Ir
a terceras elecciones solo tiene sentido si tuviéramos la garantía de que de
ellas surgiera la solución final, pero es posible que ello no se dé, ya que volveríamos
a tener los mismos actores, posiblemente enrocados también. El asunto es
complejo en tanto hay tres bandos irreconciliables, que se han ido fraguando a
lo largo de los últimos meses con esa promesa de pluralidad en el Parlamento y de
“acabose el bipartidismo”.
Por
un lado está el PP marcado por una trayectoria que lo avoca al aislamiento,
salvo el apoyo condicionado y desconfiado, según Rivera, de Ciudadanos. Han
sido años de intransigencia, de absolutismo, de falta de diálogo, de
prepotencia, de manipulación de datos, de falsa solución a la crisis, de
descontento popular, que le ha llevado a perder millones de votos y quedar a
merced de aquellos a los que despreció. Pero además, hay un factor determinante
en cualquier país democrático, como es la sombra de corrupción, no digo la
sombra sino la evidencia que se transmite desde la propia justicia. Es
complicado para cualquier partido explicar el apoyo a un candidato salpicado y
manchado por tanta putrefacción en su entorno. Rajoy se muestra ya como un posible
cadáver político tras su fracaso en la investidura.
Por
otro un PSOE con un entorno ambiguo, con su patio interior inquieto y sometido
a continuas interferencias de los “popes”, como González, que se resiste a
tirar la toalla de su vieja autoridad. Al borde del camino esta agazapado
Podemos, esperando el menor fallo para arrebatarle el electorado en una
circunstancias de descontento social por la derechización de la
socialdemocracia, que no ha reaccionado en defensa de los pueblos ante la
crisis. El gato escaldado del agua fría huye, y Sánchez salió escaldado de la anterior
investidura fallida y no se fía de Iglesias.
Por
otro lado, el propio Podemos está enlazado con los intereses de los independentistas y su apoyo
al referéndum de autodeterminación, cosa que pone de los nervios a un PSOE
constitucionalista con el que, tal vez, cabría negociar una reforma
constitucional con una ley de claridad sobre el tema antes de tirarse al barro.
El PSOE no tiene claro si Iglesias puede ser su aliado leal o un Caballo de
Troya que le arrebate el reino de Priamo.
Luego,
los nacionalistas e independentistas. Los catalanes ya no hablan de derechas o
izquierdas, sino de referéndum e independencia. Pueden romperse, como ya
pareció suceder en la elección de la mesa del Congreso, pero eso tal vez fue un
espejismo. Mientras, los vascos andan resentidos con un Rajoy, que los ignoró
en la legislatura anterior y, como siempre, pidiendo contrapartidas, como es
lógico.
Ciudadanos,
ya dejó claro que es la bisagra, pero bisagra que gira hasta cierto tope para
el que fueron creados. Sus condiciones las determina la imposibilidad de mezclar
agua con aceite. Pero en un recipiente puede haber agua con aceite sin
mezclarse para elevar al corcho que flota y acercarlo al nivel requerido. Es
posible si no hay marejada de fondo. Ciudadanos es un enigma en sus giros de bisagra,
por no decir de veleta en función de los vientos que reinen.
Y
uno se pregunta: ¿Con este galimatías es posible una salida sin tener que ir a
otras elecciones con posibilidad de más de lo mismo? ¿Y ahora qué? Veamos: Bajo
mi modesta opinión la vuelta a la candidatura de Rajoy ya no tiene sentido. Ha
sido rechazado en su investidura y, siendo democráticamente consecuente,
debería dar un paso atrás y permitir opciones diferentes. En primer lugar, como
es natural, apoyando a otro candidato de su propio partido que pudiera reunir
los avales necesarios. La solución en este caso pasaría por negociar un acuerdo
mucho más amplio, que permitiera fraguar un programa de gobierno, que recogiera
parte de los compromisos electorales de los partidos que lo apoyaran. Tal vez
aquí, bajo la presión del Comité Federal, claudicaría el PSOE intentando,
antes, el lavado de cara.
La
alternativa fallida en la investidura de Sánchez la pasada minilegislatura
sería otra opción, pero veo muy poco probable la coexistencia pacífica entre
Podemos y Ciudadanos, salvo que asuman la teoría de la no mezcla del agua y el
aceite, sirviendo solo como elevador del corcho hasta el nivel requerido, pero sin
mezclarse.
Por
otro lado, no creo que el PSOE se avenga a pactar una alianza con Podemos y los
independentistas si ellos no aparcan hasta mejor ocasión su reivindicación,
cosa poco probable, bajo mi criterio. Para ello tendría que ofrecer, al menos,
promesas para un mañana y eso cargaría los dardos envenenados que le lanzarían
las derechas constitucionalistas, sembrando entre sus filas el desconcierto y
la posible sedición de Susanas, García Pages, Fernández Varas, etc. Como dice
la canción: “Hace falta valor”…
Difícil
me lo fiáis; pero si estamos en un sistema democrático donde hay independencia
de poderes entre el judicial, legislativo y ejecutivo y, además, el señor
Rivera ha declarado que Montesquieu ha vuelto con su Espíritu de las Leyes, no
sería malo que esa independencia se
mostrara en todo su esplendor, o sea en todos sus sentidos. El Judicial juzga,
el Parlamento legisla y el Gobierno gobierna sin interferencias no como hasta
ahora, pues el Parlamento no ha dejado de ser la voz de su amo, máxime si el
amo del partido mayoritario era el Presidente del Gobierno.
En
este sentido creo que hay una solución meridianamente clara: Un Gobierno sin
ninguno de los líderes de los diferentes partidos, que deberían dedicar su
tiempo a resolver los problemas de España desde la discusión en el Parlamento,
como parlamentarios que son, pactando soluciones y emitiendo leyes que
resolvieran los distintos conflictos que nos atosigan, y así dar solidez a un
sistema de convivencia entre los pueblos de España, incluido el debate referido
a la modificación constitucional, y los
términos en que debe hacerse, para canalizar la demanda de esa segunda
transición tan necesaria, sin el peso de la losa que supuso el quebrar la
voluntad de los seguidores del viejo régimen.
Un
nuevo rey y una nueva etapa, con una nueva juventud, requiere una nueva
transición o acoplamiento constitucional desde la soberanía popular, que
consolide cuarenta años más de convivencia, donde se consensue la educación, la
sanidad, la política exterior, la estructuración de Estado e, incluso, el
tratamiento a nuestra historia reciente. Hay que romper el anacronismo y el
anclaje al pasado para mirar al futuro trabajando en el presente.
Así
pues, propongo un Gobierno presidido por una persona solvente, con capacidad de
diálogo, equilibrado y razonable, capaz de gestionar y aglutinar opiniones
desde las divergencias y de implementar las leyes que emanen del Parlamento.
Tal vez alguien con capacidad de abstracción para elevarse sobre el actual
bloqueo y ver las cosas con más claridad, donde la premisa mayor este por
encima de las otras. Tal vez un metafísico con actitud filosófica ante la vida
centrada en el ser humano. Propongo se invista para presidente a un sujeto de
la talla de Ángel Gabilondo, o similar, que encaja a la perfección, bajo mi punto de
vista, en este planteamiento que hago.
Esta
es la opinión de un ciudadano de a pie, ya jubilado, que vio con ilusión como
se rompía el bipartidismo, pensando que se podría controlar y corregir el
absolutismo de las mayorías mediante el diálogo y que ha visto la incompetencia
de los líderes políticos para ejercer el noble oficio de la política desde la
concepción y el respeto democrático. Yo no quiero volver a repetir mi voto,
porque será el mismo, pero si se ha de ir se va, aunque ir “pa na” sea tontería…
2 comentarios:
Vaya panorama que tenemos: un pacto de investidura para un pacto de gobierno para lograr que España sea una democracia de verdad, pues sin la independencia de la justicia, que no lo es ahora, no podemos decir que España es democrática.
No veo mal tu propuesta de alguien independiente para presidente del gobierno. Pero quizá podría intentarse antes lo único que se me ocurre para el desbloqueo político: la renuncia de Rajoy. No vale decir que ha ganado las elecciones, votamos a los partidos, no a sus líderes. Quizá así podrían entenderse.
Veo otro problema a la hora de legislar el congreso. Hay leyes que tienen que pasar por el Senado. Aquí, con solo el 30% de los votos, el PP tiene mayoría absoluta (que mal reparto de los votos) y puede boicotear las medidas de regeneración democrática.
O sea que los problemas no son banales. Un abrazo, Antonio.
Prudencio, estamos en una encrucijada. Sabremos salir de ella?
Un abrazo
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