a los intereses de los grandes grupos de poder económico. Mas, no sé si habrá cárceles suficientes, o almacén, para tanto chorizo antes de dejar limpia la casa de los partidos tradicionales. Hace falta un grupo importante de oposición a las políticas de la U.E  alguien que sea capaz de aglutinar a toda una clase social media y baja que defienda con energía y claridad otras políticas más justas, más equitativas y racionales para el desarrollo del ser humano y no solo del dinero. 


martes, 7 de octubre de 2014

El caballo de Troya y el ébola


Este gobierno está resultando especialistas en el arte de manejar el caballo de Troya. No sé si recordáis como se conquistó Troya por parte de los griegos, según la leyenda. Tras 10 años de cerco a la ciudad, hicieron como que se retiraban, pero dejaron en la puerta un gran caballo de madera hueco con soldados dentro. Los troyanos se creyeron que era una ofrenda para la diosa Atenea y lo metieron en la ciudad. Cuando estaban todos bebidos por la celebración del levantamiento del cerco, salieron los soldados del caballo y abrieron las puertas de la muralla. Los aqueos, que habían vuelto sigilosamente, entraron y se apoderaron de ella. Desde entonces se le llama caballo de Troya a todo elemento que se introduce en un lugar para controlarlo y apoderarse de él al servicio de un enemigo (en informática se llama troyano al virus que entra en el ordenador y permite a quien lo mandó el dominio de nuestro PC).

El caballo de Troya se puede usar para, una vez ganadas las elecciones, colocar en un sector estratégico a la persona adecuada para que lo desmonte y se lo sirva en bandeja a intereses ajenos que están en connivencia con el partido que gana las elecciones. Puede ser un buen sistema para privatizar la sanidad. Colocas un gestor sanitario en la comunidad de Madrid, por poner un ejemplo, y va desmontando el sistema, pasando a la privada los servicios poco a poco, hasta que, descaradamente, acaban privatizándolo todo. El caballo de Troya habría sido el gestor que ha colocado el partido de turno, introduciéndolo en el sector público, para gestionar la privatización.  Tú piensas que te han dado un regalo, que ha llegado a la gestión política un verdadero líder que salvará el sistema, según ha dicho y redicho en su programa, pero lo que han metido es un virus que acabará con el sistema privatizándolo.

Y siguiendo con el asunto de la sanidad y de los virus, me da la sensación de que se nos ha metido otro caballo de Troya con el asunto del ébola. El virus del ébola se estaba intentando controlar en su lugar de origen, donde si bien no se disponía de muchos medios, se podrían haber mandado más para evitar su propagación a los habitantes de esa zona y, por ende, que saltara a nuestra primer mundo. Pero no, en un acto heroico de “ayuda” a quienes estaban allí luchando contra él, se decide traer al país a infectados con un alto nivel de riesgo sin pensar seriamente si estamos preparados o no para hacer frente a esta epidemia (espero que no tuviera nada que ver su pertenencia a una orden religiosa, porque de ser así, de haber actuado por afinidad de credo, la cosa sería grave).  

Una incompetente ministra, inmersa en un incompetente gobierno, deja patente esa incompetencia al no valorar la capacidad de respuestas de nuestros recursos humanos y materiales. Conozco el tema, por supuesto, pues he sido director de enfermería de un hospital, y me parece imprescindible, antes que acometer una acción de tal envergadura, preparar a los profesionales, reciclarlos y formarlos en todos y cada uno de los riesgos y actos que han de ejecutar para evitarlos. Por otro lado, la dotación del material adecuado y de los protocolos y su seguimiento a nivel general es otra actuación más que necesaria.

Los caballos de Troya fueron los pacientes repatriados, los gobernantes incompetentes de nuestra Troya, ha sido el gobierno y su ministra de sanidad a la cabeza, acompañada de su coro celestial. Al virus, sabiendo que venía con ellos de la forma más ponzoñosa posible, se le abrieron las puertas desde el convencimiento de que éramos los mejores y, además, muy capaces de afrontar el reto, hasta eliminar el mismo.

Ese virus mata y la Mato debe asumir la responsabilidad política por lo que mate. Esto es como cuando en el pasado las ratas transportaban la peste negra a través de los barcos y se tenía que proteger los cabos con esa especie de embudo que les impedía saltar a tierra. Solo nos salvaría que el asunto resultase un chasco como fue el de la gripe A, pero tal como van las cosas me temo que no.

El PP está en horas bajas por su incompetencia. La culpa es de ellos, lógicamente. No dan una derecha (y eso que son de derechas) y andan complicando el país con su peculiar forma de vender verdad donde hay mentira, despegue donde hay crisis, ley donde hay caos, enemigos donde hay crítica, confrontación donde debe haber entendimiento… Esa prepotencia lleva a trivializar las cuestiones, a minimizar los peligros y a dejar que las cosas vayan sedimentando como si eso fuera gobernar y no el afrontar los problemas con decisión, valentía y, sobre todo, con criterio acertado y entendimiento para evitar males mayores. Todos los actos tienen consecuencias, incluso el acto de no hacer nada… Pueden frenar a miles de inmigrantes en la valla de Melilla, pero son menos peligrosos que el virus que se han traído en el caballo de Troya. Eso sí, puede que les quede el honor de ser el gobierno de Europa que ha regalado al continente ese mortífero presente. Si no, al tanto…

De lo que si estoy convencido es que si pudieran ver los religiosos, que han sido repatriados y ya fallecidos, el efecto de su vuelta a España, de las condiciones que se han creado y del riesgo que se han producido, que puede abocar a un número incuantificable de muertes, habrían mandado a paseo a quienes les ordenaron traer, sean de su confesión, del gobierno o del grupo social que fuere. Ellos estaban acostumbrados a luchar allí, saben lo que significa eso y, en ningún caso, creo que habrían querido ser el medio de transporte de la enfermedad. La diferencia, probablemente, estaría en que quien ha actuado responsablemente en estos temas durante su vida, o sea ellos, sabe que cabe el contagio y que hay que controlar al huésped o reservorio que sustenta al virus para evitar que se propague. Lo que no tengo tan claro es que eso sea capaz de valorarlo una ministra cuyos conocimientos están muy lejos del tema del que es responsable. Tal vez, el dinero que se gastó en traer el virus, se debería haber empleado en ayudar allí a luchar contra él.

Creo que hay que reflexionar muy seriamente sobre por qué se trajeron aquí y qué se ha de hacer en el futuro con estos casos. Yo propongo mandar más recursos allá para evitar el padecimiento de los nativos, pero tengo mis dudas de que ello se pueda hacer pues no deja beneficios tangibles, salvo el beneficio social a medio y largo plazo. Pero, de manera inmediata, se ha de relevar a esta ministra y poner al frente del ministerio a un especialista, a poder ser, incluso, en epidemiología, a ver si de una vez por todas podemos ver a un ministro con un adecuado nivel de competencia en este gobierno.




sábado, 4 de octubre de 2014

Estamos saliendo de la crisis...


Se está resolviendo la crisis… ¿Pero es que no lo veis? ¿No veis la tele y escucháis al gobierno? La cosa está clara. No se pierde tanto empleo, se ha frenado la bajada de cotizantes a la Seguridad Social, incluso nos podemos permitir que no se contrate a las mujeres en edad de gestación, siguiendo las indicaciones de la presidenta del Círculo de EmpresariosMónica de Oriol, para que las empresas ganen más dinero… La cosa va bien, fijaos en las tarjetas fantasmas de los 86 directivos de Caja Madrid, 15,5 millones de euros  no es nada comparado  don los 15.000 millones que le ha avalado el Estado. Por otro lado, ya lo ha dicho el consejo de Ministros, le daremos 1350 millones al propietario del Proyecto Castor, el almacén de gas submarino situado frente a las costas de Vinaròs (Castellón) cuya actividad se ha relacionado con al menos 500 seísmos ocurridos en septiembre de 2013. Hombre, no me fastidie, viendo esto le vamos a poner pegas a que Barcenas se lleve unos milloncejos a Suiza, o que los señores de Valencia se montaran sus chanchullos con cuanto pudieran, o que el Honorable deposite en Andorra “los dines de su herencia”, o que en los EREs se repartieran entre unos cuantos otros milloncetes. No me sean así, hombre, sean comprensivos, a la gente que anda con los dineros hay que agradecerle que no arramblen con todo, que nos dejen algo, aunque sea con deudas… Vaya país, de Cádiz a Gerona, de Almería a La Coruña, de Valencia a Salamanca o de Baleares a Canarias… o sea, de norte a sur y de este a oeste esto es un desmadre consentido. Desmadre que deberemos pagar todos, bien en la factura del gas, bien en los recortes, bien en los impuestos, bien, bien, bien… todo bien.

Pero os voy a decir por qué estamos saliendo de la crisis… o mejor, cómo estamos saliendo de la crisis. Nos estamos instalando en la pobreza, en aquella pobreza del tercer mundo que tanto criticamos. Antes era pobre el que no tenía trabajo, o sea, el que no tenía ingresos, ahora ya tenemos pobres con trabajo. No quiero decir que les cueste trabajo ser pobres, no, eso no, el sistema y el gobierno se lo facilita en cuanto se descuiden. Siempre se dijo que eras “un pobre trabajador”, pero ahora podemos cambiar las cosas, ahora podemos decir que eres “un trabajador pobre” pero pobre de solemnidad (¿Qué será eso de pobre de solemnidad? Yo te lo cuento: eran los mendigos que se mostraban como tales en las fiestas litúrgicas o solemnidades, o sea a pedir en la puerta de la iglesia, además, los sintecho). Pero sigamos: Eres pobre porque después de pegarte una “hartá” de currar, o de tener un trabajo precario, cuando llegas a casa sigues con los bolsillos vacios, sin poder cubrir las necesidades básicas de alimentación familiar, de vivienda, de ocio, de educación, de vestimenta, de relación social (no confundan el derecho a la relación social del currante con el de los directivos de la banca, esos sí pueden y se les ha de financiar desde la propia banca, para eso son directivos. Grandes hoteles, copiosas comidas, viajes, copas, coches… y puede que putas, si no al tanto).

Pues veréis. Cuando se provocó la crisis, la idea era muy sencilla, había que bajar los salarios, los costes de producción para ser competitivos con otros países (¿Os suena China, Bangladés, India, etc?). Lo malo es que aquellos producían a un coste infinitamente menor y las empresas multinacionales vendían aquí a precio de mercado interior… coste 5 en origen y 100 precio en destino: Ganancia segura y gorda.



Pues bien, españolito, si quieres trabajar tienes que cobrar lo mismo que aquellos y producir a su ritmo, de lo contrario deslocalizamos las empresas y nos las llevamos allá. Bueno, te daremos algo más de sueldo para que nos compres aquí a precio superior, pues hay que preservar el mercado.  Ya sabemos que el mercado lo regula todo. La ley de la oferta y la demanda. Mucho paro, mucha gente dispuesta  a trabajar, mucha disposición a hacerlo por menos de lo que lo haga otro para poder obtener ese trabajo, “jajaja… qué bien, dice el empresario, ya tenemos a otro sometido a la esclavitud consentida para poder subsistir.  Dale menos, hombre, que todavía aguanta. Tú dile que la cosa  va a peor, que se dé con un canto en los dientes si le pagamos 4 euros la hora y a su cargo la seguridad social.”

Antes el mileurista era un pobre desagraciado mal pagado y explotado; ahora es un privilegiado. Claro si el salario mínimo que marca el gobierno es de 654.30 euros al mes, el mileurista es un dios. Pero no se piense, amigo, que el salario mínimo es lo que va a cobrar si deja de integrar las listas del paro, no, a usted le pueden hacer un contrato de fin de semana, por 2 horas al día, o qué se yo… Esos 654,30 euros brutos los cobrará si hace una jornada completa, pero que muy completa, tanto que el jefe le puede pedir que se quede más tiempo y, usted, aunque no le pague las horas extras, agachará la cabeza para que le siga contratando. Claro esto va para quien anda en el tramo medio de la sociedad, es decir, para la cada vez más diezmada clase media, para el mundo del “currantazgo”. Ya sabe, poca oferta de trabajo y mucha de currantes. La brecha entre pobres y ricos cada vez es mayor y el rico es el que está en la esfera del poder… el pobre es eso, el pobre.

Luego viene la vieja técnica del miedo. Esa técnica maquiavélica ya se utilizó por los grandes cerebros que ejercieron el poder a lo largo de la historia. Si creas una situación de inseguridad, si metes  miedo y la gente ve que la cosa puede ir a peor, acaba cediendo en todo. En los aeropuertos nos dejamos hacer cualquier cosa por la seguridad, estamos dispuestos a perder derechos por la seguridad, matamos por miedo a la inseguridad… somos capaces, incluso, de aceptar un dictador sanguinario por esa seguridad relativa; eso pasó en España en la II República, crearon inseguridad y afloró un salvador de la patria que se llevó por delante cientos de miles de muertos por la seguridad y evitación del caos. Por tanto, siembra el miedo, propón soluciones y se arrodillarán ante ti. Eso se llega a usar hasta con las enfermedades y los fármacos… ¿Os acordáis de la gripe A y las vacunas que vendieron a los gobiernos ante el miedo de la gente y luego no fue nada? En fin… ahora andamos con el ébola, a ver si también resulta un fiasco…

Y entonces salta la duda: ¿Para qué quiere el ciudadano un Gobierno, un Estado, un País, que no le protege, que no le garantiza los mínimos indispensables para sobrevivir dignamente? ¿Dónde están los gobiernos que se muestren dispuestos y comprometidos a garantizar los derechos que la Constitución establece, derecho a educación, trabajo, salud, vivienda, alimentación, vida digna, etc? ¿De qué le sirve pertenecer a una nación, a una sociedad, a una “patria”, si los gobernantes se dedican a beneficiar a la banca, a las empresas, a sucumbir ante el chantaje económico del mundo financiero, a claudicar ante las tentadoras ofertas de beneficios que los corrompen, cuando no a llevarse los dineros a Suiza, Andorra o a cualquier paraíso fiscal? Astutamente, el empresario gordo plantea: “Señor gobernante, usted apoye a la empresa, legisle para su beneficio, permita sus actos alegales, incluso, amorales y nada éticos, y yo le garantizo que, cuando usted termine su periodo de gobierno, o le echen con su voto los ciudadanos, le colocaré en mi consejo de administración con un suculento sueldo…  su vida, su buena vida, está garantizada. No tenga escrúpulos en traicionar su discurso, sus ideas iniciales, su programa político… es más, no sea tonto, diga algo que gane votos y después haga de su capa un sayo para abrigarse mejor. De lo contrario, a usted y a su partido no le daremos préstamos para sus campañas y mantenimiento, le vamos a pedir los créditos, no le condonaremos sus deudas y publicaremos, con nuestros medios de comunicación, todos los desafueros que han cometido, las comisiones por obras, los chanchullos y todo aquello que usted sabe que existe, porque nosotros los hemos promovido, pero que no lo dice por una ley de omertá  entre todos los enganchados en el asunto”. Cuando alguien se va de la boca, como el caso del famoso 3% que comentó el señor Maragall, todo se tapa y el desliz queda cubierto, salvo que aparezcan errores de bulto o haya reventado algo en el sistema y se empiecen a pasar facturas. Ahora pensamos que ese dinero puede haber acabado en Andorra…




Pero, no me hagas caso, yo estoy hablando de un país ficticio, de una sociedad posible en el futuro incierto, de un Estado imaginario, de unos políticos quiméricos… Eso aquí no pasa, ni se le ocurra. Si fuera así, seguro que la sociedad saltaría y se enfrentaría a quienes quieran someterlos, a quienes les engañen y exploten, a quienes les humillen, a quienes les manipulen… menudos somos los españoles para aguantar a nadie que nos someta. Vamos, hombre… que no, que aquí esos es imposible… Aquí, ante todo, se pone el derecho y el bienestar del ciudadano. La empresa está para servir a los intereses generales de la ciudadanía y se regula y legisla para que eso se cumpla. ¿O no?


martes, 16 de septiembre de 2014

Al Toro de la Vega.


Ante todo querría pedirle disculpas por el dislate y el sadismo que le van a llevar a la muerte. Ya sé que usted no tiene la culpa, que para algunos es un mero ejercicio de diversión y de salida de sus instintos más viles, aquellos que solo se colman con la sangre, con el sufrir de un inocente animal que, sin comerlo ni beberlo, acaba en sus redes. Dentro de su cobardía se podrán creer muy valientes por retar innecesariamente a un animal, posiblemente más humano que ellos, a un combate donde un grupo de personas se alían para vejar y atentar contra la vida ajena. Es una cobardía arropada por el grupo, por la turba donde se diluye la responsabilidad, donde se pierde la individualidad para someterse a ese grupo que te lleva a destrozar los principios más elementales de la vida, de la ética, que deben adornar los actos de los hombres. Los grupos tiene su peligro si arrastran a la gente a la inconsciencia, a la sumisión y alienación, a la pérdida de los valores personales para aceptar los de otros, llevados por al ardor de la masa.

Defender esto con base en la tradición y en la cultura popular es tan miserable como defender la violencia ejercida desde el poder. Esta “llamada tradición” es de tiempos medievales, que ya se deberían haber superado… La tradición se rompe cuando no encaja en la evolución de la sociedad, los seres humanos evolucionamos y cuando hay gente que frena esa evolución, que pone palos en las ruedas y reivindica estas animaladas (con perdón de los animales que no suelen hacer esto en ningún caso) solo cabe llamarlos trogloditas, anacrónicos y crueles seres que anclan en un pasado sus instintos más despreciables y abominables. Jueguen al futbol, practiquen algún deporte para el divertimento y la necesidad de autoafirmación, pero respeten la vida de los otros seres, pues no tienen ningún derecho sobre ella. Atacar a otro ser y arrebatarle la vida sin ninguna justificación es un ejercicio que lleva a preguntarse: ¿dónde empieza y dónde concluye el intento de justificar el acto? Puede ser un toro, que yo no sé que podrá haber hecho el pobre toro para merecer esto; puede ser cualquier otro animal, pero, en todo caso, subyace la necesidad de mostrar el miserable dominio que los seres humanos ostentan sobre el resto de la creación, incluso sobre sus semejantes.  Mal se debió entender el mensaje del Génesis, cuando Dios creó al hombre el sexto día. Dice así:

Génesis 1:26-31
26 Dijo Dios:
—Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza. Que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, sobre todos los animales salvajes y todos los reptiles que se mueven por la tierra.
27 Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó.
28 Y los bendijo Dios, y les dijo:
—Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que reptan por la tierra.
29 Y dijo Dios:
—He aquí que os he dado todas las plantas portadoras de semilla que hay en toda la superficie de la tierra, y todos los árboles que dan fruto con semilla; esto os servirá de alimento. 30 A todas las fieras, a todas las aves del cielo y a todos los reptiles de la tierra, a todo ser vivo, la hierba verde le servirá de alimento. Y así fue.
31 Y vio Dios todo lo que había hecho; y he aquí que era muy bueno. Hubo tarde y hubo mañana: día sexto.

Aunque uno no crea en estas cosas, hemos de entender que sí han influido mucho en la cultura de los pueblos y que la propia religión ha sembrado la semilla de este credo. Y aquí hay dos cuestiones de peso que merecen aclararse. O Dios es malo y violento hasta con su propia creación, pues si ha creado al hombre a su imagen y semejanza, debe parecerse a él y aprueba el sadismo contra los otros animales de la creación; o el hombre, en el desequilibrio entre bondad y maldad, ha optado por la maldad y ataca y destruye la creación de Dios, abusando del dominio que le dio sobre el resto de ella para gestionarla y protegerla permitiendo que crecieran y se multiplicaran todos los seres.

A mí me da la sensación de que quienes actúan contra el toro de la Vega o ejercitan cualquier otro acto semejante, quienes muestran su sadismo y agresividad, llevan una buena dosis de inmadurez en su mente y de la maldad agresiva y destructora de la propia creación. Necesitan mostrar su dominio sobre las cosas exhibiendo el poder de quitar la vida, el máximo y sublime poder que solo le tocaría a Dios mediante el fin de un ciclo vital, en lugar de protegerla y ayudar y potenciar el desarrollo del conjunto de esa creación.

Claro que llevado a un extremo del desprecio a la vida, cabe preguntarse si ese mismo acto lo harían con otra vida de “orden superior”, con un humano desafecto, por ejemplo… y eso, como ya sabemos, sí es posible, pues se hace y ejercita en otras culturas y en la nuestra en el pasado. Lapidar a quien no es como nosotros o no cree en lo mismo, a quien infringe una norma o ley, a  quien es un hereje y/o peca, es como asaetear al toro de la Vega elevado a la enésima potencia. La masa, el grupo enardecido, es capaz de todo cuando pierde la brida de la sensatez y se somete al grupo irracional.

El desprecio a la vida ajena, sea o no de un animal, y el ejercicio de la violencia como forma de divertimento, hace indignas a las personas que la ejercen. Esa indignidad es reprobable y denunciable hasta conseguir que el ser humano sea, eso, más humano y ejerza una conciencia más racional, responsable y respetuosa con el entorno y la vida que lo conforma. Tanto si se tiene un credo religioso como si no, el ser humano tiene la responsabilidad, como ser superior, pensante, en tutelar y mantener el desarrollo de su entorno y el respeto a la vida, como ya he dicho.


Los responsables de dar cobertura legal a ese acto, son corresponsables de la barbaridad tanto como el que asaetea o lancea al toro, pues siguen manteniendo el anacronismo de una fiesta medieval que sobrepasa el desarrollo y evolución de la ética de los pueblos. Ellos, también se enmarcan en ese anacronismo ideológico y político. 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Pecado o error?



¿Has pensado alguna vez en la similitud que hay entre el concepto “pecado”, que usa la iglesia, y el de “error”, que se sostiene en la relación y desarrollo social y personal de la gente desde la amplia perspectiva de la ciencia y la cosmología? Yo sí. En todo caso el error y el pecado sirven para aprender y mejorar a través de su superación. El pecado, en teoría, se supera con la confesión y la orientación del cura, el error se supera con la disposición a aprender y mejorar la conducta o el rendimiento dentro de unas claves sociales establecidas.

Pero vayamos por partes. Veamos las fases que determina la iglesia para ello, o sea para perdonar el pecado mediante la confesión. Estos serían los pasos:

1.     Examen de Conciencia.
2.     Dolor de corazón.
3.     Propósito de enmienda.
4.     Decir los pecados al confesor.
5.     Cumplir la penitencia.

Fijaros en la similitud con un proceso lógico de superación del error:

1.     Reflexión consciente sobre el error.
2.     Sentimiento de culpabilidad y responsabilidad por lo hecho mal.
3.     Disposición de aprender y mejorar para no volver a cometer el error.
4.     Buscar apoyo social para que te oriente alguien con mejor experiencia en esas actuaciones, si lo crees necesario y/o documentación sobre evidencias científicas que subsanen el error.
5.     Intentar reparar el mal causado y someterse a los actos que, en justicia,  se desprendan de esa irresponsabilidad; o sea, asumir la responsabilidad.

¿No le observáis mucho parecido aunque con matices de gran significancia, sobre todo en el punto 4º y 5º?

Sabemos y hemos vivido personalmente que, en muchos casos, la mera confesión te liberaba del pecado o, al menos, eso pensábamos cuando yo era niño. Era como si el perdón fuera un borrón y cuenta nueva, por lo que podías volver a las andadas. Estábamos perdonados por la clemencia y misericordia de Dios, que prometía ser infinita, puesto que el hombre es débil y vuelve a caer en el pecado bajo la tentación de alguien tan poderoso como el mismo diablo, sobre el que, de forma inconsciente, cargábamos las culpas… “Yo no quería pero la tentación era fuerte…” Hacíamos uso del 4º y 5º punto y nos olvidábamos de los tres primeros. En todo caso, apechugábamos con la reprimenda del cura, escuchábamos su sermón, esperábamos la absolución, que era lo determinante, y de nuevo a la calle, limpios de polvo y paja, pero en disposición de volver a las andadas y cerrar el círculo.

Se cuenta como chiste que un señor fue a confesarse por haber robado un saco de trigo de una era, por el que el cura le puso de penitencia un padre nuestro. El señor, antes de abandonar el confesionario se volvió y le preguntó al cura: ¿Padre si rezo dos padrenuestro puedo ir por el otro saco que se ha quedado en la era…? Se olvidó de los tres primeros pasos el buen señor y ya suponía que, con el rezo, pagaba a Dios, que le perdonaría de nuevo, en lugar de pagar al dueño.

Por otro lado, lo importante, también para el cura, era saber por dónde discurrían nuestros pensamientos y nuestras obras, y eso se conseguía con la confesión, que no dejaba de ser una especie de trampa donde caías para que el cura supiera por donde andabas, cual era la desviación del camino del señor, sacarte tus secretillos que estaban garantizados por el secreto confesional, había confianza pues, y reconducirte al redil. A veces, en la confesión, se daba cierta dosis de morbo, con preguntas capciosas, buscando detalles escabrosos y con cierto regodeo del confesor que acababa dándote la absolución tras someterte a un interrogatorio casi policial. Claro que, en muchos casos y en mi pueblo, solíamos ir al confesionario de D. Juan que, al estar medio sordo, solo parecía escuchar, no preguntaba mucho y daba la absolución de forma casi gratuita. Este acto de la confesión era un acto de control del feligrés y, si eras niño, un proceso de reeducación, de adoctrinamiento para mantenerte y encorsetarte en la fe y el credo; vamos, para que no te salieras del redil y hacerte sumiso (que también tiene algo que ver con su misa) y obediente con los principios de la doctrina.

Eso presenta unas diferencias importantes respeto a la consideración de error, en términos generales, pues el pecado tiene connotaciones religiosas con un fondo de orientación espiritual, mientras el error es una constatación de haberse equivocado en el ejercicio de algún proceso que no se domina bien y se anda aprendiendo.  Este último, va más en relación con el aprendizaje social e instrumental y es una forma de ir desarrollando las capacidades y la personalidad, a la vez que modelar al sujeto en valores y principios sociales, en socializarlo mediante los criterios éticos y morales que tiene una sociedad, pero dejando a su voluntad la forma y el modelo a seguir dentro de ese contexto ideológico y relacional donde se da libertad de pensamiento y de ideología para entender la cosmología que nos rige. La sociedad tiene una plataforma homeostática que define aquello permitido y lo no permitido en función del modelo social; es decir, un sistema de autorregulación de la convivencia según sea la cultura e ideas de ese pueblo, de la que no se puede o se debe salir, salvo que se esté dispuesto a pagar por ello las consecuencias.

Esa cosmología (leyes generales, del origen y de la evolución del universo) es la base donde sustento los principios universales que hacen del hombre un ser pensante y tendente al entendimiento, a la convivencia social, al respeto e intercambio de ideas, y al aprendizaje de unos y otros, bien de forma directa o vicaria (a través de la experiencia de los demás), salvo que sea orientado en la confrontación, en la intransigencia y en la convicción de estar en posesión de la verdad absoluta, mientras los demás andan equivocados. Aquí entran en colisión las distintas religiones, que se adjudican la iluminación divina a través de profetas, dioses encarnados o visionarios que hablaron con dios, y que defienden y siembran fes y credos contrapuestos que pueden acabar en conflicto, cuando no en guerras de religión, como pasó en tiempos pretéritos y parece que amenaza ahora con el integrismo islamista, si no se da, como mínimo, la tolerancia.

Por tanto, ¿qué hacen, a groso modo, las religiones, bajo mi punto de vista? Pues hacen suyas esas leyes cosmológicas, las ponen en boca de su dios y las manejan y articulan para imponer la preponderancia de su credo sobre el resto de la humanidad. Inconveniente de muchas religiones es la mente cerrada y la falta de disposición a aceptar nuevas visiones de la vida y la sociedad en desarrollo. Aquí te atrapan, manejan y encorsetan, enquistando el pensamiento desde el convencimiento de estar en posesión de la ley de dios y de la verdad revelada a los hombres sin ningún tipo de duda. A eso deberemos llamarle FE, que es resistente a la argumentación lógica, puesto que el dogma no se discute. La fe puede convivir, en el marco de esa tolerancia a la que me he referido, con otras religiones y la propia laicidad, que ya se define como tolerante y respetuosa con las religiones, siempre que no intenten invadir las competencias de la administración y leyes del conjunto de la sociedad civil.

Dicho todo esto, he de confesar que hace que no me confieso cuarenta y pico años, que es mucho confesar. ¿Y sabes por qué? Porque entendí que cada vez que iba al confesionario pretendían hace de mí un sujeto como el cura quería y no como lo quería yo. Yo veía un camino claramente y él insistía en mandarme por la vereda. ¿Era un contestatario? Posiblemente sí. De aquellos que, en mayor o menor medida, acabaron cambiando el país hacia la democracia y la libertad, dejando la sumisión y el seguimiento de pastores de rebaños sumisos y obedientes con lo que ordenaba el padre. Estaba aprendiendo por aquellos tiempos, como era lógico sigue siendo, y el aprendizaje podía ser a través de los errores… ¿o podría decir pecados? que yo iba cometiendo. Entonces decidí aprender del error y no del pecado. El error era más universal, más humano y más laico. El pecado era más propio de un credo que se basaba en una fe que yo ya no tenía. Premio y castigo de Dios verbalizado mediante el ministro que tenía en la tierra, que era el cura, que solía decir: “No hagas lo que yo hago sino lo que yo digo”... vaya ejemplo… pero valoraba tu pecado, te redirigía hacia su objetivo y te imponía el precio del perdón.

Entiendo que, en aquellos tiempos, se andaba fraguando el librepensador que ahora soy, interesado en los estudios, en aprender y conocer cosas, en saber lo limitado que está uno y en la necesidad de tener la mente abierta para digerir todo aquello que forja nuestra personalidad y la forma de ver y entender la vida en su sentido más amplio y sin restricciones. Tenía que ser estrictamente contestatario con todo aquello que no entrara en mi cabeza hasta hacerlo racional y entendible, y, el cura, no me ayudaba con su pertinaz sentido de la religión y del sometimiento al dogma y a su ideario político-religioso. Cosa que no ocurrió con los Jesuitas, donde estudié en clases nocturnas, como buen currante, hasta terminar COU. Ellos respetaron mi libre albedrío y me enseñaron precisamente a elegir, pensar y determinar el camino que debía seguir en el marco de lo que se llamaba por aquel entonces la “teología de la liberación”.

Por eso me desvinculé de la religión, a pesar de los maestros jesuitas. No de las buenas personas religiosas, a las que les respeto su fe y en algunos casos quiero especialmente, aunque yo no la comparta, y donde, por lo general, veo un ser humano preocupado por el bien de los demás y cargado de humanismo. Habría que decir: “Bienaventurado el que tiene fe porque entiende que su vida trascenderá al infinito”, mientras en el caso del escéptico, como yo, todo son dudas y expectativas. Yo mientras tanto seguiré aplicando los 5 puntos para superar los errores y elegiré, si lo creo conveniente, el apoyo social de quienes puedan aportarme la mejor solución u orientación que deberé valorar con mi propio proceso racional o cognitivo. Yo creo que no estoy pecando por ello…



domingo, 7 de septiembre de 2014

Mi poder es mi inteligencia


Una vez, hace tiempo, bastante tiempo, cuando yo tenía responsabilidad en la gestión hospitalaria, me dijo un sindicalista: “O nos apoyas o te quietaremos el poder”. Aquello tenía visos de chantaje, de sometimiento a través del miedo y el apego al poder. Debía ser habitual que la gente que anda por el poder acaba pactando hasta con el diablo para seguir ostentándolo. Una vez llegados a determinados niveles de poder, la gente suele agarrarse a un clavo ardiendo para, no solo seguir con el mismo, sino incrementarlo en esa dinámica de la “erótica del poder”. Para mí, el poder, nunca fue un  objetivo, pero sí lo fue tener el poder adecuado y suficiente, el que pudiera garantizar, con mi propia inteligencia, el desempeño de mis obligaciones. Más poder te lleva al fracaso cuando tu inteligencia no está a la altura de esa demanda, menos poder te deja en la frustración.

Pues bien, ante semejante dislate y sin pensármelo mucho, casi como un acto reflejo, yo le respondí al sujeto: “Mi poder es mi inteligencia y esa no creo que me la puedas quitar tú ni nadie como tú.”

Luego le he dado muchas vueltas a esa expresión de reafirmación personal, de constatar mi libertad. Es más, desde aquellos tiempos fui derivando hacia el convencimiento de que quien se somete al poder de un grupo acaba perdiendo, o condicionando, el propio. No quiero decir con ello que no deba uno integrarse en grupos, sino que, aunque se esté en un grupo, no se ha de renunciar al poder que se desprende de la propia inteligencia, o lo que es lo mismo, al uso libre de las capacidades intelectuales personales. O sea, no debemos ser borregos y dejarnos llevar, sin criterio propio, por lo que dicten los demás individual o colectivamente. Mi inteligencia, mi unicidad, solo a mí corresponde gestionarla. No puedo ni debo someterme a dogmas, normas, credos o ideologías que no hayan pasado antes por la asunción de las mismas desde un punto de vista racional, y, siempre, con un espíritu crítico, dispuesto a aceptar aquello que entiendes como adecuado y rechazar lo contrario.

Toda organización, sea religiosa, política o de cualquier forma, que tenga poder e influencia en la sociedad, tiende a buscar adeptos, a integrar personas que le den el aval para ejercer ese poder colectivo; mientras más seamos más poder tendremos. Ahora bien, cuando se mete el poder (léase también inteligencia) de todos los integrantes de un grupo en el saco, alguien lo ha de gestionar y es ahí donde aparece la necesidad de estructuración organizativa, de la representatividad, del dominio. Pero si su estructura organizacional es piramidal, lo más normal es que imponga sus normas, formas de pensar y actuar, estilos y dependencia desde esa verticalidad. Tenemos dos ejemplos claros de poder omnímodo, totalitario y vertical, como son la religión y el ejército, además de determinados partidos políticos, por no decir todos.

A lo largo de mi vida he llegado a la conclusión de que uno ha de ser leal en este mundo; pero primero lo ha de serlo consigo mismo, después con los demás, con aquellos que están en la misma línea y no socaban tu librepensar. La lealtad, en nuestra cultura, siempre se planteó hacia fuera, hacia la gente, hacia las organizaciones, hacia la patria, la religión o el grupo de pertenencia. Era como un sometimiento al entorno, como renunciar a tu identidad para dejarte en nada, en un miembro sumiso y obediente del poder establecido, en un grano de arena o en una gota de agua del océano, que se sacrifica por los demás sin importarle su propia esencia y desarrollo personal. Pero la lealtad no es someterse, sino aportar aquello que cada cual es capaz de crear, de elaborar, de pensar y racionalizar para hacer más rico al grupo. Si yo crezco crece conmigo todo lo que me rodea, todo aquello que también se alimenta de mi existencia en sentido relacional. No se puede acusar de desleal a quien libremente piensa y deja sobre la mesa su pensamiento; en todo caso es un creador que nutre al grupo para su crecimiento y desarrollo. Eso sí, cuando ese librepensamiento pone en tela de juicio el poder establecido, se le acusa de traidor, de desleal, de hereje y se le lanza al fuego de la purificación. Nuestra historia está llena de casos en que quemaron la libertad de pensamiento en sacrificio del sistema de poder imperante. Lo malo es que eso sigue funcionando y cuando alguien con poder, sea religioso, político, militar, económico o de cualquier otro tipo, se siente refutado y sin argumentos convincentes para neutralizar el razonamiento que lo cuestiona, acaba denigrando, descalificando, denostando, agrediendo… a quien, entiende, le está dañando.

Nos falta la disposición a escuchar para asimilar y no para contraatacar. Lo que otro piensa nos puede ayudar a ver mejor las cosas, a entender el mundo desde otra perspectiva, a completar nuestra visión, saliendo del reduccionismo del pensamiento único, incuestionable y enquistado por normas, credos y dogmas que no nos permiten ir más allá de lo que se nos dice.

Por eso, yo acabé por identificarme con el librepensamiento, como persona que no cree en nada hasta que le ve sentido y razón, como sujeto que no niega nada hasta que ha quedado demostrada su inexistencia, como individuo que usa la mente para pensar y crecer intelectualmente neutralizando las variables que interfieren el proceso. Soy consciente de que estoy en una sociedad donde se han de conjugar intereses muy variados, donde quien ejerce el poder lo hace en beneficio propio o de su grupo, donde las instituciones las sostienen los hombres que viven de ellas. Puedo creer en un dios hipotético, pero no en las religiones, puedo creer en el hombre pero no en cualquier organización, puedo aceptar, y acepto, las normas de convivencia y el contrato de relación social, pero no cualquiera, sino las justas, las que no anteponen el interés de grupos al de las personas, las que no someten al individuo, las que permiten el desarrollo individual y colectivo como forma equilibrada de sostenimiento social y natural de un proyecto global en beneficio del ser humano, mediante una filosofía humanista.

Esta posición de librepensador, hace, a veces, que uno se sienta en soledad, incluso incomprendido, objetivo de las suspicacias de quienes andan en la mediocridad y se sienten agredidos por el pensamiento racional y crítico; son aquellos a los que tu pensar les revuelve la conciencia y desestabiliza su natural tranquilidad fundamentada en el sosiego de unos principios inalienables, incuestionables y enquistados... sometidos al dogma. ¿Para qué pensar por sí mismos si ya hay quien piensa por ellos y les dice como son las cosas? Los otros son más inteligentes, más capaces y preparados para pensar y concluir ¿para qué comerse el coco y acabar errando desde la incapacidad e incompetencia para pensar? Pero, esa sensación de aislamiento, es el impuesto que se ha de pagar para sentirte libre. Otras veces encuentras a gente que comparte tu sentido de la vida y aflora el encuentro y desaparece ese sentimiento de soledad, y te sientes reforzado para seguir en ese proceso de comunión intragrupal.

Admiro a quienes fueron libres en su pensamiento, a quienes fueron rompiendo los esquemas encorsetadores de una sociedad oligárquica y anacrónica que bloqueaba el libre desarrollo de las personas. Admiro a quienes claman contra la imposición, contra el abuso de poder, contra los que alienan a la ciudadanía para mantenerse en su estatus dominador. Me dan pena los que sirven como lacayos, los que se someten y acatan sin rechistar, los que son meros instrumentos del poder sintiéndose alguien por ello. Admiro al mismo Jesucristo, que habló claro contra la hipocresía farisea de una religión establecida, que vuelve a presentarse en la actualidad al amparo de su propio credo y evangelio. Pero sobre todo, admiro a quienes fueron capaces de abrir la mente de la gente para hacerles ver lo que otros le tapaban, a los librepensadores de la ilustración del XVIII francés, a los actuales defensores del Humanismo Secular y su apoyo a la laicidad. Es evidente que el poder de su mente, de su razonamiento, nos llevó a un mayor grado de libertad y que son un ejemplo a la hora de ver, valorar y comprender el mundo, ese mundo que tenemos y debemos construir en el día a día para hacer del mañana un lugar más libre y humano de cara al desarrollo de nuestros hijos y nietos.



La crisis de Ceuta

  Opinión | Tribuna Por: Antonio Porras Cabrera Publicado en el diario La Opinión de Málaga el día 22 AGO 2026 7:01 Enlace: https://ww...