sábado, 22 de julio de 2017

Playa de las Catedrales y Mondoñedo.



La Playa de las Catedrales es un lugar sorprendente. En esta nuestra tercera visita, realizada el 14 de mayo pasado, nos acompañaron Eva y Frank. No siempre se puede acceder dado que solo es visitable cuando la marea esta baja y deja al descubierto su encanto y los espacios de playa y arena que te permiten pasear por ella. Por tanto es conveniente, para ir sobre seguro, consultar el horario de la bajamar, dado que algo antes de la misma es el momento más adecuado para la visita. Según la temporada el acceso es controlado o no, es decir, en verano se ha de pedir cita para la visita, pero en otros meses no. No obstante es aconsejable entrar en su página web e informarse de ese y otros detalles para hacer la visita con garantía y conociendo las normas que la condicionan. Este año el acceso está restringido desde el 7 de julio al 17 de septiembre.

Dado que habíamos salido de A Coruña a primera hora de la mañana y que la bajamar era a las 13,17 h. decidimos aprovechar la circunstancia y darnos un paseo por Mondoñedo para visitar la ciudad y hacer tiempo. Como ya sabréis, Mondoñedo es un municipio y localidad situado en la comarca de La Mariña Central, de la cual es capital, en el norte de la provincia de Lugo y tiene sede episcopal compartida con Ferrol, aunque el obispo reside en esta última. Fue capital de una de las siete provincias históricas gallegas hasta 1833.

Desde 1940 ha ido decreciendo el número de sus habitantes pasando de más de 8.000 a 3.820 en el último censo. No hablaré de su historia que es amplia y de significativa importancia en el devenir de Galicia y de España con importantes hechos históricos. En todo caso resalto, desde el punto de vista de su monumentalidad, la Catedral que fue construida en el siglo XIII y conserva la puerta románica primitiva e importantes elementos como las vidrieras barrocas, el rosetón y pinturas y obras de arte relevantes. Tiene una espléndida vista desde los soportales de la plaza de España, o desde donde se halla la relajada estatua sedente de Don Álvaro Cunqueiro, notable escritor y poeta hijo de la villa. No nos fue posible entrar a fondo en la visita, por lo que solo anduvimos paseando por la ciudad y conociendo sus calles y las fachadas de sus principales monumentos, como el Santuario de los Remedios, hospital de San Pablo, etc. Una hora, aunque sea larga, no da para mucho más.

La Playa de las Catedrales es otro mundo. La naturaleza, en su continuo combate entre sus distintos elementos, ha creado una maravilla natural sorprendente. La firme roca de la costa se fue resistiendo, a lo largo de la historia, a las tremendas acometidas de la mar embravecida, apoyada por los vientos marinos que la escoltan, en la eterna batalla entre el agua y la tierra; el agua no solo hostigó la roca desde el mar sino que, a través de torrenciales lluvias, la fue erosionando con su pertinaz y secular insistencia en las tierras gallegas. Si Finisterre era un monte agredido por la mar, esto es un corte vertical con que el mar hirió a la tierra. En el mismo fraguó sus oquedades y fue perforando las entrañas de las rocas hasta crear en su interior inmensas cúpulas y bóvedas semejando el interior de catedrales, de ahí su nombre. La roca, en su parte más blanda, le fue dejando entrar en la pleamar, sabedora de que era segura su huida en bajamar. Al final, esa agresión, se fue convirtiendo en un juego amoroso, donde el flujo marino penetra el interior de la roca en un placentero espectáculo de acometidas cargadas de la sensualidad, donde se conjuga el rugir apasionado de las olas con el suave reflujo del agua al retirarse, para gestar el milagro de la naturaleza, dando a luz a esa inmensa y esplendorosa costa de misteriosas oquedades en el vientre de la tierra.

Pasear por su blanca arena evitando, o pisando, las pequeñas lagunas que quedaron presas al retirarse las olas, mientras juegas a ir descubriendo las diferentes grutas y cavidades con su caprichosa forma, es un verdadero placer. Sorpresa de un admirado espectáculo aderezado con la suave caricia de la brisa y la monótona sinfonía de las olas al romper con su violencia contra la roca o con suavidad sobre la arena. Buscas fotos intentando apresar, inútilmente, las esencias del momento que solo las podremos reducir al impacto visual, sin poder atrapar las sensaciones musicales que conforman los ritmos naturales de la vida, el canto de las olas, el rugir del viento o el persistente graznar de la gaviota; o las esencias y el perfume de la mar deshaciéndose en las olas espumosas para entregar a la brisa mensajera los efluvios de su aroma y sabor marino.

Mientras vas paseando intentas descubrir cada rincón, otear desde los lugares más diversos para localizar distintas panorámicas, observar cómo la gente disfruta del momento. Te arriesgas, como hizo Eva, a subir peligrosamente a atalayas como el arco inmenso y caprichoso que las aguas fraguaron en la roca. Andar sosegadamente en este espacio, es como vivir el momento en otra dimensión. Abstraerse del ruido mundanal del urbanita, olvidar el rugir de los motores y el ajetreo estresante de una vida de locura esclava del tiránico reloj. Aquí, en este galaico lugar de meigas, si tapas tus oídos al infierno artificial creado por el hombre, viajarás a otra dimensión de la mano de la madre naturaleza y veras los milagros de la vida en equilibrio mediante la interacción de sus principales elementos presocráticos, como son: tierra, agua y aire, dejando el fuego como la ardorosa forma de expresar las sensaciones resultantes al contemplar la magia de ese juego.

Amigo lector, quisiera, sin abusar de tu atención, llevarte en volandas a vivir lo que he vivido, pero me quedaría corto si, a los placeres sensoriales del alma, no sumara los del cuerpo. Por eso, tras sentir las emociones que he descrito, buscamos, el yantar que llenara el vacuo estómago que empezaba a protestar ignorando la belleza que nos extasiaba. Por tanto, tomamos las de Villadiego y buscamos en Ribadeo un lugar donde comer que tuviera una oferta típica de los manjares de la zona… y allá que nos fuimos al mesón pulpería O Forno donde saciamos el apetito a base de variados productos de la tierra y el mar gallego. Eso sí, yo seguí condenado a beber agua y ver como mis acompañantes degustaban un albariño delicioso al que solo pude acceder para degustarlo en plan sommelier.

Después, con los riesgos que conlleva conducir recién comido, viajamos a Luarca, pero eso es otra cuestión que queda para otro momento… En todo caso, si puedes alguna vez, organiza la visita a esa Playa de las Catedrales para sentir, en vivo y en directo, todo lo que te he contado, mientras tanto y a modo de aperitivo te dejo unas fotos, algo es algo…


 

























lunes, 10 de julio de 2017

Finisterre, el fin del mundo...


Faro de Finisterre
El 13 de mayo salimos de A Coruña con la intención de ver por primera vez Finisterre, pues no habíamos ido ninguna de las veces que visitamos Galicia. Finisterre, era el fin de la tierra para los antiguos, donde acababa el mar y aparecían los monstruos abisales de un enigmático abismo en el que concluía el mundo conocido, un tenebroso y mítico lugar que no dejaba, ni deja, indiferente a ningún visitante.

Allá por el Siglo I, según cuenta Lucio Anneo Floro, “el victoriosos Décimo Junio Bruto, tras recorrer toda la costa del Océano, no regresó hasta contemplar, no sin cierto horror y miedo de cometer un sacrilegio, como el sol se precipitaba en el mar y una llamarada salía de las aguas”. Yo lo entiendo, porque el ocaso del sol en un inmenso océano, visto desde la altura de un monte como el que adorna el faro de Finisterre, no deja de ser un espectáculo sorprendente. El sol se pierde en el agua, se hunde y apaga dejando un inmenso resplandor que ilumina las nubes y tiñe los cielos de un rojo luminoso espectacular. Qué extraña fantasía afloraría en la mente de un sujeto que no sabe ni entiende de rotaciones terrestres, ni de las leyes y el orden astronómico que rigen en el universo. La visión crepuscular, de la puesta de sol, sigue extasiando al espectador, a pesar de su racional conocimiento de los fenómenos que la producen, y dada su imprevisible manifestación tan variada en función del estado del cielo en esos momentos, sigue embelesando aunque lo hayas visto más de una vez. Una inmensa bola roja va declinando lentamente y, en el momento de tocar el agua, parece que acelera y en poco tiempo se pierde, como si esa esfera candente se apagara al contacto con el agua dejando un cielo incandescente, cargado de tonos y matices con su resplandor.

Finisterre

En este sentido resalto el embrujo y la magia que nos embargan en las salidas y puestas de sol. Ya he referido algunas veces que el sol es el exponente más simbólico de la vida; tal vez por eso el hombre primitivo lo adoró como el dios máximo de la creación. Para ese hombre primitivo que exaltó al sol a nivel de divinidad, el ciclo del mismo representó la esencia de la propia vida: el amanecer es el nacer, el tránsito por la bóveda celestial es la propia vida y el anochecer u ocaso es la simbolización de la muerte. Después viene la penumbra de la noche, la oscuridad insondable que nos muestra el desconocimiento del más allá, con sus miedos y sus monstruos, sus fantasmas y los espíritus de los muertos que pululan buscando su aposento final. El sueño es lo más parecido a la muerte, nos ausentamos de la vida por momentos y no somos nuestros dueños, sino que estamos sometidos al influjo del ensoñamiento y a la indefensión ante el ataque de los depredadores y enemigos. Luego despertamos, amanecemos de nuevo a otro día que, en cierto sentido, es otra vida nueva anclada en las experiencias del pasado, a la vieja usanza de la concepción mística y religiosa que definen los budistas con sus reencarnaciones.

Parroquia de San Vecenzo do Duio
Pero dejemos esta elucubraciones y pasemos al relato. Antes de llegar, para que los amigos Frank y Eva asistieran a la misa de rigor, buscamos por internet un lugar próximo y en ruta donde se celebrara la eucaristía. La encontramos en un pueblecito perdido, una pequeña iglesia parroquial inserta en el cementerio del lugar, llamada San Vicenzo de Duio. Mientras ellos cumplían con sus deberes religiosos, nosotros, que no somos practicantes, nos dedicamos a recorrer la zona con el coche e ir descubriendo rincones originales de la Galicia profunda, sus verdes campos repletos de pasto para el ganado, sus casas con muros de piedra, sus calles estrechas, sus hórreos típicos de hasta 10 patas y sus caminos angostos. Bosques frondosos, verdes pastos, casas de piedra, agua, vacas y flora silvestre, junto a algún que otro perro que ladraba repeliendo la invasión del desconocido.
 
Entrada en hórreos
Experimentamos la visión de un mundo diferente, singular, que solo se puede palpar si te adentras en lo rústico y alejado del mundanal ruido. No sería yo capaz de vivir allá, con aquel clima y faena, pero no deja de ser un excelente lugar para un retiro puntual del ajetreo del urbanita estresado. Casas diseminadas, caserones de labranza, forraje para los animales y el colorido de un campo que eclosiona en primavera. Galicia, la singular Galicia, mostraba el verdor de sus campos y montañas, su peculiar orografía y sus casas, entre ráfagas de nubes y de lluvia en un eterno y bucólico baile de armoniosa vida secular.
 
Calle del pueblo
Cuando volvimos a buscar a los amigos, nada más aparcar el coche, un chucho chillón se deshacía en ladridos amenazantes desde una prudente distancia, como si me dijera: “Este es terreno mío y de mi amo, tú eres un intruso intolerable y debes abandonar este lugar, no nos fiamos de ti ni de tus intenciones; solo se admiten a los conocidos, fuera de aquí o probarás mis feroces fauces de can cabreado…” ¡Caray, al poco tiempo ya eran dos los que ladraban! Pasé de sentirme seguro a mostrar cierto reparo, que se fue convirtiendo en desasosiego tendente al miedo, mientras los chuchos acentuaban sus ladridos, posiblemente al oler ese miedo que afloraba. Al final, dado que estaban bloqueando el acceso al coche, decidí hacer un espaviento para amedrentarlos y conseguí romper el cerco.
 
Vista del campo
Dado que aún no había terminado la misa y que el minúsculo cementerio circundaba la pequeña y rústica iglesia, me dediqué a observar los enterramientos. Siempre me gustó verlos desde este lado de la vida, no sé cómo se verán desde el otro, si acaso se ven. Lo curioso es que el perro, cuando pasé al cementerio dejo de ladrar, posiblemente entendió que allí moraban los muertos y esos no son peligrosos, por tanto me debió dar por fenecido al traspasar la frontera de la vida y se fue triunfante a casa de su amo. Es a destacar cómo en los sitios más recónditos se explicita el culto a los antepasados, a los seres queridos, a los que se les rinde pleitesía dejando patente el recuerdo en las lápidas que adornan el panteón o nicho donde descansan sus restos. Vi distintas inscripciones donde se apreciaban edades muy variadas de abandono de esta vida, desde niños y jóvenes, hasta gente longeva, muy longevas… parece que quien supera la prueba y se inmuniza ante el mundo labriego tiene garantía de una larga vida.
 
Cruceiro antes de llegar a Finisterre
Pero vayamos a casos de más agrado en nuestra ruta turística. Nuestro objetivo era visitar el cabo de Finisterre, su faro y el entorno. Y sí, allí está el final de la tierra.  Agua y más agua conforman un horizonte desde la perspectiva singular de una abrupta zona montañosa, que lucha estoicamente con la mar para defender los límites de la tierra de las acometidas de las olas, en esa eterna pugna entre el agua y las rocas por ganar espacios propios, que la agreden en los días de mar embravecida. Mirando al fondo, ves destrozarse las olas contra el indeleble muro de las rocas, en una eterna batalla suicida, que ruge y emite borbotones, espuma y agua pulverizada hasta confundirse en el aire. Bello espectáculo de la naturaleza en la confluencia entre tres de sus elementos básicos: sólida roca, líquido elemento marino y aire de la atmósfera que los cubre. El viento, sabedor de su influencia sobre el alborotado mar, sigue jugando hasta picarlo llenándolo de enrabietada espuma, a la par que lame las laderas y barre el entorno del faro y el pequeño hotel que hay enfrente, con un soplido que suena a lamento amenazante y lúgubre.
 
Kilómetro cero
Gran espectáculo de luz y sonido natural, donde se conjuga la puesta de sol con la penumbra inquietante, el viento que ladra retador y el mar con su infinita danza de oleaje permanente. Allí, sentado, con la mirada perdida en el horizonte, se toma conciencia de la nimiedad del ser humano, de su finitud ante el poder de la naturaleza y de la injustificada soberbia que nos adorna. El sol, al igual que nosotros, también muere esta tarde, pero nos deja la esperanza de resurgir mañana, de resucitar para tener otra oportunidad de vida donde corregir los errores y elevar nuestro espíritu para que, desde esa conciencia de nimiedad, podamos comprender lo que somos y para qué somos, si ello es posible, dentro de nuestra limitada conciencia de vida y anclaje al entorno que nos sustenta.
 
Sobre la roca
Luego, dando un paseo por la zona, vas descubriendo lugares que te llaman la atención. Por ejemplo, existía una antigua costumbre de los peregrinos que venían hasta Santiago desde todo el universo católico, consistente en ir hasta el fin de la tierra para quemar determinadas pertenencias en una hoguera. La tradición obliga a quemar alguna prenda de ropa que se haya vestido durante las etapas del recorrido como símbolo de la renovación interior que todo peregrino sufre en el Camino de Santiago. Se quema lo viejo para dar cabida a lo nuevo. Allá se ve el lugar donde se realizaba esa práctica, hoy prohibida por convertir el lugar en un auténtico vertedero, que ha obligado al Concello a retirar cada año toneladas de basura.
 
Al borde del mar
Os sugiero dar una vuelta por el lugar, visitar el faro, subir por las veredas en torno a las escarpadas rocas, asomarse al abismo y disfrutar de las impresionantes panorámicas que nos ofrece. Reta al viento, sube a la roca y grita, deja que la melena (quien la tenga, claro, no es mi caso) baile mecida por el aire que, a veces, notarás como agresivo y otras acariciante. Es un reto: a los pies el precipicio, al fondo la mar brava, al frente el viento acometiendo y sobre tu cabeza el sol y las nubes en juegos y requiebros, y tú, retando a todo ello, inhiesto y espigado sobre la roca, implorando y despidiendo al dios Sol con los brazos abiertos y un grito o aullido primitivo testifical de tu presencia. ¡Qué maravilla, qué sensación más singular e indescriptible! Te sientes poderoso sobre la sólida roca, mientras a tus pies el mundo sigue su tránsito, el mar brama, el viento sopla y las nubes siguen jugando con el viento y un sol que se esconde y aparece en una danza imprevisible de luces y de sombras.
 
El mundo a tus pies

Después vuelve a la realidad de la vida, y te vas a tomar algo al bar del hotel para, desde allí, seguir disfrutando de unas excelentes panorámicas a cubierto, entre la penumbra del atardecer y la noche que se aproxima lenta pero inexorablemente. Ahora toca volver, pero antes no estaría de más una cena a base de productos de la tierra en el mismo Fisterra, ya tendremos tiempo de tornar a A Coruña para descansar. Por tanto, tomamos posesión de una mesa en la Sidrería A Cantina y degustamos un rico pulpo, mejillones y otros manjares acompañados de un buen albariño y cerveza, según el caso. El día ha concluido, solo falta la vuelta, y yo, conduciendo, he de renunciar al consumo de alcohol para regar las viandas… con ello también acaba mi relato, pero no mi recuerdo.
El baile de las brujas sobre la roca

martes, 4 de julio de 2017

Los nietos ya están en casa y… ¿Ahora qué?


Se acabó el cole de los nietos. Ahora toca ejercer de niñera o de canguro, esa actividad que no sé muy bien por qué se relaciona con el marsupial australiano; será por lo de cuidar de los pequeños como si los guardáramos en la bolsa mientras no están sus padres. No obstante, hemos de diferenciar el canguro de la niñera; en el primer caso son personas que se desplazan a domicilio para cuidar a los hijos por horas, en ausencia de los padres, mientras la niñera es algo más complejo, pues tiene una actividad más prolongada y suele hacerlo cuando los padres trabajan, por lo que los lleva al cole, les prepara la comida y todo aquello que le puedan encargar los progenitores.

En el caso de los abuelos, lo más normal, es que sean los niños los que se desplacen a casa de ellos, se queden a dormir, a comer y convivan formando una familia intergeneracional diferente, pero que suele tener un doble enriquecimiento: los niños experimentan la convivencia con personas mayores, sus abuelos, con los que, por lo general, se sienten atraídos y a los que consideran, muchas veces, un cúmulo de experiencias en mil batallas de la vida, lo que le abre una ventana a otra dimensión que, para ellos, se pierde en los tiempos pasados. Los abuelos, curtidos en el arte de educar a sus propios hijos, o sea a los padres de los nietos, presentan facetas muy interesantes para el crío dado que tienen otra forma de ver la vida, desde el sosiego y la madurez que fueron adquiriendo con el tiempo; todo ello, claro está, considerando la diferente personalidad de cada cual y singularidad de cada caso, pues hay abuelos que nada más pensar en que vienen los nietos a colonizar la casa, se ponen nerviosos y se cargan de angustia, posiblemente, por verse sobrepasados ante la demanda de los críos y la incapacidad para la resolución de los conflictos, así como la inseguridad que le pueda generar el proceso para afrontar la situación y sus demandas.

En estos casos es muy importante que los padres y abuelos sean capaces de coordinar su acción, no descalificarse y comentar los hechos, más  o menos conflictivos, que puedan presentarse para estar al tanto de los mismos y saber actuar complementándose y evitando la manipulación por parte de los niños: “Los abuelos me han dicho que...” “Mis padres sí me dejan hacer esto…”etc. Si tienes algún proyecto para los días que los nietos vayan a estar contigo procura comentarlo con los padres y ver su opinión al respecto. En todo caso, escucha la opinión y los deseos de tus hijos para orientarte sobre cómo actuar con los suyos, pero dejando claramente manifiesto que tú eres el abuelo y te vas a permitir ciertas licencias que no se pueden permitir ellos. Ser abuelo no es ser padre represor, ni angustiarse en exceso con según qué casos, o estar a la altura de los padres en los conocimientos. Ser abuelo es dar cariño desde la madurez y la experiencia, desde la sensatez y la maestría que da la escuela de la vida. Ser abuelo, muchas veces, es ejercer de cuentacuentos, dar en cada caso el mensaje que le sirva a tus nietos para ir consolidando sus principios racionalmente humanos, sin meterse mucho en los asuntos del credo si no hay consonancia con los padres en asuntos religiosos. Ser abuelo es explicar desde el sosiego las cosas de la vida, la experiencia que irán viviendo ellos conforma vayan creciendo y enfrentándose a mil descubrimientos. Ser abuelo es ayudarles a gestionar sus emociones y sentimientos. Siempre, como digo, contando con la sintonía de los padres.

Para el niño, vivir unos días en casa de los abuelos es una aventura que rompe la monotonía del día a día. Se duerme a otras horas, se come distinto, se hacen otras cosas y se trata con gente diferente… vecinos y amistades de la abuela/o, lugares nuevos y actividades diversas. Por otro lado, el asunto tiene un doble plus: Al entrar en otra dinámica se ha de negociar para ocupar el tiempo, cuánto se ve la tele o se usa la table, o se juega con la consola; también poder ir al mercado con ellos, qué tiempo se dedica a actividades formativas, cuánto a lo lúdico como ir al cine, salir al parque, visitar museos, parques infantiles… y dejarse llevar por el consejo del abuelo para ver cosas que se desconocen según donde se viva. Luego, en función del carácter de los abuelos, habrá mayor ajuste, con un grado de seducción distinto según la capacidad comunicativa y persuasiva de los mayores y de la expectación y disposición a entrar en ese juego que tengan los nietos.

Si son dos, tendremos un plus añadido. Es muy frecuente el encontronazo entre ellos, las disputas y los celos. Eso quiere decir que hemos de ir con tacto para no establecer diferencias significativas, comparaciones odiosas entre ambos, o poner como ejemplo a uno de ellos para el otro. Y cuando se da el conflicto viene el problema y la necesidad de afrontarlo. Lo inteligente, bajo mi modesto punto de vista, es aprovechar esa situación para ir orientándolos en la busca de soluciones, en el establecimiento de pactos, en la compresión de los argumentos del otro enseñándoles a empatizar, en eliminar los miedos a sentirse rechazado por su conducta, desmitificar la competitividad con los demás, etc. O sea, procurar que vayan comprendiendo y racionalizando las relaciones humanas desde la natural experiencia infantil en función de la edad. Yo siempre antepongo la competitividad intrasujeto a la intersujeto, es decir, comparar la evolución de uno mismo con los estadios anteriores, según las propias capacidades, dejando la comparación con otros niños mediatizada por las diferentes facultades de cada cual. Cada uno tiene sus potencialidades y debe desarrollarlas, estableciendo expectativas que sean alcanzables.

Ahondando algo más, yo opino que lo primero que ha de quedar claro es que los abuelos son la máxima autoridad en su casa y que, desde esa posición, solo pretenden establecer un buen ambiente en el hogar para gozar de la felicidad que supone el contacto entre abuelos y nietos. Con la experiencia que nos dio la vida y nuestros conocimientos, ante cualquier conflicto entre ellos,  escucharemos a ambos y analizaremos lo ocurrido en base a las dos visiones para hacerles ver dónde está la razón objetivamente, si bien cada cual pueda tener la suya para obrar de esa manera, y ambas pueden ser válidas y dignas de consideración.

Yo uso a veces el juego de roles o intercambio de rol, haciendo que cada cual se ponga en el lugar del otro para desarrollar la empatía y hacer ver el problema desde la otra perspectiva. Suele dar resultado si se consigue que entren en el juego y se razona a partir de ello, sin humillar a ninguno. Luego vendrá el análisis de lo ocurrido en el juego o en la realidad, según nos convenga hacerlo, pero siempre con la participación activa de ellos. Primero dejaremos claro las reglas del debate, no vayamos a convertirlo en los de tertulianos de la tele, que son peores que los niños. El respeto al uso de la palabra y la libre expresión, la sosegada réplica, el intento de comprender lo que dice el otro, etc. los abuelos, actuando como moderadores, reconducen la situación desde la inteligente imparcialidad procurando no queden ninguno humillado, sino que cada uno sea capaz de aceptar y desarrollar su propia autocrítica. Nosotros somos los adultos y ellos los niños, no actuemos movidos por las emociones infantiles propias, sino por la sensatez de la persona madura que sabe deslindar las emociones de las razones.

Pongo un caso: Supongamos que los nietos, un niño de 10 años y una niña de 8, suelen jugar juntos y bien, pero de cuando en cuando salta la chispa y se chinchan el uno al otro. Están jugando, bajo un acuerdo con los abuelos, hasta las 11 de la noche en que se acostarán. En un momento dado surge el conflicto y se gritan, se acusan de pegarse y chincharse el uno al otro y justifican su conducta ante el abuelo cada cual con su parcial versión. Querían jugar, pero saltó la chispa y ahora se creó la tensión entre ambos. Tras escuchar las dos versiones y mostrar algunas dudas sobre ambas, puesto que no coinciden y se supone que cada cual arrimó el ascua a su sardina, el abuelo decide que si no son capaces de jugar en paz y amigablemente, deberá darse por finalizado el acuerdo e irse cada uno a su habitación a dormir, pero que, si ellos llegan a un pacto para seguir jugando en paz y sin que se vuelva a escuchar el más mínimo reproche, se vuelve a considerar el acuerdo y se quedan hasta la 11 horas. Para ello les ofrece 5 minutos en que podrán hablar entre ellos, llegar a un arreglo y hacer un pacto. Se van a la habitación y a los dos minutos vienen con el pacto hecho; se han envainado su orgullo porque las expectativas de jugar hasta la hora acordada es más atractiva que irse a la cama cabreados, y son conscientes de que el motivo de disputa es una nimiedad.

Luego, o en otro momento, si te apetece, hablas con ellos de la dinámica de los pactos y acuerdos entre las personas para evitar y resolver los conflictos, pero haciendo que ellos participen. Por ejemplo, para hablar de pacto, yo introduzco el juego de diferenciar los significados de las palabras: pacto, pasto y pasta, lo que facilita su entrada en el mismo, pues ellos saben bien lo que es la pasta y se orientan en el significado de pasto, lo que les permite cierta solvencia gratificante en el inicio de la tertulia. Tienen claro lo que significa la pasta y, en un acto de autoafirmación estimulante, lo expresan en una especie de tormenta de ideas (dinero, pasta de dientes, pasta de comer) y aprovecho para explicar, en este caso, el concepto de polisemia en las palabras. Pasto lo asocian a pastor y acaban asumiendo que es hierba que come el ganado en el campo, que puede ser pastoreado. Lo de pacto será más difícil de entender, pero dado que ya tienen una actitud curiosa por saberlo, puesto que ellos han demostrado que sabían las otras palabras, se quedan con la idea de que es el acuerdo entre dos o más personas que obliga a ambas a cumplir una serie de condiciones en beneficio mutuo… Entonces, habremos ganado la batalla.

Hay otro asunto que, bajo mi opinión, es digno de reflexión. Se trata de las transgresiones, es decir actuar en contra de una ley, norma, pacto o costumbre. La transgresión es un reto y, a veces es necesario ejercerla, sobre todo cuando esa norma no es lógica. El niño, dentro de su razonamiento, entiende que determinadas normas o conductas no lo son, por lo que tiende a quebrantarlas aun sabiendo que ello le costará un rapapolvo. La transgresión conlleva cierta dosis de poder, de reafirmación de uno mismo en una sociedad que entendemos injusta. Por otro lado, es necesario practicarla para crecer, para desarrollar el ego, como forma de reafirmación personal. La sumisión absoluta lleva a la renuncia a la libertad y a la propia singularidad, por lo que el sujeto no se mueve bajo su voluntad sino bajo la voluntad de los que dictan las normas. En este sentido, el niño transgresor explora, con sus actos, el posible nivel de libertad del que puede gozar sin entrar en conflictos insoportables con la sociedad, estableciendo un contrato tácito, que se va escribiendo en el día a día bajo las experiencias, con el ensayo error, y que enmarque la relación a caballo de la concordia y el conflicto.

Lo importante, bajo mi punto de vista, es permitir determinadas transgresiones de menor nivel como experiencias necesarias para el propio desarrollo, según la edad, reconduciendo la situación desde el respeto a la singularidad y el carácter del niño, dejando en evidencia cuales son las transgresiones absolutamente prohibidas por ser atentados a la libertad de los demás y a los principios inherentes al ser humano y cual el precio que se ha de pagar por ellas, en mayor o menor medida. Es decir, usar las pequeñas transgresiones para reafirmarlos en su autoestima, dejando claro dónde están los límites. La transgresión, por tanto, puede ser una válvula de escape, que si se obstruye con la represión irracional llevará a la explosión de la olla y la pérdida del cocido; o lo que es lo mismo, que el niño acabe en manos de otros sujetos líderes, por rechazo a sus padres y pérdida de la ascendencia de estos sobre ellos.

Si todo esto se enmarca en un ambiente de cariño, confianza, sinceridad y disposición para aprender y, además, participando cada niño de forma efectiva y afectiva, bajo el paraguas protector y ecuánime del abuelo, el crio se quedará con la idea de haber contribuido como una persona mayor a ese proceso de aprendizaje solapado que el abuelo o la abuela, ha puesto hábilmente en marcha. La fijación de las conclusiones se consolida mejor así, bajo mi modesta opinión y mi experiencia personal. Así que: SUERTE, ABUELOS, EN ESTA TESITURA, pues las cosas no son tan fáciles como puedan aparecer en este discurso y los nietos ya llaman a la puerta, si no están dentro de casa…



sábado, 1 de julio de 2017

Acogida SI, guerra NO.



Estos no son los trenes de Hitler, son los refugiados actuales
Ayer, en el Museo Jorge Rando de Málaga, tuvo lugar un acto memorable rechazando la guerra y apoyando la acogida a los refugiados que se juegan la vida huyendo de la muerte. Se leyeron dos manifiestos solidarios y de denuncia, a favor de la acogida al refugiado y de rechazo a la guerra y a la pasividad del mundo occidental que tanto tiene que ver en el sostenimiento de esas guerras y, posteriormente, se dio paso a una seria de lecturas poéticas de diversos autores sobre el tema, coordinados por Roberto J. Martin.

A mí, personalmente, me parece indecente, cuando no un crimen de lesa humanidad, pues se saltan a la torera las leyes internacionales de acogida a los refugiados, que gobiernos y parte de los pueblos de Europa nieguen el pan y la sal a la gente que, mayoritariamente, sufre, sin comerlo ni beberlo, estas atrocidades.

Europa dominó al mundo tras su revolución industrial e ideológica. Colonizó y dispuso el orden y cultura de otros pueblos, comerció ventajosamente con ellos y se fue apoderando de gran parte de su legado histórico. Solo es necesario visitar los museos de las grandes ciudades occidentales para constatarlo. Yo hablo de los que he visto, como son, principalmente, el Metropolitano de Nueva York, el Museo Británico de Londres, el Louvre de París o la Galería Nacional de Berlín con su museo de Pérgamo. En todos ellos se exhiben piezas de valor incalculable procedentes de los territorios que ahora se machacan en conflictos.

Europa, de alguna forma, marcó las fronteras de esos pueblos tras la descolonización, pensando en sus intereses geoestratégicos. Luego, los otros intereses, los mercantiles, fueron diseñando una estrategia de dominio del mercado y de las materias primas. Y en ello estamos. Las guerras responden más a los intereses de dominio de las grandes potencias y a los de las multinacionales que a los propios de los pueblos que allí habitan. Lo curioso es que mientras las bombas y armamento, vendido por estas potencian, acaban con la hacienda y la vida de esta gente, aquí desde los gobiernos se les niega la acogida cuando huyen de la muerte. Parece que no queremos contaminarnos, que hemos olvidado las miserias y desgracias de las guerras que sufrimos en nuestras carnes, de los avatares que debieron superar nuestros padres o abuelos exiliados; del hambre y la miseria de una posguerra injusta y miserable, de una II Guerra Mundial que causó 60 millones de muertos y cubrió el mundo de desgracia dejando en evidencia la miseria del ser humano, capaz de matar atrozmente y destrozar a su enemigo en una paranoia inusitada.

No aprendemos… y lo que es peor, olvidamos lo aprendido por generaciones anteriores que tuvieron experiencias tan traumáticas. El ser humano, en su afán de protagonismo y de sentirse como dioses, siempre le atrajo, tanto o más, el dios de la guerra que el del amor. La tentación del apocalipsis sigue en mentes perversas que provocan destrucción mientras ellos se agazapan en despachos suntuosos, protegidos por abundantes recursos económicos, que les hace sentirse invencibles y dueños de todo. Tienen su plan claramente establecido: El dominio de todo, o mientras más mejor; para ellos los seres humanos importan bien poco, salvo que les vengan bien a sus intereses. Ha globalizado el mundo y se han apoderado de él, ya no caben fronteras para sus negocios, y si algún país no se pliega a ellos habrá que someterlo, aunque fuere por las armas… eso sí, dejarán que sean ellos los que se maten entre ellos para no mancharse las manos de sangre, y eso solo se consigue sembrando la discordia. El estúpido ser humano es capaz de dejarse llevar por los impulsos irracionales del sentimiento obviando la razón, hasta sembrar la destrucción y la muerte en su propia casa con tal de matar a su enemigo, que no es tal, hasta que él elabora en su mente esa figura y entra en una escalada simétrica que pasa del desencuentro en la palabra al uso de las armas.

En esta situación, cuando se acalla la voz del refugiado, cuando no se le da eco en los medios de comunicación, cuando hasta los teóricos defensores de la caridad cristiana se atreven a ver terroristas en los que huyen del terror, cuando mucha gente del pueblo grita contra ellos y los considera invasores y usurpadores de su bienestar, cuando la insolidaridad se antepone a la ayuda, la gente de buena voluntad, la que siente en sus carnes el mal de los demás, tiene que asumir el grito del dolor ajeno y lanzarlo a los aires para que los escuchen los gobiernos, que son quienes tienen los recursos y la posibilidad de frenar este horror de guerra, destrucción y muerte.

Por eso, el acto de anoche, tiene un especial significado al aglutinar a una serie de personas que comparten sentimientos y actitudes respecto a esta injusticia. Todos los poemas clamaron al cielo, denunciaron y dejaron evidencia del dolor y, buscando la solidaridad y el humanismo que debería imponerse a aquellos intereses tan bastardos, pidieron a los gobiernos que cumplan sus promesas de acogida y las leyes internacionales establecidas sobre el refugiado.

Yo, aporté mi pequeño grano de arena, al que sumo esta reflexión, consistente en este poema que escribí en diciembre del pasado año, cuando las bombas caían sobre Alepo y otra ciudades en guerra, cuando la gente sufría le rigor del invierno en campamentos inmundos cubiertos por el barro al este de Europa, cuando se iban poniendo muros a la esperanza del refugiado y cuando mucha gente, que se pensaba de bien, incluido algún gerifalte eclesiástico, se oponían a acoger a los refugiados y paliar su dolor porque entre ellos se escondían terroristas. Mientras, en nuestra famosa calle Larios, un túnel de luz y sonido nos alentaba a gozar la Navidad en un claro mensaje discordante entre nuestra felicidad y la desgracia ajena. En ese momento, a la vista del mundo que se nos mostraba, yo no pude escribir nada, no me salía las palabras ni los versos, parece que las musas se me fueron. Entonces busqué dónde estaban esas musas y afloro este poema:

Composición con una calle de Alepo y
las luces navideñas de la calle Larios de Málaga

¿Dónde están mis musas?
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Las musas se fueron,
puede que se fueran al ver este infierno.

Me dejaron solo sin verbo ni verso
con mente aturdida por tanto tormento.

Huyen de las bombas presas de su miedo
que la negra parca siembra sin remedio.

¿Dónde están las musas que forjen el duelo?

Las musas se han ido, las musas se fueron,
las calló el horror de este sufrimiento,
suenan más las bombas, las balas
y el viento de guerras malditas
donde va muriendo la gente inocente
entre la tortura de tanto tormento.

Los versos no fluyen ni encuentran aliento,
callan ante el llanto del niño indefenso,
se ahogan en sangre, en dolor y espanto
de la pobre gente que atraparon ellos,
ellos, los que tiran bombas,
los que van matando sin remordimiento.

El Mediterráneo, ese gran sarcófago,
guarda los cadáveres de niños y viejos
de gente indefensa
que llama a la puerta de la vieja Europa
que no los asila ni les da consuelo.

Y en cada despacho de los mundos libres
juegan a su juego
como siempre ha sido
al viejo negocio de ganar dinero.

Las musas se fueron
no brotan palabras bonitas
canciones o versos.

¿Qué música quieres que suene
con este estruendo de balas y bombas
que van destruyendo casas y ciudades
sembrando las calles de muertos?

Las musas se han ido
y yo lo comprendo,
porque hasta las musas
pueden sentir miedo.