jueves, 15 de septiembre de 2016

80 aniversario de un desastre humano en mi pueblo


Tumba con los restos de los fusilados 
Hoy 15 de septiembre, se cumplen 80 años de uno de los hechos más lamentables y luctuosos que se dieron en la historia de mi pueblo (Cuevas de San Marcos). Las tropas, por decir algo, pues eran una banda de caballistas organizada por falangistas y otros voluntarios, acompañados de un capitán, dos oficiales y tres soldados, entraron en el pueblo en una segunda intentona (la primera fue fallida resultando dos muertos por las defensas milicianas en la zona del puente Armiñán). La entrada, ya sin resistencia, fue de extremada violencia y se produjeron asesinatos que aún hoy pesan en la memoria de los pocos supervivientes que quedan. La represión posterior duró tiempo y fueron "eliminados" muchos otros sospechosos y opositores a la ideología de los rebeldes.

Como mi intención no es otra que dejar constancia histórica de los hechos y rendir homenaje a los vilmente asesinados por las tropas rebeldes y sus acólitos, no encuentro nada mejor que recurrir a un testigo excepcional que en su memoria sin sombra relata valientemente los hechos.

Todos los años, por estas fechas, me vienen a la mente aquellos sucesos trágicos, que mi madre, viva aún, con el miedo metido en la piel, me relataba. Por eso y a modo de homenaje, en 2010 colgué en mi blog un recordatorio (cliquea aquí para ver el enlaces) para que no se olviden las barbaridades que pueden  acometer los seres humanos, sean del bando que sean, pues en los dos se dieron, aunque en mi pueblo no hubo muertes producidas por los republicanos gracias al buen hacer de algunos vecinos, con el alcalde socialista a la cabeza (Francisco Pérez Sánchez), que supieron controlar la ira de algunos dispuestos a ello. Ojalá nunca se vuelvan a repetir aquellos nefastos hechos y jamás se dé otra guerra cargada de tanto odio como aquella…

Dejo, pues, la palabra a José Terrón Arjona que, no habiendo cumplido aún los 12 años, vivió aquellos momentos tan trascendentes.
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-ENTRADA DE LAS TROPAS GOLPISTAS:
ETAPA DE VENGANZA Y SANGRE-

(Nota: Copia textual y fiel del libro: MOMERIA SIN SOMBRA (Relato vivido de hechos y aconteceres en cuatro décadas de la historia de Cuevas de San Marcos) de José Terrón  Arjona, páginas 81, 82 y 83.)
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El día 15 de Septiembre de 1936 las tropas nacionales, como ellos se definían, no encontraron resistencia para entrar en el pueblo. Todos los de alrededor ya estaban bajo su mando, solo quedaba éste y estaba medio vacío, casi todo el mundo se había ido a los campos. Ya silbaban las balas por el pueblo cuando salían los últimos milicianos del cuartel; fueron Manuel López Martos "el Casarón" y José Arroyo, los dos iban con sus fusiles; mi madre les preguntó que adonde iban, y le dijeron que a la Sierra, que allí tenían un mortero. Nosotros nos fuimos a la casa de "la Pintá" (hoy la tienda de Alberto), pues esta parte del paseo era muy peligrosa y las tropas buscaban el centro del pueblo.

Entre las 10 y las 11 de la mañana ya estaba el pueblo en manos de los invasores; las fuerzas eran casi todas de Caballería y el resto venían en camiones, ya estaban informados de que no habría defensores. Al mando de las fuerzas venían el capitán López Tiendas, dos oficiales y tres soldados (la única quinta en activo era la del 35), todos los demás eran voluntarios del régimen que se habían organizado en Lucena, Cabra y algunos pueblos cercanos. Fueron los que más daño hicieron, para vengar a sus dos compañeros muertos en el tiroteo del Puente.

El primer asesinado fue Bautista Burgos, que vivía a la entrada de la calle del Pozo, fue abrir la puerta de su casa y dispararle. El segundo fue Juan Ramón "el de los Climas" en la calle San Juan. Dos casas por debajo de éste mataron a "los Guitarros" padre e hijo, de 75 y 41 años, éste soltero, dejando solas a dos mujeres de avanzada edad (posteriormente dijeron que había sido una equivocación).

El mando militar se alojaba en casa de Dolores Luque Prado – “la Sacristana", y el cuartel quedó como puesto de mando con los seis guardes civiles que se habían llevado dos meses antes, que se habían pasado de bando y vinieron a la toma del pueblo (las mujeres, que se habían quedado aquí también volvieron al cuartel). Los jefes estuvieron 5 o 6 días, y siempre contaron con la información de unos pocos chivatos del pueblo, comenzando una etapa muy sangrienta.

Recuerdo que eran sobre las dos del mediodía cuando vino al cuartel una mujer con un brazalete blanco. Estaba en mi puerta y le contaba a mi madre que venía para que le dieran un papel para poder traerse a sus familiares que estaban en La Membrilla. Esta mujer era Concepción Hidalgo Martínez "la Canaria", de 33 años, y en el cortijo estaban también su marido José Benítez Campos y los tres hermanos "Pesares", marido y cuñados de una hermana suya. Enfrente de ella se encontraba un pequeño grupo de Caballería, con los caballos amarrados en la baranda de la Iglesia, estaban desmontados charlando de sus fechorías; con ellos estaba "el Pollo", de Encinas Reales, casado con una mujer del pueblo y que había sido municipal con el régimen republicano. "La Canaria" habló con él y le informó de todo lo que pretendía. "El Pollo” le dijo: ¡Vete tú tranquila que nosotros los traeremos al cuartel! La mujer marchó y "el Pollo" le dijo a sus compañeros: ¡Por Revientacostales llegaremos muy pronto! ¡Sí! Llegaron y los mataron a todos, incluida Concepción que estaba embarazada. Ninguno de los asesinados tenía por qué temer, el mayor de ellos era Francisco Senciales de 59 años, y el más joven Emilio Carrasco Burgueño de 16 años. ¡Qué héroes! ¡Que hazaña más cruel e indigna! ¡Matar a un grupo de personas sin que puedan defenderse!

Ese mismo día en la Cruz Roja, metido en cama y herido por la bomba lanzada días antes, estaba Antonio Benítez "Patasa". Esos días no había médico ni practicante, el mancebo de la botica era el encargado de curarle, pero eran tan pocos los medicamentos que tenían que la herida de la pierna se gangrenó. Era el único que se encontraba en el local; desde el cuartel fueron allí cuatro o cinco "valientes" que lo sacaron de la cama y lo mataron a golpes en el patio, sin disparos. Yo no fui testigo, pero por el patio de la casa contigua, de la casa de "los Sandungos", que estaba separado por una pared muy deteriorada y con agujeros, y además era más alto (con lo que era difícil ver que estaban vigilando), la hermana de "Patasa" y Prudencia "Sandungo" lo estuvieron viendo todo. Esto lo sé porque estuve muy ligado a esta familia, de aprendiz de carpintería, y casi todos los días se refería este episodio tan dramático y cruel.

No quiero dejar en el olvido a otro joven que también murió en esos primeros días víctima de la Caballería; solo tenía 16 años, su nombre José López Pérez "Fajablanca". Ese día se encontraba en el campo guardando cabras: después de unos días de búsqueda su familia lo encontró muerto, había sido fusilado.

Y así continuaron en los días siguientes; todos los que encontraban en el campo y otros que sacaban de sus casas, en la pared de la Torre que da al cuartel, de pie y esperando un juicio que era muy corto: el trayecto del cuartel al cementerio.
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Lápida con el nombre de los 15 fusilados
 el día 15 de septiembre de 1936
Gracias, José, por dar fe de lo ocurrido y visto por ti. Hay algunos matices, como el segundo apellidos de Concepción Hidalgo, que creo que era Porras según la lápida del cementerio, u otras nimiedades que no le restan importancia o crédito al relato. Yo aconsejo la lectura de tu libro para que la gente sepa algo más de nuestra historia desde la crónica de una persona que vivió esos momentos. Cuevas tiene derecho a conocer su pasado, ya sin acritud, pero con la necesidad de la verdad de los hechos. Hoy debemos llorar todos, desde el recuerdo, las muertes causadas en nuestro pueblo de la mano del dogmatismo y el totalitarismo ideológico, hace ya 80 años. Se perdona, pero no se olvida, porque el olvido es la peor de las injusticias, sobre todo cuando aún viven familiares de los asesinados que guardan celosamente el recuerdo de esas muertos y el sufrimiento posterior, cuando ser familia de los represaliados ya era de por sí una marginación y un señalamiento vergonzoso en una sociedad que criminalizaba al vencido.


lunes, 12 de septiembre de 2016

La Tormenta y la alianza con la luna


(Relato poético en remembranza)


Allá por 2009, en pleno invierno y estando en mi casa del pueblo, se desencadenó una tormenta con gran aparato eléctrico, viento y lluvia torrencial. Ello sirvió de inspiración para este poema descriptivo de esa vivencia, al que titulé La Tormenta. Después escribí un pequeño relato en prosa poética aludiendo a la alianza con la luna, aquella que me permitió derrotar a la tormenta y volver a gozar de la plácida lectura y el sosiego de la chimenea.


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El gélido viento en la calle,
ruge una amenaza,
cabalga incesante sobre los tejados
y araña las tejas con su desvergüenza.

Tocando en la puerta, de forma insistente,
pretende que caiga en su trampa,
mientras yo, plácidamente, me doy a la lectura,
al amparo del cálido fuego de mi chimenea,
y al ver su bravata,
busco refugio en mi bodeguilla,
esperando, a ver lo que pasa.

Se siente burlado y apremia,
se busca aliados y ataca con fuerza,
la lluvia torrencial le apoya
golpeando insidiosa sobre la ventana.

Por unos momentos
la estancia cae presa de un rayo de fuego,
que ilumina la suave penumbra,
en una promesa de luz engañosa
que lleva a la farsa.

El viento y la lluvia se escudan en ella,
para espiarme desde la ventana.
el trueno arrogante ruge con firmeza
pidiendo que le abra la puerta.

¡Qué extraña alianza!
¡El viento, la lluvia,
el rayo y el trueno en una partida
me buscan la cara,
queriendo pasar dentro de mi casa!

Más yo, precavido, atranco la puerta,
cierro la ventana, corro las cortinas
y pido resguardo al ardiente fuego;
y para matarles y ahogar sus gritos,
su insidiosa ira y colérica rabia
busco otra alianza,
elijo la suave ternura y melódica savia
que cure mi miedo desde una guitarra,
al final conformo una colosal fuerza
que atruena en el aire a lomos de un aria.

La plácida mano,
dada por la voz de soprano,
de la Sarah Brigthman,
me empieza a dar alas,
retomo la fuerza y le planto cara,
a ritmo de “Winter in July”
me enfrento de nuevo a tanta amenaza.

En último esfuerzo reclamo a la luna,
que está en las montañas,
dominando el cielo,
sobre la tormenta,
para que destruya y espante su saña.

La luna,
escuchando a Sarah en “figlio perduto”,
se siente sensible y apoya la causa;
con un soplo inmenso le rompe las alas al viento,
que herido de muerte, dando un alarido,
vuelve a la montaña.
Y todos cansados de no lograr nada,
se rinden a esa extraña danza que vuela en el aire,
que les amenaza.

El viento se ha ido,
el trueno no clama,
la luz cegadora del rayo se apaga
y el agua se alía y empieza una danza
llevada por las suaves notas que salen del aria.

La paz vuelve luego y reina el sosiego
sembrándose una dulce calma.
Mientras Sarah canta,
la lluvia le crea una melodía de música sacra,
el fuego palpita en una extraña danza
elevando al cielo su cálida llama,
como si quisiera llegar a la luna a darles las gracias,
y la hija del viento,
en brisa montada,
roza suavemente sobre la ventana
queriendo pasar a compartir cama.

En la bodeguilla entra la bonanza,
la rítmica lluvia me canta,
la brisa acompaña,
el fuego me arropa y Sarah,
con voz de soprano, me da su compaña
y calma mis miedos
haciendo de madre benigna y afable.
Y vuelvo a mis sueños montado en mi libro,
volando de nuevo hacia la utopía
mediante las alas de mi fantasía.

Para celebrarlo me sirvo una copa
y, en brindis al aire, voy dando las gracias
por haber vivido en estos momentos,
por sentirme libre,
por haber logrado imponer la calma ante la amenaza.

¡Ay! si la luna, con Sarah y mi libro, me dieran la fuerza
para darle fin a tanta bravata,
a tanta patraña,
a tanta injusticia que hoy nos espanta
y nos arrebata la esencia del ser,
de su fina alma,
que amenaza al mundo y la convivencia
desde la avaricia junto a la jactancia.

Cuevas de San Marcos, 1 de febrero de 2009



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Mi alianza con la luna

Te preguntarás cómo conseguí el apoyo de la luna para vencer a la tormenta del poema. Veras, estaba, en mi bodeguilla, leyendo un libro de Eduardo Punset, titulado “El alma está en el cerebro”. Con fondo musical de Sarah Brightman interpretando “Hijo de la Luna”, merodeaba alrededor de una frase: “Puede que a usted le resulte doloroso, pero debemos darle una mala noticia: está usted lleno de prejuicios”, pensando hasta qué punto esos prejuicios condicionaban mi visión de la vida, mis reflexiones y conclusiones sobre cualquier materia, evitando mi asepsia analítica. En esto estalló la tormenta.

La luna dormitaba plácidamente sobre esponjosas nubes, escrutando las estrellas, mientras escuchaba a la Brightman. Todo era paz y armonía y el flujo de la melodía la transportaba a sus fantasías en un vuelo imaginario sobre la voz suave que surgía de la bodeguilla. Ya sabéis lo sensible y sentimentaloide que es la luna. Ella protege y ampara a los enamorados, respeta su amor en la sombra, se amaga entre los árboles y juega, vergonzosamente, al escondite dando una suave luz que hace todo más bello y excitante. Desde su soledad, siempre soñó con ser madre, por lo que ampara el amor en una proyección armoniosa de sus deseos más frustrados.

Aquella vieja historia sobre la infidelidad de Zeus con Alcmena, con la que se identificó (sabéis que Alcmena significa “poder de la luna” en griego antiguo), engañando a Hera, de la que nació Heracles, le había traumatizado. Hermes se lo había arrebatado violentamente a Alcmena de su regazo y anduvo buscando a Hera para que le amamantara, pero la leche de esta se derramó y formó la Vía Láctea. Desde entonces, la luna, andaba triste y afligida buscando a Heracles en los lugares más recónditos del universo para alimentarlo como si fuera su hijo. Por ello estaba tocada. La Brightman, con “Hijo de la Luna”, le estaba llegando al alma y la tormenta torpemente interfería el flujo de la melodía. Su resignación era evidente, y comprendía que era una circunstancia normal en pleno invierno.

Y yo, ahí, fui más listo. Le puse “Winter in July” (Invierno en Julio) y quedó descentrada. Sin darse cuenta cayó en el engaño y pensó que no era febrero, que era julio, que estaba siendo usurpada la noche veraniega y que la tormenta había roto el pacto rasgando la plácida noche con su exabrupto estruendoso de locura.

No se percató de que tras ella no vigilaba la Vía Láctea con sus millones de ojos nocturnos, con su polvo de estrellas, con su maternal disposición a orientar y dirigir al caminante en las cálidas noches veraniegas, esperando paciente a que Heracles pudiera nutrirse. Incluso llegó a pensar que Heracles, el hijo ilegítimo de Zeus, llevado por Hermes, había succionado la leche esparcida de Hera desvaneciéndola, lo cual le agradaba pensando que al fin se nutría.

Entonces empezó a enfadarse con la perturbada tormenta y, poco a poco, hinchó su pecho de cólera y le gritó que se fuera, que no era su tiempo y que ahora tocaban las plácidas noches, que guardara su energía para el crudo invierno. Al sentir el grito imperativo de la luna entendí su disposición a prestarme su ayuda. Esta alianza sería definitiva para derrotar a la tormenta, para ahuyentarla junto al viento, la lluvia y el trueno, para conseguir la calma y el sosiego que le diera serenidad a mi íntima noche y poder seguir mi lectura y reflexión con el Punset.

Entonces, en un momento de inspiración, le puse “Figlio perduto”. Su reacción fue inmediata. Estando tocada por “Hijo de la Luna” y engañada por “Winter in July”, este último impacto le fue irresistible. Su enojo subió de tono considerablemente y en un arrebato de ira, rayando en la locura, arremetió contra el viento quebrándole las alas. El viento ofuscado y confuso, pensando que no era respetado su tiempo, nada pudo hacer contra ella y le abrió camino hasta mi ventana. Luego se marchó esperando aflorar en otra ocasión, clamando venganza. Lo demás ya lo sabes, ya te lo he contado, te lo dije antes.

Desde entonces, al mirar la luna, me siento su cómplice en un tácito acuerdo, en el que le pongo música y ella fantasía cuando me la encuentro. Ahora, en las noches claras, me voy de paseo y por el camino nos lanzamos guiños por entre las nubes, nos tiramos besos en plena armonía, como enamorados esperando que no llegue el día. Y te juro que, si yo pudiera, la acompañaría durante la noche, a buscar a Heracles, pensando que posiblemente se encuentre en Tartessos, abriendo el camino a las naves, que permita el paso a esa extraña tierra que mentaran tanto Timeo y Critias, esa tierra ignota, la de los atlantes.




sábado, 10 de septiembre de 2016

La Aceña


Vista de la Aceña desde Montenegro
(Relato en remembranza de los años 50)

Mirar hacia atrás es revivir la vida; tal vez por eso exista la nostalgia, que es esa tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida, pero que, mirándolo en su parte positiva, desde la madurez, permite reactivar las emociones que ya se vivenciaron en su día. Además la remembranza tiene un valor muy importante, pues uno elige la parte de la vida que quiere recordar y revivir, que suele ser siempre algo agradable, aunque lo desagradable, que también puede ser recordado y, siguiendo las propuestas psicoanalíticas, pretendería superar el trauma que lo causó a través de la evocación del pasado, es como si quedara pendiente la liquidación de un conflicto del ayer que debió superarse en su día. Pero yo voy al primer caso, es decir a recordar mi infancia con sus partes bellas y gratificantes o, al menos, aquellas que prevalezcan sobre las lamentables.

Noria actual que riega la parte baja de la Aceña
La foto primera de las huertas de la Aceña, tomada desde la cumbre de Montenegro, ha sido el revulsivo que me ha llevado al recuerdo. Fue tomada hace algunos años, cuando solía hacer senderismo y buscar lugares con vistas panorámicas, intentando descubrir la espectacularidad de las imágenes y perspectivas desconocidas. Como puede verse, el río Genil abraza la zona a modo de protección, como si fuera una herradura, tal vez la de la suerte, que con su brazo de agua la nutre y alimenta. La noria canaliza el agua sustraída al caudal del río para fusionarse con la tierra dando vida a los frutos de la huerta.

Pero la casa y huertas de mi familia no estaban en ese entorno, sino en la parte abierta de la herradura, elevadas sobre el río, lo que impedía usar el agua para el riego, del que disfrutaban las huertas de los Bernardos, Lara y compañía. Las otras familias, como los Cosarios, se nutrían de albercas alimentadas por veneros, sometidas a acuerdos de uso y propiedad del agua. Tal día le tocaba el riego a uno y tal otro a otro. Recuerdo la alberca nutrida por un caño de agua fresca que era fuente de vida, pues proporcionaba agua potable a los habitantes del entorno mediante el uso de cántaros y recipientes para transportarla a casa, a la vez que su embalsamiento permitía el riego sistemático de las huertas del lugar.

Las huertas… la huerta era para mí un paraíso pues yo vivía en una aldea de la Roda, donde no tenía acceso a espacios similares, por lo que cuando visitaba a mi familia (allí vivian mis tías Dolores y Brígida, mi tío Mariano y mi tía Teresa con mi abuelo hasta que murió, rodeados de mis primos y primas) era todo una fantástica experiencia. Cambiaba la forma y el fondo de vida, el cariño y afecto de la familia, la alimentación, el juego y diversión, los baños en el río, los paseos por la tierra, el trillo de la era con su parva y los hombres aventando las mieses. Qué experiencia más alucinante era dormir en la era en las noches de verano. Jamás volví a ver un cielo tan claro y poblado de estrellas, con su vía Láctea, o Caminito de Santiago como refiere el Códice Calixtino. En aquellos tiempos uno no sabía casi nada del firmamento y cómo, en todas las culturas, fue un motivo mágico para interpretar el cosmos y su influjo en la vida de los seres humanos. Qué belleza y fantasía hay en la interpretación de la mitología, cuando dice que la vía Láctea se formó con el reguero de leche de la diosa Hera desparramada por el cielo cuando se negó a amamantar a Hércules niño, producto de la infidelidad de su esposo Zeus con la mortal Alcmena. Con estas cosas, te tumbas bocarriba, miras el cielo y le das rienda suelta a tu imaginación, liberándote de las presiones de este mundo, refugiado en las estrellas por unos instantes con un vuelo prodigioso y mítico.
 
Sentado en el borde de la vieja alberca
Pero vuelvo a la huerta y dejo la era. La huerta me recordaba, dentro de mi candidez, al paraíso terrenal. Había frutales variados como cerezas, peras, membrillos, granadas, ciruelas, cermeñas, manzanas y una linda higuera sobre el brocal, que temerariamente se asomaba al agua dando sombra casi a la totalidad de la alberca. Esa higuera era lugar común de juegos mientras nos deleitábamos comiendo higos a horcajadas de sus ramas con el riesgo, no consciente, de caer sobre el agua y darnos un baño forzoso, nada desechable en pleno y caluroso verano. Los frutos tropicales, tan de moda hoy día, no se conocían ni cosechaban en aquellos tiempos.
 
Excelentes tomates cultivados por mi primo José
En las eras crecían, alimentadas por el riego, un interesante número de hortalizas. Como tomates, berenjenas, pimientos, melones, sandias, ajos, cebollas, lechugas, zanahorias, calabacín, pepino, etc… Pero uno de los productos más deseados era el tomate, que al abrirse por la mitad y ponerle sal refregando las partes para la disolución, era un bocado exquisito. Si a ello sumamos la accesibilidad al consumo de fruta, ya me dirás si aquello no era un paraíso para los críos, que no veíamos el esfuerzo y el trabajo que requería el cultivo y cuidado de la huerta.

Recuerdo la vereda que llevaba de las casas a la alberca, estrecha y siempre amenazada por el zarzal indómito, escoltada por frutales en sus bordes y acariciada melosamente por la acequia a cuyo borde pugnaba por sobrevivir la mata del TE. Era dificultoso transitar en algunos tramos del camino ya que frutales y zarazas, en su pugna por dominar la zona, ocupaban el espacio obligando al transeúnte a inclinar la cerviz a modo de sometimiento ante la lucha de la naturaleza.

Desde la perspectiva actual se ve claramente que no eran tiempos fáciles, sin agua en las casas, sin servicios sanitarios que te remitían al uso del muladar, sin acomodos y confortabilidad y escasez de enseres del hogar. Eran tiempos difíciles, pero el niño, en su inocencia, no llegaba a comprender el agobio que tanta dificultad producía en sus padres. A pesar de todo, la vida tenía su encanto, la casa encalada y blanca, su suelo empedrado con cantos rodados del cercano río, la chimenea encendida y adornada con morcillas ahumándose, el corral con las gallinas dando huevos y carne, mientras que la cabra aportaba leche, los conejos carne y el cerdo era un gran reciclador pues hacía de los desperdicios excelentes jamones y demás derivados; el burro pacía en la cuadra a la espera de su turno de trabajo, mientras perros y gatos merodeaban en continuas esquivas para evitar encontrarse en conflicto… era un conjunto ecológico donde compartían espacio y hogar los seres humanos y los otros seres que, en su alianza, nos hacían la viuda más fácil desde su arcaica connivencia.

Casas de la familia en la actualidad
El calor en las noches de verano te arrojaba de la casa y buscabas en la puerta, sentado en la silla de aneja, una ligera brisa que paliara el sofoco. Mientras los mayores charlaban y fumaban, los críos jugábamos o nos quedábamos embelesados con las historietas y cuentos que nos relataba un espontáneo con vocación de narrador, o más bien narradora, pues eran las mujeres las que, desvinculándose de la charla de los mayores, se aliaba con nosotros con su voluntad de asombrarnos con sus relatos de tradición oral. Eran temas de fábulas, de amores, bandoleros, pugnas y reyertas, o de cuentos, que nos hacían interesarnos por el pasado y la historia permaneciendo con la boca abierta. ¡Cuánta bondad había en aquellas relatoras!

La casa de mi abuelo tenía una explanada empedrada delante; una parra escuálida, a juego con la penuria de aquellos tiempos, que se esforzaba denodadamente en ofrecer unas escasas hojas que nos protegieran de las agresiones del sol, adornando unos raquíticos racimos de uvas que eran más un ornamento que un fruto comestible, en un intento de ganar el favor de mi abuelo para no ser eliminada por incompetente. El botijo de agua fresca, del que había que beber a chorro… y pobre del que chupara el pitorro, se ofrecía como forma de apagar la sed y las amenazas del calor. Todo ello a la espera de que una ligera brisa suavizara la calurosa noche, que una vez superada invitaba al descanso en un catre con colchón, en algunos casos, relleno de crujientes panochas, o de lana de borra.


Yo, hoy, a la vista de esta foto, volé buscando en el pasado reflejos diferentes de un humanismo tan ausente, de una forma de vida en valores distintos. La tecnología nos apartó de la naturaleza, le volvimos la cara y le mostramos un desprecio que nos puede costar caro, pues la tierra es la madre de todo nuestro sustento. Nos satisfará hasta su último aliento, pero si no somos capaces de encontrar la belleza y las emociones que conlleva su trato, si el amor a la “Pacha mama” se diluye y muere, también será nuestra sentencia de muerte. El hombre forma parte de un todo, y si no lo respetamos y conservamos no seremos nada, porque “el todo” nos habrá abandonado y entregado a la nimiedad.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Si hay que ir se va, pero… ir “pa na” es tontería.


(Una propuesta para desbloquear la situación)

Ir a terceras elecciones solo tiene sentido si tuviéramos la garantía de que de ellas surgiera la solución final, pero es posible que ello no se dé, ya que volveríamos a tener los mismos actores, posiblemente enrocados también. El asunto es complejo en tanto hay tres bandos irreconciliables, que se han ido fraguando a lo largo de los últimos meses con esa promesa de pluralidad en el Parlamento y de “acabose el bipartidismo”.

Por un lado está el PP marcado por una trayectoria que lo avoca al aislamiento, salvo el apoyo condicionado y desconfiado, según Rivera, de Ciudadanos. Han sido años de intransigencia, de absolutismo, de falta de diálogo, de prepotencia, de manipulación de datos, de falsa solución a la crisis, de descontento popular, que le ha llevado a perder millones de votos y quedar a merced de aquellos a los que despreció. Pero además, hay un factor determinante en cualquier país democrático, como es la sombra de corrupción, no digo la sombra sino la evidencia que se transmite desde la propia justicia. Es complicado para cualquier partido explicar el apoyo a un candidato salpicado y manchado por tanta putrefacción en su entorno. Rajoy se muestra ya como un posible cadáver político tras su fracaso en la investidura.

Por otro un PSOE con un entorno ambiguo, con su patio interior inquieto y sometido a continuas interferencias de los “popes”, como González, que se resiste a tirar la toalla de su vieja autoridad. Al borde del camino esta agazapado Podemos, esperando el menor fallo para arrebatarle el electorado en una circunstancias de descontento social por la derechización de la socialdemocracia, que no ha reaccionado en defensa de los pueblos ante la crisis. El gato escaldado del agua fría huye, y Sánchez salió escaldado de la anterior investidura fallida y no se fía de Iglesias.

Por otro lado, el propio Podemos está enlazado con los  intereses de los independentistas y su apoyo al referéndum de autodeterminación, cosa que pone de los nervios a un PSOE constitucionalista con el que, tal vez, cabría negociar una reforma constitucional con una ley de claridad sobre el tema antes de tirarse al barro. El PSOE no tiene claro si Iglesias puede ser su aliado leal o un Caballo de Troya que le arrebate el reino de Priamo.

Luego, los nacionalistas e independentistas. Los catalanes ya no hablan de derechas o izquierdas, sino de referéndum e independencia. Pueden romperse, como ya pareció suceder en la elección de la mesa del Congreso, pero eso tal vez fue un espejismo. Mientras, los vascos andan resentidos con un Rajoy, que los ignoró en la legislatura anterior y, como siempre, pidiendo contrapartidas, como es lógico.

Ciudadanos, ya dejó claro que es la bisagra, pero bisagra que gira hasta cierto tope para el que fueron creados. Sus condiciones las determina la imposibilidad de mezclar agua con aceite. Pero en un recipiente puede haber agua con aceite sin mezclarse para elevar al corcho que flota y acercarlo al nivel requerido. Es posible si no hay marejada de fondo. Ciudadanos es un enigma en sus giros de bisagra, por no decir de veleta en función de los vientos que reinen.

Y uno se pregunta: ¿Con este galimatías es posible una salida sin tener que ir a otras elecciones con posibilidad de más de lo mismo? ¿Y ahora qué? Veamos: Bajo mi modesta opinión la vuelta a la candidatura de Rajoy ya no tiene sentido. Ha sido rechazado en su investidura y, siendo democráticamente consecuente, debería dar un paso atrás y permitir opciones diferentes. En primer lugar, como es natural, apoyando a otro candidato de su propio partido que pudiera reunir los avales necesarios. La solución en este caso pasaría por negociar un acuerdo mucho más amplio, que permitiera fraguar un programa de gobierno, que recogiera parte de los compromisos electorales de los partidos que lo apoyaran. Tal vez aquí, bajo la presión del Comité Federal, claudicaría el PSOE intentando, antes, el lavado de cara.

La alternativa fallida en la investidura de Sánchez la pasada minilegislatura sería otra opción, pero veo muy poco probable la coexistencia pacífica entre Podemos y Ciudadanos, salvo que asuman la teoría de la no mezcla del agua y el aceite, sirviendo solo como elevador del corcho hasta el nivel requerido, pero sin mezclarse.

Por otro lado, no creo que el PSOE se avenga a pactar una alianza con Podemos y los independentistas si ellos no aparcan hasta mejor ocasión su reivindicación, cosa poco probable, bajo mi criterio. Para ello tendría que ofrecer, al menos, promesas para un mañana y eso cargaría los dardos envenenados que le lanzarían las derechas constitucionalistas, sembrando entre sus filas el desconcierto y la posible sedición de Susanas, García Pages, Fernández Varas, etc. Como dice la canción: “Hace falta valor”…

Difícil me lo fiáis; pero si estamos en un sistema democrático donde hay independencia de poderes entre el judicial, legislativo y ejecutivo y, además, el señor Rivera ha declarado que Montesquieu ha vuelto con su Espíritu de las Leyes, no sería  malo que esa independencia se mostrara en todo su esplendor, o sea en todos sus sentidos. El Judicial juzga, el Parlamento legisla y el Gobierno gobierna sin interferencias no como hasta ahora, pues el Parlamento no ha dejado de ser la voz de su amo, máxime si el amo del partido mayoritario era el Presidente del Gobierno.

En este sentido creo que hay una solución meridianamente clara: Un Gobierno sin ninguno de los líderes de los diferentes partidos, que deberían dedicar su tiempo a resolver los problemas de España desde la discusión en el Parlamento, como parlamentarios que son, pactando soluciones y emitiendo leyes que resolvieran los distintos conflictos que nos atosigan, y así dar solidez a un sistema de convivencia entre los pueblos de España, incluido el debate referido a la  modificación constitucional, y los términos en que debe hacerse, para canalizar la demanda de esa segunda transición tan necesaria, sin el peso de la losa que supuso el quebrar la voluntad de los seguidores del viejo régimen.

Un nuevo rey y una nueva etapa, con una nueva juventud, requiere una nueva transición o acoplamiento constitucional desde la soberanía popular, que consolide cuarenta años más de convivencia, donde se consensue la educación, la sanidad, la política exterior, la estructuración de Estado e, incluso, el tratamiento a nuestra historia reciente. Hay que romper el anacronismo y el anclaje al pasado para mirar al futuro trabajando en el presente.

Así pues, propongo un Gobierno presidido por una persona solvente, con capacidad de diálogo, equilibrado y razonable, capaz de gestionar y aglutinar opiniones desde las divergencias y de implementar las leyes que emanen del Parlamento. Tal vez alguien con capacidad de abstracción para elevarse sobre el actual bloqueo y ver las cosas con más claridad, donde la premisa mayor este por encima de las otras. Tal vez un metafísico con actitud filosófica ante la vida centrada en el ser humano. Propongo se invista para presidente a un sujeto de la talla de Ángel Gabilondo, o similar, que encaja a la perfección, bajo mi punto de vista, en este planteamiento que hago.

Esta es la opinión de un ciudadano de a pie, ya jubilado, que vio con ilusión como se rompía el bipartidismo, pensando que se podría controlar y corregir el absolutismo de las mayorías mediante el diálogo y que ha visto la incompetencia de los líderes políticos para ejercer el noble oficio de la política desde la concepción y el respeto democrático. Yo no quiero volver a repetir mi voto, porque será el mismo, pero si se ha de ir se va, aunque ir “pa na” sea tontería…




martes, 30 de agosto de 2016

Palomo y el niño


Foto tomada de internet
(Relato en remembranza)

Este relato es real, con algún matiz, aderezo o mezcla de tiempos, pues en la nevada de 1954 a la que se alude tenía yo 3 años, pero el caso de Palomo fue una par de años después.
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Había amanecido un día frío, desangelado, con algo de nieve aún, tras la sorprendente nevada de un febrero loco que este año se había pasado 10 pueblos. Hacía lustros que la nieve no asoma por aquellos parajes. No era habitual que en el sur se diera esa nevada, si acaso unos copos temblorosos que se diluían al contacto con la tierra, como la estrella fugaz se volatiza con la fricción al entrar en la atmósfera. Carámbanos, rincones teñidos de un blanco residual, charcos de agua helada donde los pajarillos bebían pero no osaban bañarse, eran testigos mudos de lo acontecido días antes, cuando una tremenda tormenta  de nieve trajo un manto blanco al amanecer, cubriendo al cortijo de un níveo esplendoroso confundiendo paredes y suelo en una continua superficie alba. Los hombres, gañanes, arrieros, mozos de  mulas y demás labradores, fueron abriendo vías para romper el inusitado y pertinaz cerco de la nieve que había cubierto el suelo con una capa próxima a los treinta centímetros. Paleando con denuedo hicieron caminos hasta comunicar las diversas estancias del cortijo: cuadras, graneros, pajar, portalón, zonas habitables, etc. En el centro del patio se erguía el brocal del pozo asociado al abrevadero de las bestias. Desde él, también se hicieron surcos labrados en la nieve para comunicarlo con las diferentes dependencias.

Nada más entrar por el portalón se encontraba al frente la zona habitada, cocina y chimenea fogón, donde la casera cocinaba los potajes y fritangas de la tropa de gañanes y labriegos; al lado y en el piso superior encontrabas estancias mal dotadas, donde dormía sin demasiado confort la gente temporera, aceituneros, segadores, recolectores, etc. Una sólida y pulcra puerta con cerradura establecía el límite con las dependencias que usaba el administrador y el señorito cuando venía; desde allí se accedía a los graneros. A la izquierda se encontraban las cuadras, con el pajar y una especie de entresuelo donde dormía el gañán que cuidaba las bestias. A la derecha los espacios dedicados a los aperos de labranza, almacén de material, garaje con un pequeño taller de reparaciones y otros recintos.

Curro, subido al tejado en temeraria actitud de equilibrista, intentaba reparar algunos desperfectos que la presión de la nieve sobre el frágil techo había producido. Él era el albañil, además de gañán experto en el dominio de las mulas, con la fuerza y el peso adecuado para hundir la cuchilla del arado y sacar la tajada de la tierra en un surco interminable. En su pueblo, cuando el trabajo en el cortijo se acababa, ejercía ese oficio. No era un maestro en ese difícil arte de la albañilería, pero le metía mano a todo con una temeridad que rayaba en la inconsciencia. Hoy tenía miedo, pues el peso de la nieve y los efectos del deshielo habían dejado en evidencia la fragilidad de aquellos viejos techos donde se conjugaba la caña, el barro y la teja con un enjuague de yeso. Ya se había desprendido algún trozo de tejado que debería reparar sin dilación para evitar que el pajar quedara a merced de la amenazante lluvia. Debería ir con cuidado si no quería dar con sus huesos en el suelo, o mejor dicho, en el pajar. Al menos el golpe sobre la paja no sería tan traumático como el porrazo en el patio.

Andaba Curro en estas disquisiciones y otras preocupaciones propias de su oficio, cuando le distrajo la imagen de Antoñito jugando con Palomo. Palomo era un perro blanco, grande y fiel, de raza indefinida, que siempre acompañaba al chaval como leal guardián y defensor. La madre del niño, que sentía un terrible pánico por las serpientes, decía haber visto como se le erizaba el pelo, rugía amenazante y ladraba con la vista puesta al frente; era una serpiente que se escabulló llevada por el miedo ante la amenaza de Palomo.

Pobre crío, pensó el gañán, que tiempo más malo le ha tocado vivir en su infancia, aunque él, con sus tres años, vivía un mundo irreal donde esas cuestiones no tenían cabida. Hambre, escasez, frío, mal abrigo y rodeado de miseria y pobreza tras esta terrible contienda civil que nos ha tocado sufrir. Al menos, en el cortijo, no le faltaría un bocado de pan, aunque fuese duro. Y Curro dejó volar su pensamiento recordando las ilusiones de la gente cuando la II República prometía liberarles del yugo de los señoritos explotadores. Una sonrisa se le escapó de sus labios reviviendo sus andanzas, sus luchas, junto a sus camaradas, contra los que tuvieron la osadía de levantarse contra el legítimo gobierno. Fueron tiempos de esperanza, de libertad y promesas de un futuro mejor, de igualdad entre los hombres y de una revolución en la educación llevando las escuelas a los pueblos…

Su rostro se transformó en compungido, serio y afligido pensando que todo fue un espejismo, que se perdió la guerra, que se le llevó a un hermano en el campo de batalla y a otro fusilado a los pies de la tapia del cementerio. Él había escapado de milagro al no tener delitos de sangre, decían los vencedores, como si ellos no tuvieran miles de esos delitos acumulados a sus propias espaldas; pero el vencedor siempre tiene la razón, la razón de la fuerza, claro. Ellos mataban por justicia, los demás por asesinos y traidores a su patria. Malos tiempos vinieron para él y los suyos, hubo palizas buscando delaciones, sorna y chanza por ser rojo, humillaciones y desprecios. Al final, sumiso y obediente, acabó aceptando al explotador contra el que quiso luchar. Había aprendido que en este nuevo orden, para evitar problemas y sobrevivir, lo mejor era callar y obedecer al amo, sí al amo, eso era el señorito, el amo de todos ellos. Sacudió la cabeza, como queriendo sacudirse de tales pensamientos que le atormentaban, en el mismo momento en que cedía el trozo de techo que le sostenía en parte, quedando a horcajadas, peligrosamente, sobre el caballete que formó la pared ya libre y limpia del tejado. ¡Vaya susto! Pensó… y mientras se reponía volvió a posar su mirada sobre Palomo y el niño.

El perro llevaba sobre su lomo una especie de aparejo que él mismo le había hecho para que Antoñito lo montara, sabiendo que el animal se dejaba montar por el niño con docilidad. También le había hecho una jáquima especial con cuerda y tiras de lona. El crio pretendía poner la jáquima en ese momento, estaba preparándolo para que ejerciera de caballo fantástico en una extraña simbiosis entre perro y niño que proporcionaba regodeo a ambos. Ya le había visto en otras ocasiones haciendo de jinete, conformando una singular figura infantil sobre un brioso corcel blanco con ronzal y espuelas. Era habitual encontrar, entre los gañanes y gente de campo que habitaban el cortijo, a ambos, perro y jinete, a modo de proyecto de un centauro mítico en estado infantil. No comprendía como aquella impresionante mole de animal permitía que el chaval le hiciera tantas perrerías y abusos sin la menor queja. Palomo era fiero con los demás, pero con el crio se convertía en blandengue. Su mirada era limpia, sumisa, reflejando una docilidad sorprendente, eso sí, al niño que no lo tocara nadie con mala intención. En una ocasión, un temporero desabrido increpó al chiquillo que estaba cerrándole el paso.  En ese momento el perro, que iba a su lado, se volvió y con un terrible rugido le enseñó una dentadura limpia, fuerte y amenazante. El hombre se quedó de piedra y quiso imponerse al perro, pero todos le aconsejaron que desistiera de ellos pues Palomo era terriblemente fiero cuando entraba en pugna. Todo acabó cuando Antoñito llamó al can y le dijo, con su media alengua: “Vamos Palomo”. Ahora, el perro estaba mayor y hacía algunas cosas raras… serían de la edad.

Caray, qué frío. Una ráfaga de aire helado le azotó la cara y Curro se percató que la leve sudoración, que se había iniciado con el trabajo de reparación del techo, había desaparecido, cosa evidenciada por aquel repelús que le distrajo, mientras pensaba que era mejor bajar para comer algo, dada la hora.

En ese momento volvió a mirar al niño que ahora disputaba con el perro. El animal parecía agresivo, tenía la manita del niño en la boca, mientras la otra mano del chaval sujetaba el ronzal y el perro cabeceaba dando la sensación de que había mordido al crío atrapándole la mano, lo curioso es que Antoñito no lloraba. No lo pensó dos veces, saltó como pudo del tejado creyendo que Palomo, en su senectud, había perdido la razón, si es que los perros tienen uso de ella, y agredía a Antoñito. Tomó una vara que había por allá y fue directo a sacudirle al animal que, ante el doloroso contacto con el castigo, se desprendió violentamente del crio con un quejido lastimero, pero sin mostrar agresividad, pues Curro era su amigo. En todo caso puede que no entendiera las causas por las que Curro le castigaba tan violentamente. Optó, tras recibir otro par de varazos, por huir del lugar aullando y dejando al niño sumido en un llanto inconsolable. Curro quiso coger al crio para protegerlo, pero este se resistía pegándole golpes en el pecho, en la cara y allá donde llegara con sus bracitos, a la par que gritaba chillonamente: ¡Malo, malo, deja, malo…! queriendo ir tras el perro que se había ocultado en la casa.

A los gritos del chiquillo salió su padre y su madre que estaban en la casa, preguntando qué había pasado y por qué lloraba el niño y actuaba de semejante forma. Curro quiso explicar con detalle todo lo que había pasado y la extraña conducta del perro. El padre de Antoñito no le dejó terminar y le dijo: “Escucha Curro, yo estaba en la ventana viendo jugar al niño con el perro. El niño, en su curiosidad, y sujetando con una mano la brida, intentaba cogerle la legua al perro con la otra y tirar de ella, cosa que molestaba al animal como es natural, procurando desprenderse mediante sacudidas con la cabeza. No le estaba mordiendo, Curro, solo intentaba liberarse del atosigamiento a que le sometía el crio, Palomo nunca le haría daño al niño, es más daría la vida por él si fuera necesario y tú lo sabes”. Mientras, Antoñito, al sentirse liberado de los brazos de Curro, se fue corriendo a buscar a Palomo. Lo encontró lamiendo la zona golpeada, se acercó al perro y se abrazó a él, quedando los dos unidos en un abrazo al que solo la inocencia del niño y la bondad del animal podían dar sentido.

Curro se percató de su error sin saber cómo enmendarlo. Quiso ir a buscar al perro y tras él marchó el padre de Antoñito. Cuando el animal le vio se sobresaltó, y el niño, en ese momento, comenzó a gritarle de nuevo que se fuera de allí. Ahora el perro, ante los gritos del chiquillo, había cambiado y se enfrentó a Curro mostrando su poderosa mandíbula y su disposición  a agredirle si tocaba al crio. Curro sintió miedo, se separó y protegió detrás del padre. Este le dijo: “Vámonos Curro, deja al niño con el perro y más adelante haremos las paces, cuando yo hable con Antoñito”.

Aquella noche Curro no durmió bien. Soñaba que Palomo se marchaba con Antoñito sobre su grupa y volviendo la vista atrás le amenazaba con su rugido si les seguía. Estaba perdiendo al niño y al perro en la lejanía y una extraña angustia se apodero de él rayando en la culpa, la frustración y la sensación de pérdida. Despertó sudoroso y dispuesto a resolver el caso por la mañana. El padre le explicó a Antoñito lo que había pasado, el error de Curro y cómo corrió a defenderlo a él de la agresión de Palomo. El niño no comprendía, en su inocencia infantil, cómo le iba a hacer daño el perro a él si eran amigos, uña y carne podríamos decir. De todas formas, al final, entendió las explicaciones del padre y mostró su disposición a volver a ser amigo de Curro, al que había gritado y retirado su amistad. El padre le pidió que acompañara a Curro para hacer también las paces con Palomo y accedió.

Luego, cuando Curro y el padre de Antoñito hablaron, establecieron una estrategia para que este y el perro borraran de su memoria lo sucedido y volvieran a ser amigos como antes. Antoñito iría de la mano de Curro a ver a Palomo, se acercarían a él tranquilamente, como amigos, y Curro le entregaría un trozo de carne en señal de paz. Inicialmente el perro, que se encontraba en las cuadras, estaba reticente, desconfiado hacía el adulto, pero sometido al niño. Antoñito lo acarició mientras Curro le ofrecía la carne, que olió a la par que la mano asesina que le golpeó el día anterior. Dio un paso atrás, aunque después, con el tutelaje del niño, se dejó acariciar por Curro y acabó aceptando el presente que volvía a sellar la amistad entre ambos. Los adultos salieron de la cuadra y marcharon a la casa dejando al crio con el perro. Al cabo de un rato, perro y niño aparecieron por el patio jugando, dando saltos el perro, buscando el aparejo y la jáquima… todo volvía a ser como antes. Incluso la nieve del día anterior se había esfumado dejando una mañana luminosa. El frío se suavizó y la pared norte del patio ofrecía una “recacha” espléndida para tomar el sol del gélido invierno. El padre del niño le dijo a Curro: Hoy no podemos ir al campo, pues la tierra está enguachinada  por la nieve derretida, ¿te hace  un pitillo en aquella “recachita” para calentarnos?  Y allá fueron a hablar de sus cosas mientras liaban ambos sus respectivos cigarrillos con tabaco de la petaca y papel de los librillos. Perro y niño jugaban ajenos a todo. La vida seguía su cauce habitual dando lecciones para los que quieran escucharlas.



lunes, 29 de agosto de 2016

Aquellos años felices de los sesenta.

Foto de  1964

(Un relato en remembranza)

Cada etapa de la vida tiene su encanto. La juventud puede con todo y, en nuestro caso, aunque hubiera un sinfín de necesidades, la afrontábamos con la alegría del reto. Ahora, cuando se ha transitado por el mundo a caballo de tantas circunstancias y avatares de la vida que fueron forjando una personalidad cercana a la madurez, se mira al entorno y se ve la abundancia de recursos materiales, los diversos y originales mecanismos que nos facilitan la vida, el acceso a la información a través de internet y un cúmulo de circunstancias que nos permiten encontrar lo que buscamos a primeras de cambio. Entonces se aprecia la impresionante diferencia que hay entre los jóvenes de hoy y los de aquellos tiempos.

Hoy se está familiarizado con el asombroso mundo de la comunicación y la computación desde pequeño. Los padres entienden que quien no domine la informática y la tecnología punta será un analfabeto funcional el día de mañana. Es imprescindible que nuestros hijos conozcan y se ejerciten en ese mundo misterioso, vedado, en gran medida, a nuestro conocimiento de adultos sobrepasados, en mayor o menor grado, por el proceso evolutivo al que no pudimos subir por su vertiginosa marcha y las pocas habilidades, o capacidades, que fuimos adquiriendo en nuestro inapropiado plan de estudios y formación para estos menesteres. Nuestros hijos, de mente abierta, agilidad demostrada, y especial disposición para comprender y asimilar el lenguaje de las tecnologías punteras, juegan, se entretienen y desarrollan su inventiva con recursos impensables en aquellos tiempos nuestros. Consolas, telefonía, videojuegos que, con la aparición de las Playstation, conforman una oferta de actividades lúdico educativas o formativas con una diferencia abismal con lo que nosotros tuvimos.

Yo recuerdo que mis juegos tenían una doble vertiente. Por un lado, dada la imposibilidad de adquirirlos, debía fabricarme mis propios juguetes en función del proyecto que me hubiera planteado. Si quería jugar a tener un campo, con huerto y maquinaria agrícola, tenía que recrear ese campo en el patio de la  casa, buscar el lugar adecuado para poder construir una pequeña alberca, formar los almorrones de la huerta, la eras y los cauces por donde discurriría el agua, así como construir un tractor con el material que tuviera a mano, dotado de remolque, etc… Y vosotros os preguntaréis qué cómo se hace eso: pues con mucha fantasía, con imaginación y creatividad infantil, hasta tal punto que un mamarracho de invento podía parecernos una maravilla de diseño y construcción. Me construí con madera mis espadas, mi arco y mis flechas, mis armas de guerra, para ejercitar mis habilidades guerreras en el patio de mi casa. Tiro con arco, esgrima y ejercicios de corte militar para entrar en guerra con los paisanos del otro barrio.

Hoy no nos dejarían fabricar armas con un cuchillo, como a mí, con el riesgo de sufrir un accidente, pero en aquellos tiempos, o nuestros padres eran unos inconscientes, o la cultura familiar determinaba que los niños debían enfrentarse a su entorno desde muy temprana edad y aprender el uso de navajas y cuchillos como forma de desarrollo personal. Luego, conforme ibas creciendo, cambiabas la orientación de tus motivaciones para el ocio y juego. Nuestros padres eran analfabetos, o semianalfabetos, y no se sentían con los conocimientos suficientes para orientar nuestra educación, sobre todo en un mundo tan cambiante como el que se estaba viviendo. Ello, una vez que habías superado su nivel de conocimiento desde la escuela, nos permitía cierta libertad de movimiento apoyado en la excusa u orientación del aprendizaje y los libros.

Hubo en mi pueblo, allá por los 60 y 70, una generación de chavales cargados de energía y creatividad. Yo recuerdo  con especial cariño al colectivo en el que me integraba. Me viene a la memoria el malogrado José Porrino, Francisco Hinojosa, Salvador Gutiérrez, Antonio y Enrique Reina, José Bernardo, Hipólito y Miguel Ángel hijos del cuerpo de la Guardia Civil, y un amplio etc. Pero especialmente tengo el imborrable recuerdo de mi amigo Vicente Torralvo. Éramos uña y carne, hasta tal punto que formamos un club al que denominamos VIPO (Vicente y Porras), cuyo objetivo principal era el esparcimiento mediante la investigación y desarrollo en muy variadas vertientes: laboratorios farmacéuticos, tecnología en construcción  de barcos y armas de guerra, juegos, excursiones y demás.

El laboratorio se instaló en la guarrera o porqueriza de la casa de su abuela dado que no estaba en uso en ese momento; el problema vino cuando el cerdo ya comprado para el cebo quiso usurparnos el lugar, pero ese es otro tema. Tras preparar la dependencia buscamos mobiliario adecuado como pequeñas mesas, sillas, estanterías, etc. Recolectamos medicamentos varios de los desechados por nuestras madres y abuelas y cualquier otro que pudiera servirnos de componente para el ensayo. Nuestra inventiva nos llevaba a mezclar sustancias y ver cómo reaccionaban, tanto en frío como al calor del fuego, lo que nos dio algún que otro susto. El compuesto resultante se denominaría con la primera sílaba de cada uno de los integrantes que habíamos mezclado, dejando constancia de su fórmula. Luego, en un acto de maldad, inoculábamos el nuevo producto en los tábarros, previa eliminación del aguijón, y observábamos la reacción anotando en un papel el resultado de la misma. Cuando se iba acabando un producto y no teníamos más, le poníamos agua y pasaba a llamarse, por ejemplo: Caseosán aguado. Recuerdo, con cierta sorna, que decidimos disponer de orina usada como otro componente más, dadas las propiedades que le asignaban los hindúes, etiquetándola como Meaos puros; una vez nos faltaron y como no teníamos gana de orinar ninguno de los dos le añadimos agua y la cambiamos el título por Meaos aguados. El humor que no faltara para acompañar a la fantasía.

Os aseguro que conseguimos que reviviera un tábarro, que había resultado ahogado, aplicándole uno de nuestros productos. Luego, las multinacionales farmacéuticas no nos hicieron caso y la magia de nuestros inventos se perdió. La casa Roche nos obvió y todo fue un derroche de energía y creatividad desaprovechado.

En una ocasión diseñamos y construimos un barco… pero un barco de vapor que andaba solo. Nuestro astillero era pobre, de medios muy reducidos, por lo que recurrimos a lo que teníamos más a mano. Una lata de leche condensada vacía, un envase metálico de pastillas efervescentes, un corcho para cerrarlo haciendo de caldera, una barrita de bolígrafo atravesando el corcho en contacto con el vacío superior de la caldera que recogiera el vapor y, atravesando el casco del barco y hundiéndose en el agua, lo expulsara e hiciera chocar con ella  como fuerza de empuje. Para terminar debíamos usar algo que calentara la caldera y convirtiera el agua en vapor forzándolo a salir con la fuerza necesaria para propulsarlo, para lo que usamos un algodón impregnado en alcohol y depositado en un platillo de cerveza, que se colocaba bajo la caldera sometiéndola directamente al fuego, mientras se sujetaba por un mecanismo de alambre que hacía de soporte.

Ahora se trataba de construirlo. Quitamos tapa y culo de la lata, la presentamos en forma de hoja abierta y la doblamos por la mitad; a cada extremo le cortamos un trozo quedando un doble tronco irregular de pirámide unido por la base superior. Al doblar los bordes cortados en los extremos y sellarlos con cera formamos la popa y la proa; a la popa, más vertical y redondeada, le hicimos un agujero para que pasara la barrita del boli que venía de la caldera y se hundiría en el agua, la proa más biselada, con más inclinación y con una quilla fina que cortara el agua. Al fondo plomo para que hiciera de lastre y no volcara el invento. La estanqueidad se conseguía con el sellado de la cera. El barco estaba terminado, solo faltaba botarlo. No teníamos mar, pero sí una alberca pequeña con agua. Allá vamos.

El invento flotaba, el lastre lo mantenía sin volcarse y la caldera medio llena de agua estaba dispuesta sobre el platillo con algodón y alcohol, debidamente asegurado el corcho con alambra para que no saltara. Fuego y a esperar. Se consume el alcohol y no funciona. ¿Será que no ha dado tiempo a calentarse el agua y evaporarse? Más dosis de fuego y… poco a poco empieza a silbar un flujo de vapor que atraviesa la barrita del boli y lo lanza dentro del agua… lentamente el barco se desplaza y va cogiendo ritmo. ¡Albricias, el invento ha funcionado! Nos miramos y la cara de satisfacción lo dice todo.

Luego lo hicimos funcionar en la alberca del cura, en el cortijo de su abuela, en el pilar, etc. para asombro de los observadores. Todavía lo recuerda su tía Piedad y a veces lo comentamos.

Después vendrían otros inventos, como la fabricación de pólvora, la construcción de un cañón y algunas otras cuestiones de menor orden, que nos permitían esa felicidad que produce el logro de los objetivos marcados por la curiosidad de unos chavales que querían aprender y experimentar, cargados de inquietudes; pero eso lo dejo para otra ocasión, si es de vuestro interés…


El eterno retorno


Vía Lactea. Nuestra inmensa casa.
A veces las noches son mágicas, o tal vez debería decir que ante el insomnio se abre la magia de la noche. Sí, es eso, pero solo si sabes buscar esa magia. Es una cuestión de pura actitud. Cuando el sueño se resiste puedes llegar a la desesperación dentro de la rigidez mental, de la obsesión por dar a cada tiempo su función… el tiempo de dormir, el de comer, el de trabajar, el de divertirse… Si entiendes que la noche está hecha exclusivamente para dormir te verás atrapado en una situación de angustia y frustración si no consigues conciliar el sueño. Cuando el tiempo te atrapa y te hace su esclavo pierdes la libertad de hurgar en ese tiempo para encontrar las cosas que no le corresponden al momento. Pero, si entiendes que ese insomnio es porque la noche quiere hablar contigo, porque tiene algo que decirte, porque te ofrece la posibilidad de descubrir lo desconocido, porque te abre la puerta a otro mundo de magia, de imaginación y proyección existencial, entonces se te abrirá otra ventana al mundo, al pensamiento y a los sentidos. Las estrellas te dirán cosas, la luna con su cara de plata te hará guiños de embrujo, el firmamento te mostrará su inmensidad y tú irás descubriendo la magia de un orden cósmico, donde las leyes que sustentan la existencia se irán mostrando desde una especie de gnosis interna que aflora en libertad, pues la noche es transgresora y protectora donde todo se conjuga para hacerte más grande, más libre y más cósmico.

Ahora, cargado de años y experiencias, con el bagaje de la vida a mis espaldas, este insomnio es una bendición del cosmos, un regalo que ofrece para contactar con la infinitud del universo, para meditar en busca de la verdad holística, la que lo abarca todo, la síntesis de la existencia de un mundo inescrutable, donde el ser humano no es más que una parte insignificante de un todo inmenso que gira y gira en su espacio infinito, como decía la canción. Ese giro y giro es el eterno retorno (me viene a la mente el postulado de Nietzsche sobre el eterno retorno). Los budistas comprendieron bien ese continuo girar y usan en sus oraciones la rueda de plegaria. Para ellos existe ese retorno, aunque no lo entiendan como eterno sino como contumaz sistema de perfeccionamiento hasta que puedas escapar de esa órbita siendo un espíritu puro.

Ya me entró en mi mente la idea del eterno retorno para ocupar el espacio que dejó el insomnio. No puedo dormir. Me bajo al patio, me tumbo en la hamaca y, sosegadamente, me voy integrando en la oscura noche, que refrenda mi acoplamiento a esa oscuridad hasta permitirme observar los mil matices de sus grises contrastes. En las cálidas noches del verano andaluz la más ligera brisa es un regalo y siento la caricia de la noche con el suave mimo y deleite de su hálito, que muestra su venia entre el balanceo de los pámpanos de mi parra. Me acerco para observar a la luz de la luna el dorado fruto guarnecido por un ejército de hojas verdes, donde algunas empiezan a desertar tomando un tono marrón oscuro que les llevará a secarse y desprenderse de su oficio. Aparece la sensación de un “déjù vu”, pero en este caso real. Cada año por estas fechas se produce el mismo ceremonial en la naturaleza, forma parte del ciclo de la vida y de la muerte, es el eterno retorno.

Mientras que el día es la realidad que te rodea, ficticia o no, cargada de prejuicios, de etiquetas y dogmas y sometida al encorsetamiento social de la cultura donde te integras, la noche es la fantasía, el escape, la magia del sueño. En la noche se rompen las cadenas que atrapan tu mente, derrumbas los muros impuestos por otros para aprisionar tu pensamiento. Cuando duermes es el ensueño el que te libera, sueñas con lo prohibido, con aquello que los miedos te coartan, con la satisfacción de tus frustraciones… el ensueño es el canto y la forma de libertad que ejerce tu mente sometida a la norma. En el sueño, a veces, hay más verdad y manifestación de ti, de como tú eres, que en la vida real. Pero, los sueños se perdonan, sueñes lo que sueñes, siempre estará bajo la protección del subconsciente y a él se le adjudica la culpa y el protagonismo.

Digo todo esto por la complejidad de soñar despierto, por lo transgresor que resulta en esta sociedad pensar y razonar cosas, de desear lo vedado, de cuestionar, incluso, dogmas y verdades impuestas. Soñar despierto es más fácil de noche, cuando el vigilante de la mente descansa o se relaja, cuando la luz del día no nos delata, cuando los ruidos no interfieren, cuando se es más libre. Hay que tener el valor de desvestirse del día para integrarse en la noche, donde la luz del universo nos hace más grandes y nos emancipa ofreciendo una vía infinita para discernir entre tantos estímulos cósmicos. Y es aquí, en mi patio y a esta hora “intempestiva”, donde rompo amarras y vuelo planeando sobre la naturaleza para que me ilustre y oriente, para que me muestre su eterno ciclo de la vida: El eterno retorno.

La naturaleza nos enseña que ese ciclo de la vida es un círculo, una esfera que gira y gira, donde cada año, con sus estaciones, se nace y muere. Florece el árbol en primavera, se carga de hojas verdes y nutrientes para que la  flor fecundada nos dé, en el verano, el fruto y la semilla que geste otro árbol. En el otoño languidece y se produce una mágica muerte, donde se despoja de su manto y quedan sus ramas desnudas, casi inertes, en un invierno sometido a la poda para tomar fuerza de cara a una nueva vida en primavera, iniciando otra vez el ciclo.

Una ráfaga de viento algo más fresco penetra por el patio y despeja, en una pacífica razia, el ambiente. La lona del toldo baila oscilando al ritmo que le marca, la parra mece sus pámpanos tremolantes y el espantapájaros gira al compás de una danza caprichosa a meced del aire. Son las dos y media, sigo sin sueño tumbado en la hamaca contemplando el cielo.

La luna me lanza un destello y me atrapa. Ahora está en menguante, pasará a luna nueva, luego irá a crecente para acabar en luna llena y volver a su eterno ciclo de 28 días. Nuevamente el cielo me muestra el curso de la vida. Todo gira, la luna, el sol, la tierra, las estrellas, los planetas… es la danza del universo de la que no podemos escapar. ¿Será la vida esa danza? ¿Estamos condenados al eterno retorno? Pero, ¿cómo se entiende en nuestro caso? Al igual que el árbol nacemos y florecemos en una juventud de pasiones y deseos que nos llevan a reproducirnos, a dar el fruto, para luego entrar en el otoño de la vida. ¿Será la muerte el invierno? Pero si estamos en el eterno retorno deberemos volver a ser, a iniciar el ciclo. ¿Tendrán razón los budistas?

Uno, que no sabe nada, solo puede conjeturar. ¿Pero no es acaso eso lo que hizo el hombre a través de la historia? Conjeturas, suposiciones, hipótesis, teorías o creencias… nada definitivo, salvo la duda. Solo sabemos la nimiedad que cabe en esa pequeña masa cerebral. Por qué no podría darse la dualidad mente-cuerpo, para algunos alma-cuerpo, donde lo físico es el sostén, la huerta donde se siembra una “energía cósmica inteligente” que requiere de ese cuerpo para desarrollarse, para crecer. Yo soy energía, tú eres energía, todos somos energía. Mi cuerpo es el instrumento, la herramienta, el campo de cultivo, que permite a esa energía manifestarse, desarrollarse y crecer. Esa energía se cultiva a través de la inteligencia, de la elevación del conocimiento, de la comprensión de la verdad absoluta, lejana y utópica, eso sí, pero establecida como el objetivo final que lleve a la bondad madura del sujeto.

El conocimiento… el conocimiento, es la base del desarrollo del ser humano, de la elevación de su espíritu, de su mente, para integrarse lo más posible en ese cosmos que lo sustenta. El conocimiento es poder, responsabilidad y libertad, pero también es peligro para aquellos que no tienen como objetivo facilitarlo a los demás, sino controlarlo y gestionarlo para someter al ser humano a la ignorancia y la sumisión en un materialismo esclavizante. Esa función se ejerció siempre desde el poder y los credos, desde el dominio y apropiación de ese conocimiento. Allí afloran las ideologías y las religiones que dicen como son las cosas que tú querrías saber, para que no te molestes en pensar en más allá de lo establecido, para que seas gregario en ese grupo que ofrece la posibilidad de ser y existir a su modo. Luego, esta sociedad, precisamente llamada del conocimiento, te enterrará en mil datos que mientras más conozcas más importante te sentirás… pero olvidará que no es lo mismo tener conocimientos que vivir el conocimiento. Vivir el conocimiento es empatizar con él; es decir, sentir en tu interior el flujo de la verdad que proyecta ese conocimiento en un sistema interrelacionado, con una visión holística del cosmos donde no hablamos de unas cifras conocidas sino del entramado y las sinergias que las hacen posibles y su repercusión o influencia en la dinámica del mundo. Por tanto, no es lo mismo tener conocimiento que vivir el conocimiento.

Una vez, un paciente, loco él bajo los criterios clásicos de la salud mental, me decía que venimos a este mundo a desarrollar nuestra inteligencia y que en el cosmos había diferentes niveles de inteligencia según la dimensión en que estuvieras. Eran niveles escalonados que él los ubicaba en diferentes planetas. Explicaba ese eterno retorno como la repetición de la vida por reencarnación hasta que hubieras conseguido un nivel de perfección o inteligencia determinado, entonces, a tu muerte, unos seres superiores te llevarían a otro nivel, a su planeta; pero ojo, dentro de los planetas también había clases, se pasaba de uno al otro en función del nivel que se fuera adquiriendo. Qué curioso, al fin y al cabo eso tiene cierta similitud con los planteamientos aludidos de la filosofía y el credo budistas. Pero aquél señor era de campo, casi analfabeto, pero con una inteligencia privilegiada hasta el punto que se le declaró loco. A mí me gustaba hablar con él, lo tenía todo bien atado y encajado en su discurso.

Vuelvo a reseñar la capacidad o posibilidad de que exista un cocimiento gnóstico, esa especie de ciencia infusa que llevamos dentro y que solo es necesario sacarla a flote para actualizarla mediante la meditación, el pensar en libertad y sin corsés o, incluso, el propio azar. Pero, claro, al fin y al cabo somos lo que sentimos, lo que pensamos, nuestro mundo no deja de ser esa percepción real o imaginaria que tenemos, aunque existan otras cosas que escapan a nuestra estructura sensorial que es la que nos suministran la información para computar los hechos y sacar conclusiones. O sea, que seguimos especulando: conjeturas, suposiciones, hipótesis, teorías o creencias… en un eterno retorno, del gira y gira que algo irá cambiando aunque sea imperceptible, pero desde la individualidad anclada en un colectivo con el que se interactúa. Cada uno somos un mundo porque nuestros sentimientos y emociones son singulares, aunque también nos tengan presos y limitados por el aspecto sensorial, pues solo nos llega aquello que sentimos, lo que nuestros sentidos nos ofrecen, nada más… y ello, siempre, nos llevará a la duda sobre el más allá de los sentidos. Tal vez la noche nos ofrezca la posibilidad de abrir el cosmos a esas conjeturas.

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