domingo, 26 de febrero de 2017

Carta a Pablo Ráez: Luchador por la vida hasta la muerte…


Querido paisano Pablo:

Yo no te conocía, salvo por los medios de comunicación, por internet y sus redes sociales. Sabía de ti por esa lucha que planteaste, ese reto con cierto descaro propio de la juventud, a la siempre amenazante parca. Todos tenemos esa guerra perdida y lo sabemos, pero también sabemos que nuestro ser se fragua en un campo de batalla donde el enemigo, que intuimos triunfador, nos irá permitiendo sentir la vida hasta el propio momento de su éxito, cuando nos segará con su guadaña de este huerto, donde se nos vino a sembrar para crecer y morir, haciéndonos notar esa nimiedad que somos, a pesar de nuestro orgullo y soberbia tan propia de los seres humanos. Todo tiene su tiempo y es justo que a cada cual se le de ese tiempo que el dios Cronos le otorga para lidiar con la parca, para burlarla y engañarla, hasta que nos gane el combate final. Eso sí, el final tiene sentido cuando ya hemos crecido, aprendido, procreado y dejado justo testimonio de nuestra existencia y trascendencia, que, en cierto sentido, es una forma de burlarla, pues nos morimos cuando queda de nosotros un testimonio de vida, cuando tras nuestra partida dejamos un legado, a modo de notario, que da fe de nuestra existencia pasada.

A veces y a traición, la parca no respeta nuestro tiempo y, urdiendo mil engaños o trapisondas, con sus artimañas, nos tiende celadas para arrebatarnos de este infausto mundo, robarnos nuestro tiempo y llevarnos a Hades de la mano de extraños Carontes que, en su barca, nos trasladen al inframundo donde habita. A ti, amigo ausente de cuerpo y presente de espíritu, te envió a un Caronte singular, que enmascarado en la Leucemia, quiso aprisionarte en sus garras, subirte en su barca y diluirte en los brazos de Hades, ese dios mitológico hijo de Cronos y de Rea que reina en el inframundo, mientras sus hermanos Zeus lo hace en los cielos y Poseidón en los mares.

Pero no se percató de que eras un rebelde, de que querías bailar en los cielos de Zeus y navegar en los mares de Poseidón, junto a tu Marbella querida.  Te infravaloró sabedor que el poder del inframundo es omnímodo y que al final todo acaba allí mediante el eterno contrato existencial que firma el ser humano cuando nace. La Leucemia entró en tu vida queriendo rescindir ese contrato, como suele hacer a su antojo en tantos casos. No supo, en el tuyo, con quien se la jugaba y en lugar de encontrar a un joven sumiso y resignado, se topó con un luchador, con alguien que le exigía su tiempo, que injustamente querían arrebatarle.

Le plantaste cara, sí. En plan amenazante procuraste burlarla y dejar escuela para que otros la burlaran. Aliado con la medicina buscaste soluciones que desarmaran a la parca, que le privaran de su pérfida guadaña. En un acto sobrehumano comprendiste que a la muerte, aunque no se le pueda vencer definitivamente, se le puede pedir y arrebatar el derecho que tenemos a vivir hasta que el dios Cronos nos lleve a la senectud que da la sabiduría de lo vivido, hasta recorrer el camino que nos llene de vida en un tránsito enriquecedor que nos haga dignos de una muerte sosegada, al amparo del cansancio y la fatiga de los cuerpos que fueron soportando tanto avatares en el tránsito. La muerte, aunque nunca le encontremos sentido, lo tiene por agotamiento, por haber transitado el camino de la vida en todo su recorrido experimental y haber acumulado y desarrollado nuestro saber dejando testimonio de nuestra existencia.

Luchar contra un espíritu joven, marcado por las ansias de la vida, no le es fácil ni a la parca. Te revolviste como una fiera acorralada por la injusticia del cazador asesino, y te rebelaste contra sus designios. Es más, sabedor del riesgo que conlleva la batalla, formaste un ejército de afectados y amenazados de leucemia y, en un clamor solidario, pediste a la gente su ayuda para acometer la lucha y ganar la batalla o, al menos, ayudar a que otros la pudieran ganar si tu caías en el combate.

Hoy, a esta hora, deben estar dando sepultura a tus restos. Tu cuerpo ha muerto. Las células de tu organismo, tocadas por el pérfido veneno de tu cáncer, han claudicado y no darán soporte ya a ese espíritu de lucha que mostraste, la parca ha vencido y Caronte en su tétrica barca, te hace cruzar el río hacia el inframundo lejos de los cielos celestes que iluminaron tus ojos y de los mares azules que te embelesaron con sus olas y brisas cargadas de perfume marinero. Caronte está contento, cobrará su moneda y te entregará al insaciable Hades como símbolo de su poder sobre la vida.

Él, Caronte, en su terquedad y obtusa mente, no comprende que solo lleva la nada en su bajel, que tú no has muerto, que solo te has desprendido de lo material que soportaba tu esencia y te has quedado libre en los pensamientos y el recuerdo de la gente. Miles y miles de ciudadanos se han aliado contigo, se han hecho donantes de vida mediante sus médulas, para que la batalla, que tú perdiste ahora, se convierta en la victoria de una guerra de cara al futuro. Un ejército de gente se ha implicado en esa lucha y los otros afectados, los que deberán batirse en primera fila en el futuro, podrán contar con más recursos para afrontar esa batalla y poder ganarla. Tu fuerza, tu decisión y combatividad han sembrado escuela y estarás presente en todos y cada uno de los luchadores, de los que se rebelan contra la injusticia de un dios que no respeta el contrato existencial y pretende yugular el proyecto de vida al que todo ser humano tiene su derecho.

Tal vez tu batalla y tu guerra, aunque la hayas perdido, te ha convertido en un dios menor que, desde ese poder acumulado en la experiencia vivida y la solidaridad y apoyo recibido del conjunto de la ciudadanía, sea la que te otorgue la capacidad de enfrentarte a ese otro dios del inframundo que no respeta el tránsito sosegado y constructivo del ser humano por el largo camino de la vida. Tú, pequeño dios, no has muerto, vives en la memoria de los vivos como ejemplo de tesón y lucha contra el sino inmisericorde que nos amenaza a caballo del cáncer, de la enfermedad y la miseria. Tu fuerza ha estado en aglutinar la energía de los demás, en establecer sinergias que confluyan en la batalla definitiva contra la injusticia de la temprana muerte.

Descansa en paz, que en tu lucha hay relevos para coger esa antorcha del derecho a la vida contra lo injusto de la prematura muerte.

Autor: Antonio Porras Cabrera
Psicólogo y enfermero, profesor jubilado de la UMA

martes, 14 de febrero de 2017

El futuro se acerca a la vuelta de la esquina


Es curioso, cuando empecé a escribir este post quería titularlo “Solo nos salvará el amor”, pero antes de entrar en profundidades quise hacer una pequeña introducción sobre la situación actual y, cuando me di cuenta, estaba inmerso en una serie de consideraciones que iban mucho más allá de mis planteamientos iniciales. Luego vi que si quería hablar de una salida a la situación debería clarificarla y evidenciarla para tener una idea más precisa de dónde estamos y de dónde partimos. Entonces decidí cambiar el título, hacer una primera parte para enmarcar el escenario actual y después tratar el tema en otra segunda.

Realmente, queridos lectores, estamos en un momento muy difícil y trascendente. El mundo evoluciona a tal ritmo que el vértigo no nos deja pensar. La tecnología nos agobia en una relación perversa de amor odio, pues si bien nos enamora facilitando la comunicación y divulgando el conocimiento, también nos amenaza con controlarlo todo, con ser un instrumento perverso en manos de desaprensivos que lo pueden usar para dominar y fiscalizar a la gente. La amenaza del Gran Hermano que todo lo controla y domina está a la vuelta de la esquina. Nuestros datos más íntimos en cuanto a hábitos, pensamientos, deseos, compras, nivel adquisitivo y de gastos en general, etc. los tienen disponibles en sus bases de datos alimentadas mediante el uso de tarjetas de crédito, de nuestros celulares o teléfonos móviles, de los bancos o nuestros movimientos en viajes y desplazamientos de ocio. Ya no es posible cobrar un salario sin pasar por el banco, sin que sea sometido a control por el sistema. Hemos pasado del sobrecito con la pasta contante y sonante (qué placer era contar el dinerito del sobre cuando se cobraba) a la tarjeta del banco; sí, ese banco que lo controla todo y lo chivatea a hacienda, que te cobra comisiones y que no te da ningún rédito por el dinero que tienes allí, pero te cruje con unos intereses tremendos si te lo deja él. Sí, ese banco que paga a sus directivos inmensos sueldos, bastante menos a sus trabajadores y desahucia a sus deudores; que gana dinero a espuertas, pero cuando pierde tenemos que darle nosotros para que salga a flote en lugar de renunciar a sus prebendas. Socializan las pérdidas y privatizan las ganancias. Pero sus defensores, los que están en el gobierno para consolidar sus intereses, incluso atreviéndose a cambiar el artículo 135 de la Constitución de forma furtiva, usan eufemismos para disimular con rodeos una realidad, por ejemplo: La banca no ha sido rescatada con el dinero de los españoles, que avalan y pagan su deuda, sino que se le llama “apoyo financiero” o “línea de crédito en condiciones muy favorables”. Thomas Jefferson, el visionario presidente de los EE. UU. en 1802 ya advertía sobre la banca: “Pienso que las entidades bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que todos los ejércitos listos para el combate...”. Es bueno que, visto lo visto, empecemos a pensar que los gobiernos democráticos, y los no democráticos, están al servicio de sus intereses económicos, en tanto el progreso se ha confundido con el desarrollo económico y, para más inri, lo controla la banca y el mundo de las grandes corporaciones que expanden sus tentáculos por doquier. Progresar un país parece que es enriquecerse sus grandes corporaciones y multinacionales, aunque el pueblo esté sumido en la miseria. El poder económico, visto desde las macrocifras, es lo importante; lo malo es que se van adueñando de todo a través del libre mercado y acabarán controlando, con sus bases de datos, toda nuestra existencia.

Pero, volviendo al tema y desarrollando algo más lo último dicho, cada vez más se recurre al control de los desplazamientos, de las actividades que realizamos, de nuestras vidas, para conseguir el control y dominio sobre la gente. Estamos aceptando intromisiones en nuestra vida privada que eran impensables hace unos años. Hemos renunciado a parte de nuestra privacidad en aras de la seguridad y el miedo al terrorismo. El miedo está siendo el gran aliado de los que quieren controlarnos, de los que pretenden establecer un sistema de dominio centralizado para definir quienes se adaptan y quienes no a las normas de convivencia, a la ética y moral, a los criterios mercantilistas de la sociedad de consumo, para determinar el perfil de ciudadano ejemplar que será potenciado como modelo en un futuro no muy lejano. Si renunciamos a las leyes que nos protegen de los abusos de autoridad, si dejamos en manos de un colectivo político administrativo el control de nuestras vidas, estaremos renunciando a la libertad, a la dignidad, al derecho individual frente al poder.


El miedo, sí, el miedo es el gran aliado de nuestros enemigos, de quienes quieren someternos a su dominio validando la instrumentalización de los datos que acumulan en sus bases, de quienes pretenden imponernos un nuevo orden donde se rompa el esquema funcional actual para poner otro de calado más universal. El miedo es el arma más poderosa para someter a la gente, pues nosotros mismos renunciamos a nuestros derechos en aras de la seguridad, como bien decía el insigne José Luis Sampedro. Despertar el miedo es fácil, sobre todo en las personas inseguras, más dependientes, de bajo discernimiento, pues todo hecho tiene diferentes prismas por donde verlo y valorarlo, solo es necesario hacer hincapié en aquello que sea lesivo para los intereses de la gente, en despertar el recelo, la duda, la turbación, el desasosiego en la frágil mente humana. En sujetos líquidos, incluso gaseosos, por usar la idea del recientemente fallecido Zygmunt Bauman, donde define la sociedad contemporánea bajo el concepto de “modernidad líquida”, es aún más factible ya que no tienen principios y valores claros y sólidos, o un proyecto de vida estructurado, viviendo al día en todo, llevados por la corriente del rio con rumbo impreciso hacia el mar, que es el morir, parafraseando a Jorge Manrique… estos sujetos son más permeables a la influencia de los mensajes manipuladores y buscan en el líder la salvación, aunque tengan que asumir el coste de la sumisión. Es la vieja teoría de la ética del amo y el esclavo, tal como ya se dio en la etapa feudal que, en el fondo, sigue existiendo de forma más o menos solapada en el alma y disposición de algunos.

Y para implantar el miedo, qué cosa mejor que el terrorismo, como su propio nombre indica. El terrorismo usado de forma inteligente como inductor del miedo es de gran efectividad. Al terrorista le interesa sembrar el terror y para ello lo ejerce, pero la sociedad no gestiona adecuadamente estos actos y, mediante el trato y la alarma social, lo eleva aún más. Determinadas tendencias políticas, gobiernos o intereses de poder, se acaban aprovechando para, en un clima social de demanda de protección, consolidar y modificar las normas y leyes en beneficio propio o de un ejercicio del poder más absoluto.

Lo curioso es que en EE. UU. mueren al año más de 11.000 personas por el uso de armas de fuego, mientras que por el terrorismo el promedio es de 31 fallecidos (excluyendo el 11S). Con estos datos lo lógico sería que el pueblo americano votara a quien propusiera eliminar el uso de estas armas, pero, curiosamente, se vota a un señor que hace de la lucha contra ese eximio terrorismo, su bandera. No hablemos ya de accidentes de tráfico, laborales, etc. a cuya previsión se le dedican presupuestos económicos ridículos, proporcionalmente muy inferiores, y no nos causa terror salir a la carretera, cuando tenemos mil veces más posibilidades de morir en ella que en un acto terrorista.

Ciertamente el problema del terrorismo se da, sobre todo, en los países en guerra donde se combate por su dominio. Allí se vive el terror en las calles, en el día a día, y son cientos de miles los muertos que se han llevado, y siguen llevándose, por delante esos conflictos de intereses espurios difícilmente identificables. El cultivo del miedo siembra el odio y el cultivo del odio lleva a la guerra, a la confrontación y la muerte, denigrando a los seres humanos y elevándolos a sus más altas cotas de perversión, de egoísmo codicioso insolidario. Es terrible ver cómo los países que se rasgan las vestiduras cuando hay un acto terrorista en su territorio, muestran una absoluta pasividad ante el terror que se vive en esas guerras y cómo cierran sus puertas a los que huyen de ellas, muchas veces con la excusa de que entre los refugiados pueden venir terroristas. Todo esto se traduce en una desconfianza absoluta, en inseguridad manifiesta, en desasosiego… en suma en miedo.

Pero hay otros factores más que consolidad ese miedo, como son el miedo a quedarse parado, miedo a no poder pagar la hipoteca, miedo a la pobreza, la miseria y la imposibilidad de dar techo, alimento y cuidados a los hijos, miedo a perder esa dignidad que nos arrebata la pobreza. Contra el miedo, y algunos poderosos lo saben cultivar, puede aparecer la receta de una elevación de la autoestima, de una manifestación de poder y el convencimiento subjetivo de nuestra superioridad grupal, lo que lleva a una dependencia y asunción de las estructuras de poder que conforman ese grupo ideológico, país o cultura, capaz de acabar con el enemigo sin piedad ni escrúpulos. Todo ello echa por tierra los valores y derechos humanos que tanto han costado instaurar en las sociedades libres… en aras de la seguridad entregamos los derechos, para que el miedo no vaya a más nos acabamos sometiendo al poder de quien dice defendernos, a nuestro mesías particular.


Hasta ahora parecía que teníamos un contrato social firme, que el Estado del Bienestar estaba garantizado y que el sistema democrático nos permitiría elegir a aquellos gobernantes adecuados para enfrentarse a las crisis y sacar adelante a la sociedad. Pero de golpe se presentificó el terrorismo, después la crisis, con ella el paro, los sueldos de miseria, los desahucios, el incremento de la pobreza de los pobres y de la riqueza de los ricos… en suma, el caos. Pero un caos controlado y enfocado para el cambio, para que ganaran los de siempre.

En este contexto, los muy ladinos, supieron jugar con la teoría de las expectativas de la gente. Ante una caída libre al abismo sabían que afloraría el temor a perderlo todo y se conformaría con perder solo parte, esa parte que ellos tomarían para enriquecerse más, creando un nuevo marco que modificaría el teatro de operaciones. Miedo, más miedo, miedo hasta que pidan a gritos que vengan un Trump, un Hitler o un mesías que les conduzca a la salvación, eso sí, a la suya aunque dejen el camino lleno de cadáveres, pero en otro lugar, fuera de su casa. Solo oyeron palabras, promesas de soluciones inviables, de acciones que embrollarían más las cosas. Se creyeron que los 11.000 muertos por armas de fuego las producían los inmigrantes, que todos los musulmanes eran terroristas, que había razas inferiores que eran un impedimento para el buen funcionamiento del país, que el mundo empresarial estaba corrompido e instalado en el establishment enriqueciéndose a manos llenas, que lo era en buena medida en ese mundo de los gatos que gobernaban a los ratones, pero, lo curioso es que quien decía eso también era un gato redomadamente rico, con una vida sospechosamente infecta, con infinidad de recursos comunicacionales a su servicio para modificar y crear opiniones, para manipular y falsear las verdades relativas que existen en esto mundo, con un discurso agresivo, prepotente, descalificador. Tomaron cuerpo los manifiestos y actos histriónicos, con gran parafernalia, en discursos infantiloides sin contenido racional, aunque sí emocional. Y la gente, como en los años 20 y 30 del pasado siglo, se aferró al clavo ardiendo, se entregó ante los mesías que los harían más grandes, más ricos, y protegería sus intereses aunque fuera mediante una guerra que los llevaría a dominar el mundo, a eliminar el terrorismo, a volver a ser los más poderosos, como si ya no lo fueran.



En ese interdicho fueron apareciendo confrontaciones con los viejos aliados, se instauró el descontento, la falta de respeto a la libertad de los demás, se cambió la diplomacia por las bravuconadas, la negociación por las amenazas y el chantaje; y el pueblo llano, confundido, empezó a ver a sus amigos y aliados como enemigos potenciales, y perdieron la confianza y afloró el desencuentro. Lo que antes era bello y gratificante ahora se cuestionaba y el valor de la amistad se confundió con la lealtad a intereses comunes del grupo, acabando sometido a sus normas impositivas, cosa preferible antes que terminar segregado y arrojado a la gélida sombra de la marginación y la indiferencia. Ahora el nuevo y mesiánico líder, al sembrar la desconfianza, los hizo más suspicaces, hasta llevarlos a la paranoia que cultiva el odio y desencuentro. Se convirtieron en dogmáticos para aglutinar sus filas, en integristas intransigentes e irracionales para defender sus principios inalienables y solo veían por los medios que hablaba el líder, la otras televisiones eran corruptas, regentadas por periodistas venales, que solo pretendían denostar al adalid del proyecto para hacerlo fracasar y seguir ellos controlando el mundo.

Y se fue cerrando el círculo. Ya no debías fiarte de tu vecino porque podía ser un infiltrado. Tenías que acudir a las reuniones del partido para no levantar sospecha de que fueras un traidor, acudir a sus actos, vestir según sus normas, mostrar las conductas e ideas adecuadas en defensa del grupo sin fisuras, incluso ejercer la violencia contra aquellos que no apoyaran la ideología del grupo, acusándolos de traidores a la patria y al orden, para darles el escarmiento merecido. Entonces, inmersos en una espiral de locura, se abolió la conciencia individual y se supeditó a la colectiva, ya no eras responsable de tus actos pues el líder era el que asumía la responsabilidad de las decisiones, tú solo eras un mero ejecutor para sostener el buen funcionamiento del sistema y veías con muy buenos ojos todo lo que fuera establecer controles, usar la más alta tecnología y procesos formativos para conseguir ciudadanos ejemplares como el modelo definido.


Ya puestos, pidamos que se identifique a la gente con un chip para evitar que nadie atente contra nadie, y de camino conocer lo que hacen y piensan esos locos que se aprestan a romper el sistema, los que siembran ideologías del caos, los enemigos del orden establecido y la convivencia… Es fácil, pongamos cámaras en las calles para vigilar, lectores de códigos de barras o chip para saber en cada momento dónde está y qué hace cada cual, eso facilitará el tránsito de la gente de bien, el pase por los aeropuertos, las compra en los supermercados, los viajes, la identificación para cualquier trámite… todo será para preservar la seguridad, el beneficio y progreso de esta sociedad enferma de paranoia y desconfianza que se va cultivando desde la propia escuela, la familia o la tele con su selección de noticias tendenciosas. Queremos un sujeto que solo confíe en el Gran Hermano y ya hay conocimientos científicos que permiten influir en el pensamiento, las actitudes y conductas de la gente, la ciencias nos avala y la ciencia es de la empresas porque se la hemos robado a la universidad. Además, el Gran Hermano, tiene de su parte a los medios de comunicación, que son suyos y puestos astutamente a su servicio…

Este mundo, que yo planteo como imaginario, aún no existe, amigo lector, pero si no nos espabilamos acabarán imponiéndolo y nosotros, o nuestros hijos o nietos, defendiéndolo. Hemos subido la escalera y se nos ha situado arriba del tobogán que, con velocidad de vértigo, puede llevarnos al barro de esa miseria humana de la mano de la tecnología y la  manipulación interesada, donde la sumisión sea un hecho incuestionable, el orden el estado superior, el idealismo un anatema, el ser humano un mero instrumento de producción y consumo, la tierra una masa a explotar hasta acabar con todos sus recursos, la ciencia un instrumento que tutele la fuga hacia adelante encontrando medios de resolver hasta los desastres más grandes mediante cambios de vida, producir y comercializar oxígeno para combatir la contaminación, crear alimentación sintética, medicinas selectivas para cada enfermedad según el genoma (eso sí caras y solo al alcance de unos pocos) que, además, depurará la raza, etc. etc. etc.

Y ahora, finalmente, si la función de la tierra es la nutrición de la vida, tanto humana como animal, lo coherente sería procurar el desarrollo de las personas sin excepción dentro de un ecosistema facilitador del mismo, buscando su creatividad y su elevación intelectual o espiritual, acercándolos al conocimiento y a la autorrealización. Pero, por lo dicho, parece que no van por ahí los tiros, sino por crear herramientas o instrumentos de la mayor perfección que les vayan sustituyendo en sus labores (robótica), lo cual sería magnífico siempre que se liberara al ser humano para centrarse en esa autorrealización. Aunque parece que tampoco vayamos por ahí, y ciertas tendencias de futuro se orienten más a considerarlo un mero elemento más del mercado, consumidor irracional que satisface la codicia del sistema capitalista consumista. Si el sujeto entra, o cabe en el juego, les sirve, pero si no, les sobra… o sea, si es productivo vale y si no lo es ya le pueden ir dando muchos por donde amargan los pepinos…

Por tanto, si se andan potenciando los valores humanos negativos, como la codicia, la insolidaridad, el desencuentro, el desprecio a lo diferente, la intolerancia, la avaricia, el dogmatismo y los credos que encapsulan el pensamiento, etc. tal vez “solo nos salvará el amor”, pero ese es otro tema para reflexionar.





martes, 7 de febrero de 2017

El cóndor pasa


Hoy, mientras navegaba por internet, me deleitaba con los sones de la América profunda, con las imágenes de sus montes, ríos y bosques mientras el espíritu de sus antiguos pobladores danzaba por los aires a caballo de las notas musicales de la música andina. Llevado por ese baile, volando con la brisa, en una caricia imaginaria con el cóndor, que surcaba por los cielos de los Andes, quedé suspendido en ese extraño éxtasis que te arrebata del mundanal ruido y te devuelve a la esencia de la naturaleza, de la madre tierra que nos da la vida, el sostén y los sentires y emociones del espíritu ancestral de nuestra génesis. Y me acordé de los primitivos habitantes de América en toda su extensión, de su filosofía de vida, de cómo asumen como hermano a todo ser viviente o no, pero presente en su mundo. Ellos, siguiendo el espíritu de sus dioses, en una identificación cósmica, estaban en comunión con la naturaleza, con el hermano sol, la hermana luna, la hermana águila, etc. pues todo formaba parte de la creación donde fueron evolucionando juntos, de la mano y en armonía, haciendo el camino de la vida que a cada uno le tocó vivir, pero con el respeto y el rol de cada cual.

Y mientras esta melodía me sumía en la dulzura de un pensamiento sosegado, dejando volar mi mente como si de un viaje astral se tratara, irrumpió, en la tele, la imagen de un sujeto agresivo, verborreico e histriónico, que me devolvió a la realidad. Un sujeto elegido recientemente presidente, que quería hacer muros, impedir la llegada de otra gente a aquella tierra que en su día les fue arrebatada, por sus ascendientes, a los nativos que tanto la querían y respetaban.  Entonces comprendí cuán diferente concepción de la vida y su armonía con el mundo que los rodeaba, tenían los nativos americanos en comparación con quienes les invadieron para dominar su hábitat y reducir su cultura y sus dioses a la nada.  

América fue un mundo de sorpresas, de riquezas incalculables, de tierra no explotada, y eso sorprendió y asombró a los europeos, a los que fueron desde aquí para enriquecerse, para dominar la tierra y sus productos, para explotarla y sangrarla hasta agotarla, para conquistarla. Los inmigrantes de este lado del Atlántico no tenían esa visión cósmica y sagrada de la vida, veían las cosas con otro prisma.  Su credo religioso llevaba implícita la soberbia y el dominio sobre todo. Tenían fe ciega en que su Dios creador les había otorgado el poder sobre todo bicho viviente y la totalidad de la creación. Al sexto día dijo Dios: «Ahora hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Tendrá poder sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y en toda la tierra. Reinará sobre los animales terrestres, y sobre todos los que se arrastran por el suelo».  Qué curioso, no dijo que los eliminaran, que los explotaran, que los masacrara… Dijo que reinaría, que tendría poder sobre ellos. Pero el hombre, en su falaz interpretación, como hace siempre en beneficio propio, quiso ponerlos a su servicio, esclavizarlos y explotarlos como seres inferiores, dando rienda suelta a su codicia y egoísmo dentro de una cultura estratificada de dominio de todo el entorno. El indio gestionaba bien la relación sostenida con el entorno, el blanco no, pues a medio y largo plazo resultaría como el caballo de Atila.

Me quedé reflexionando si vale la pena esta tecnología para usarla como se está usando. Si tiene sentido este ritmo endiablado de consumismo atentatorio contra la propia naturaleza. Si no estaremos perdiendo la esencia del ser humano equilibrado para convertirnos en meros saprofitos, que se alimenta de un mundo en plena descomposición al que secan y destruyen. Sí, es la soberbia del dominio tecnológico, del poder de las armas de guerra, de delirio megalómano de gente inmadura psicológicamente, que solo pretende reafirmarse desde su inseguridad manifiesta, desde su analfabetismo existencial, desde su puerilidad inmersa en una cultura de confrontación que busca el poder de unos sobre otros para dar satisfacción insaciable a su codicia.

Trump ha reavivado las conciencias de mucha gente de bien. Ahora nos preguntamos, tanto o más que antes, dónde nos lleva esa política egocéntrica de dominancia. ¿No estaremos abocados a un conflicto irresoluble, o de muy mala solución, donde el desencuentro acabe con el más mínimo atisbo de paz entre esos pueblos que, en su día, convivieron pacíficamente? Si queremos un mundo de paz, coherente y en respetuosa convivencia no podemos prescindir de la sensatez en nuestros dirigentes, de la madurez psicológica, del sentido común que es el que defiendo los intereses comunes de todos los hombres y mujeres de la tierra en relación con su entorno. Los dirigentes impulsivos, cuyo vínculo predominante con sus votantes es el emocional y no el racional, ejercen la demagogia y la engañifa para conseguir sus objetivos personales, que en muchos casos no dejan de ser superar sus frustraciones y dar satisfacción a sus ansias de poder…

Creo que voy a volver a escuchar esa linda música y dejarme llevar por sus notas para volar como el cóndor sobre valles y montañas, ciudades, pueblos, ríos y lagos antes de que esta gente irracional acabe destrozándolo todo. Soy una gota de agua en este inmenso océano que no puede cambiar nada, solo la gota de agua, mientras ayuda a las otras gotas, con las que tiene contacto, a buscar también su camino de purificación intelectual y espiritual en comunión con todo el universo. ¿Me acompañas?




jueves, 26 de enero de 2017

Rememorando las collejas


Hoy fui a mi pueblo con unos amigos y compañeros jubilados de la universidad. Lo curioso es que cada vez que voy revivo mi infancia, me fluyen los recuerdos del pasado y, ante las imágenes de sus campos de inmensos olivares, sus sierras y oteros, me vuelve la fragancia de su brisa, el aroma de sus prados, su huertas y sembrados. Cierras los ojos y te vuelves al pasado, escuchas el trino del jilguero, el piar del gorrión, el canto de la perdiz o el silbo del viento jugando y danzando entre los árboles o mordiendo los tejados. Todos los sentidos revierten al pasado y te transportan, en una máquina del tiempo imaginaria, a tu estoica infancia afrontando las dificultades del ayer.

Frío invierno para un desarrapado crio, sofocante calor en los abrasadores veranos e insaciable apetito ante la demanda natural del obstinado crecimiento. Había imaginación, inventiva y búsqueda asilvestrada de manjares complementarios a la exigua mesa que en la casa se ofrecía. A veces, jugando y entre travesuras, eran unas habas furtivas de la huerta ajena, otras una granada que dejaba su impronta churretosa en la camisa, higos, manzanas, peras o cerezas, según el producto del momento que el huerto te ofrecía. Nutrientes silvestres se buscaban por los campos mientras recogías raíces, leña para el fuego, hierba para los conejos, etc. Primaban los espárragos, las tagarninas y las collejas que llevabas a casa para que la madre los cocinara como mejor entendiera. 

En la escuela repartían un queso de sabor extraño y una leche en polvo, a la que no le daba tiempo a diluirse y pasaba a la garganta de los críos de forma "sequerona", fraguando una masa pastosa entre la boca de difícil deglución. Era la solidaria caridad que apaciguaba la miseria, lavando las conciencias de otros países, ayudando a sofocar el hambre infantil de una España marginada y lacrada por su inmediato pasado de alianza con los vencidos en la gran contienda mundial.

Después vino el abandono paulatino de la escasez. El país de la miseria y el racionamiento vividos en la posguerra pasó a otra etapa, donde la necesidad fue aflojando la cuerda del hambre miserable que apretaba amenazante al cuello de los más necesitados. Hubo más pan y aceita, más potaje y con mejores atavíos e ingredientes en cocina para adornar los exiguos platos… animales de corral, tocinos, chorizos y morcillas de matanzas caseras, y zurrapa y chicharrones que fueron apagando el hambre hasta erradicarla definitivamente. Después, progresivamente, vino la abundancia de la mano de un mercado accesible lentamente a los salarios de la clase “currante” hasta llegar a nuestros días, donde parece que vuelve de nuevo a declinar.

Todo esto lo viví como un flash mental que hizo pasar por mi mente los tiempos pretéritos, ya superados, pero, a su vez, anclados en el mundo indómito y subliminal del subconsciente. Y afloró el viejo sabor de las collejas que mi madre, esmeradamente, preparaba en tortilla con el huevo recién puesto por la gallina del corral, que era una fiel aliada encargada de reciclar los desperdicios convirtiéndolos en lustrosos y deliciosos huevos al servicio de la casa. Había comido no hacía mucho tiempo tales herbáceas silvestres, recogidas por un amigo mío del pueblo, cocinadas por su esposa a modo de exquisita tortilla. Entonces recordé que Loli había comprado collejas en el mercado de mi barrio, y fragüe mi estrategia para hacer una tortilla diferente donde conjugar viejos sabores con los nuevos condimentos. Esta tarde, cuando llegue a casa, me dije, haré una tortilla de collejas.

Dicho y hecho. Me metí en la cocina, batí cuatro huevos y los mezclé con un aguacate, una loncha de queso, taquitos de jamón, algunos guisantes y las collejas rehogadas con ajito picado que preparó Loli. Resultado: Una excelente tortilla, como puedes observar en la imagen, que conjugaba sabores del presente y el pasado. Algo nos sobró para el desayuno próximo, mientras quedé satisfecho al dar a mi subconsciente el contentamiento a su demanda y, en mi ánimo, evocar las vivencias de mi infancia.

A veces recordar los viejos tiempos, aunque estuvieran marcados por la necesidad, nos permite sentir la parte positiva de la niñez, vivir el calor de la familia protectora, los juegos y reyertas entre amigos, las pícaras miradas a las niñas, las distintas travesuras, la infantil inocencia, el cole y la Enciclopedia Álvarez con su adoctrinamiento y el continuo batallar para hacerse grande, para crecer y recorrer el camino de la vida, para ser lo que somos hoy como fruto de un ayer donde fuimos plantando y cultivando la semilla… Eso sí, con collejas, con muchas collejas de los maestros que usaban el castigo como forma educativa bajo el lema: “la letra con sangre entra” y con las otras collejas silvestres que paliaban el hambre y nos nutrían.


¡Lo que da de sí una tortilla de collejas! ¿Verdad?


sábado, 21 de enero de 2017

Trump, ese extraño fenómeno político social


Trump es un extraño fenómeno, pero que, visto con detenimiento, tiene su explicación. A mí estos sujetos de corte populista fascistoide me dan miedo. Miedo porque juegan con las emociones, con las patrias y la confrontación en lugar de con las sinergias positivas. El problema se da entre las mentes abiertas y cerradas. Las mentes abiertas son flexibles y razonan, mediante un análisis del entorno donde valoran más elementos o variables, no dejándose llevar por liderazgos incuestionables. Las mentes cerradas son estructuradas, movidas más por emociones que por razones, son más rígidas e impenetrables, más dogmáticas, pero también son más fáciles de colonizar entrando en ellas mediante el despertar de sus emociones íntimas. Una vez dentro son más dóciles, sumisas y serviles a su señor o líder. Al tener menos capacidad o hábito de discernimiento y estar menos acostumbradas a pensar o solucionar problemas desde el entendimiento, la empatía, el acercamiento y el debate racional inherente a las mentes abiertas, acaban en un seguidismo incuestionable.

La historia reciente nos muestra puntos de inflexión muy interesantes, sobre todo ante crisis importantes y la necesidad de salir de ellas, que acabaron entregando a toda una nación a un sujeto mesiánico y enardecido que sabía tocar la fibra sensible de las mentes cerradas. Un loco aventurero y visionario de fácil y demagógico discurso que sacaría al pueblo de la crisis, de la miseria y el miedo al presente y al futuro; el líder salvador, el mesías, que dirigiría y llevaría al pueblo por el tortuoso camino del éxodo hacia una nueva era, una nueva tierra prometida en su discurso. Esos líderes enardecidos, visionarios y demagógicos, ante las crisis, encuentran su público, sus votantes y sus incondicionales que no se paran ante nada cuando se suben al carro de su discurso; obedientes, leales, dispuestos a la gloria de dar, incluso, la vida por ese ideal ya sea político o religioso.

Parémonos a pensar en las consecuencias del crac del 29, o martes negro, que llevó de una u otra forma a la gran confrontación de la II Guerra Mundial. En un contexto de crisis económico internacional, provocado por la Gran Depresión en los EE. UU. iniciada con el referido crac de la bolsa, el pueblo alemán, humillado en la I Guerra Mundial y arrastrando la miseria de su destrucción tras el conflicto, encuentra en Hitler un líder salvador que hará una Alemania grande, poderosa y rica, que dominará el mundo. Tuvo la habilidad de despertar en su pueblo la autoestima, de pasar de la humillación y la infravaloración a hacerles creer que eran la raza perfecta, los herederos de los dioses del olimpo, elevando esa autoestima a niveles insospechados en los años 20. Hitler era un sujeto insultante, provocador y bravucón que irradiaba seguridad en sí mismo aunque en el fondo tuviera grandes complejos. En estos casos cabría pensar que la estructura social se compara a un cuerpo donde el pensamiento le corresponde al cerebro que es el líder, mientras los demás obedecen y ejecutan el papel que les ha sido otorgado, sin pensar, como en los ejércitos; tú eres músculo y trabajas el movimiento, tú hígado y eres fábrica, tú aparato digestivo y aportas nutrientes… todos a hacer bien la función, obedientemente sin cuestionar al líder aunque esté loco… lo importante es que el cuerpo funcione, aunque no sepas dónde te llevan.

Hay momentos en que una gran masa social es receptiva a ese tipo de sistema funcional. Hay crisis, hay miedo y quieren a alguien seguro que les guíe y saque del atolladero. Hay hastío, desencanto, desilusión y aceptan el discurso falaz de quien les emociona y les enaltece creando nuevas ilusiones y esperanzas, aunque estas sean más falsas que una moneda de chocolate. Necesitan creer y acaban dando el voto al charlatán que dice dónde quiere llevarlos pero no cómo lo hará, porque eso se verá conforme comiencen a andar, requiere fe ciega y seguidismo incuestionable. Moisés en el Sinaí no tenía rumbo fijo pero sí el seguidismo religioso de su pueblo… y muchos lo toman de ejemplo para embaucar a sus seguidores como si Dios fuera el guía, cosa que suelen enarbolar: “Dios está con nosotros”, dicen.

En esta nueva era que introdujo la globalización se han producido fenómenos desestabilizadores importantes. Las grandes empresas traicionan a sus países y se marchan a otros para obtener más beneficios, donde es más barata la producción, traen el producto elaborado a su país de origen y lo venden a precios caros ganando inmensas fortunas. Empobrecen a su país y enriquecen al productor, pero sobre todo se enriquecen ellos mismos con ese gradiente diferencial entre el precio de producción y el de venta final. Además crean inestabilidad social en sus países de origen, donde venden el producto, con el incremento del paro y el forzamiento a competir en el mercado laboral con los países del tercer mundo, bajando sueldos y llevando a la precariedad laboral. Como efecto rebote afloran los nacionalismos, los populismos y la xenofobia al entender que los extranjeros vienen a robar el poco trabajo que queda y a hacerlo con sueldos inferiores. Por otro lado la avaricia del codicioso capital, la falta de ética, la siembra y cultivo de la corrupción, la compra de políticos, el “chanchulleo” y las conductas mafiosas de determinados colectivos del mundo empresarial y de las finanzas crean un contexto de inestabilidad y vaguedad. ¿Hasta qué punto, el mundo de las grandes corporaciones, no ha tomado conciencia de esas acciones, que nos han llevado a la situación actual, con el desajuste entre sus intereses y los del votante? La sociedad hastiada, harta, de sus tropelías se ha entregad a quienes les prometen subsanar la situación, aunque sea un sujeto salido del propio mundo empresarial, otro gato que gobierne el mundo de los ratones, aunque solo haya cambiado el pelaje.

El discurso de Trump tiene aquí un anclaje importante, no nos engañemos. La gente que lo vota no es tonta, en todo caso pueden ser egoístas e incautos que se dejan llevar por una parte de su discurso sin ir más lejos en el análisis de posibilidades de cómo resolver esa situación que denuncia y a qué precio. Pero el mensaje de exigir la vuelta de la producción y de la repercusión de los beneficios en su país es una baza importante que usa este señor. Políticos y empresarios están devaluados, denostados y faltos de credibilidad, lanzados en una carrera sin límites a imponer sus intereses en el mundo… la gente que ve lo que se les viene encima se agarran a ese clavo ardiendo para no ser arrastrados por la riada y perecer ahogados. Para ellos, el rechazo al político corrupto, tiene su manifestación más dulce en el discurso de un Trump, o similares, que se ríen de ellos, que denuncia el establishment como una mafia organizada con la que hay que acabar y reconducirla. Luego, ese discurso, por lo visto en casos similares anteriores, acaba en una situación peor aún. Fue maestro, en pequeña escala comparada, nuestro Gil y tal y tal, que insultaba con sus bravuconerías, exhibía conductas machistas, maleducadas, políticamente incorrectas, pasando de normas y tomando la administración de su feudo como algo suyo, favoreciendo a sus empresas y amigos hasta acabar en la cárcel. En Italia fue Silvio Berlusconi, que conspiró para cambiar leyes y evitar prisión, el predecesor de Trump en esa filosofía de gestión del Estado a modo de empresa. Ambos tienen grandes similitudes como muestran en este artículo: ¿En qué se parece Donald Trump a Silvio Berlusconi? (Cliquea aquí para cargarlo) De todas formas Gil, en Marbella, era una nimiedad aislada, Berlusconi en su Italia nos cogía lejos, pero con este nos afectarán sus decisiones de forma mucho más directa.

Ahora nos queda una etapa muy interesante, cargada de desasosiego y expectación, pues habrá que ver cómo se resuelve ese choque de trenes entres los intereses del populismo de derechas, que representa Trump y los partidos europeos que se identifican con esa forma de pensar incluyendo, si os parece, al ladino de Putin, y el establishment que se ha visto sobrepasado por este fenómeno al que pretenderá neutralizar. Nosotros seguimos en medio y si hay tortas tened la certeza absoluta de que vendrán a nuestro pasmado cutis, porque siempre pierde el que menos tiene, ya que los grandes Estados se forjaron con la sangre de la gente sencilla, mientras en los despachos se hablaba de cómo ganar, aunque se perdiera la guerra. Alemania y Japón perdieron la guerra y se convirtieron en grandes potencias económicas. Construir lo destruido da grandes beneficios, moderniza las instalaciones obsoletas derribadas por las bombas y engancha al pueblo superviviente a un objetivo común donde se vuelve a dejar la sangre currando para levantar el país caído, por el que derramó también la sangre… “Vamos daos y que Dios nos coja confesaos” Tenemos un futuro incierto, pero me temo que no mejor. A ver si ese espíritu defensor de la democracia americano se impone, aunque la democracia en los EE. UU. tiene su sesgo al estar en manos del famoso establishment.








viernes, 13 de enero de 2017

Poema: Vengo del agua del mar



Vengo del agua del mar
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Vengo del agua del mar,
traigo su sal y su yodo
para poderte besar
con mis versos en tus labios
volando en la madrugá.

Te regalo mil auroras
plenas de brisa marina
que adornen tu despertar
con los colores azules
de un cielo crepuscular
que va bailando su danza
sobre las olas del mar.

Quiero mecer tus cabellos
besar tu piel y tus ojos
y tu cuerpo acariciar
llevado por el antojo
de fusionarnos unidos
en un nuevo despertar.

Autor: Antonio Porras Cabrera
Málaga, 11 de enero de 2017




lunes, 9 de enero de 2017

Pompeya, regreso al pasado.



El 26 de septiembre salimos temprano de Roma. Nuestro objetivo era estar en Pompeya antes de las 11 de la mañana. El autocar circulaba a buen ritmo, mientras algunos nos debatíamos entre la llamada del atractivo paisaje y la pesadez de un sueño mal curado la noche anterior; somnolencia y percepción del paisaje a modo de ráfaga entre cabezadas, que permitía, de cuando en cuando, sorprenderse por alguna imagen digna de ser retenido en la cámara fotográfica. Era un Volvo nuevo de tres ejes, con un conductor avezado en las rutas europeas, un madrileño amable y joven, serio en su trabajo, que generaba confianza. Antes de llegar a Caserta por la E45, un Audi A3 nos adelantó con una velocidad excesiva y nada más superar al autocar hizo un trompo, chocando contra la valla protectora y rebotando hacia el lado contrario. Nuestro conductor, en un arriesgado volantazo lo evitó en primera instancia, pero el Audi, en su imprevisible y alocado movimiento, rozó el eje de la rueda delantera izquierda que, sin causar un daño irreparable, nos implicó en el accidente, por lo que tuvimos que permanecer en el lugar hasta que los carabinieri levantaron el atestado y nos permitieron continuar a nuestro destino. Habíamos perdido casi 2 horas y, si bien no tuvimos que lamentar lesiones de ningún tipo, la llegada a Pompeya se retrasó y la visita se acortó, dejando de ver una considerable zona, pasando solo por los lugares más significativos. (Cliquea en este enlace para información sobre Pompeya)

Pompeya es una de las ciudades del imperio romano mejor conservadas, pues al estar protegida durante siglos bajo las cenizas del Vesubio no se deterioraron sus restos. Eso sí, la uniformidad de sus calles, su suelo pétreo y sus plazas se vieron afectados por los terremotos y las malformaciones consecuentes. Pero pasear por la ciudad es trasladarse 20 siglos al pasado observando cómo eran sus casas, foros, mercados, plazas y lugares de diversión y ocio.

La ciudad fue destruida por una erupción del volcán Vesubio en el año 79 de nuestra era. En realidad se destruyó con cierta singularidad, pues si bien sufrió una especie de bombardeo de Piroclastos o bombas incandescentes lanzadas por el volcán, quedó tapada, envuelta en cenizas, aunque sus habitantes perecieron afectados de los gases tóxicos que emanaban del Vesubio, lo que permitió, cuando se iniciaron las excavaciones, allá por el siglo XVIII, encontrar sus restos entre la ceniza. En 1860, el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli sugirió rellenar estos huecos con yeso, obteniendo así moldes que mostraban con gran precisión el último momento de la vida de los ciudadanos que no pudieron escapar a la erupción… alguno de ellos se pueden ver en exposición. Realmente fueron dos las ciudades afectadas por la erupción volcánica, pues se suele hablar mucho de Pompeya, pero justo al lado se encuentra Herculano que también fue afectada y se conserva en condiciones parecidas.

Llama la atención el surco dejado por los carros sobre la piedra de la calzada, sus aceras bien adoquinadas, los muros y estancias de las casas bien conservadas, la distribución de las fuentes públicas, el foro y sus templos, teatro y anfiteatro, etc. Como cosa curiosa destaco el Lupanar. Ya sabéis que un lupanar es una casa de lenocinio, un burdel o prostíbulo, o sea una casa de putas. Dado que las prostitutas eran, en su mayoría, esclavas traídas de otros lugares fuera del imperio, por lo que no dominaban el latín, para entenderse con los clientes, y a modo de carta de servicio, tenían unos frescos pintados en la pared de la estancia donde se reflejaban las diferentes posturas para practicar sexo, como los dibujos del Camasutra, para que el cliente demandara el servicio que le gustara y ella supiera qué hacer. Se comenta que ya en 1550 se descubrió la ciudad por parte del arquitecto Fontana pero al encontrar inicialmente algunos de los famosos frescos eróticos, escandalizado debido a la estricta moral reinante en su época, los enterró de nuevo en un intento de censura arqueológica.


Tras esa visita medio frustrada me quedé con las ganas de verla con mayor profundidad, con más tiempo y detalle, pasear por sus calles sin la presión de una guía exigente que te lleva con la lengua fuera; te suelta información que vuela por los aires y te quedas medio a oscuras, perdiéndote infinidad de detalles que solo son perceptibles cuando tú, intencionadamente, te paras a observarlos con mayor precisión. Me gustaría volver y pasear por sus calles y, de camino, ver también Herculano. Está a un tiro de piedra de Nápoles, con un entorno muy estimulante, desde Sorrento al propio Vesubio, al que se pude subir para ver el cráter, aunque ese ejercicio, como lo deje para más adelante me va a ser costoso por lo agotador. En fin, no todo se puede hacer en esta vida, nos falta vida o nos sobran cosas para ver y hacer. Yo, de todas formas os dejo unas fotos parea que podáis pasear y ver aquello que yo fui captando con mi cámara.






























miércoles, 4 de enero de 2017

Somos cometas sujetas por un hilo al tren de la vida


No sé si habéis observado, amigos y amigas, que este mundo es una continua descompensación. Soy de los que piensan que la vida consiste en buscar ese equilibrio y, en su busca, bamboleamos por ella, pasando de uno a otro lugar al amparo de nuestra inseguridad. Es, en cierto sentido, un mundo dicotómico donde la bondad equilibra la maldad, la paz a la violencia, amor al odio, la luz a las tinieblas… a así sucesivamente vamos encontrando los antónimos que nos definirían los contrarios de cada palabra. O sea, y volviendo al tema, que si trazamos una línea recta, nosotros nunca vamos por esa línea, sino que zigzagueamos, andando en zigzag y pasando de un lado a otro de la misma. Somos, mayoritariamente, ciclotímicos en mayor o menor grado, nuestro estado de ánimo es variable. Es como si fuéramos una cometa sujeta por un hilo a un tren que se mueve en una vía recta, pero que nos hace bambolear pasando de un sitio a otro de la vía en función del viento que nos va soplando en cada momento y de la forma en que esté construida la cometa, es decir, de la personalidad de cada cual, su historia y experiencias, su capacidad de afrontamiento y resolución de problemas, su educación y conocimientos, etc… Esto dará como resultado una forma distinta de vencer la resistencia del viento y su empuje, o lo que es lo mismo, una diferente forma de afrontar los problemas y las circunstancias que la vida le vaya presentando. Pero, en todo caso, siempre andará, más o menos, en zigzagueo.

Y he aquí, en esa experiencia de separación de la línea recta, donde se encuentra el conflicto y la necesidad de volver a la rectitud, pero también la novedad, la experimentación vital, la transgresión y los sentimientos fuertes que conlleva los excesos emocionales, la locura de la vivencia efectiva. Pero siempre, como elemento de referencia, encontraremos la propia conciencia que, al fin y al cabo, es la que determina la valoración, orientación o evaluación de la correcta forma de hacer el camino.

Las teorías sistémicas de la dinámica familiar y social definen, para establecer la normalidad en las conductas humanas, una plataforma homeostática delimitada por dos líneas, una superior y otra inferior, que serían los límites permitidos para las conductas, de tal forma que cualquiera que se excediera de esos límites sería considerada como conducta anormal y reprobable por la sociedad. Por lo que, para ser considerado sujeto normal, habría que mantener la conducta dentro de los niveles de esa plataforma. Eso sería una forma de encorsetar, en la normativa social, los altibajos que todo individuo tiene.

Pero, volviendo al tema, si el equilibrio emocional y psíquico es la ausencia de variaciones y alteraciones emocionales, la lógica aplastante y racional o la adultez tal como indica Berne en la teoría del análisis transaccional (el estado del yo Adulto lo definió como "caracterizado por una serie autónoma de sentimientos, actitudes y pautas de conducta adaptadas a la realidad actual". Es el estado más racional y realista. Un estado desde donde se analiza información, se ordena y se toma la decisión que se cree más acertada, sin dejarse influenciar por las emociones ni las normas), en ese caso, el equilibrio estaría fundamentado en la ausencia o control de las alteraciones emocionales para que no se extralimitaran y, por consiguiente, se mantuvieran dentro de la plataforma homeostática.

Pero, en todo caso, tenemos conciencia de cuando nos pasamos o no llegamos, de la extralimitación de los niveles, y ese rebotar entre las paredes del cauce por el que transitamos es el que nos descompensa, el que nos lleva a centrar nuestra atención y orientarla hacia la vuelta al equilibrio dentro de los cauces establecidos.

No obstante, no podemos olvidar que la vida se fundamenta en la actividad y ésta tiene su mayor expresión en los desequilibrios entre dos polos, el positivo y el negativo. Nuestro corazón funciona porque hay una diferencia de potencial que permite una descarga eléctrica que estimula el músculo. Si me permitís, aunque no sea muy ortodoxo, lo explicaré con el ejemplo de la Guerra de las Galaxias, donde se daba la lucha entre dos fuerzas, la del lado oscuro y la del lado luminoso: En el lado oscuro de la fuerza, las personas que lo utilizaban, obtenían su poder de oscuras emociones como el miedo, ira, odio y agresión. Los Sith fueron los mayores practicantes del lado oscuro y eran los enemigos mortales de la Orden Jedi, que seguía el lado luminoso de la Fuerza. Así pues, el lado luminoso de la Fuerza era la faceta alineada con el bien, la benevolencia y la curación, mientras que el lado oscuro de la Fuerza era el elemento alineado con el miedo, el odio, la agresión y la maldad. Esta idea, que aparentemente es novelesca, ancla sus principios en la historia, en las religiones y en la propia energía que mueve al mundo. Dios y el Diablo, el mal y el bien, el polo positivo y negativo, las cargas bioeléctricas con sus diferencias de potenciales, la propia sinapsis eléctrica de nuestras neuronas… todo ello se mueve por el desequilibrio y la necesidad y tendencia a neutralizarlo.

En suma, somos seres desequilibrados y por eso funcionamos buscando el equilibrio. El día que desaparezca el desequilibrio y la necesidad de equilibrarse estaremos muertos, como la computadora que se quedó sin corriente y sus bits no son posibles porque ya no recibe información para diferenciar el positivo del negativo en esa corriente. Por tanto, necesitamos ese desequilibrio para existir, pues no percibiríamos el bien sin saber de la existencia del mal, el amor no sería nada sin el conocimiento del odio que le diera valor comparativo, no existiría el polo positivo sin el negativo que le repeliera como oponente, etc. Tal vez por eso, estamos condenados a gestionar esas diferencias de potencial entre los extremos que nos hacen vivir, sin permitir que acaben con todo, manteniéndolos en los niveles adecuados para que el desequilibrio se convierta en equilibrio constructivo y no nos lleve al desastre final bien por fusión y neutralización, bien por dispersión y explosión en una especie de Big Bang que nos disperse definitivamente en el cosmos.

¿Podremos conseguir el equilibrio pero inclinado hacia el lado positivo? Tal vez se pueda correr la plataforma homeostática hacia ese lado, dejando lo peor como lo menos bueno y no como lo malo. Pero… ¡¡¡somos tan complejos!!!


miércoles, 28 de diciembre de 2016

La izquierda rota


En esta reflexión, que publico el 28 de diciembre, día de los santos inocentes, no tienen que ver ninguna intención con relación a esa festividad. Si alguien piensa, tras leer esta entrada, que nos toman por tontos e inocentes, está en su derecho de hacerlo, y yo lo compartiré, sabedor de que desde siempre se nos toma el pelo y seguirá así por mucho tiempo si no somos capaces de someter el mundo de la política a la criba de nuestro pensamiento crítico.
Con mis mejores deseos para el próximo y trascendente año, que les sea propicio y gocen de la felicidad merecida.
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La izquierda se empezó a romper hace años, cuando el socialismo dio paso a la socialdemocracia de la mano de Felipe González, cuando se sometió a un liderazgo personalista asumiéndolo como guía de la manada, cuando se acabó plegando definitivamente al modelo neoliberal y aceptando el libre mercado como motor económico. Pretender el mantenimiento de un Estado del Bienestar desde el propio Estado, con servicios bajo su domino y administración, entró en colisión con la filosofía económica de la derecha liberal. El neoliberalismo le declaró la guerra a los Estados y empezó la batalla por el control de las empresas de servicios dentro de la sanidad, educación, suministros básicos, etc. La derecha, como buena aliada, se sumó a esa iniciativa y solo encontró el hándicap de la voluntad popular y su voto, que resultó fácilmente manipulable en función de la capacidad de despertar emociones que permitiera esa manipulación mediática y la posibilidad de crear estados de opinión favorables, como pueden ser la desconfianza en sus líderes políticos, cosa conseguible si se lograba corromperlos y someterlos a los intereses de las grandes corporaciones.

De esta forma la izquierda también fue corrompiéndose, apartándose de su ideología primigenia, mutando sus líderes, sometiéndose al ejercicio de la desvergüenza que representan las puertas giratorias, abandonando la defensa de los trabajadores y ciudadanos de a pie y ejerciendo la sumisión a las políticas y orientaciones de los grupos de poder económicos, que fueron atrapando a los partidos con sus deudas millonarias, con el control y conocimiento de la vida y actividades privadas de los políticos y usando las referidas puertas giratorias como forma de comprar voluntades.

La izquierda, representada por el PSOE, se derechizó, pasó a llamarse centro izquierda y posteriormente, cuando parecía que lo que vendía era ser de centro, se identificó con la ideología de centro, que uno no sabe muy bien cuál es, salvo el pragmatismo a la americana. La otra izquierda, la comunista, quedó huérfana al caer la URSS en manos del sistema capitalista y apropiarse del entramado empresarial del Estado Soviético importantes grupos de poder que resultaron, en gran medida, de la descomposición del sistema. Ello arrinconó a la ideología comunista identificándolos como dictadores en contraposición al bello concepto de la democracia, cuando esa democracia era teórica, pues si bien el ciudadano tenía libertad para elegir solo podía hacerlo entre “susto o muerte”, ya que el sistema no permitía una verdadera democracia económica con libertad y soberanía popular para implantar políticas que favorecieran la justicia distributiva y la solidaridad social, dado que estábamos inmersos en el complejo mundo de la globalización. Este punto queda claro por el torticero, alevoso y nocturno acuerdo de cambiar la Constitución en su artículo 135, con los socialistas en el poder, para favorecer el pago de las deudas con la gran banca antes que dar respuesta a las demandas y necesidades sociales del colectivo ciudadano de cada Estado o país. Este hecho, y algún otro, dejaron sin credibilidad a la izquierda, representada en España por el PSOE, llevándolo a la debacle en las elecciones de 2011.

A la vista de las injusticias y el mal trato dado al ciudadano necesitado, los desahucios, el paro, los recortes, el incremento de la pobreza, el trabajo precario, la deuda pública galopante, etc. surgen una reivindicación, mayoritariamente desde la izquierda, que se manifiesta en las calles y plazas con la pretensión de aglutinar a todos aquellos que se han sentido traicionados y desengañados por el mundo de la política; son los indignados…

Ante todo esto, el PSOE, que ya se desvistió de su ideología luchadora, está en offside dejando un vacío en el espacio de la izquierda con un sector desencantado y huérfano que no tiene a ningún partido político con el que identificarse. Ese espacio, entre la socialdemocracia escorada a la derecha y el comunismo, está vacuo y la gente ubicada en él busca el clavo ardiendo donde agarrarse para salir del atolladero. Pero el PSOE, ya instaurado en la crisis perpetua de sus valores primigenios, al que se le ha pedido reiteradamente un rearme ideológico, sigue sometido a las leyes del mercado y a las políticas neoliberales que cada vez se adueñan más de los resortes políticos y del control de la economía mundial mediante la globalización. El PSOE, tras la gestión de la crisis, ya no le sirve a ese sector de descontentos.

Surge Podemos con la intención de cubrir el espacio vacío. Entra fuerte y recoge el fruto de la semilla que sembró el descontento con la actuación de los partidos clásicos. El sistema, basado en la ideología neoliberal, como ya he referido, se echa a temblar y busca cómo neutralizarlo. Entonces, sabedor de que posee mayoritariamente el dominio sobre los medios de comunicación, empieza a crear estados de opinión donde se acabe desmontando a los que se han ubicado en ese espacio vacío para recoger y canalizar el descontento. Hay que neutralizar a Podemos, esa organización populista (ya no se acuerdan cuando Fraga y sus muchachos se definían como populistas en su pasado hasta llamarse Partido Popular), e intentar vincularla con Venezuela y países con gobiernos de corte dictatorial para su descrédito. Es ese cinismo político, de doble cara, donde mientras se dice eso se le venden armas y se mantienen relaciones comerciales y políticas de primer orden con países de muy dudosa ética democrática, donde los derechos humanos, tan utilizados de arma arrojadiza en otros casos, pasan a un lugar de importancia insignificante. Podemos queda estigmatizado para mucha gente por ese “difama que algo queda”, además del rechazo que despierta su ideología en una amplia capa social vinculada al abanico que va desde la derecha al centro izquierda. Este podemos que cuestiona la vigencia constitucional y reclama su adecuación a los nuevos tiempos y exigencias de los pueblos de España, considerando que esta se fraguo en un momento político delicado, en el que se debió ceder ante las presiones del tardofranquismo, también entra en colisión con los partidos constitucionalistas, que no quieren ni oír hablar de referéndum segregacionistas o independentistas en tato defienden la ley constitucional que, entienden, no lo permite.

En estas circunstancias también aflora Ciudadanos como la potenciación de un partido catalán de corte derechista y constitucionalista, que se implanta en el resto del Estado, como catalizador del descontento de la ideología de derechas ante la avalancha de corrupción que está salpicando escandalosamente al PP. Esta oferta política controla la fuga del descontento hacia un Podemos, que se ha definido inicialmente como transversal, y la reconduce hacia la derecha, con el componente de préstamo del voto y posibilidad de volver a su punto de origen, o sea al PP, en cuanto escampe y/o se supere el rechazo que genera la corrupción.

En estas circunstancias y momento hay dos conflictos intrapartido que merecen ser considerados especialmente y que afectan a la izquierda, por lo que la dividiré en tres niveles: la izquierda centralizada, o sea el centro; la izquierda socialdemócrata o centro izquierda, y la izquierda socialista y/o comunista. En todo caso, la indefinición de los partidos para ubicarse en uno de estos espacios crea confusión entre las bases y el votante, cuestión que se observa en el frustrado intento de establecer un consenso para conseguir un gobierno de izquierdas o, como mínimo, de cambio para desalojar al PP, que da al  traste con el liderazgo de Pedro Sánchez en el PSOE.

Por un lado está el conflicto interno del PSOE, con una Gestora cuestionada, un pedro Sánchez defenestrado a pesar de haber sido elegido por las bases, su apoyo solapado al gobierno de Rajoy por pasividad, sus barones conspirando, la vieja guardia tutelando el golpe de gracia a Pedro y persuadiendo para abrazar la práctica neoliberal… En suma, mostrándose cerca o tolerante con las políticas del PP y dejando al margen la ideología socialista que reivindican sus bases.

El otro conflicto se da en Podemos, donde un grupo afín a Iglesias, de corte más intransigente o radical, colisiona con otro de tendencia más orientada a ejercer una política contingencial, donde se vislumbra una confrontación de posiciones ideológicas, entre los más y los menos radicales, y sobre la figura y ejercicio del liderazgo. Tal vez cabría decir entre la idea de líder que dirige desde un proyecto con poder más personal y la del líder que canaliza y coordina las sinergias para implementar el proyecto de partido. En ese sentido se pueden establecer las desavenencias entre Iglesias y Errejón.

De todo ello, y referido a la izquierda rota, podríamos decir que hay:
a) Un PSOE dividido en un grupo que apoya, o es connivente con la derecha y otro, el derrotado de momento, que es beligerante con ella.
b) Un Podemos más vehemente y beligerante con el PSOE y otro, más pragmático, tendente a entenderse y pactar con ellos.

Para expresarlo gráficamente, si dividimos el espacio de la izquierda en cuatro partes de derecha a izquierda, resultaría:
1º cuarto Susana Diaz y la Gestora actual.
2º cuarto los defenestrados seguidores de Pedro Sánchez.
3º cuarto los Errejonistas más propensos a entenderse con el PSOE.
4º cuarto los de Iglesias de corte más marxista y beligerantes.

¿Ante estas circunstancias qué pasará? Todo depende de lo que ocurra en los congresos de ambos partidos. Pero si ganan los extremos, es decir Susana e Iglesias, dejando vacío el hueco del 2º y 3º cuarto a los que me he referido, cabe la posibilidad de que se produzca una doble escisión para formar un partido alternativo que ocupe ese espacio de la izquierda, porque la izquierda sigue estando rota y no se cose o se zurce tan fácilmente si no es con el hilo conductor de la ideología. El tan traído y llevado rearme ideológico ha de ser la sutura que permita su encaje en el mundo del siglo XXI que acaba de comenzar.

¿Veremos a los Pedristas y Errejonistas de la mano caminando por esa senda de una izquierda ubicada entre Susana e Iglesias? El tiempo nos lo dirá, pero el sistema tenderá a domesticar a Podemos para desvestirlo de su vehemente beligerancia prefiriendo una izquierda más centrada en el abanico de la izquierda, donde se encuentren los huérfanos que el PSOE ha dejado por el camino trazado por los barones y los descontentos con el Podemos más personalista de Iglesias. Mientras tanto el PP sigue feliz y el neoliberalismo le toca las palmas, sabedores de que el problema no es coser al PSOE, sino suturar al conjunto de la izquierda. Hasta que eso no se produzca el PP no tendrá rival de calado.