viernes, 18 de enero de 2019

La fiesta de los toros es un anacronismo



Hay discursos demagógicos o irracionales que inducen, o pretenden hacerlo, a una interpretación errónea de un asunto, problema o tema. En todo caso se trata de una visión sesgada e interpretada desde una premisa falsa. Me estoy refiriendo a la interpretación que se suele hacer por parte de los defensores de las corridas de toros. Hablan de la libertad de cada cual para acudir o no a esos actos o ceremonias de burla y algarabía que se fraguan en la suerte del toreo, donde la sangre aflora hasta llevar, finalmente, al toro a su propia muerte entre el jolgorio y alegría de un público que no llega a analizar en profundidad las causas de su jubiloso gozo. Cabe preguntarse cómo y dónde radica la motivación de ese gozo y si entra en contradicción con los principios y valores del ser humano, que en ningún caso deben fundamentarse en la violencia y muerte de ningún animal. Bajo mi opinión, el valor, la habilidad y destreza en burlar las acometidas del toro sí tienen sentido y pueden ser motivo de algarabía, pero sin infringir castigo físico, sufrimiento y muerte al animal. Los forcados portugueses, el toreo sin sangre y muerte, el juego del requiebro en cortes, recortes y recortes con anillas son alternativas no sangrientas.

Ciertamente, si miramos el problema desde el derecho que cada cual tiene para acudir a estos actos, estaremos centrando el asunto en la libertad individual para tomar sus propias decisiones. Visto desde esa perspectiva el dilema se centra, erróneamente, en un valor social, el de la libertad en la toma de decisiones, mientras se obvia el núcleo principal de la cuestión, que debe centrarse en si el acto, en sí mismo, es o no asumible en una sociedad de valores evolucionados, como veremos. Por otro lado, ese núcleo principal de la argumentación se suele plantear, por parte de los que la llaman “fiesta nacional”, como una tradición sustentada en la cultura popular. Pero los pueblos evolucionan, la gente cambia y se sensibiliza con otros principios y valores más racionales, más humanos, al producirse la evolución de las sociedades y de las propias culturas que rompen con las tradiciones que no encajan con los nuevos valores. De ahí mi apotegma “El anacronismo, en la cultura de los pueblos, lastra su evolución”.

En lo referente a catalogar las corridas de toros como un anacronismo, habría que aclarar previamente este concepto para ver si encaja en el mismo. La RAE define anacronismo como: “Que no es propio de la época de la que se trata”. Veamos, pues, como razonar su inclusión en el calificativo de anacrónico: Esta sociedad moderna rechaza el maltrato animal, la sádica diversión por la sangre y el dolor, la falta de respeto a la vida sea de la especie que sea, la guerra, la violencia y todo aquello que pueda producir dolor y sufrimiento gratuito a los seres vivientes. La sensibilidad del ser humano aflora para racionalizar las cosas desde la percepción de la vida en un sentido más integral, más universal. No es nada nuevo, siempre hubo quien proclamó a los cuatro vientos el amor y respeto a los animales; desde los pueblos más primitivos, casi siempre en culturas ajenas a la nuestra, a determinadas actitudes vitales de nuestra propia cultura y religión (el propio San Francisco de Asís llamaba hermanos a los animales). Hasta el mismo boxeo se cuestiona como deporte cuando no se ajusta a determinadas normas de funcionamiento que implican protección del sujeto que lo practica y se prohíbe, en determinado momento, el ser transmitido en televisiones públicas por su violencia y crueldad.

Pero, sin salirnos de la sensibilidad hacia los animales que se nos ha enseñado o cultivado en los últimos tiempos, cabe señalar que, en nuestra infancia, era normal apedrear a los perros y gatos que encontrábamos por la calle y no estaba mal visto, solo se catalogaba como una travesura de niños, sin pensar en el pobre animal. En la actualidad existe una ley de protección animal que lo condena, ya no es socialmente tolerable esa actuación. La prohibición del uso del tabaco, en su momento, tuvo detractores que lo consideraban un atentado a la libertad del fumador como ciudadano; luego se entendió, mayoritariamente, que era invasivo del espacio público, como es el aire que respiramos. En siglos pasados hay casos claros y evidentes de conductas toleradas culturalmente, violentas o impositivas, que han sido superadas y rechazadas por la sociedad. Hasta el siglo XIX la esclavitud estaba bien vista, y en el XVIII aún se usaba como un negocio que enriqueció a muchos que, incluso, hoy son considerados grandes negociantes.  Quiero decir con esto, salvando todas las diferencias, que las sociedades cambian, evolucionan, y se van desprendiendo de actuaciones o conductas anacrónicas en beneficio de otras enmarcadas en los principios y valores que se cultivan en ese momento histórico.

Por tanto, no se trata de coartar libertades, sino de adaptar esa cultura a los valores que se pretenden cultivar en una sociedad moderna y concienciada con ellos. Ya se sabe que la prohibición genera deseo, en términos freudianos, y la educación crea valores sólidos. Por ello, la prohibición, siendo importante, no tendrá efectos si no va acompañada de un proceso de concienciación en el que aquellos que disfrutan con ese espectáculo sean capaces de reconducir la motivación esencial de su gozo. Mientras tanto, ninguna sociedad, que se defina como evolucionada, puede o debe adoptar posturas que potencien o cultiven valores anacrónicos, es decir proteger o subvencionar actos impropios de esa evolución.

De momento, yo al menos, me conformaría con nombrar al toreo, en los términos en que se da, como contrario a la tendencia cultural de la sociedad futura y retirarles subvenciones y ayudas que lo potencien o divulguen… eso coste que lo sostengan los que lo defienden, pero considerando que en frente van a tener a un importante colectivo que sostendrá que nunca el ser humano, mentalmente sano, puede o debe disfrutar con un espectáculo de sufrimiento, violencia y/o sangre de ningún ser vivo. Su libertad acaba cuando traspasa estos límites de respeto a la vida animal.

Concluyo: Una tradición que vaya contra los principios y valores de una sociedad que evoluciona, será un anacronismo que hay que erradicar de la cultura social. El proceso solo se consigue mediante la educación y sólida formación en los nuevos valores. Se ha de excluir, por definición del concepto valores humanos, a toda acción violenta, sanguinaria o de sádico disfrute con sangre, maltrato y muerte de otros seres vivos.



jueves, 10 de enero de 2019

El pensamiento racional contra las Fake News



Piensa

Hace algún tiempo que decidí convertirme en un mero observador. Es decir, verlas venir e intentar conseguir una explicación a lo que pasa, al porqué de las cosas, a cuales pueden ser las causas por las que la gente se deje atrapar en pensamientos ajenos sin antes elaborar los suyos en función de sus propios principios.

La conceptualización de la posverdad, es decir su definición como una manipulación o falsa verdad creíble desde la emoción y la pertenencia al grupo que la elabora, nos deja en mala posición como seres pensantes. El pensante es un ser racional que no asume ideas ajenas si antes no las ha digerido racionalmente, si no las ha elaborado con arreglo a sus propias convicciones, valores y principios.

Que no te engañen
Desde la irrupción de la técnica manipulativa de Trump y su gente, usando bulos o medias verdades (por ejemplo generalizando particularidades) como elementos de influencia en la opinión de la gente, el mundo se ha visto sometido a una presión desequilibrante e irracional que ha atrapado a muchas personas con escasa capacidad para analizar los estímulos o informaciones que reciben y discernir racionalmente sobre ellos.

Es cierto, bajo mi opinión y sin animo discriminatorio sino puramente descriptivo, que los seres humanos no estamos todos en el mismo punto del camino de la vida, por tanto no podemos, ni siquiera debemos, tener la misma visión de la realidad que nos envuelve. Nuestra opinión siempre está mediatizada por nuestras experiencias, nuestro conocimiento, la capacidad y hábito de razonar, los principios y valores que se nos inculcó y, sobre todo debería ser, que fuimos elaborando nosotros mismos mediante una socialización crítica. Por tanto, no todos estamos en un mismo sitio, pero sí, como seres pensantes, nos revestimos de valores humanos si entendemos que en el hombre, en sentido genérico, se ha de dar el valor del respeto y la empatía para mejor convivir. Cualquier confrontación irracional o guerra es peor que la más mala de las paces. Por tanto, debemos estar en la disposición de contrastar opiniones sin acritud y con mente abierta, completar la nuestra con la de los otros si son coherente y nos enriquecen.

Llegado a este punto, es importante, establecer el escalonamiento de los valores humanos. Por encima de cualquier cosa, en un mundo dicotómico de maldad y bondad, debería prevalecer la bondad. La bondad es compartir, empatizar, cooperar desde la concepción y percepción del amor.

Pero el amor es una palabra extensa, en cierto sentido polisémica, de variada aplicación según su objeto, ya que, por ejemplo, el egoísmo es un amor propio en contraposición al amor universal. Sin embargo, considerando los 6 tipos de amor que se describe el psicólogo canadiense John Alan Leen (Eros, Storge, Ludus, Pragma, Manía y Ágape… hay otras categorizaciones, pero usaré esta) deberíamos enfocar este hacia el amor a la verdad compartida, sostenido en los derecho humanos, en la igualdad de oportunidades y en la no discriminación por diferencia alguna; en la potenciación del sentido evolutivo de la sociedad en su conjunto poniendo al ser humano como eje fundamental del desarrollo hacia una humanidad en justa convivencia.

Tal vez, al menos para mí, el amor ágape sea el que deberíamos cultivar, por ser el más necesario, para una mejor convivencia. "Agápē es el término griego para describir un tipo de amor incondicional y reflexivo, en el que el amante tiene en cuenta sólo el bien del ser amado. Algunos filósofos griegos del tiempo de Platón emplearon el término para designar, por contraposición al amor personal, el amor universal, entendido como amor a la verdad o a la humanidad". Me quedo con eso, con el amor a la verdad o a la humanidad, a los otros con los que formamos un todo en nuestra existencia inherente a la verdad cósmica.

Sin embargo, si ubicamos ese amor a la verdad y, por ende, la humanidad, no podemos olvidar que en el otro lado de la balanza, en el polo opuesto, está el odio. El odio lo define la RAE como el “sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien que provoca el deseo de producirle un daño o de que le ocurra alguna desgracia”. En el psicoanálisis, Sigmund Freud define el odio como un estado del yo que desea destruir la fuente de su infelicidad.

Esto nos viene a mostrar que, si en lugar de existir amor ágape por el "pobre negro" africana que viene buscando una vida digna y huye de la injusticia, la guerra o la propia muerte, arriesgando la vida en una patera, sentimos odio porque él nos va a traer la infelicidad al quitarnos el trabajo (falsedad), o poner en peligro el dominio de la cultura imperante (falsedad), estaremos renunciando al valor positivo del amor para centrarnos en el valor negativo que es el odio.

En este sentido, antes de seguir el camino que nos marca el odio y el rechazo, es bueno pensar, desde los valores que nos definen como humanos, si hemos de manifestar amor u odio, según nuestros principios internos, sabiendo que la vida es un espejo donde recibes aquello que emites; si emites odio recibirás odio, porque es lo que cultivas.

En estos tiempos nos inundan de propaganda y falsedad, que generalizan la anécdota elevándola a categoría, que crean fake news al estilo americano (es muy interesante el libro “Fake News. La verdad de las noticias falsas” del periodista Marc Amorós). Una fake new es una noticia falsa que se difunde con una voluntad deliberada de engañar y que tiene dos características fundamentales: tener un objetivo claro y adquirir una apariencia de noticia real, precisamente para conseguir engañarnos. En todo caso se topa con los principios y la credulidad del receptor, además de su capacidad de pensar por sí mismo y de analizar coherentemente la falsa noticia hasta descubrir el engaño y el interés que lo provoca. Eso sí, como es determinante su percepción y valoración emocional, en función de la procedencia y la consonancia con su credo ideológico o de valores sociales, el sujeto no solo puede ser un buen receptor, sino ejercer de eco de la misma en una cadena propagandística aliado con el objetivo de crear desencuentro y confrontación por puro convencimiento de alienado.

Concluyo que el primer y principal objetivo del ser humano es convivir en paz para crecer saludablemente en su triple dimensión biopsicosocial. Si pierde de vista ese objetivo o misión principal y se deja llevar por cuestiones secundarias o contrarias al propio principio esencial, andará cavando su tumba y la de su propia sociedad a medio o largo plazo. Y es aquí donde se ha de dar la alarma ante el uso desmedido e intencionado de los medios de comunicación y las redes sociales que, con engañifa, falsas noticias, sin fundamentos estadísticos ni consistencia ideológica de contenido humanista, nos agobian con discursos que hablan de reconquistar el pasado. Por desgracia, en un proceso anterior y reciente (no sé si meditado y orquestado) han ido perdiendo los políticos la credibilidad y no han sido capaces de reafirmar una ideología social de valores humanos dedicándose a la confusión y corrupción y venta de sus servicios.

Por otro lado, cada día recibimos whatshapp o noticias en Facebook o Twiter con noticias alarmantes que pretenden encogernos el corazón y llevarnos al lado de los mesías que las denuncian pero que no dicen cómo las solucionarían o, en todo caso, plantean soluciones ya vistas en el pasado de resultado catastrófico. Lean con criterio, desconfianza y cuestionamiento ese tsunami de noticias, de medias verdades, de bulos interesados, de fake news, de mentiras repetidas para hacerlas ver como verdad (para Göbbels, «una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad», aunque hay quien también le atribuye la frase a Vladimir Lenin), que pretende el desencanto y la confusión, la sensación de indefensión e injusticia, la desconfianza con el sistema democrático cuando lo que fallan son los políticos y quienes los elegimos gracias a ese sistema. En todo caso, hay que mantener la mente clara para no dejarse llevar por falsedades y soluciones que coarten los derechos que, como ciudadanos libres, hemos ido ganando desde la transición. 

Cuidadín con la brillantina a caballo de la reconquista, pues, si se ha de conquistar algo, es la igualdad entre los seres humanos, los derechos humanos universalizados, la protección y amparo de los estados a sus ciudadanos, el derecho al trabajo, a la vivienda, a la educación, a la asistencia sanitaria, a la ayuda solidaria a los dependientes, etc. pero, sobre todo, el derecho a un trabajo digno que nos comprometa a todos para mejorar la sociedad desde un desarrollo sostenido.