viernes, 28 de julio de 2017

Corrupción democrática

  
El otro día, si no recuerdo mal, un político en el congreso acusó a otro de corrupción democrática. Lo sorprendente es que acuse al otro sin mirarse al espejo. No sé lo que entiende ese hombre por corrupción democrática, pero a mí me ha obligado a pensar e intentar clarificar mis ideas respecto a ello. Yo había escrito hace unos días que “este mundo lleva una marcha vertiginosa hacia la mierda. Y cuando digo mierda me refiero a las heces que están cubriendo el mundo de la política. Esas heces que están corrompiendo el sistema democrático” hasta acabar con el mismo. Tal vez ese sea el objetivo final, el modificar el sistema para entregar el poder a los grupos económicos y financieros a los que andan sirviendo algunos, por no decir muchos o casi todos, de los implicados en la gobernanza del mundo democrático. La crisis se ha instrumentalizado para un mayor desarrollo del poder de las multinacionales y de la ideología neoliberal. El ser humano pasará en el futuro a formar parte de un todo, perdiendo su individualidad y teniendo que acoplarse a un macrosistema globalizado que todo lo controlará mediante el uso de las altas tecnologías que ya se están desarrollando y que se ocultan a la comprensión del ciudadano de a pie. Existe un gran peligro en el uso de los adelantos en psiconeurofisiología y la capacidad de influir sobre el cerebro de la gente y sus conductas, dando paso y mayor protagonismo a la inteligencia artificial. Las tecnologías pueden liberar a la gente o pueden someterlos, según el uso que se les dé, dependerá de qué intereses tienen los responsables en la toma de decisiones y en el proceso legislativo que condicione su uso.

Mi personal impresión es que todo lo que está pasando tiene un sentido analítico experimental, que lleva a conclusiones aplicables a los cambios sociales y estructurales que se avecinan. La tolerancia de la ciudadanía con los cambios se va visualizando y en función de ella se progresa en dirección al futuro. No se extrañen que dentro de poco andemos con chips incorporados en lugar de los DNI, donde figuren un cúmulo de datos sobre nuestra situación biopsicosocial, para evitar o neutralizar el miedo a los atentados terroristas, o para tener acceso a determinados servicios, para circular por las calles con garantía, para poder manejar los vehículos de última generación o para tener reconocimiento social. Renunciaremos al derecho a nuestra intimidad para sentir la garantía de la seguridad y la imbricación en un nuevo sistema de relaciones sociales y estructura funcional.


Nuestro poder de reacción está siendo analizado por los psicólogos, sociólogos y otros muchos expertos, como es natural en todo sistema orientado al conocimiento científico, y de esas respuestas se concluirá cómo actuar e influir sobre las masas, cómo crear estados de opinión y manipular actitudes e ideas en beneficio del nuevo orden. Estarán pensado a ver hasta dónde tragamos. Seguro que interesa en qué nivel de corrupción tenemos el umbral de tolerancia y cómo se amplía o modifica ese umbral para conseguir revertir el mando desde el sistema democrático a un sistema nuevo, manipulativo, donde se vota y opina, pero condicionado por los medios de comunicación y por el efecto hooligan, siendo permeable a las nuevas tecnologías de la comunicación y educación o proceso formativo.  He aquí el gran dilema: cómo se coordina la aplicación de las nuevas tecnologías respetando las esencias del ser humano para evitar someterlo a esas tendencias. Con esta línea argumental, que a alguno le pueda parecer conspiranoica, dado que se fundamenta en apreciaciones subjetivas, con una alta dosis de interpretación intuitiva, solo pretendo alertar sobre un potencial devenir que condicione un futuro sin democracia, con Estados y Gobiernos impotentes y la toma de decisiones en manos de corporaciones o grupos donde el ciudadano no tenga ni voz ni voto.


Ahora, volviendo al análisis del concepto inicial, me quedé pensando en esa nueva acuñación de: CORRUPCIÓN DEMOCRÁTICA y si es compatible con esa afirmación mía a la que aludí al inicio. Corrupción democrática, al menos para mí, sería alterar el sistema democrático, apartándolo de su objetivo, para usarlo con pretensiones espurias y desvistiéndolo de las bases o principios que lo sustentan y definen. No hablo, ahora de las elucubraciones o disquisiciones que he planteado sobre el proyecto soterrado que pudiera estar llevándose a efecto para un nuevo orden, del que tanto se habla y ha hablado, sino de la realidad palpable que vivimos en el día a día.


Si democracia es “el sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes”, entiendo que hay tres elementos importantes en todo funcionamiento democrático: uno es la incuestionable soberanía popular; otro el derecho a elegir libremente, bajo unas condiciones homogéneas para todos los partidos, a quienes quieres que te gobiernen en función de un programa o compromiso político; y finalmente la capacidad de controlar eficazmente a los gobernantes para exigirles el cumplimiento del pacto electoral, es decir hacerles cumplir los compromisos que han adquirido con la ciudadanía, o lo que es lo mismo, el buen uso del poder que le han delegado los electores.

Cualquier alteración de estos principios básicos, que enmarcan la democracia, podría considerarse corrupción democrática, bien sea desde un punto de vista operativo o ideológico. Por tanto, entiendo que podríamos encuadrar, en este término de corrupción, estas y algunas otras conductas que suelen practicar muchos políticos y/o partidos: 
  1. No cumplir el programa votado alterando, con cualquier excusa, lo establecido.
  2. Jugar con ventaja en los procesos electorales bien por financiación o por trato especial a alguno de los contrincantes.
  3. Sustraer a la voluntad del pueblo las decisiones que le corresponden como soberano, modificando leyes de rango superior o del derecho internacional, sin someterlas a su criterio.
  4. No respetar e intentar influir en las decisiones de los otros pilares de la democracia, como son: el judicial, el legislativo y el ejecutivo.
  5. Usar en beneficio propio, o de sus afines, las estructuras del poder o pervertir el sistema administrativo para sacar ventaja partidista.
  6. Establecer redes clientelares, desde el gobierno, beneficiando a sujetos adeptos al partido, actuando con nepotismo.
  7. Mentir al ciudadano para eludir el control sobre la actividad que se desarrolla.
  8. El uso del cinismo y la mentira, de la manipulación y desinformación, para generar estados artificiales de opinión en la ciudadanía, que favorezcan al partido.
  9. Desde la concepción ideológica, alentar el golpismo para controlar la situación e imponer gobiernos o estructuras afines.
  10. Justificar dictaduras y gobiernos absolutistas que atenten contra los principios democráticos.
  11. Ser conniventes con los delitos de lesa humanidad, fueren donde fuesen cometidos.
  12. Substraer al debate público las cuestiones trascendentes mediante maniobras de distracción con temas de importancia secundaria o ajena a los intereses inmediatos de la ciudadanía.

Estos 12 parámetros pueden ser significativos, incluso formar una especie de baremo con el que medir el nivel de corrupción y/o de limpieza democrática.


Existe, bajo mi punto de vista, otra variable de estudio sobre los niveles de corrupción democrática existentes en un Estado. Me refiero a la cultura democrática del pueblo que ejerce de elector y soberano. Mientras mayor tolerancia hay respecto a los grupos políticos corruptos menor nivel de esa cultura encontraremos. Es deseable que un Estado democrático se sustente sobre una sólida cultura democrática de su pueblo, que cada ciudadano sea capaz de analizar y discernir para valorar correctamente al poder político, no renunciando, en ningún caso, a la responsabilidad que conlleva el ejercicio de la democracia, como es la exigencia de ejemplaridad al mundo de la política y la preservación de su soberanía en consonancia con el resto de ciudadanos que conforma el Estado. Renunciar al ejercicio de la política, es renunciar a la propia soberanía, a la libertad sobre la toma de las decisiones que te afectan. El hecho de existir políticos corruptos es producto de nuestra inactividad y tolerancia. No es cuestión de huir del problema, diciendo que todos los políticos son iguales, que es el discurso de los defensores de los absolutismos dictatoriales, sino tomarlo por los cuernos y reconducirlo hacia la buena praxis, en ética y conductas políticas.

Cuando un Estado o país está gobernado por gente de moral y acción corrupta y ese gobierno es avalado por el voto mayoritario de la ciudadanía, nos encontraremos ante un supuesto de déficit de formación y conciencia democrática del pueblo votante. En este caso, el votante es cómplice del corrupto y realiza un perjuicio sobre sus conciudadanos al obligarlos a padecer gobiernos que ejercen la corrupción. Entiendo que hay mucho hooligan en esto de la política, que nuestra sociedad cultiva una irracional pertenencia al grupo, al que se le perdona todo por ser de los nuestros, pero, aún con estas matizaciones, hay un punto donde el ser humano, el sujeto pensante, ha de poner límite y denunciar determinadas actividades ilegales o ilegítimas de su grupo, sobre todo, por el bien y conservación del propio grupo.

A modo de conclusión, sugeriría el uso de esa relación de 12 conductas corruptas que atacan la democracia para valorar e identificar a los partidos que nos representan. Sería interesante ver ese ranking de corrupción y en función de ello tomar conciencia de una realidad que nos envuelve, de la que nos quejamos desde un victimismo irracional, dado que tenemos la solución en la mano al ejercer el derecho del voto. Si están ahí es porque se les ha votado. Tal vez, si piensas libremente, obviando esa faceta de hooligan, o de hincha futbolero, podrás valorar e identificar ese nivel de corrupción para escapar de la responsabilidad, o culpa, de apoyar, como cómplice, a quien la ejerce.

Por cierto, se me olvidaba decir que el parlamentario que acusó al otro de Corrupción Democrática fue Rajoy a Pablo Iglesias. Claro ejemplo de ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio.


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