sábado, 9 de marzo de 2019

9 de marzo. El día después



Transcurrido el día 8 y viendo las movidas que se han producido, mezclando conceptos y manipulando la opinión pública, creo que es conveniente centrar el tema sin partidismo pero con el reclamo del ejercicio de una política adecuada para enfrentar los problemas que denuncia el feminismo.

Se ha intentado demonizar el feminismo por parte de los defensores del machismo equiparándolo a su contrario. Mas no debemos comulgar con esa burda interpretación porque no son polos opuestos, salvo en que el feminismo reclama un derecho constitucional que el machismo le niega. Pero vayamos a los conceptos y a las ideas que soportan esos planteamientos.

El diccionario de la RAE define feminismo con estas dos acepciones: 1º “Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre” y 2º “Movimiento que lucha por la realización efectiva en todos los órdenes del feminismo”. Podemos decir, pues, que conjuga la idea y la acción, resultando una doctrina y movimiento social que pide para la mujer el reconocimiento de unas capacidades y unos derechos que tradicionalmente han estado reservados para los hombres. Por tanto, no pretende suplantar o imponerse sobre el hombre, sino igualarlo en capacidades y derechos.

Sin embargo, al machismo lo define en otro término, con estas otras dos: 1ª “Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres” y 2ª “Forma de sexismo caracterizada por la prevalencia del varón”. Aquí sí hay una agresión supremacista al querer imponer la idea de superioridad del hombre.

No son, pues, como ya he referido, antagónicos, o dos extremos de una misma línea, ya que uno procura la igualdad entre géneros como un derecho constitucional (feminismo) y el otro defiende la desigualdad (machismo) que es atentatorio de ese derecho, por tanto el machismo es inconstitucional, situado en la alegalidad por no decir ilegalidad, y el feminismo todo lo contrario. Es decir, el feminismo desarrolla una lucha justa, a diferencia del machismo al que combate.

La Constitución, en su artículo nº 14, refleja: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social” y es aquí, en la implementación de este artículo, donde se consolida y fundamenta la legalidad de la reivindicación feminista, desarrollo que también tiene soporte en el artículo 35ª referente a  los deberes y derechos que asisten a los ciudadanos “sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo”. Si no existiera ese articulado habría que crearlo para hacer la ley justa, tal como se determina en la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” a lo largo de sus 23 artículos sobre igualdad.

El asunto, como todos sabemos, viene de lejos, de muy lejos en la historia. Estamos en una cultura machista por definición en tanto prevalece el patriarcado que, de alguna forma, es la semilla del machismo o, si acaso, su sinónimo, que degenera en la llamada falocracia (Predominio del hombre sobre la mujer en la vida social).

Aquí sí habría una contraposición conceptual entre patriarcado y matriarcado. La inmensa mayoría de las culturas primitivas eran patriarcales y, si acaso, escasamente algunas matriarcales (los antropólogos son reacios a aceptar la existencia de estas últimas), situación que se ha mantenido a lo largo de los tiempos, lo que no quita que en el ejercicio del poder, dentro de determinadas microculturas familiares, puedan darse situaciones de matriarcalismo (diferente concepto que el matriarcado), en culturas patriarcales, como resultado de una imposición de la mujer sobre el marido por la aceptación cultural de una estructura psicosocial intersubjetiva centrada o focalizada en el símbolo de la Madre/Mujer.

Ante esta situación caben diferentes posturas políticas, porque solo desde la política social se puede enfocar y resolver el problema, tomando medidas que equiparen ambos géneros desde la escuela y redirigiendo toda la política educativa hacia ese objetivo, que, indudablemente, chocará con los hábitos y costumbres arraigados en nuestra cultura social y religiosa. Digo religiosa porque si la Iglesia tuviera el valor de reconocer esa igualdad, y ejercerla, desmontaría muchos discursos machistas y modificaría la actitud de sus fieles, pero el anacronismo de su estructura organizativa y posición respecto al tema no promete demasiado.

En todo caso, el feminismo, bajo mi humilde opinión, nos es de izquierdas o derechas, sino de una justicia social transversal. Lo que ocurre es que la tendencia de los partidos conservadores, por definición, no está en implicarse activamente en cambiar la situación con celeridad (por eso se les identifica como conservadores), sino en ir modificando las cosas arrastrados por la demanda. Hay otros casos, como es Vox, del que no se puede esperar mucho, dada su política de denostación del movimiento, difamándolo y denigrándolo a través de su confusión argumental, calificándolo de “feminazi” y otras lindezas carentes de sentido, que solo muestran la ideología que subyace bajo esas siglas y su desconocimiento del tema y los conceptos que lo definen. El feminismo no va contra los hombres, sino contra las ideas y actuaciones de aquellos que bloquean el derecho de la mujer a ser iguales al hombre y sostienen la ideología supremacista del machismo.

Las revoluciones sociales vinieron siempre de la izquierda en esa dicotomía (conservadores versus progresistas), por tanto es más lógico que sea la izquierda quien tome la bandera de la igualdad con más encono, la derecha, más conservadora, se resistirá al cambio por lógica de ideología.

Pero, si todos los partidos políticos reconocen el problema, y entienden que hay que poner como objetivo esa igualdad que contempla la Constitución, cada cual debería apoyar el movimiento feminista y ofrecerle sus soluciones para el caso, cuestión que luego, visto su programa y actuaciones, podrá ser validada o no por la mayoría de votantes. Lo que, bajo mi opinión y a la vista de los expuesto, no puede hacer ningún partido es descalificar el movimiento y situarlo en el tejado de otro, porque está renunciando a dar una solución al problema y eso, como gestor de conflictos sociales, lo descalifica a él mismo, dejando la defensa del derecho de las mujeres en manos del adversario político con todas sus consecuencias. Claro que cuando se ve que al diálogo se le llama traición solo cabe pensar que algunos partidos funcionan con piñón fijo, sosteniendo el anacronismo de sus ideas.

Concluyo que, bajo mi punto de vista, hay que apoyar al movimiento feminista en su sentido transversal, ya que la mujer está solicitando políticas de ajuste para conseguir esa igualdad, a las que ningún partido debe retraerse, al ser un derecho constitucional, y ha de dar, en sus programas, las soluciones que se les demanda en función de su ideología, para que se acepten o rechacen con los votos. Otra cosa es que ante la incapacidad de un partido de dar esas soluciones reclamadas, este acabe tildando al movimiento de partidista, o pregone y advierta que se está utilizando a las mujeres con fines políticos, como si el problema no fuera enmarcable en la política, cuando lo que están intentando las mujeres y hombres del movimiento feminista es utilizar a los políticos para resolver la anomalía, como es su obligación. El partido que esconda la cabeza como el avestruz, o dé la espalda al feminismo, y por ende al problema que denuncia, está cometiendo un grave error por incompetente.

jueves, 7 de marzo de 2019

La lucha de la mujer en el mundo de las letras.




Con motivo del 8 de marzo no está de más dedicar una pequeña reflexión al papel de la mujer en el mundo de las letras (especialmente la lírica poética)  y cómo ha ido evolucionando. Es indudable que las cosas han cambiado considerablemente y para mejor, pero no podemos olvidar que el camino se sigue transitando sin llegar a la meta final, que debe ser la igualdad absoluta entre el hombre y la mujer. No voy a entrar en un análisis pormenorizado del porqué y cómo se ha ido dando el machismo como elemento dominador de género, o sea sobre la mujer. En todo caso consideraremos que el papel de la mujer, otorgado por el mundo dominante del hombre, se ha relacionado más con su utilización objetal, mientras el hombre ejerció el poder y dominio social, cultural y económico. Obviaré, pues, la humillación de la mujer cuando tuvo que recurrir al nombre del marido para publicar su obra, quedando ella entre bastidores.

Habría mucho que hablar sobre el tema, pero me referiré a un aspecto del influjo social y cultural, donde el hombre dominó descaradamente hasta hace bien poco, en que la mujer ha entrada en la batalla de la cultura y sus derechos; por tanto aludiré a ese papel en la lírica, en el mundo de la poesía y la literatura en general, donde aflora tanta belleza expresiva y sensibilidad.

El sumun de la exaltación lírica de la mujer lo podemos encontrar en los versos de Gustavo Adolfo Becker cuando define la poesía y la asocia a la mujer:

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.

Esta forma sublime de expresar la importancia de la mujer en el mundo del poeta, es falaz o responde a una visión direccionalmente errónea. Claro que se enaltece la vanidad de una mujer elevándola al rango de poesía, de inspiradora o musa del poeta, en quien genera el sentir enamorado que la revaloriza hasta elevar su potencial a objeto elicitador de la lírica del cantor. Pero ella no es poesía, ella es el objeto que genera la poesía en el poeta, un objeto precioso, deseado para satisfacer el amor del enamorado, cuestión, indudablemente, halagadora para la dama enamorada. Pero la composición poética no es de ella (por tanto ella no es poesía), sino que es de su autor, de quien es capaz de sentirla y escribirla, de quien la hace brotar de su interior líricamente emocionado, del poeta, de Gustavo Adolfo Becker. La mujer es la musa, el instrumento u “objeto” que la despierta.

La mujer es poesía cuando la escribe ella, cuando es capaz de crearla a través de la expresión de su sentir, con su propio estilo, su palabra y verso, cuando anida en su interior el arte de la inspiración y la capacidad de su expresión. La mujer objeto genera la poesía en el amante, pero la mujer poeta la genera desde su interior, la crea ella y la transmite a través de sus versos… aquí es cuando la mujer es verdaderamente poesía.

Basta solo mirar hacia el pasado, no muy lejano, y veremos las dificultades de la mujer para entrar y ser reconocida en el mundo de la literatura. Traigo a colación, como ejemplo, a la gran escritora y poeta hispanocubana  Gertrudis Gómez de Avellaneda (Tula), de la que José Zorrilla dijo, en 1841: “…la mujer era hermosa, de grande estatura, de esculturales contornos, de bien moldeados brazos, de cabeza coronada de abundantes rizos y gallardamente colocada sobre los hombros. Su voz era dulce, femenil; sus movimientos lánguidos y mesurados y la acción de sus manos delicada y flexible; pero la mirada firme de sus serenos ojos azules, su escritura briosamente tendida sobre el papel, y los pensamientos varoniles de los vigorosos versos con que se reveló su ingenio, revelaban algo viril y fuerte en el espíritu encerrado dentro de aquella voluptuosa encarnación mujeril. Nada había de áspero, de anguloso, de masculino, en fin, en aquel cuerpo de mujer, y de mujer atractiva, ni coloración subida en la piel, ni espesura excesiva en las cejas, ni bozo que sombreara su fresca boca, ni brusquedad de maneras; era una mujer. Pero lo era, sin duda, por error de la naturaleza, que había metido por distracción un alma de hombre en aquella envoltura femenina”. A Bretón de los Herreros también se le adjudica esta frase referida a Tula Avellaneda: ¡Es mucho hombre esta mujer! O bien, ¡No es una poetisa, es un poeta!

Mientras tanto, Zorrilla plantea la existencia de una mujer poeta y escritora, de esa altura, como un error de la naturaleza, que metió un alma de hombre en una envoltura de mujer. El mundo de la lírica le estaba, pues, restringido, cuando no vedado o condicionado. Lo que no impidió que Gertrudis, en los años 40 y 50 del siglo XIX, fuera toda una figura en los corrillos de la literatura de la capital, dada su enorme y excelente producción literaria (teatro, novela, poesía) y su capacidad seductora con su fuerte personalidad asertiva, codeándose con personajes de principal relieve en la corte, incluido Narvaez y los propios reyes, que apadrinaron su boda con el coronel Domingo Verdugo. Una excepción rompedora que desborda los límites que enmarcan el momento histórico respecto al tema

Lo que no es óbice para que estas tremendas aseveraciones nos muestren cómo el machismo imperante otorgaba el grado de excelso poeta al espíritu masculino y se toleraba la incursión de la mujer, en este campo, bajo un cariz de curiosidad y paternalismo; considerando, incluso, que estaban en una etapa en la que la influencia exterior se hacía notar con el espíritu liberal, a caballo del romanticismo, que se importaba desde el extranjero, en los años aciagos y convulsos de la regencia de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, esposa del extinto Fernando VII.

A pesar de todo ello, del liberalismo y la ideas progresistas del momento, a Gertrudis se le cerraron las puertas de la Real Academia Española de la Legua tras la muerte de su mentor, Juan Nicasio Gallego, que ocupaba el sillón de la letra Q mayúscula, otorgando este privilegio a un hombre, para mí, con una obra de inferior calidad literaria, Antonio Ferrer del Río, sin menospreciar su valor, claro está. Por tanto, la primera mujer que optaba a un sillón de la RAE, fue apartada para dar paso a un hombre. Hoy, tras más de siglo y medio, solo hay 8 mujeres en la Real Academia de 44 miembros que conforman la misma, si no me fallan los cálculos, o sea un 18%.

No obstante, volviendo al tema, en este caso singular de rebeldía que se manifiesta en el espíritu poético y lírico de Gertrudis, aparece el incansable brío de una mujer excepcional y reivindicadora de su derecho a “estar” desde su inteligencia creativa. Anduvo despertando admiración y miedo, aceptación como poeta y rechazo por su atrevimiento; un reto seductor para el ego del poeta Gabriel García Tassara, que le causó tanto mal con sus amores.

Se dice que Ignacio de Cepeda y Alcalde, su gran amor platónico y amigo, estando enamorado de ella como mujer y escritora, “la temía tanto como la amaba” y por eso no llegaron a desposarse aun existiendo entre ambos esa química que lo hubiera permitido. El prototipo de mujer de la época era la esposa sumisa y devota que cumplía con sus deberes maritales y maternales sin hacer sombra al esposo, modelo que Gertrudis rechazaba con vehemencia. La Avellaneda, en una de sus cartas a Cepeda, establece la diferencia entre lo que es ella y lo que le aportará la otra; ella es la intelectual, pensadora y crítica, la otra la sumisa, buena esposa y madre según los cánones… en estas circunstancias Cepeda optó por su sobrina María del Rosario. Tula ya había tenido otro desengaño en su estancia en Galicia bajo las pretensiones del joven Ricafort, hijo del Capitán General de Galicia Mariano Ricafort, pues aun reconociendo su valía y superioridad intelectual, le pedía que asumiera su papel de esposa, con arreglo a las exigencias sociales del momento, y abandonara el mundo de las letras.

Esta mujer, rompedora de esquemas, nos mostró, al igual que algunas otras, lo que las mujeres guardaban en su interior, por imperativo de la ley social, obligadas a renunciar a sus potencialidades. Sin embargo, rotas esas cadenas, afloraron, en los últimos 50 años,  multitud de escritoras y poetas que, irrumpiendo con fuerza inusitada, escalaron la igualdad de condiciones con el hombre, cuando no superándolo. En los diversos encuentros de poetas que se desarrollan a lo largo del país, en que yo he participado, he constatado un mayor número de mujeres que de hombres. Es aquí, en sus textos y publicaciones en general, donde se ve la calidad lírica de la mujer. Es aquí donde se demuestra que la poesía expresada es ella en esencia, donde tiene sentido la frase: “Poesía… eres tú” y no la musa inspiradora aludida por Becker.

Concluyo pues, que reconociendo la asimetría existente en esta cultura ancestralmente machista, la sociedad puede y debe exigir que esa igualdad se dé, que el equilibrio rompa la asimetría para enriquecerse con la aportación de hombres y mujeres en igualdad de condiciones, dado el potencial creador de la mujer en todos los campos y, especialmente, en el mundo de la letras del que he tratado en este artículo. La mujer, al igual que el hombre, es poesía cuando la crea, porque se fragua y aflora de su interior de poeta.