miércoles 10 de febrero de 2010

El almendro ha florecido.


Hoy ha sido un día especial. Como cada año espero que florezcan los almendros para ir a visitarlos, para hacer fotografías de ellos cargados con sus flores, adornando los campos de mi pueblo, Cuevas de San Marcos. Los japoneses tienen especial predilección por la flor del cerezo. Nosotros disfrutamos de ese espectáculo tan maravilloso en muchos lugares de nuestra geografía, pero sobre todo en el valle del Jerte y, en mi tierra, en Alfarnate y Alfarnatejo. Francamente, yo lo conozco y es una maravilla, algo inolvidable que deja su impronta en tu retina de por vida. Pero para ello debemos esperar un poco, pues no es el tiempo aún de que florezca el cerezo.

Sin embargo, existe otra flor, otra floración tan espectacular e impresionante como esa y que se presenta con antelación. Me refiero, claro está, al almendro. El almendro es un árbol típico mediterráneo, con un fruto muy apreciado y utilizado en gastronomía, sobretodo repostería, en toda la cuenca mediterránea. Turrones, alfajores, mazapán, mantecados, polvorones, incluso leche y aceite de almendra y un largo etc. avalan su utilidad y aportación nutricional a la apetitosa mesa de la referida cuenca.

El almendro es un árbol que exhala optimismo. Cuando asoma el nuevo año ya anda él intentando hacer acto de presencia, romper el sortilegio del invierno, de forma prematura, y mostrar la futura primavera por adelantado. Hace un requiebro al frío y crudo ambiente invernal y, montado en flamantes rayos de sol, se permite retarlo con su flor. Rompe el maleficio del otoño que se llevó su caduca hoja y llama, en un grito de esperanza, a la primavera, aliándose con ella para volver a crear vida, para retomar el ciclo que le ofrece la madre tierra con sus nutrientes, regados por la bendita agua que el cielo le arrojó. Esto es optimismo e ilusión transmisible al observador.

Este año ha sido especial en el sur de España, en Andalucía. La lluvia fue copiosa y el generoso cielo se volcó en alimentar la tierra con la esencia de la vida, con el agua. No olvidemos que somos el 73% agua y que ella es la savia de nuestra existencia. Nuestros embalses están llenos, los campos bien regados, el subsuelo con acuíferos colmados; arroyos, ríos y riachuelos danzan por sus cuencas cantándole, en agradecimiento, a la madre naturaleza con su ritmo trepidante y saltarín, regando sus orillas y regalando vida por doquier.

Y yo, con la candidez y la inocencia del niño, voy al encuentro del almendro para emocionarme con el espectáculo de su floración. Pero, como esa imagen fugaz pierde su esplendor cuando desaparece, la capto con mi cámara para poder disfrutarla a posteriori, aunque pierda su textura, su tridimensionalidad y el grácil movimiento de la rama mecida por el viento.

El almendro, al igual que todos los árboles de floración, es dadivoso en extremo. Nos seduce y ofrece el fruto de una forma especial. Primero nos enamora con su flor, mostrándonos el éxtasis de su belleza, y luego nos regala con el fruto. Sabe sacar de la naturaleza el elixir de la vida, el nutriente, conjuradas sus ramas y sus hojas con el sol, hacen de intermediario altruista y generoso para ofrecernos su fruto como alimento.

Hoy los he visitado, los viví de cerca con mi amigo Pablo, en una excursión cámara en ristre, fotografiando su flor, los campos y montes que lo abrigan. Primero contemplamos el embalse de Iznajar y su estado pletórico de agua, después anduvimos por los campos captando las imágenes de la floración. Tras la comida y visitar mi casa del pueblo, donde descansamos y embotellamos el vinagre de mi fracasado vino, nos volvimos a Málaga, no sin antes dar un vistazo al embalse del Limonero, cargado, también, de agua para garantizar el suministro a la ciudad.

Cuando he llegado a casa, he pensado en ti amigo lector, y he decidido hacerte partícipe de mi experiencia colgando un slide con las fotos y contando este relato, tal como lo he vivido, pero con mi limitación para expresar las sensaciones que fueron aflorando en la visita y recorrido del día. Es tan pobre la palabra y tan rica la emoción, que solo se me ocurre que hablen las imágenes y se calle mi voz.

domingo 7 de febrero de 2010

Fantasía de amor (Poema)



La poesía es una rama que no cultivo mucho, pero que me encanta. Hoy os presento esta donde intentado converger el amor, con la sensualidad y el erotismo, en una fantasía de ensoñación. No busco, ni soy experto en el uso de metáforas. Mi poesía es pobre en ellas para favorecer el sentido del mensaje, la expresión del sentir, la simpleza de la comunicación adornada de ritmo y encaje. Espero que os guste, al igual que el vídeo que os presento para acompañarla.


Fantasía de amor

Mil noches soñé contigo,

con tu piel y con tus besos.

Buscándote, anduve

bogando en el mar del deseo.


Flotaba en el aire tu suave perfume,

tu cálido aliento

tornando la brisa en un torbellino

convertido en viento,

viento de pasión, viento codicioso

que se me incrustaba en el pensamiento.


En mi fantasía volaba a tu encuentro

anhelando citas

y dar rienda suelta al presentimiento.


Al fin, entregado al sueño,

dominado el mundo de la sed latente,

me abres la ventana de tus aposentos

y furtivamente accedo a tu alcoba

entrando en tus sueños.


Conjurado el miedo,

destrozado el muro que nos separaba,

se inicia la danza de enamoramiento.

Baile de arrebato, baile de fervor

frenesí y apasionamiento.


Ya nada lo impide.

Tus ojos me miran con un sortilegio

de deseo carnal

que invitan al lecho.


Mis manos temblando

exploran tus senos.

Canciones de amor

adornan tu cuerpo

en una alianza

que vamos sellando

con todos mis besos.


Tus pechos me llama,

tu boca, tu aliento,

tus cinco sentidos se entregan a ello

y yo con bravura a tu tiento entro.


Voy paladeando tu suave fragancia,

mi lengua recorre tu cuerpo

buscando el placer de tus besos.

Pechos de doncella

vientre de dulzor

venus enredada

puerta del amor

llave del placer que me lleva adentro.


Éxtasis, flor eclosionada

regada por agua de vida

que mana del cuerpo.

Orgasmo y fusión

vivido en el sueño

que rompe su magia,

húmedo de amor,

cuando me despierto.

Antonio Porras. (Málaga. Febrero 2010)


viernes 5 de febrero de 2010

La semilla…

Ayer cumplí 59 años. No he podido evitar mirar atrás y ver la película que nos muestra la miseria y la necesidad de los años cincuenta, donde se empezó a sembrar esa semilla que dio sus frutos en la transición, que produjo la generación que soportó el cambio, que luchó por él y por la instauración de la democracia. Es un testimonio extensible a todos los nacidos en las décadas de los 40 y 50. Esa etapa oscura de nuestra historia que muchos quieren detraer de la memoria. Esa gente que pasó necesidades en su infancia y que empleó su juventud en luchar por mejorar España y a sí mismos. Esa gente, jubilados o en espera de hacerlo, que ha trabajado desde muy temprana edad o siguen en ello, y quieren que sigan hasta los 67, como si ya no hubieran contribuido bastante a enriquecer el país, a elevarlo al rango de la libertad. Hoy, en mi cumpleaños, lanzo mi mirada al pasado y los veo a todos movidos por el coraje y la esperanza en el mañana, aunque al final se encuentren con este mañana del hoy … Es la vida!!!

Previamente os presento un slide con fotos antiguas, de aquellos tiempos. Las recopilé para una exposición que hice hace un par de años y otras las saqué de Internet. Las que fueron a la exposición están tratadas con photoshop. Espero que os gusten y os ubiquen en el ambiente que se vivía en aquellos años...


Corría 1959 en una España marcada por un régimen salido de una guerra, donde los perdedores habían sido demonizados, denostados, marginados y excluidos de todo derecho, incluso del derecho a la vida si habían luchado en el bando del gobierno de la república. Los ganadores se afianzaron en el poder y lo demostraban de forma sistemática. Eran los dueños del país, de sus tierras y comercios, de sus cambalaches y del estraperlo, actuando con desvergüenza y despotismo. Una alianza, marcada por la historia más arcaica, se había reavivado entre la iglesia y el poder fáctico del ejército y los terratenientes, los facciosos y monárquicos, la derecha más reaccionaria y los tradicionalistas. La religión velaba por la moral y las creencias que garantizaban el sostén de la ideología política. El poder se ejercía desde el entramado sociopolítico de los grupos dominantes arropados por un ejército “triunfante”, sumiso y leal al régimen. Se habían impuesto gracias al apoyo y a la fuerza destructora del Tercer Reich, gobernado por el nacionalsocialismo (nazismo) hitleriano y la Italia fascista de Musolini, que habían usado la guerra civil como campo de ensayo para la segunda guerra mundial.

La arrogancia de los vencedores se potenciaba ante la humillación de los vencidos. En el sur, los campos de Andalucía, volvían a tiempos pretéritos dónde el caciquismo decimonónico se reinstalaba. El campesino esperaba, paciente y resignado, a que el capataz de turno le eligiera, en la plaza del pueblo, para poder trabajar los campos del señorito bajo el signo de la explotación y un ridículo salario que, muchas veces, no cubría ni las mínimas necesidades familiares. Ser adicto al régimen garantizaba cierto estatus que facilitaba la contratación y el trabajo. Ser contrario conllevaba, en muchos casos, el castigo del desprecio y la marginación laboral y solo ante la humillación se le otorgaba el don del trabajo.

En este marco, apoyado en el quicio de la puerta, un niño de ocho años observaba las calles de la aldea esperando la vuelta de sus padres del trabajo del campo. Denotaba cierta preocupación, su mirada extraviada y expectante a la vez, mostraba la angustia de la espera. El sol, con su misión cotidiana cumplida, se inclinaba suavemente sobre el horizonte buscando el descanso nocturno merecido. El día había hecho estragos en su aspecto y, la pulcritud matinal, dejada por el amor de la madre antes de su marcha a los campos, había dado paso a su aspecto desaliñado y churretoso. Cabeza rapada para ahuyentar piojos, sandalias de goma, pantalón corto marcado de manchas con parches y a la par zurcidos primorosos, camisa de corte casero repleta de lamparones producto de las travesuras, de sudor y tierra, de llantos y risas, de golpes y abrazos, de juegos de niños semiabandonados.

Al frente se yergue la nueva construcción de una caseta que ampara el transformador que ha modificado la aldea. Hasta ahora, junto a las chimeneas, solo las lámparas de carburo, quinqueles y candiles cargados de historia, había alumbrado las lúgubres noches de invierno. Aquella mágica luz que guardaba la caseta y fluía por los cables le maravillaba. Su padre le había explicado el extraño mecanismo del invento y empezaba a comprender, a su edad temprana, que aquello cambiaría la aldea, que las cosas ya no serían como antes. En su casa, la primera radio que había visto en su vida, le fascinaba.

Su padre sintonizaba emisoras, escuchaba el parte, se distraía con el cante flamenco y las voces de Antonio Molina, Juanito Valderramas, Antonio Mairena, La Paquera, La niña de los peines… Un sin fin de coplas y cantares que le alegraban el crepúsculo. Era un gran aficionado al cante; incluso cantaba en los encuentros con los amigos en el bar y durante las faenas del campo. Sus coplas estaban cargadas de pena, de amores frustrados, de amores de madre y de hijos. Otras veces eran de alegrías y cantos de vida, de holganza y requiebros, de enamoramientos.

Pero anoche fue distinto. Anoche observó a su padre buscando en la radio, con un sonido chirrión de honda corta, otra emisora. El volumen bajo, casi imperceptible si no estabas cerca. Al final una voz de mujer con tono chillón hablaba de Radio España Independiente, de la Pirenaica. Escuchaba proclamas extrañas, hablaban de Franco, ese hombre tan bueno según la maestra, que salvó a España de tantos males, de los malvados comunistas, de los que atentaban contra la religión y querían destruir España. Pero esta mujer no decía eso. Lo ponía de asesino, sanguinario, traidor y fascista, dictador amigo de Hitler y de Musolini. Pronto caería su régimen y volvería la república para liberar a los trabajadores del yugo del capital, pregonaba.

Entonces tuvo miedo. Miró a su padre con preocupación esperando respuestas, pero él seguía con la oreja pegada a la radio, como ausente embebido en el tono y el verbo de aquella señora que iba revelando cosas que no comprendía. Su madre no dejaba de repetirle que un día tendrían un disgusto, que alguien podía oírlo y decírselo a los civiles que le llevarían detenido al cuartelillo. Él ya sabía como se las gastaban los civiles, los otros niños mayores comentaban como actuaban; las palizas y amenazas, el desprecio y la soberbia que les caracterizaba para con los vencidos y el servilismo que practicaban con los vencedores.

Entonces el mundo cambió para él. Todas las noches, sin que su padre se diera cuenta, se acercaba a la radio para oír lo que decía aquella mujer y otros que hablaban. Disimulaba para que sus padres no notaran su interés, para que los civiles no pudieran descubrir que lo oía todo. Por la noche daba vueltas a las cosas intentando descubrir que había detrás de todo aquello. Perdió la fe en lo que decía la maestra, empezó a descubrir la injusticia y el abuso del señorito, a respetar al campesino explotado que rendía su gorra al paso del soberbio señor en su caballo. Le habían puesto en cuestión el sistema y el orden que lo mantenía. Aquello no tenía por qué ser así. Por primera vez vio al señorito en simetría con los demás y empezó a no comprender las diferencias; si su padre trabajaba la tierra más que el dueño, si los frutos que daban eran producto de su trabajo, por qué el señorito solo se limitaba a recoger los beneficios. Algo no cuadraba...

La verdad es que se acababa de sembrar una semilla. Esa semilla daría su fruto dentro de unos años. Esa semilla era la semilla de la duda, del cuestionamiento de todo, del pensamiento libre y de la búsqueda de la razón y el sentido de la vida. Había pasado del conformismo y de la entrega sumisa, al campo del librepensador, de la duda y la pregunta eterna. Había iniciado su huída de la mediocridad. En ese momento empezó a asimilar que su lugar no estaba en el campo al servicio del señorito, que debía estudiar para ser maestro, médico o cualquiera otra profesión que le sacara de allí, que le pusiera en otro lugar para comprender al mundo que se le había venido abajo. Tal vez la semilla del humanismo empezó a arraigar en su interior, ese humanismo sobre el que pivotaría el cambio de la España de los 70... ¡Cuántos niños fueron inseminados en esas circunstancias!...habría que dejar crecer ese árbol para recoger el fruto....

miércoles 3 de febrero de 2010

Educación ciudadana

Hoy empezaré mi relato presentando un slide con fotos de mi ciudad: Málaga

Tengo que cambiar mis hábitos. Quiero decir costumbres, no hábitos de monje o similar, que de eso no tengo, aunque de niño me persiguieron. Confieso que no poseo unos hábitos muy saludables. Ando poco porque me canso y me canso porque ando poco. Y la verdad es que me gusta andar solo, por la ciudad y sus calles, mirando sus cosas, viendo a su gente y disfrutando de la brisa del mar que se entremete por sus calles sinuosas, estrechas y cargadas de historia. Málaga es una ciudad para patearla, en el buen sentido de la palabra. El hecho es que, a pesar de lo que digo, lo hago poco, solo de cuando en cuando. Hoy ha sido uno de esos días. He cogido mi máquina de fotos, pues soy un gran aficionado a la fotografía, y mis neuronas y he salido a pasear.

Eso de coger mis neuronas… ¿qué quiere decir? Pues veréis, aparte de plasmar en mi cámara las imágenes de la ciudad en una mañana clara de un febrero luminoso y no muy fresco, me dispongo a pasear en conversación conmigo mismo; es decir, observando, pensando y digiriendo todo lo que se me viene encima. Es un momento de paz, de recogimiento, en el que mi pensamiento vuela libremente, observa, razona y construye sus juicios, saca conclusiones que luego pasan a formar parte de esa concepción de la vida que todos llevamos dentro. Por tanto, preparo mis neuronas y me las llevo de paseo para que se relajen y vivan la vida como espectadoras, para observar mejor la realidad que nos rodea. Es como si las subiera en un helicóptero y, desde arriba, les mostrara el mundo para que ellas me fueran orientando, aclarando las ideas. Es un ejercicio de libertad que se ejecuta en solitario, con mente abierta.

Hoy, aparte de cosechar más de una treintena de imágenes de bellos jardines, plazas y edificios antiguos y modernos, he observado un hecho que entró en el procesamiento neuronal, confirmándome una de mis observaciones cotidianas sobre la conducta humana.

Os cuento: Un taxista, intentando pasar por un lugar prohibido bloqueó a un autobús con unas treinta personas a bordo. El conductor del bus le toca el claxon y el taxista se enoja y le dice, malhumorado, que es solo un momento, que no tenga tanta prisa. Hasta aquí todo normal. Suele ocurrir muy habitualmente un hecho parecido. Pero fijémonos que en el autobús iban treinta personas y que el minuto, o el tiempo que fuere, se ha de multiplicar por treinta. Quiere esto decir que aquel señor le estaba robando un tiempo a cada uno de los pasajeros y no tenía conciencia de ello.

Esto mismo lo he pensado muchas veces en la cola del banco, del supermercado, de una oficina o en la ventanilla de un funcionario. Me pregunto: ¿Es consciente el señor o la señora que atiende a la clientela, de que cada minuto que pierda en nimiedades lo ha de multiplicar por el número de personas que están esperando? Yo creo que no, pero a mí sí me pasa. Intento darme prisa en la gestión cuando hay gente que está a la espera de que termine. Suelo pensar en los demás, en los que vienen detrás, aunque sin agobiarme, claro está. Parece como si el susodicho sujeto hiciera una ostentación de poder, mostrando a los demás que quien manda allí y en el ritmo y orden del trabajo es él exclusivamente. Él no está para servirnos, sino para hacernos un favor. Por suerte cada día hay más buenos profesionales que entienden esta situación y la gestiona adecuadamente.

Ejemplos como este, catalogables de insolidarios, se dan muy habitualmente. Un coche mal aparcado que ocupa dos espacios, un vehículo aparcado en doble fila que se marcha unos minutos sin importarle bloquear a otros, un sujeto que se salta el orden de una espera, una colilla o un papel que se tira al suelo, un perro que defeca en la calle y el dueño ni se inmuta, una persona mayor o embarazada que apenas se aguanta de pie en el autobús y el joven de turno va plácidamente en el asiento, incluso en el reservado a minusválidos… Recuerdo que una vez, en el metro de Viena, íbamos subiendo por unas escaleras mecánicas y una pareja que iba delante ocupaban todo el escalón y bloqueaba el paso. Un señor malhumorado dijo un improperio, ininteligible para mí, y exigió que se dejara libre uno de los lados para que circularan los que tuvieran prisa.

Existe un sinfín de casos significativos, que demuestran un déficit educacional. Es esa falta de conciencia ciudadana, de compromiso y respeto social, que nos caracteriza a muchos españoles y que se contrasta cuando va uno al extranjero, del norte claro, por que si bajamos a África, en cuanto a la limpieza, apaga y vámonos.

En conclusión, cada vez estoy más convencido de la necesidad de introducir en la escuela más formación ciudadana, llámese Educación para la ciudadanía, o como se quiera, lo importante es el contenido de conductas cívicas que faciliten y potencien la convivencia.

lunes 1 de febrero de 2010

Otra forma de explicar la crisis


Me llegó esta especie de cuento por correo y, si no fuera por lo dramático del asunto, es para reír un buen rato.

DEUDAS y BURROS


Se pidió a un asesor financiero que explicara esta crisis bursátil mundial y de una forma sencilla para que la gente de a pie entienda sus causas y así lo intentó:

Había un señor que se dirigió a una aldea lejana y ofreció a sus habitantes comprar cada burro que tuvieran a 100 euros. Buena parte de la población vendió sus animales. Al día siguiente ofreció mejor precio, 150 por cada burrito, y, así, otro tanto de la población vendió los suyos. A continuación ofreció 300 euros y el resto de la gente vendió los últimos burros.

Al ver que no había más animales, ofreció 500 euros por cada burrito dejando a entender que los compraría a la semana siguiente y se marchó.

Al día siguiente mandó a su ayudante con los burros que compró a la misma aldea para que ofreciera los burros a 400 euros cada uno. Ante la posible ganancia a la semana siguiente todos los aldeanos compraron sus burros a 400 euros y quién no tenía el dinero lo pidió prestado, más aún, compraron todos los burros de los pueblos cercanos.

Como era de esperar, este ayudante desapareció como el asesor y nunca aparecieron jamás. Cierto es, también, que a la semana en el poblado había un hecho:
"Estaba lleno de burros y de endeudados."

¿Será la causa por la que le interesa al colectivo especulador del "pastamen", que la gente se idiotice y siga siendo burra y codiciosa?