Antonio Machado, el más joven de los representantes de la generación del 98, fallecía tal día como hoy del año 1939 en Colliure, en un forzado exilio al que le llevó la guerra provocada por el levantamiento militar contra la II República. Aunque hoy se cumpla el 87 aniversario de aquella desgracia, Machado se hizo inmortal a través de su obra.
Recientemente se ha producido un
debate y confrontación respecto a las jornadas que en Sevilla se pretendían
llevar a término, sobre si la guerra la perdieron todos los españoles. En
realidad y es de lo más lamentable, la guerra la ganaron los curas y la
perdieron los maestros y con ello, la perdió el pueblo que volvió a someterse
al clero que ahogó la enseñanza libre e impuso el dogma religioso y la sumisión,
asfixiando la libertad.
Antonio Machado, digno hijo del
Instituto Libre de Enseñanza, fue un ejemplo de compromiso social con una
España que empezaba a despertar desde el laicismo, confrontando con viejos
planteamientos docentes de contenido religioso, adoctrinador, que pretendían
mantener el influjo anacrónico de la Iglesia.
El 14 de abril participó
activamente en la proclamación de la II República desde el balcón del
Ayuntamiento de la ciudad de Segovia y se mantuvo fiel a ella hasta el final de
sus días.
Hace años, cuando visité su tumba
en Colliure, dejé en un buzón, que disponen para ello, un poema dedicado a su
figura. Hoy querría también dejar mi testimonio y admiración al gran poeta a
modo de recuerdo en este día tan señalado. Le escribo esta décima especial,
pues no es octosílaba sino endecasílaba, dedicada a su figura.
Recuerdos de su patio de Sevilla
con intenso perfume de azahar
que eleva a la memoria del altar
la gloria que sembrara su semilla.
Resultó de tal lance maravilla
que fraguando en su esencia de
poeta
su espíritu sutil en la meseta,
dedicando sus versos a Castilla
convertida en recuerdos de Sevilla,
al olmo viejo canta su saeta.

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