domingo, 8 de marzo de 2009

El Concierto


Hace unos días asistí a un maravilloso espectáculo en el Teatro Cervantes de Málaga. Fui al concierto de San Valentín, organizado por la Universidad de Málaga. Actuó la Orquesta de Cámara de la UMA (OCUMA) y la “bailaora” Rosi de Alva y su grupo flamenco en un alarde de expresión musical y rítmica, donde se fusionó la música clásica con la más pura demostración del cante y baile flamenco.

Dos elementos provenientes y desarrollados en mundos tan opuestos. La orquesta de cámara, propia de actuaciones palaciegas, como exponente del disfrute de la música clásica por círculos reducidos, cercanos a la nobleza y alta aristocracia; y el flamenco, propio del pueblo llano, cuando no de colectivos marginales y desamparados de la vida, expresión de las penas y alegrías, del trabajo, el llanto y sufrimiento de una masa social explotada y sometida a la clase dominante, testimonio de sus vivencias y sentimientos más íntimos. Dos formas, pues, de manifestación artística y musical de grupos tan dispares y, generalmente, enfrentados. Ambas suscitaron en mí profundas emociones y me hicieron vibrar con su expectante audición. La orquesta de cámara con la introducción y el interludio y el cuadro flamenco con su farruca, guajira, tango y seguiriyas, creando un ambiente denso y penetrante, donde el baile, flexible y acompasado, se elevaba a la máxima expresión, cargando el aire de notas que hacían entusiasmarse a los espectadores. Para mí, el punto álgido fueron los momentos en que ambas músicas se entrelazaron en una sinfonía perfecta de compenetración y hermanamiento, en la máxima expresión de la cadencia clásica con sus instrumentos de cuerda y el canto y baile con acento popular amparado en guitarras, cajones y el ritmo trepidante de las palmas.

Y yo, como a todo le busco segundas lecturas y pretendo generalizar los fundamentos de cualquier manifestación, no pude detraerme a algunas reflexiones. Como miembro del colectivo universitario me sentí orgulloso de nuestra orquesta y como vocal de la peña flamenca Juan Casillas, percibí la esencia del flamenco, en un marco incomparable, arropado y fusionado con la música de cámara. Empecé a concluir que lo diverso, cuando hay actitud y voluntad de acoplar, suma y eleva el arte, la expresión y la calidad de las cosas, complementándose. Que, por muy diferentes que se sea, siempre hay elementos o nexos comunes que pueden llevar al entendimiento y la creación de espacios de encuentro. Que quien renuncia a ello, desprecia la creación y génesis de nuevas expresiones y rechaza el enriquecimiento personal que conlleva el sencillo intercambio sin imposiciones ni condicionantes, en ese intento armónico y creativo de fusión para engendrar algo nuevo, donde confluyan las esencias de las partes.

¡Nos cuesta tanto entendernos! Andamos obstinados en poseer la verdad, en despreciar lo diferente y rendir pleitesía a lo nuestro. No comprendemos que la elevación está en conjugar la diversidad y, siempre que seamos capaces de discernir de forma racional y razonada, aprehender e introyectar la esencia de las cosas, beber de las fuentes del saber ajeno, escuchar y compartir, sin insolencia y con la mente abierta, a los demás y armonizar las expresiones y las ideas para componer una nueva melodía donde el entendimiento, el respeto y la simbiosis nos lleven a la sinergia que sume y potencie el desarrollo humano. Pero nos empeñamos en separarnos, en poner fronteras, en la intransigencia, en el enfrentamiento y el conflicto, exhibiendo actitudes miopes, que solo son entendibles desde la alienación amparada en principios dogmáticos que atenta contra el libre razonamiento.

La fusión de estas dos manifestaciones artísticas, interpretadas por la orquesta de cámara y el grupo flamenco, es una excelente lección que manifiesta la sublime expresión de dos formas de representar las sensaciones más íntimas de colectivos sociales tan dispares, pero, a la vez, tan próximos en la propia esencia del ser humano. Bonito ejemplo de fusión creativa, que canaliza y gesta sensibilidades afines, que materializa el entendimiento y la conjunción, donde solo la inteligencia es capaz de inferir elementos positivos de cohesión social y desarrollo de la convivencia.

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