viernes, 25 de septiembre de 2020

LOS PELIGROS QUE NOS ACECHAN

 

Hoy vuelven a asomar la cabeza los seguidores de aquellos dictadores que asolaron el mundo en las décadas de los 30 y los 40 del pasado siglo. Piden mirar hacia adelante, intentando pasar página y olvidar lo sucedido, trivializando los hechos, mientras intenta sembrar y cultivar la semilla de aquellas ideas que nos llevaron a la hecatombe; mas es bueno pararse a recordar para tomar conciencia del peligro, para evitar que vuelva a suceder aquel desastre, o algo parecido, que costó al mundo 60 millones de jóvenes vidas, y no tan jóvenes, para que tomen conciencia las nuevas generaciones que son el relevo social y la previsible carne de cañón, si dan pie a ello. Por tanto, hemos de estar alerta para evitar la confrontación cainita e irracional entre los hombres y mujeres de este mundo, para reivindicar el uso de la palabra en democracia con actitud constructiva, para la libertad responsable de todos y cada uno de los ciudadanos de todos los países, para apagar el odio, para andar nuestro camino cogidos de la mano a caballo del verbo y la esperanza, porque ante otro conflicto de aquellas dimensiones se eliminará al ser humano de la faz de la Tierra.

Hace casi un siglo, en determinadas zonas de este mundo, se creó un monstruo social que se fue imponiendo con malas artes. Era intolerante, de ideas fijas, donde el dogma elimina el pensamiento ajeno; prepotente y supremacista, se sentía con el poder de someter a los otros pueblos de inferior raza, según ellos, que incluía a los desarrapados y miserables marginados por la historia y el sistema. Rechazó, siguiendo la tradición más antisemita, a los judíos y los criminalizó, hasta señalarlos como culpables de todos los males, haciéndolos, ante sus seguidores, dignos de exterminio.

Poco a poco fue “comiendo el coco” a los inocentes ciudadanos, sembrando entre ellos sentimientos e ilusiones irracionales, de un nacionalsocialismo egocéntrico, alimentado por el odio y estructurado en torno a la figura de un Mesías, un líder todopoderoso al que había que obedecer sobre todas las cosas, jurando cumplir sus órdenes hasta la muerte, sin rechistar ni cuestionarlas.

El pueblo cayó en la trampa, como había caído en otros momentos de la historia, y los integrantes de la sociedad, por convicción, miedo, dejación o seguir el camino de Vicente, que va donde va la gente, renunciaron al propio e independiente pensamiento para seguir el sendero marcado por su líder. Dejaron, en parte, de ser seres pensantes para convertirse en seres obedientes, sumisos y gregarios como borregos de un rebaño. 

Su inteligencia la pusieron al servicio del falaz supremacismo de su raza, hasta convencerse de que había que conquistar el mundo e imponer el dominio de esa raza superior, que ejercería el mando supremo desde su sistema de poder despectivo y endiosado. Ellos serían el padre protector y, a la vez, crítico con las inferiores razas, arrogándose el derecho a reprimirlas para educarlas en el marco de la nueva era, donde ellos decidirían todo, incluso quién y cómo vive en función de su pureza de raza y su obediencia. Gestionarían el futuro en nombre de la nueva civilización. Tal vez habría que destruir la existente para facilitar la construcción de la otra desde la nada. A ello se pusieron. Fueron alienando al pueblo, como lo hicieran antes otras ideas, credos o religiones, hasta convertirlo en un mero instrumento de obediencia fiel y leal al servicio de la causa, bien por convicción, bien por temor. 

Señalaron claramente al enemigo, a quienes había que eliminar, destruir o vencer. Todos estaban equivocados menos ellos, todos eran traidores a la patria menos ellos, todos iban en contradirección menos ellos, que, en el fondo, eran realmente los que transitaban en la dirección equivocada respecto al interés de su pueblo. Sembraron la semilla de su pensamiento único en otras naciones y la regaron y apoyaron para que brotara y creciera, con objeto de tener luego aliados para la conquista. Tras desarrollar un inmenso poderío militar orientado a sus fines, el 1 de septiembre de 1939, ahora ha hecho 81 años, traspasaron la línea roja de la frontera polaca con la pretensión de derrotar y eliminar al potencial enemigo, con la benevolencia del otro gran dictador ruso, con quien firmó un acuerdo de no agresión por 10 años, en el pacto Ribbentrop-Molotov; anteriormente Alemania ya se había anexionado otros territorios europeos sin provocar un casus belli con las potencias occidentales, cosa que no sucedió en este caso. Desde este momento empezaron a extenderse ejerciendo la rapiña de las tierras conquistadas, a la par que eliminaban sin piedad a quienes eran la escoria para ellos. La gente enardecida de pasión y de gloria brincaba de alegría ante las conquistas, que reafirmaban su supremacía, y se lanzaron locamente, gritando y saludando con ardor guerrero al incuestionable líder que los llevaría a la gloriosa victoria final, sin pensar en la sangre derramada por su pérfido propósito. La nación, que diera a la ciencia grandes cerebros, científicos, filósofos y pensadores de trascendencia universal, acabó sometida a un demagogo cabo frustrado de la primera guerra mundial, con la mayoría de ciudadanos renunciando a su singularidad, a su libertad de pensamiento, para pasar de sujetos pensantes a sujetos obedientes. 

Dejaron de ser ellos, renunciando al desarrollo de su espiral de potencialidades, para ser parte de un aparato donde ejercían de eslabón de la cadena que amarraba la libertad de los demás y de ellos mismos. Aquel hermanamiento de un grupo egoísta, con su entrega a la causa, convirtió al ser humano en inhumano perdiendo los valores que determinan esa humanidad.

Durante cinco años se sembró de sangre y muerte, de destrucción y terror, los campos de la tierra. Poco a poco, con los años y el transcurrir de la guerra, algunos, se fueron percatando del error; la gloria y el entusiasmo inicial se convirtió en sufrimiento y miseria, en muerte y desolación propia. Decenas de millones de muertos alimentaban, con su vida, la máquina imparable de la guerra. Mayores, mujeres y niños sucumbían amargamente ante los avatares que la confrontación les traía; los soberbios jóvenes, cargados de vitalidad, que otrora saludaran con su brazo en alto en acto de obediencia al líder hasta la muerte, fueron cayendo de forma pavorosa y con ellos, murió su soberbia y el orgullo del supremacismo. El juramento de “obediencia debida” al líder los amarraba mientras, este, encerrado en su bunker, se entregaba a su locura, a su paranoia y su megalomanía, negando la evidencia al seguir anclado a la fantasía de una realidad imaginaria, negando la derrota y permitiendo que, desde el Este, avanzaran hordas clamando venganza por el sufrimiento que se les infligiera a ellos previamente, ojo por ojo y diente por diente… destrucción, muerte, violación, rapiña y humillación eran las divisas aprendidas y ejercidas. Por el Oeste asomaban bombarderos que asolaban las ciudades, destruyéndolas y causando daños irreparables y miles de muertes inocentes. La pinza se cerraba y aquella nación orgullosa de su supremacismo era aniquilada junto a sus aliados, humillada por segunda vez en ese siglo y enfrentada a una realidad que destrozaba su idea de raza superior.

Pero ahora, visto lo visto, después de todo ello, con los testimonios históricos que lo avalan, uno se pregunta si la sociedad tiene memoria. Si el sufrimiento y el drama vividos por esa generación pueden inmunizar a las generaciones venideras (en el caso de España ese sufrimiento se infringió antes, con la guerra civil, y se mantuvo a lo largo de la contienda y en la posguerra). Lamentablemente, me da la sensación, que no. Cada generación tiene una débil memoria remota, a largo plazo, donde se diluyen los recuerdos de la dramática historia vivida por la generación anterior. Tal vez esta civilización, donde la realidad y la fantasía han tergiversado todo, dándole el carácter de banal a lo ocurrido, mediante los medios de comunicación, la filmografía y los juegos infantiles, hace que la generación que crece confunda la realidad con la ficción hasta no otorgarle el valor real de lo ocurrido. Lo malo es que, en ese caso, serán presa fácil para volver a caer en los mismos errores. Sería bueno que a todos aquellos héroes militares, y no solo a los vencidos, se les convirtiera en villanos, desvistiendo de heroicidad a sus actos

¿Habremos perdido la conciencia? Nuestra frialdad ante el sufrimiento ajeno, nuestra indolencia para la gestión pacífica de los conflictos, nuestra continua negativa a resecar viejas heridas para curarlas, nuestra receptividad ante sembradores del odio y la confrontación, nuestra falta de sensibilidad para valorar el drama de la destrucción y muerte que conlleva el conflicto… en suma, nuestra carencia de espíritu crítico para valorar la historia, sus dramas y consecuencias, nos deja en disposición, por falta de conciencia, para volver a tropezar con la misma piedra. Nuestro sistema educativo sigue siendo ineficaz para formar a los ciudadanos en la convivencia. 

No me dejaré, pues, arrastrar por cantos de sirena, salvo que sea para limar las aristas de la concordia y facilitar la convivencia humana en armonía con el entorno desde el respeto a la diversidad, porque si me dejo arrastrar, posiblemente caiga en servir a los intereses de otro, amarrado como eslabón a la cadena… 

Mi reflexión, por tanto, va contra toda imposición de la idea única, contra quien pretenda someter al ser humano para sus propios fines, arrebatándole el derecho a ejercer su responsable libertad. Va contra los pájaros de mal agüero, los falsos profetas, los intoxicadores mentales, los ideólogos de tres al cuarto, los pseudointelectuales que, a caballo de las redes, confunden y manipulan a la gente, tendenciosamente y manipulando la realidad, ofreciendo nuevas eras diluidas en la falaz penumbra de la nada o, en todo caso, que es aún peor, en el dogma político y religioso del pasado; en suma, contra el adoctrinamiento para la sumisión y el acatamiento irracional, y contra todos aquellos que anteponen los intereses de grupo a los intereses generales de la ciudadanía, y en lugar de potenciar el desarrollo, el bienestar y la felicidad de la gente, pretenden amarrarlos al mercado en una alienación carente de principios y valores, en el que prima el egoísmo, donde siempre gana el que más tiene… y pierde, como estamos viendo, el que tiene menos.

jueves, 25 de junio de 2020

Es como un río nuestra vida



En estos días la realidad nos ha enfrentado a un espejo al que le solemos dar la espalda. Es el espejo de la vida y de la muerte; ese tránsito ignoto que se inicia al nacer y concluye en la irremisible partida. Nacemos sin pedirlo, por deseo, o no, de los progenitores y somos arrojados, según algunos credos, desde otra dimensión, mediante un lento proceso biológico, a un mundo desconocido en el que, día a día, tenemos que aprender qué somos y para qué estamos aquí. 

La suerte, desde un punto de vistas biológico y ambiental, será decisoria para trazar el camino, aunque, en el fondo, sean las circunstancias que fueren, el tránsito se ha de hacer contra viento y marea. No es lo mismo circular por la ruta en un buen vehículo y una excelente autopista, que hacerlo por caminos de montaña, cargados de retos y peligros, en una bicicleta.

Pero, al final, el abismo o precipicio, llegará. Allá no cabrán autos de primera y de segunda o tercera, sino que, cada cual, con su bagaje interior, caerá al abismo concluyendo su misterioso viaje. Ya lo decía, tiempo ha, Jorge Manrique, ante el dolor por la muerte de su padre, en sus versos de pie quebrado, que componen la copla III de su poema:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

Cierto, me diréis, pero el tránsito es distinto del que vive por sus manos, que el del rico.  Hace unos años, visitando el norte de Palencia, tocando ya Cantabria y a un tiro de piedra de la provincia de Burgos, descubrí el Pico Tres Mares; es un lugar singular, pues según de donde surja el agua o caiga por la lluvia, su destino será un mar u otro, pudiendo desembocar en el Mediterráneo a través del Ebro, en el Atlántico por el Duero, o en el Cantábrico con el río Nansa, si no recuerdo mal. La dispar suerte del agua, según cayera o naciera en uno u otro lado, me llevó a escribir una fábula, que se publicó en el diario Sur el 17 de septiembre de 1988, titulada Fábula de los ríos, que posteriormente divulgué en mi blog y, más tarde, incluí en mi libro Relatos y remembranzas (Amazon, 2018).

Tal vez, al estar por las tierras familiares de Jorge Manrique, el recuerdo de sus versos a la muerte de su padre, asumiendo la simbología metafórica del río con la vida, hizo fluir aquella fábula, que se puede leer en este enlace.

Ciertamente, la nube suelta el agua sin saber a dónde cae, quedando al azar el nacimiento del río. Una vez en contacto con la tierra, cuando ha tomado vida y fluye por su cauce, van apareciendo los hitos y avatares, que condicionarán el tránsito que ha de recorrer por la cuenca que en suerte le cayó. Pero, indudablemente, más tarde o más temprano, el río está predestinado a desembocar en la mar, que es su morir. Podrá llegar caudaloso, cargado de poder, pero al entrar en la mar se diluirá en el agua salada, perderá su esencia singular y quedará confundido, entre un todo inmenso, constatando su insignificancia por mucho orgullo y poderío que pensara poseer; o, tal vez, al transitar por espacios de secano, entre páramos y eriales, secarrales y baldíos, su tránsito penoso, acabará en la mar, librado del castigo al que fue sometido al caminar.

En estos días aciagos, donde el virus nos enfrentó al espejo, parece que ha quedado impresa en nuestra mente la insoportable levedad del ser, a la que aludía Milan Kundera. El latigazo de la muerte, el miedo a contraer el virus, la paranoia de su contacto entre la gente, no solo modificará nuestra costumbres, sino que marcará nuestra propia percepción del ser superior que parecíamos. Seguimos engañados por la vida, nos falta la humildad de lo fungible, de lo perecedero, y, al pensar que somos casi inmortales, salvo a un largo plazo, nos seguimos anclando a lo presente, como si la vida durara eternamente y el presente no cambiara con el paso de los días, como si el mañana fuera una utopía y no llegara nunca a acorralarnos con la muerte.

Mas ¿para qué tiene sentido sentirse prepotente? Tal vez para olvidarse de la gente, para sentirse como un dios menor que juega en esta vida al egocéntrico placer de agarrarse al poder en el presente. Ahora, cuando ves que se marchan los amigos y otra gente, la vida se siente sacudida por la muerte y, tú, la percibes limitada y efímera sintiéndote impotente. Mas, ¿qué hacer, si al cabo de la esquina, la muerte se aproxima amenazante queriendo llevarte por delante? Tal vez, mirando en tu interior, en ese intenso espejo que olvidaste, podrás empezar a comprender que todo es un dislate, sin sentirse capaz de analizar el tránsito o camino existencial.

¿A qué vine yo aquí? te podrás preguntar; mientras al final se oculta una verdad que, lejos de tu conocimiento, te otorgará el aliento para seguir el caminar. Mas a esta edad, cuando la vida transitó tantos caminos, forjando, etapa tras etapa, el último destino, solo cabe aceptar, que el tiempo transcurrido, fue una escuela de vida y libertad para darle sentido a tu conciencia, para fraguarte en la justicia, la bonhomía y la bondad. Lo que haya más allá pierde interés, pues solo se queda tu saber y entrega a los demás, sembrando la paz en tu interior, sabiendo que, al pasar, cultivaste un mundo mejor, dejado a los demás.

Si te vas, vete en paz, pues no ha de haber mayor placer que, al acabar, te dejes por detrás un mundo superior, sin odio y sin maldad. Entonces hallarás la respuesta a tu pregunta de qué viniste a hacer. No te empeñes en seguir otras diatribas de credos y de gente poderosa, que solo buscan una cosa, alienar tu pensamiento para que no puedas buscar lo se esconde en tus adentros. La coherencia verdadera, se encuentra en tu interior, no estará fuera…

En el confinamiento, que en estos días hemos vivido, tiempo hemos tenido para reflexionar, para pensar, qué pintamos aquí y qué hemos de pintar. Durante la desconexión de los hábitos normales de la sociedad donde vivimos, estando en casa y aislamiento, le dimos protagonismo al pensamiento y, al final, cada cual podrá sacar sus consecuencias, buscando la verdad en su experiencia; y esa verdad pasa, en esencia, en sembrar en la conciencia otra forma de actuar.

Nosotros, aquellos que ya estamos transitando la etapa final de nuestro sino, debemos de usar, el poco tiempo del camino, para alcanzar nuestro destino sin miedo ni maldad, sino entendiendo que al nacer se empieza a fenecer, y que el progreso de la vía te da la garantía de morir en paz y en armonía, si supiste hacer la travesía, cargando tu mochila de saber.

domingo, 14 de junio de 2020

El supremacismo racial



En las décadas de los años 30 y 40 del siglo pasado, la raza aria se sintió supremacista. Los arios eran una raza superior elegida por Dios para liberar al mundo. Eran, por tanto, los elegidos, los seres humanos perfectos, los que tenían que mandar, por derecho genético, en el globo. Por ello se dedicaron a conquistarlo, a masacrar al enemigo para someterlo, para mostrar su superioridad e instalar una era de dominio y supremacía de la raza aria. Ellos eran los garantes de la evolución de la especie y los demás eran seres inferiores que solo valían para servirles en sus megalómanos proyectos. Recurrieron a perfeccionar la raza, a delimitar las características que debían definirla, y fueron buscando al ser humano perfecto en su aspecto y morfología: rubio, alto, físicamente bien proporcionado y sin defecto alguno… hasta en laboratorios de procreación.

La vida de los seres inferiores no valía nada, incluso, se deberían tomar medidas para eliminarlos, bien asesinándolos o bien evitando se reprodujeran, o sea esterilizándolos. En todo caso, el poder y dominio de la sociedad, su gobierno y la gestión política, era de su incumbencia exclusiva. El partido nazi aglutinaba a esa raza superior, mientras todos ellos, en un acto de obediencia debida, perfectamente jerarquizada, asumían el honroso papel de soldados de la causa, ejerciendo la beligerancia necesaria para imponer las ideas, principios y estructura organizacional de esa causa. El ser humano, en su singularidad, carecía de importancia y solo la adquiría en el marco de un todo al que debía someterse. No estaba para mandar sino para obedecer al líder, al Führern como encarnación del poder. Misticismo, credo religioso que casi divinizaba a Hitler, con el mismo método que divinizaron a los emperadores romanos, a los faraones, a los reyes a quienes Dios les otorgó su gracia para gobernar.

El nacismo, ese delirio megalómano que llevó al mundo al mayor desastre habido jamás, dejó claro lo calamitoso que era. El mundo lo anatemizó, lo repudió como idea supremacista y tomó medidas para que no volviera. Pero, hete aquí, esas ideas siguen anidando en determinados sujetos, que continúan defendiendo la genética racial como determinante de la inteligencia y de la superioridad de unos sobre otros. Ese absurdo planteamiento, que la evidencia científica deshace, niega la posibilidad de la influencia del proceso formativo en el desarrollo del individuo, en tanto la genética lo condicionará, por lo que el ser inferior a la raza supremacista, que es la blanca, ha de asumir su limitación y ejercer funciones secundarias.

He de reconocer que el supremacismo me repugna en tanto soy de los que piensan que la genética tiene su valor, pero es un valor variable, porque no ha de salir un genio de otro genio, aunque tenga bastantes posibilidades. He conocido grandes lumbreras, médicos de renombre y prestigio y el hijo era una calamidad. También he conocido personas brillantísimas procedentes de clases bajas. Tenemos cantidad ingente de ejemplos en nuestra propia sociedad.

El blanco se sobrepone al negro cuando es más rico, cuando tiene más recursos para invertir en su formación y cuando los hábitos de estudio y el entorno socio familiar facilita su desarrollo, a veces, fraudulento, pues los idiotas, si son hijos de lumbreras o clase alta, parecen menos idiotas, pero no dejan de serlo, y asumen el poder que le otorga una sociedad clasista.

 Nosotros, en nuestra historia, arrastramos el fatalismo de esa incongruencia. Nuestros reyes, con serias patologías mentales o alteraciones conductuales, cuanto menos, trastornadas, causaron más males a la patria que los propios enemigos internacionales. Sujetos depresivos, con trastornos severos de conducta, felones y déspotas, fraguaron la desgracia del país, al ser reyes por la gracia de Dios y no por designios de la real inteligencia.  Carlos II es el más claro ejemplo, pero no queda atrás su propio padre Felipe IV el disoluto, después, en los borbones, Felipe V el ciclotímico, Carlos IV el inseguro, Fernando VII el felón, su hija Isabel II la… entre otros. España ha sido siempre un país de río revuelto con infinidad de pescadores a la orilla para conseguir su pez, bien ejerciendo de rey, de valido real, bien ubicándose donde hubiera pesca. En todo caso el río de plata nacía en América y desembocaba en Sevilla (qué bien lo definió Quevedo con su poema Poderoso caballero es don dinero). Que inventen ellos, se decía, nosotros tenemos para pagar; hasta que los ellos fueron ricos y nosotros pobres. Pero ese es otro tema, vuelvo al que nos ocupa.

No negaré que la filogénesis y la epigenética influyen en el desarrollo de las especies y, por ende, de los seres humanos. Pero, no mayoritariamente por factores estimulares intrínsecos o internos, sino extrínsecos o externos, que a su vez elicitan su interior. Son las demandas ambientales, básicamente, las que fueron determinando la evolución de la especie en una sabia estrategia de adaptación al medio. Por tanto, en un acto de justicia social, solo cabe procurar el desarrollo de esos ambientes para que influyan, en igual medida, en todos los seres humanos, dando así la posibilidad de que cada cual dé salida a la espiral de sus potencialidades de desarrollo personal como forma de aporte social.

Me cisco, pues, en los supremacistas que, el azar y, tal vez, la necesidad, como decía el biólogo francés Jacques Monod, le encumbró al vértice superior de la pirámide social, pisoteando a las bases y concentrando en su poder recursos para su mejor desarrollo, dejando a los demás sin acceso o posibilidad de evolución. No es, por tanto, el supremacismo de una raza sobre otra lo que se manifiesta, sino el desequilibrio económico, de recursos, hábitos y posibilidades de desarrollo, lo que determina que cada uno esté donde está y no donde podría estar.

La semilla es, prácticamente, la misma, lo único que cambia es la tierra de cultivo. Si un blanco tienes recursos, o sea buena y rica tierra para su cultivo, llegará más lejos que un negro, aunque, a veces, surjan idiotas y haya que esconderlos. Por tanto, en la educación y formación del niño, en el cultivo del brote que surge de la tierra, está el éxito o fracaso de la cosecha. Otra cosa es que la buena tierra, o sea la riqueza y el poder acceder a los recursos y nutrientes del sistema, estén a disposición de todos o solo de unos pocos, los que dominan y se definen por eso supremacistas. Claro, no querrán compartir los nutrientes, el abono y minerales, que hacen crecer su planta, para eso reclaman el poder, para seguir nutriéndose ellos y dejar a los otros en las tierras secas del desierto, escasas en agua y en posibilidades de crecimiento.

Este, en el fondo, es el dilema de una sociedad en desarrollo, que no sabe muy bien a donde va, o que sí lo sabe, pero solo unos pocos, los que defienden el nuevo orden mundial, donde ellos serán, como pretendían los nazis, la especie del futuro, y los demás esclavos o servidores de la misma.

Creedme, y lo digo desde la experiencia de un hijo del campesinado andaluz, esa losa, a veces sutil y otras descaradas, sigue existiendo sobre quien tiene recursos limitados para poder desarrollar sus potencialidades intelectuales. Aunque nuestra generación haya luchado por cambiar el sistema, está el contrapeso de las clases dominantes, en lo político y económico, intentando neutralizar ese esfuerzo y, extrañamente, en ocasiones, los mejores defensores de esa idea son los hijos de la nada que se van sometiendo al poder sugestivo del líder y la idea que defiende, sin ni siquiera pararse a pensar más allá de los valores supremacistas que le plantean como dogmas o verdades. El sumiso alienado es el mejor servidor del supremacismo; tal vez porque, en su complejo de inferioridad, necesita un grupo de pertenencia que lo ampare y encumbre a los más alto como colectivo, si bien como individualidad sea solo un mero instrumento manipulable al servicio del omnímodo poder supremacista.

No quiero terminar sin traer a colación una anécdota que se cuenta sobre Marilyn Monroe y Albert Einstein, de la que no tengo certeza pero sí referencias en el mundo de internet, y que, en todo caso, me parece ilustrativa. Esta anécdota surgió del encuentro entre Monroe y Einstein en 1949. Ella preguntó: "¿Qué dice, profesor, deberíamos casarnos y tener un hijo juntos? ¿Se imagina un bebe con mi belleza y su inteligencia?" Se dice que Einstein, con una sonrisa, respondió: "Desafortunadamente, me temo que el experimento salga a la inversa y terminemos con un hijo con mi belleza y con su inteligencia". He de decir que, según parece y por ahí anda escrito, la Monroe tenía un altísimo cociente de inteligencia. En todo caso, hoy por hoy, salvo que más adelante se utilicen técnicas de ingeniería genética, el resultado en la fecundación es incontrolable si es producto de una relación sexual normal. El espermatozoide que llega y perfora primero al óvulo no tiene por qué ser el más inteligente, aunque esté sometido a un ejercicio de selección a lo largo del camino hacia su objetivo.

No obstante, si el supremacismo ganara la batalla ideológica y se impusiera, se podría acabar, con los conocimientos de ingeniería biogenética, creando seres anormales, superiores en según qué y para qué cosa, más cerca de la robótica que de la naturaleza del ser humano. Tal vez se vaya por ahí, incluso sin que sea el supremacismo su instigador, sino en el deseo de mejorar la especie desde la vertiente exclusiva de mejor calidad de vida y eliminación de trabas, malformaciones y enfermedades a través de la manipulación genética. Al tiempo…

En todo caso, y refiriéndome al supremacismo, mal vamos si no aislamos esas ideas y las dejamos diluirse en su absurdidad, en lugar de dar crédito o divulgarlas sin someterlas a debate y crítica racional. El futuro, que no será el mío, está en juego.

lunes, 8 de junio de 2020

Reflexiones al final del confinamiento


Este encierro ha pasado por diferentes fases y no me refiero al desconfinamiento, sino al propio confinamiento.

  1. En un principio lo aceptamos con resignación e interés por ver como evolucionaba la cosa, pensado, tal vez, que haríamos una compacta piña para luchar contra el virus.
  2. Una segunda fase fue el ver como los partidos políticos, en lugar de acoplarse, se tiraban los trastos, lo que llevó al desconcierto personal. En este apartado incluyo los debates de televisión entre periodistas o tertulianos que, más que honrados y éticos periodistas amantes de la verdad y la información, resultaron venales, o sea que se venden y no trabajan para la verdad sino para un partido o ideología en concreto con la que están comprometidos. En algunas ocasiones me ha parecido ver más una pelea de perros que un debate humano. Si sumamos a esta fase la creación de bulos y la utilización de internet como herramienta de confusión para crear el río revuelto, acaba uno sometido a una presión que se pretende evitar.
  3. La tercera fase, bajo mi opinión, fue el debate parlamentario, la pérdida de la compostura política, aflorando la maledicencia, el insulto y la descalificación irracional, en lugar de establecer sinergias. Es curioso como en esta fase, yo diría que es una conducta habitual en el mundo de la política, aparece la estrategia de la externalidad defensiva, adjudicando todo el mal al contrario, mientras como estrategia de reafirmación, se presume y asume todo lo bueno como propio. El problema está en el nivel de idiocia del espectador, o sea en su capacidad crítica y en saber discernir cuando le engañan y cuando le dicen la verdad, aunque haya, siempre, una tendencia a aceptar la verdad de los propios, de los que se es hooligan, y a rechazar y criticar la de los otros. 
  4. Yo metería en la cuarta el desencanto con los políticos en general o, al menos, con una parte importante de ellos, tal vez de aquellos a los que se les debería pedir más visión estadista para resolver la crisis de la forma más justa posible, buscando el encuentro y la sinergia a la que ya me he referido, con objeto de consensuar medidas y acciones enfocadas a salir airosos, todos, con el menor quebranto posible de la ciudadanía y de las estructuras económicas y productivas del país.
  5. Metería una quinta, que no es una fase en sentido cronológico, sino una situación ambiental, un estado de opinión, donde se van diluyendo  determinadas expectativas orientadas a cambiar el sistema hacia otro mejor, donde prime el desarrollo de las energías limpias, la justicia social, la potenciación de la investigación, la creación de nuevos hábitos, la concepción integral de la vida, de una nueva situación (creo que ahora le laman nueva normalidad) donde la sensatez y el sentido común se impongan a los intereses desordenados y egoístas de grupos de poder tanto políticos, empresariales, económicos, religiosos e ideológicos totalitarios. Ahora es el momento, como dije en otra ocasión, de hacer una catarsis; es decir, de mirar lo que tenemos e ir tirando por la borda aquellos lastres que nos pueden hundir el barco y evitar seguir navegando por la vida.


¿Pero qué mes estás diciendo? ¿a qué viene este discurso? dirás, querido amigo lector, llegado este punto. Pues viene, amigo, amiga, a que al estar harto de ese mundo discursivo de la política y sabedor de lo que pienso, prefiero ver la 2, o sea el canal 2 de TVE para observar lo que nos enseña la vida en la naturaleza; una naturaleza integrada, en equilibrio, en la que el hombre persiste en alterar desordenadamente. Es decir sobre explotarla sin pensar más allá de su propia generación, posiblemente influido por el proceso económico (fíjense que no voy a decir capitalista, para que a determinados colectivos no le salten las alarmas instauradas por el sistema, que les lleva, automáticamente, a descalificar a quien lo dice). El sistema económico es depredador, irracional e insostenible a medio plazo si se quiere mantener la interacción con el medio de forma natural. Otra cosa sería si lo que se pretende es destruir para construir, sobre las ruinas, otro mundo alternativo donde el mercado nos ofrezca aquello que la naturaleza ya nos negó. ¿Se imaginan, que no es difícil hacerlo, en unos años, circulando con botellas de oxígeno de la marca “patatum”, o la creación de sensaciones vivenciales como la brisa, la lluvia, el olor primaveral, o el de la era trillándose la mies, o el trino de las aves porque la naturaleza exterior a nuestros dominios o ciudades encapsuladas, ya no los puede proporcionar desde su muerte?

No se preocupen amigos, el sistema neoliberal, el mercado y la competencia, será capaz de producir alternativas a aquellos elementos que la propia naturaleza deje de ofrecernos cuando muera… solo habrá que pagar para obtenerlos enlatados.

Hoy, dejé de ver la machacona tele con sus elucubraciones políticas intencionadas. Me pasé a la 2 y sus documentales (qué haríamos sin las 2 los que huimos de la tele) y viajé por el mundo de la naturaleza. África con la consabida pugna entre víctimas y depredadores de la selva y la sabana; el mundo de las aves con sus sistemas de vida tan diferentes y ricos a la vez, el secretario, ave muy original, pateando a la víctima antes de deglutirla, o el curioso loro llamado kakapo (en maorí loro nocturno), considerado el loro más raro del mundo, incapaz de volar porque ha degenerado al no tener depredadores de los que huir, o el colibrí suspendido en el aire mientras succiona el néctar de las flores… una maravilla de espectáculo en la naturaleza.

Luego, como por encanto, me vino a la memoria el creacionismo. Imaginé a Dios diciéndole al hombre, tras concluir la creación de todo, incluso de haberle sacado la costilla para hacer a Eva, que reinaría sobre toda la creación, sobre todas las especies. Pues ahora que caigo, yo creo que el hombre no debió entenderlo bien o, al menos, lo interpretó mal. Veamos: hay dos formas extremas de reinar o gobernar sobre algo; una es administrar y proteger a ese algo para que persista a lo largo del tiempo, o sea facilitar “amorosamente” el desarrollo de la vida en ese contexto; otro es el autoritario, el impositivo, el sacar provecho máximo a lo regentado sin implicarse en garantizar su regeneración sino someterlo al egoísmo del rey. El primero es una relación de amor en sentido aristotélico, el segundo es un egoísmo puro e irracional que solo busca la inmediatez del beneficio.

Si lo que prima es el amor tenemos tierra para rato, porque entenderemos que nuestro desarrollo y mantenimiento va ligado al de la propia tierra y los seres que la pueblan; mas si lo que prima es el egoísmo la extinción se dará en las próximas generaciones, porque usaremos desmedidamente sus recursos en una miopía que destrozará el futuro, aunque sostengamos la filosofía de que el mercado lo puede producir todo y la ciencia lo inventará.

Estando en esta tesitura reflexiva me asaltó otro pensamiento. Esta maravilla que estaba viendo en la 2, en plena naturaleza, ¿existía en realidad? Supongo, lógicamente, que sí, pero de hecho aquello no era la vivencia real, la situación que se me presentaba estaba manipulada; le habían puesto música de fondo, incluso, acompasada a las imágenes y acciones que se presentaban, repetían escenas de interés especial a cámara lenta, se fijaban en pequeños detalles que escapan a la normal atención, etc. Se había mejorado, o desvirtuado según se mire, mediante manipulación, la percepción de una realidad. Me faltaba, eso sí, el uso de algunos sentidos, pues solo sentía los estímulos visuales y alguno auditivo, pero ¿y los olfativos, y el táctil? No sentí la brisa en mi cara, ni el perfume de las flores silvestres o el olor de los excrementos animales, ni la hierba acariciando mis pies al caminar, de hecho no caminaba, ni tocaba los árboles, sus ramas o las hojas. No escuchaba el trino de los pájaros salvo en momentos puntuales a gusto del realizador, el rugido del león o el bramido de los búfalos… aquello era bastante artificial, aunque precioso.

Tal vez estaba ya en el futuro. Me habían enlatado bonitamente una realidad supuesta, que no había vivido ni vivía, para transportarme a otro lugar existente, pero imaginario para mí, haciéndome ver y conocer otros entornos del planeta. ¿Qué diferencia hay a efectos de mi percepción si es o no real ese escenario? me pregunté. La única es mi convencimiento de que existen en la actualidad esos entornos. Pero, tal vez, ya no sean como yo los veo.

En un futuro, cuando todo ese ecosistema desaparezca o se merme, nos ofrecerán la experiencia virtual, como ya se está haciendo, pero con mayor realismo. Podrán acompañarlo de las otras sensaciones que ya dije no haber sentido, del olor, la brisa, el tacto, los ruidos ambientales, etc. O sea, que puede que no haya naturaleza pero la tendremos enlatada. Tal vez esto sea como Marte, un desierto, pero con habitantes viviendo en ciudades subterráneas o construidas en superficie, aisladas y artificiales donde la ciencia haya conseguido reproducir todo aquello necesario para la subsistencia de la especie.

¿Te imaginas que cuando llegué el hombre a Marte descubra que hay habitantes y viven en el subsuelo aislados de las inclemencias de la superficie del planeta, gente como nosotros, nuestros antepasados germinantes, que decidieron colonizar la tierra hace cientos de miles de años, para reproducir semillas o mutar genéticamente especies animales con sus genes de potencial evolutivo y de ahí surgió el hombre?

Pensar por pensar se puede pensar lo que se quiera, pero alguien dijo, tal vez fuera yo mismo, que todo aquello que el ser humano es capaz de pensar podría existir, solo hace falta tener el conocimiento científico necesario para realizarlo. De momento, conjugar las nuevas tecnologías con el sistema de vida humano y los principios humanistas es una asignatura que se ha de desarrollar en el futuro. Según se lleve a cabo ese reto, así evolucionará nuestra existencia. ¿Seremos un matrix, una virtualidad vital, o formaremos con la naturaleza una comunión o intercambio en un ecosistema equilibrado? Esperemos que nuestra vida no se convierta emocional y existencialmente en una película de interacción con un medio inexistente. Tú eliges, o tal vez no, lo eligen otros, de momento depende en parte de ti. Prefiero seguir viendo los documentales sabiendo que son reflejo de una realidad a verlos perfeccionados virtualmente, formando parte de un pasado existencial.

Eso sí, en el mundo de la política me da la sensación de que están ganando los otros, los de Matrix. Cada vez se parece esto más a la caverna de Platón, sombras proyectadas desde un exterior desconocido, realidades deformadas, interpretaciones manipuladas, sueños versus realidad, mente o inteligencia como contenido, cuerpo como continente. ¿Disociamos nuestras mentes de los cuerpos? ¿Extraemos nuestra mente, nuestra inteligencia, del mundo material que la contiene y que requiere nutrientes y condicionantes del contexto natural o la implantamos en otro continente, en otro soporte, donde no sea necesario alimentarlo? El ser humano dual, siempre lo ha sido… mente y cuerpo; mente es la inteligencia, el misterio del saber, la capacidad de discernir, de pensar y razonar, de analizar y tomar decisiones contingenciales, es decir en función de las contingencias o circunstancias que se presentan. El ser humano, siendo, tal vez, el ser más indefenso físicamente, sin recursos corporales para vencer a los depredadores, ha sido el ser vencedor de la contienda, del proceso de selección de las especies.  Su mente es el poder, su inteligencia el instrumento para ejercerlo. Pero, entonces ¿qué es el cuerpo? El cuerpo es el continente, el soporte de la mente. Sin él no se puede sobrevivir. En el orden de prioridades, ya decía Maslow que, primero están las necesidades básicas que permiten la subsistencia del cuerpo, del vehículo que transporta la mente.

Pero… ¿y si colocamos a la mente en otro soporte? Es decir ¿y si creamos otro artificio menos delicado, más consistente, donde la inteligencia se desarrolle sin la necesidad de someterse a priorizar la cobertura de las necesidades del continente?  En todo caso ¿Cuál es la función del ser humano en este mundo? Puede que sea el uso y desarrollo de su inteligencia, para devolverla al cosmos una vez evolucionada a lo largo de la vida. Si eso es así cabe cuestionarse la necesidad de cambiar de continente para garantizar mejor el éxito de ese esfuerzo para desarrollar la inteligencia. ¿Abandonamos el cuerpo, este cuerpo biológico frágil, que muere prontamente sin haber conseguido el desarrollo ideal y la evolución de nuestra psique, este cuerpo que sucumbe ante un microscópico virus, y buscamos otro, no biológico, que nos garantice mejor subsistencia y resistencia a los agentes agresores, junto a un menor desvío de energía para sostenerlo, y dedicamos esa energía ganada al mayor desarrollo de la inteligencia?

No debe ser tal fácil y menos para el propio ser humano tan sometido a variables ignotas, desconocidas, que conforman el todo de su sistema funcional. La complejidad del sistema interactivo entre todos y cada uno de los elementos que conforma la estructura vital y su sistema relacional es, hoy por hoy, desconocida. Cualquier intento o ensayo tiene demasiados riesgos, al menos según el conocimiento limitado que hoy se tiene sobre el tema, salvo que nosotros, los seres normales, el ciudadano de a pie, no sepamos de la misa la mitad y existan conocimientos tan elevados en determinadas esferas que no los imaginamos.  Tal vez del “solo sé que no sé nada” hayamos pasado a que hay gente que sí sabe algo que los demás ni imaginamos.

Cierro esta reflexión, que se fue más lejos que los cerros de Úbeda, con el convencimiento de que estos políticos que andan jugando a malos malosos, que se pegan puñaladas, que hablan de democracia cuando la desprecian en el propio ejercicio de la política, estos políticos, digo, son tan mediocres que serán incapaces de planificar el afrontamiento de los retos del futuro, mientras andan en menudencias porque su miopía no les deja ir más lejos de los que siempre ha sido.

Si has llegado hasta aquí, querido amigo o amiga, te felicito y, con ello, me felicito yo como autor de la reflexión que te ha atrapado, pero has de saber que esto empezó con la sencilla idea de contar como, escapando de la virulencia y hartazgo de la dinámica política, acabé viendo un documental de la 2. Lo demás es pura especulación o reflexión encadenada de un pensamiento desbocado que libremente se fraguó, por inercia mental de quien lo escribe.

No quiero terminar si reafirmar la idea que ya apunte respecto a la gobernanza: una es administrar y proteger “amorosamente” y la otra autoritaria e impositiva. El primero es una relación de amor en sentido aristotélico, el segundo es un egoísmo puro e irracional que solo busca la inmediatez del beneficio. Tú aún eliges, amigo, a quien gobierna. Buen ejercicio de reflexión ante el voto.

viernes, 29 de mayo de 2020

La política tóxica.



Reconozco que normalmente no suelo ver los debates del Congreso. En parte debido a su previsibilidad y porque se juega tan sucio que, hasta un demócrata, en muchos casos, acaba sonrojándose. Soy consciente, critico que Pedro Sánchez no está mostrando la sensibilidad requerida con las comunidades autonómicas, al menos bajo mi punto de vista. No sé qué pasa, pero, en una situación como esta, debe jugar la buena comunicación, la colaboración y las sinergias para enfrentarse a un problema de alerta nacional, que afecta a todos sin distinción. Para mí, el hecho de ser el jefe o mando máximo ante el conflicto, obliga a establecer estrategias y dinámicas que permitan la confluencia entre todos los integrantes y responsables de la gestión.

Sin embargo, para formar un equipo coherente y establecer una línea de actuación conjunta es necesaria la lealtad y corresponsabilidad de gobiernos del Estado y las comunidades autonómicas, incluyendo una actuación moderadamente responsable para conjugar una oposición dura y real, pero orientada a resolver el problema. Cosa difícilmente conseguible cuando subyace una confrontación que viene del pasado, con una estrategia de acoso y derribo bajo el lema “al enemigo ni agua” como se ha venido viendo desde la caída de Rajoy, caída mediante una moción de censura, tan constitucional como unas generales elecciones. No obstante, también en las elecciones generales posteriores ganó el partido socialista, por lo que se vio abocado a una negociación compleja para poder formar un gobierno de la única manera posible que se le dejaba, al menos ese es mi pensar. Entiendo que cada partido está en el derecho, y la obligación, de establecer su propia política o estrategia en la legislatura, en función del lugar que le toque ocupar. Otra cosa será su cariz y talante, incluso, la expresión de la conducta que lo ubica en el arco parlamentario.

Estamos donde estamos porque venimos de donde venimos. Venimos de un cenagal donde la corrupción sigue oliendo a podrido y los afectados niegan la mayor, pasando la pelota del “y tú más” al otro, como si eso justificara la suya. Aquí no se ha purgado el tiempo suficiente para quedar limpio de culpa. Venimos de un conflicto político en Cataluña que no se ha resuelto y sigue latente. Venimos de un cambio importante en la derecha, antes monolítica y ahora tripartita y compitiendo por el liderazgo. Una derecha europea homologada y otra ultra escindida de lo que ellos llaman “la derechita cobarde” en plan despectivo (curiosa alianza con estos mimbres), además de con Ciudadanos, neoliberal que encaja mejor a la derecha que a la izquierda, con la que no quiere ni hablar. Qué extraño giro, pactó con Sánchez anteriormente, no fraguó el pacto por culpa de otros, y ahora, reniega y se echa en brazos del PP al que dijo no tragar por corrupto.

La derecha, en cierto sentido, obligó al PSOE al único pacto de gobierno que le fue posible tras las segundas elecciones. Podrán decir lo que quieran pero siempre hubo una decisión tomada sobre su voto de investidura, en ningún caso abstenerse para facilitar la formación de un gobierno socialista, aunque este debiera incluir a Podemos en su gobierno y pactar con la izquierda independentista catalana su abstención. Había que acorralarlo, empujarlo a un posible abismo, colocarlo en situación de extremismo para combatirlo mejor, al menos esa es mi impresión a la vista de los hechos. Esa estrategia de confrontación cainita se ha colado en otra dimensión diferente, donde no cabe ni se justifica dado el drama de la pandemia. Aquí, la oposición, debería renunciar a ese tipo de confrontación y pasar de crítica destructiva a crítica constructiva, a ser congruentes y actuar en la línea de algunos de sus dirigentes, como Almeida, Feijoo, incluso, Bonilla. Pero en ningún caso como Ayuso, despreciando a sus colegas en las reuniones de Presidentes con sus tardanzas, tras recibir aviones y hacerse la foto, por poner un ejemplo.

Ayuso, a la que su jefe, Pablo Casado, puso como ejemplo de gestión de la crisis de la pandemia (me trae la memoria cuando Rajoy ejemplarizaba la gestión de Camps en Valencia y otros que luego anduvieron con grandes problemas con la justicia, sin hablar del milagro económico del PP que está en la cárcel), es una bomba de relojería que va a estallar en la cara de Casado y su escudero Egea. Casado fue la apuesta personal de Aznar en el congreso del PP, donde salió elegido como presidente para reemplazar al pasado reciente por otro pasado lejano, que se había ido tras el inicio de la guerra de Irak y las multitudinarias manifestación contra ella por millones de españoles, sazonada por los atentados de Madrid del 11-M. Y cómo no, Casado surgió tras un contestado Rajoy y su espectáculo de fin de ciclo, sentado en una cafetería mientras se cocinaba su moción de censura.

Adiós, dijo Rajoy, allá os apañéis con las intrigas. Y hubo intrigas entre Cospedal, Santamaría y Casado. Ganó Santamaría en la primera vuelta, pero Cospedal, que luego sería defenestrada por su aliado, apoyó a Casado, no sé si por convicción o por dar por saco a Soraya. La conclusión es que Soraya se fue, pasó a mejor vida… en política, pasar a mejor vida consiste en largarse, tras cumplir la etapa activa, a un buen puesto donde se viva mejor y si es con puerta giratoria, mejor que mejor.

Casado puso a los suyos y se dio varios batacazos electorales de marca mayor; generales, municipales, europeas, etc. Difícil resultaba vestir a la mona de seda. Se intentó, pero el fracaso era evidente y alguien tenía que decir: “Lázaron levántate y anda”, y anduvo, mal, pero anduvo tambaleando. Tomó lección, hizo un master, regalado por su jefe, para que siguiera la vieja retahíla del “Márchese señor González”. Desde entonces, a cara de perro, su estrategia está en echar al “impostor” que con malas artes consiguió la Moncloa.

En aquella explosión que detonó Rajoy, con la carga submarina que llevaba adosada (léase corrupción), se resquebrajó el partido y afloró, al desmembrase, un miembro suelto, de su mano derecha, derecha, que cuando se vio libre empezó a llamarles “derechita cobarde”. Y lo fue… no fue capaz de poner los límites entre el miembro amputado y el cuerpo “mater”.  Compitió con su hijo, sin echarlo de casa, y llamó al otro hijo para aunar fuerzas. Los hijos no se hablaban, pero al ser de la misma sangre, se soportaron y bajo el paraguas de papá, vivieron juntos en la casa. Cargaron sus armas con la misma munición y se fueron de caza, intentando que su presa se despeñara en el abismo del extremismo marxista bolivariano, independista, nacionalista, etc. Quisieron traer la derecha al centro, pero era imposible subir el peldaño con aquella carga.

Previamente, tras su nombramiento como presidente del PP, no le dio tiempo a Casado para limpiar la casa antes de las elecciones andaluzas y por un birlibirloque, el que fuera defensor de Soraya, llegó a presidente de la Junta. Trágala, pues. En el reino de Galicia, Feijoo reinaba, sin discusión alguna y siendo para él una amenaza. No despertemos al oso del norte vaya a ser nos coma las entrañas. Quedó Feijoo tranquilo y no dio su batalla.

A ver lo que nos queda, se dijo. Y encontró la cosa chunga. Los otros tres reinos se ganaron por arte de magia. En Castilla León, Murcia y Madrid, tras largas negociaciones, ganaron la batalla diciendo que no era lo que era, pero que sí era, aunque no lo fuera. O sea que se realizó un pacto “antinatura” entre VOX, PP y Cs. considerando que VOX y Cs, al menos en público, no se hablaban; es más, los de Rivera, ya defenestrado, juraban y perjuraban que ellos pactaban con PP y los otros que hicieran lo que les viniera en gana… trágala, pues. Pero en los tres susodichos reinos, se repitió el caso andaluz, donde sólo por obra y gracia de VOX pudieron reinar, lo que indudablemente genera deuda política con el “facedor” del milagro, pues llegar al poder, no habiendo ganado las elecciones, no deja de ser producto de un artificio milagroso, si se clama al público que con VOX no, claro.

¿Y qué pasa después? Cada cual podrá sacar sus propias conclusiones, pero bajo las mías está claro que el PP, malherido, sufre una amputación de su miembro derecho, perdiendo mucha sangres, o sea votos, al que no deja marchar, ofreciéndole ejercer de prótesis, extrema en su derecha, a cambio de asumir parte de sus postulados, evitando aquellos de pudieran rozar la constitucionalidad…

Lo de Ciudadanos fue un drama, pues el alegrón que se llevaron en las primeras elecciones generales, donde tocaron la espalda del PP, idealizando un sorpasso al viejo estilo, les llevó a cometer errores de bulto que traicionaban el espíritu de centro con que fue creado, pues renunciaron a pactar con Sánchez, a quien le podían haber sacado buena tajada y dejaron que cayera en brazos del independentismo, enemigo acérrimo de los “riverianos”. Cosa que debió frustrar a muchos de sus seguidores, tanto que, en las segundas elecciones, se dieron un batacazo tan terrible que causó la muerte política a su líder, pasando de ser tercera fuerza nacional, con espíritu de grandeza representativa, a séptima, caminando viendo las espaldas a los independentistas que circulaban delante. Triste situación que acabó diluida en la pandemia y que sigue esperando a ser resuelta, aunque ya se vislumbran ciertos cambios u orientaciones que puedan garantizar su supervivencia sin ser deglutidos por sus amigos más a la derecha.

Pedro Sánchez, tras su intento, persistiendo hasta última hora en gobernar en solitario, en las generales de la anterior legislatura frustrada, esperando la abstención de la derecha que evitara su pacto con Podemos, sucumbió y se vio forzado a convocar otras elecciones que no cambiaron mucho, dejando, relativamente, la pelota en el alero. La única salida natural que le quedaba a Sánchez, tras la negativa de la derecha a abstenerse, fue pactar a la izquierda, donde, en teoría, debían estar sus votantes ideológicos, con Podemos y con ERC, los indeseables de la derecha y, sorprendentemente, con un PNV que huyó de la quema del PP cuando caía Rajoy.

Resumiendo: Si comparamos las dos últimas elecciones veremos que en la coalición de la derecha ha cambiado el peso específico de cada partido, ahora resulta una coalición donde: VOX = 34.7%; PP = 58.7% y Cs. = 6.6%. Mientras que en la situación anterior los datos eran: Vox = 16.3%; PP = 45% y Cs. = 37,7%. Eso quiere decir que se ha radicalizado más la derecha. La gran pregunta es por qué ha salido tan mal parado Cs. de este cambio. ¿Qué ha hecho mal? Una buena reflexión para su congreso.

Bien, pues de aquellos polvos vienen estos lodos. La derecha está más radicalizada y el PSOE, que pensaba gobernar en solitario, está más amarrado por la izquierda. El asunto está ahora en saber diferenciar la situación previa a la pandemia, donde la problemática era diferente, de esta otra donde, tras la pandemia, las prioridades cambian.

Es aquí donde yo, inocentemente, supongo, solicito que se deje la confrontación irracional y destructiva del contrincante, para asumir la lealtad que requiere el momento, para que el conjunto de los españoles podamos afrontar con éxito, a través de las sinergias resultantes del esfuerzo común, canalizadas hacia la gestión de la crisis, sin excepción ideológica, de raza, religión o lo que fuere, el reto que se nos plantea. Reto que se prolongará con más fuerza a lo económico en cuanto deje de ser objetivo prioritario la resolución de la crisis sanitaria. Ahí, donde ya estamos, se ha de ver qué papel juega el Estado en la defensa y protección de sus ciudadanos, conjugando el proceso económico y productivo con el bienestar de los españoles, mediante una justa y equitativa carga del peso de la crisis.

Mas, me temo, que resultará difícil hacer un buen cesto con estos mimbres, pues la dinámica política ya hace tiempo que dejó de ser política razonable para convertirse en política tóxica.
  

jueves, 28 de mayo de 2020

¿Que se anda cociendo entre bastidores en este país?



La ciudadanía española anda despistada. Una multitud de noticias y movimientos, en los momentos más difíciles de este país, se acumulan de forma controvertida, cuya intención es difícilmente comprensible, dando la sensación de que aquí se está jugando una partida de poder fuera de las esferas que la democracia otorga al ejercicio del poder… no sé si se me entiende.


Lamentablemente, cuando se debería estar enfocando todo el esfuerzo en atacar a la crisis, primero sanitaria y luego económica, los políticos gastan sus energías en una batalla fratricida y cainita. Es indudable que los errores son inherentes a las decisiones del ser humano, tanto a nivel de gobierno central, como de gobiernos autonómicos, o de partidos, de técnicos, etc.  de toda índole; siempre se dijo que de sabios es rectificar, lo que implica que hasta los sabios se equivocan, ¿cómo no se va a equivocar el político que de sabio no tiene nada?  Solo hay que darse una vuelta por la hemeroteca y descubrir las incongruencias de todos y cada uno para acabar tomando una posición de sensatez, que diluye las sospechas en la inmensidad de ese mundo político canallesco, donde se dijeron tantas barbaridades desde el principio, barbaridades que hoy muchos niegan, aunque se sigan manifestando otras que luego también serán negadas. A la vista de ello se observa una tendencia de determinados políticos a manipular, a presentar a los otros como “malos de la muerte” y ellos como santos varones por la Gracia de Dios, expresión cargada de significado histórico.

Noam Chomsky es un hombre sabio, por lo que se puede equivocar también, tiene una frase que me da la sensación no es, en absoluto, un error. En ella dice: “La población general no sabe lo que está ocurriendo, y ni siquiera sabe que no lo sabe”.  O sea, que estamos confundidos, en el sentido de confusión generalizada, con respecto a opiniones muy cuestionables, pues se percibe una tendencia a manipular a la gente y sembrar en ella opiniones mal fundadas que responden a intereses de grupo. Algo está ocurriendo, algo previsiblemente muy discutible, porque aflora un terremoto artificioso que confronta a la oposición elevada a tal por las urnas con el gobierno encumbrado también por ella. Se ve claramente un problema de deslealtad entre ellos, deslealtad que pudiera acabar en tentaciones de ejercer golpes de mano bananeros para cambiar las cosas, obviando las urnas que hablaron recientemente para proponer que hablen de nuevo, sin contar con quien tiene la autoridad para la convocatoria de elecciones, o sea el gobierno.

Tal vez estén jugando con fuego algunos políticos, un fuego que acabara quemándonos a los de siempre para que ellos puedan calentar sus intereses. Cuando un político, en lugar de resolver problemas, se dedica a crearlos, cuando en lugar de cultivar la concordia ciudadana procura la confrontación cainita y fratricida, mal político es; y lo que es peor, al ser elegido por el pueblo y enfrentar al pueblo, acaba implicando al pueblo en una batalla de consecuencias desestabilizadoras, que podrían calificarse de conductas políticas suicidas. Digo suicidas porque el alboroto puede acabar con la democracia, si es que esta democracia está consolidada, en beneficio de grupos herederos y defensores de ideas totalitarias que creíamos superadas.

Con estupor veo la confrontación. El debate ha pasado a ser batalla, donde la consolidación del argumento ha saltado de la descalificación, eso es soportable, al insulto, que ya no lo es. Especial mención quiero hacer a la señora Cayetana Álvarez, que realmente sí es marquesa consorte, según creo, por su osadía y desvergüenza con su improcedente comentario a Pablo Iglesias sobre su padre; no lo diga solo por la falta de respeto y la difamación que ello implica, sino por su petulancia egocéntrica que desarmó hasta la estrategia de su propio partido tomando para sí el protagonismo de la sesión  y descargando de presión al objetivo del ataque del PP, que no era otro que le ministro Marlasca. No me extraña que hasta sus propios compañeros de bancada estén pensando en sacarla de la portavocía. Espero que esto no pase de lanzar dardos verbales, más o menos envenenados, a navajazos traperos como camino previo a justificar las bombas. Ellos están hablando para sus hooligans más fervorosos, pero lo malo de esto es que el hooligan sigue sembrando el odio y el desencuentro, sumando a su bando de intransigencia nuevos adeptos. Eso potenciales adeptos, normalmente razonables, pueden perder la racionalidad en su discernimiento para dejarse llevar por viejas emociones y empezar a pensar con las vísceras en lugar del cerebro. En los conflictos, la emoción rompe la razón y da pábulo a la ira, de ahí pasamos al odio y del odio al desprecio y la indiferencia ante la suerte del semejante, convertido ya en enemigo, al que hay que liquidar.

Nosotros tenemos una historia reciente que, al parecer, no ha dejado enseñanzas en determinados grupos. El franquismo pretendió eliminar la democracia y brotó a los cuarenta años. La democracia pretendió eliminar al franquismo y revivió a los cuarenta años. La cuestión es bien sencilla y deberíamos aprenderla: Las ideas no se matan, aunque mates a quien las tiene, sino que se combaten con otras ideas que las suplan en la mente del ser humano; porque, llevadas a un extremo donde las emociones suplen la razón, dejan los argumentos y se transforman en armas de guerra de la mano de quienes están dispuestos a confrontar hasta ese nivel. Es ahí, en ese caso, donde la idea que proclama la confrontación bélica e impositiva se ha de desechar, incluso, con la violencia propia de la autodefensa para no perder la libertad. Por tanto, a la vista de lo pasado, hay que evitar a los que pretende llevar la confrontación a situaciones de irracionalidad que aboquen al conflicto irreparable que debemos evitar.

Y ¿qué debemos hacer los ciudadanos desde la sensatez? Yo creo que lo primero es no dejarnos llevar por la manipulación y los intentos de desinformación de determinados grupos; lo segundo es no caer en la trampa de dar crédito a los bulos, las falsas noticias y mentiras interesadas que desestabilizan la convivencia; tercero no hacer de correa de transmisión de esos bulos y noticias falsas haciéndoles el caldo a los intoxicadores; cuarto reivindicar el ejercicio leal de la política; quinto no apoyar nunca la política canalla de insultos y desafueros que nos puede llevar a la confrontación irracional y sexto (aunque puede haber más) antes de emitir un juicio basado en lo que dice otro, es aconsejable ejercer el uso de la crítica razonable y razonada, o sea del razonamiento propio y no del hooliganismo, bajo un intento de neutralidad, si ello es posible.

Mi preocupación y la de muchos con quienes he mantenido contacto respecto al momento político, es manifiesta. No sé a dónde pretenden llegar los personajes tóxicos de nuestro país, aunque, por desgracia, me lo sospecho y me da miedo pensarlo. Os recuerdo la frase de Chomsky: “La población general no sabe lo que está ocurriendo, y ni siquiera sabe que no lo sabe”. Es bueno tomar conciencia de aquella sabia expresión: "Solo sé que no sé nada", de esa forma arriesgaremos menos argumentos baladíes.


lunes, 25 de mayo de 2020

Ante la crisis, sensatez y asentido común.




Hemos vivido tiempos difíciles, de enfermedad y muerte, que persisten y mantienen su amenaza, aunque más atenuada. Es posible su vuelta con la misma o más virulencia. Por si eso es poco, el mundo político, en un acto de pura irresponsabilidad, no ha sido capaz de afrontar compactamente la acometida. Se enfrascaron en luchas de poder, posiblemente sabedores de que tras la crisis sanitaria vendría la económica y allí se jugaban los dineros. Mi impresión es que, tras esa incapacidad de acuerdo para afrontar la pandemia, se esconde una estrategia de lucha social y política para ver cómo y quién paga la crisis. Es doloroso ver estos juegos maquiavélicos, estas mentiras y bulos, esas insinuaciones y argumentos falaces, para deteriorar al contrincante buscando estar en buena posición para la poscrisis sanitaria, para la crisis económica, que es la importante en determinadas esferas de poder. Aquí mienten todos y todos se equivocan, pero nadie lo admite. Gritan libertad muchos de los que defienden un pasado que la cercenó. Hablan de libertad si sentir la verdadera libertad de un pueblo o sociedad. Creo que cuando un defensor de dictadores pide libertad no lo hace para el pueblo, sino para ellos poder someterlo a su albedrío y seguir disfrutando de sus prebendas. La libertad es un derecho compartido, responsable, comprometido con los otros seres libres. Nunca se ha de confiar en quien pide cuando no la siembra, y menos si la pide desde un Ferrari que puede inducir a la idea de injusticia distributiva. El patriota de verdad no es el que empuña una bandera en una manifestación con auto de alta gama, sino el que defiende a los habitantes de su patria, a los ciudadanos que la conforman. La patria no es solamente el territorio, sino, por encima de todo, los habitantes de ese territorio, al menos desde la filosofía de la soberanía popular, de la democracia.

Por eso, hoy, estamos muy preocupados por saber quién va a gestionar la crisis económica y cómo. Y creo, sinceramente, que ahora es cuando han de surgir los estadistas, aquellos que defienden los derechos y libertades que garantiza el Estado, para dar una solución justa, de la que no surja más miseria, en la que no haya quien se enriquezca con la pobreza ajena, donde entre todos, de forma alícuota, hagamos el esfuerzo para salir con la solidez y la sinergia que requiere el caso. Sabemos que durante este tiempo ha habido grupos de poder tóxicos, incluso partidos, creadores de bulos, de mentiras, jugando sucio y no apoyando a la gestión de la pandemia, tal vez esperando que todo fuera mal para hacer de Mesías salvador (Ya sabemos aquello de que “mientras peor mejor” cuando se busca derrocar a alguien y ocupar su sitio), pero ahora, ante la insensatez y la demagogia, ante la manipulación de la opinión pública y la siembra y cultivo del odio ancestral que domina en nuestra historia, solo nos vale el acercamiento y acuerdo.

El “guerracivilismo”, el cainísmo, la dos Españas, el egoísmo insolidario, solo nos llevaran al desastre. Vivimos en una sociedad democrática, con sus litaciones, con sus leyes mejorables desde la libre decisión de la ciudadanía, que merece ser respetada aceptando sus normas, donde todo debería poder cambiar si responde a la voluntad de los ciudadanos. Tenemos un Gobierno legítimo, un Parlamento legítimo, una Oposición legítima y de esta legitimidad no puede surgir, o pretenderse, la ilegitimidad. Toca remar todos en la misma dirección y debatir con el capitán, si es necesario, leal y sinceramente, el rumbo adecuado. Si comete errores los deberá pagar ante aquellos que le eligieron cuando sea menester. Así es la ley, así es la norma y así se debe actuar, criticándola si así se estima, pero cumpliéndola hasta que esa crítica fructifique para modificarla.

Es de una imbecilidad absoluta pensar que con la imposición se pueda resolver justamente esta crisis. Es de una idiotez supina creer que se puede preservar un Estado democrático desde esa imposición. Pero es más necedad llamar a una especie de “Golpe de Estado” para cambiar el poder sin contar con quien lo ejerce democráticamente. En todo caso cabe una llamada al diálogo para consensuar un acuerdo general que permita elaborar un programa de choque para salir de la crisis.  Pero hoy, lo que vemos en la política, es una pelea irracional por el poder para gestionar la crisis en beneficio de los adláteres de cada partido, de los suyos.

No podemos permitirnos salidas de la crisis económica dejando en la cuneta a los ciudadanos menos favorecidos, pues acabarán en la miseria y pobreza. ¿Qué país, medianamente civilizado y solidario, deja abandonados a sus ciudadanos a los pies de los caballos? No puede ser que unos salgan impolutos de ella, con su Ferrari, fincas, gran patrimonio y riqueza acumulada y otro se quede en la calle, sin sueldo, sin casa ni bocado que llevarse a la boca. Indigno es quien pretenda salir de la crisis por la derecha, olvidando la otra parte, o viceversa.

Ahora es el momento de la sensatez del pueblo. De ejercer la libertad responsable y sentir que tus compatriotas, y todos los seres humanos, han de gozar de sus derechos sociales y libertades. Si los políticos no están a la altura debemos exigírselo. Pero nunca dejarnos llevar por la siembra de odios y desencuentros entre la ciudadanía, porque si cuaja ese odio acabaremos otra vez en contienda, y quien hoy es tu amigo mañana podrá ser tu enemigo. De eso sabemos mucho, aquí y en todo el mundo, solo hay que mirar alrededor nuestro. En estos casos la mejor solución puede ser un mal acuerdo, pero, en todo caso, es acuerdo.

Nuestra sensatez, el sentido común, nos debe llevar a exigirles que dejen de vociferar y hablen con respeto a quienes les votaron, sin levantarse la voz. Las voces nunca establecieron consensos. Siéntense de una vez y hablen para llegar a una solución lo más justa posible para todos, pero no griten. Hablen de las cosas serias, “a calzón quitado” como se dice en nuestra tierra, no se nos vayan por los cerros de Úbeda para despistar o esconder su verdadero interés.

miércoles, 13 de mayo de 2020

La renta básica




El ingreso mínimo vital o renta básica está provocando movimiento en determinadas esferas políticas de corte neoliberal. Rechazo incomprensible para mí, por parte de quienes defendieron y dieron a la banca una inmensa fortuna para rescatarla de la crisis, dinero de las arcas del Estado (no debemos olvidar que Hacienda somos todos según aquel viejo aforismo que nos exhortaba a cumplir con los deberes tributarios). Pero hay algunos, herederos del Rey Sol, que se creen que el Estado son ellos, por lo que nadie más que ellos han de gestionar la situación para salir de la crisis.

Volviendo a la renta básica, algunos círculos políticos mantienen que al pobre no se ha de dar nada, que se hace holgazán y, luego, lo convierte en un derecho. Al pobre se le ha de hacer caridad, darle limosna, cumpliendo con el mandato de los Santos Evangelios. Al Cesar lo que es del Cesar, o sea al rico, y a Dios lo que es de Dios… y al pobre la limosna que Dios dice. Siempre ha sido así, manteniendo al pobre agradecido a su amo por haber sido bendecido con esa caridad divina que le mantiene en la fe y en la obediencia.

La caridad genera agradecimiento y sumisión, como debe ser para seguir el orden establecido. Pero la renta básica se convierte en un derecho y crea exigencia. El pobre es “bienaveturado” porque tiene la suerte del premio, a su sufrimiento terrenal, en el reino de los cielos. El pobre rico sufrirá en desconsuelo, pues antes que él entre el ese reino, pasaría un camello por el ojo de una aguja. Pero si el rico ejerce la caridad, tal vez, pueda abrirse la puerta del paraíso.

¿Qué será de nosotros si no se nos permite ejercer esa virtud teologal, que es la llave que nos abre las puertas de los cielos? dirán los ricos. Hemos de sembrar la fe en sus espíritus, para que tengan la esperanza de recibir nuestra caridad. Si no ejercemos la caridad con el pobre, si el Estado cubre las necesidades básicas en los momentos de crisis, no tendrán estímulo y se harán parásitos, mientras nosotros, los elegidos por el sistema, no podremos lavar nuestras conciencias ejerciendo esa gran virtud de la caridad.

Déjenlo como está, porque el rico sin el pobre no podrá superar su conflicto de conciencia, no podrá lavarla con la caridad para seguir viviendo en paz consigo mismo.

Ahora sin sarcasmo: Estos absurdos argumentos que he descrito, y otros muchos, son, en gran medida, los que sostienen los defensores del desequilibrio social, los que gestionan la abundancia y dejan caer de sus mesas las migajas para que se alimenten sus servidores, los que ante cualquier cambio de orden estructural, que lleve a una justicia distributiva, lo llaman revolución bolivariana… y, aunque lo pida el Papa, incluso el mismo de Guindos y otra mucha gente de bien, serán acusados de perversos seguidores de esos planteamientos. Yo creo que hay una premisa humanitaria de orden social, que ya soltó el lastre del pasado, para dar paso a la concepción de pueblo soberano, tal como se recoge en la Constitución, potenciando la idea del Estado moderno que conjuga los intereses comunes y estructura el sistema con objeto de velar por el bienestar de los ciudadanos.

Una de las características esenciales de un sistema democrático, al menos bajo mi punto de vista, es la solidaridad entre la ciudadanía, la justa distribución del desarrollo económico y la búsqueda sistemática de la evolución de todos y cada uno de los miembros de la sociedad. En ese sentido, para que un ser humano pueda desarrollar su capacidad intelectiva y evolucionar para servir a esa sociedad ha de tener cubiertas determinadas necesidades básicas que le permitan reorientar su esfuerzo más hacia el desarrollo personal que ha esclavizarse para cubrir las necesidades básicas de su fisiología, sin olvidar su acceso el sistema educativo y de formación para hacerlo partícipe activo y responsable de ese desarrollo social.

Por tanto, en un momento como este, creo y apoyo esa renta básica como una salida digna y solidaria para los más necesitados, y no entiendo que haya alguien que la niegue. Es cierto que en el mundo capitalista y neoliberal, defiende el mercado en plan darwiniano y no quieren someterse a controles gubernamentales que les obligue, mediante normas y leyes, a criterios de distribución equitativa de las rentas o ganancias producidas.


Hay debate intenso sobre el tema de la Renta Básica Universal, pero, según muchos politólogos y economistas, sería una buena respuesta a la lucha contra la pobreza en el mundo, toda vez que, como dice el sociólogo y politólogo Christopher Zahonero Ballesteros: “(…) la desigualdad, la exclusión, la pobreza y otras problemáticas sociales no sólo son causadas por el sistema capitalista, sino que son su condición intrínseca de existencia”. Cuando la robótica viene a suplantar al ser humano en el trabajo, con el riesgo de excluirlo del flujo económico que le facilite el acceso a los productos que requiere para subsistir, se ha de plantear este dilema y dar solución a la situación desde los propios Estados.

El problema para mí, en estos momentos y en nuestro país, está en que según quien gobierne la salida de la crisis será una u otra. En un lado está el capital, sus sociedades económicas y el mundo macro empresarial; por otro la ciudadanía de a pie. Tesitura: ¿Volvemos a centrarnos en salvar a la banco y a las corporaciones económicas y financieras dejando en la cuneta, como ya se hizo, a la clase trabajadora y media empobrecida, o salvamos a los ciudadanos reconvirtiendo la industria y el sistema económico para hacerlo más afín a un futuro que se ha de diseñar? Entiendo que el poder económico use su fuerza y su capacidad de crear empleo como elemento negociador, pero no para chantajear y poner contra las cuerdas al Estado, obligándole a obviar la cobertura elemental de las necesidades básicas de la ciudadanía. Al fin y al cabo no debe ser excesivamente complicado, pues se acaba de llegar a un acuerdo sobre la ampliación de los ERTEs entre la patronal y los sindicatos de la mano del Gobierno.

En esta tesitura lo más conveniente, dado que ya somos todos mayorcitos, lo lógico, es que el mundo de la política asuma de una puñetera vez su papel negociador, se sienten a hablar y hagan compatibles los intereses de todos, consiguiendo acuerdos donde todos ganemos perdiendo lo menos posible.  Pero en lugar de eso, se ponen palos en las ruedas, quieren eliminar al contrincante para ponerse ellos y dirigir a su antojo el camino para salir de la crisis por la ruta que pasa por su casa. No hay nada más que ver como se dinamita al contrario sin darse cuenta que eso lleva al caos y a tensar una sociedad alienada que se deja llevar por discursos emocionalmente incendiarios. En realidad, lo que nos interesa al pueblo llano, es que no se nos distraiga con banalidades interesadas para, tras la cortina de humo, seguir haciendo de las suyas mediante la teatralidad histriónica de dolorosas de papel cuché.

Uno no sabe si seguir intentando poner un poco de cordura o acabar diciendo como indica uno de los sabios refranes: “Para lo que me queda en el convento me cisco dentro”. Tal vez sea lo más balsámico para tanta vehemencia y acritud. “Yo ya hice mi trabajo, el que venga detrás que arree y se atenga a las consecuencias”.  El tiempo del jubilado está más para establecer el equilibrio y la paz interior que para entrar en combates de un futuro en el que estará ausente, eso sí, por qué he de renunciar a plasmar lo que pienso y si le sirve a alguien que lo coja y si no le sirve que lo obvie. Yal vez falte, en esta política, la brillante y tribal sensatez del anciano, y sobre la testosterona impaciente de los jóvenes, que pretenden llegar al poder para realizarse como seres mayores y megalómanos, partiendo, en muchos casos, de su inmadurez psicológica.