martes, 19 de junio de 2007

TU SIEMBRAS, TU RECOGES


Siempre me preocupó la influencia que pudiera tener, en la relación con los pacientes y su familia, el cómo se establece el primer contacto. Para mí, ha sido habitual hacerles ver a mis alumnos la importancia de realizar una buena gestión del momento de la recepción. Esta tiene una serie de connotaciones que hace de ella una pieza definitiva en el sistema de relación que se establecerá y desarrollará durante todo el tiempo que dure la asistencia sanitaria; la gestión del primer contacto, pues, es el elemento clave sobre el que pivotará el proceso de interacción.

Nuestra habilidad radica en la capacidad que tengamos para analizar la situación inicial y deducir aspectos clarificadores en relación a distintos factores, como son: personalidad del paciente, nivel de maduración, sus preocupaciones, nivel de ansiedad y angustia que le genera la situación, sus expectativas, experiencias anteriores con el sistema sanitario, información que tiene sobre su funcionamiento, conocimiento del medio, disponibilidad y actitudes receptivas o de rechazo, sus habilidades de relación, su nivel cultural, relaciones interfamiliares, rol que desempeña en la familia y sociedad, etc. En suma, hacer un excelente diagnóstico situacional.

Una vez detectadas y analizadas estas variables hemos de poner en marcha un proceso de comunicación que nos haga llegar al paciente y su familia de la forma más clara y precisa posible, buscando la plena confianza, tranquilidad y colaboración de todos ellos. En este punto juega un papel importantísimo nuestra capacidad de reconducir la situación hasta el lugar en que nos sintamos gestores del contacto, controlando la interacción inteligentemente para conseguir el objetivo al que me he referido.

A veces, para comprender las cosas, no hace falta nada más que ponernos en el lugar de la otra persona, empatizar, o en circunstancias similares. Sabemos, por propia experiencia, que cuando acudimos a un lugar nuevo o nos presentan a alguien, solemos tomar una posición expectante, hacemos una hipótesis sobre los valores del sujeto nuevo en función de prejuicios, experiencias anteriores, información que tenemos del mismo, etc. Cuando un sujeto llega a un centro sanitario por requerir algún tipo de asistencia, también elabora una hipótesis y establece unas expectativas. Esta hipótesis no cerrada, con disposición a ser modificada en función de las nuevas informaciones y observaciones que vaya practicando, de carácter dinámico y con la intención de aproximarse lo más posible a la realidad, tiene como singularidad “ser abierta”. Nosotros debemos aprovechar esta circunstancia para hacer la reconducción referida, buscando la forma de cambiar las predisposiciones del sujeto y situarla en la receptividad, confianza, colaboración y, en suma, en una actitud positiva, que permita el integrarlo en el equipo terapéutico como un elemento activo desde la perspectiva de paciente. Para ello debemos tener capacidad para interpretar su situación y de saber utilizar todos los elementos en que se apoya la comunicación para llegar a él. Nuestra imagen y la opinión que tengan los demás enfermos de nuestra conducta profesional determinarán prejuicios y expectativas. Si somos conscientes de sembrar un buen concepto personal, donde los propios pacientes se comuniquen valores positivos con relación a nuestra actitud y profesionalidad, llevaremos medio camino andado. Yo, por propia experiencia en mis ingresos hospitalarios, he vivido esos momentos de toma de información entre pacientes. Es habitual que el sujeto ingresado indique al nuevo ingreso, a petición de este o de motu propio, quienes son los profesionales que mejor atenderán sus peticiones, con los que podrá tener mayor confianza, los más agradables, los más competentes, etc.

Pero… ¿Nos faltan habilidades para establecer la relación? Es posible. A veces huimos de las situaciones conflictivas por no tener los recursos y habilidades que garanticen una gestión adecuada del conflicto. Justificamos esto diciendo que no soportamos a tal o cual paciente y que nos crea situaciones estresantes insuperables. Hacemos un afrontamiento de escape-evitación. Sabemos, por experiencia y estudios realizados, que el afrontamiento más efectivo es el directo. Es el que resuelve mejor las situaciones y eliminas la persistencia de estrés mantenidas en el tiempo. Dotémonos, pues, de esa capacidad para afrontar los problemas; es una excelente herramienta de trabajo. Podemos y debemos recurrir al intercambio de experiencia con los compañeros en momentos difíciles; ello nos permitirá enriquecernos y nos proporcionará apoyo social dentro del grupo de trabajo.

Por tanto, tú siembras, tú recoges. Si somos inteligentes entenderemos que una buena siembra lleva a una buena cosecha. Que el cultivo y el trabajo que conlleva es menor cuando la mitad de la faena nos la hacen otras personas, cuando nos disponen de forma receptiva a los nuevos pacientes que vayamos encontrando día a día. Debemos aprovechar la permeabilidad inicial para ir conformando una opinión y una disposición que facilite la relación. Si dejamos que el sujeto establezca un juicio equivocado o no adecuado para la interacción, estaremos permitiendo que se establezca un “hándicap” difícilmente superable en días sucesivos, que nos complicará la actuación, el entendimiento y la colaboración del paciente y de su propia familia. Por lo cual el primer objetivo es “ganarse al paciente”. Finalmente recordar la frase: “Lo que cura es la relación”, argumentación que mantienen Freud, Balint y Yalem entre otros. Puedes complementar el argumentario con el tema: Clima laboral… en busca del paraíso perdido (5/2/07), donde planteo la importancia de nuestra actitud para crear climas laborales donde podamos desarrollar nuestra actividad en consonancia con esta línea.

Este artículo lo podéis encontrar en nº 5 de la revista Presencia (revista de enfermería de salud mental) publicada por la ANESM, a la que os invito a visitar en http://www.index-f.com/presencia/n5/67articulo.php

domingo, 10 de junio de 2007

PATRIA, SOBERANÍA, TIERRAS Y CIUDADANOS (I)


Últimamente ando preocupado por la situación sociopolítica. Aparecen fantasmas, miedos y augurios calamitosos, previsiones de desmembramiento patrio, enfrentamiento entre las dos Españas, retorno a conflictos del pasado ya superado… No sé… este país necesita un poco de sosiego, de tranquilidad para pensar libremente, sin ser manipulados por intereses políticos, partidistas y de poderes fácticos. Yo quiero compartir contigo mi propio proceso de análisis y asimilación de la situación, desprendido de esos agoreros que se empeñan en jodernos la marrana y amargarnos la existencia, buscando enfrentamientos donde no los hay para sacar partido. ¿Tan difícil es vertebrar una convivencia ciudadana respetando la soberanía de los pueblos en su justa medida? Si te interesa el tema sígueme…

Mi primer pensamiento viene determinado por la necesidad de entender el presente desde la evolución del pasado. Para ello, creo que hay dos elementos claves de la evolución nacional; por un lado, la forma en que se estructuró y vertebró España a lo largo de la historia y, por otro, la evolución de la filosofía o pensamiento social, mutando desde la imposición y soberanía monárquica a la democracia y soberanía popular.

En cuanto al primer aspecto, no se ha de ser un lince para entender que el elemento clave que aglutinó los territorios y los habitantes de la actual España, al igual que en el resto de los Estados, fue la guerra o la alianza de sangre real. El móvil principal era el poder real y los intereses de las clases dominantes, su expansión e incremento del poderío sin considerar el bien de las personas, que eran súbditos al servicio de su majestad, cuya función principal era la producción de bienes materiales y el pago de impuestos para mantener a las clases dominantes; eran, pues, siervos al servicio de estas clases. El señor, del que eran vasallos, extendía el poder de su reino mediante la conquista de territorios al enemigo, territorios que pasaban a la propiedad del propio noble, dejando en la mayor de las miserias al subordinado campesino. El perfil ideal del campesino debía ser el de un sujeto de poca cultura y conocimientos, con dependencia del señor, avasallado y aterrorizado por los principios religiosos que sustentaban y apoyaban el sistema, cuya vida no tenía ningún valor si no era para servir al rey y al noble. El rey lo era por la “Gracia de Dios” y el siervo lo asumía con naturalidad, servir al rey era servir a Dios.

La vertebración de la España actual se establece con los Reyes Católicos. Mediante las armas imponen su hegemonía. Someten a los díscolos nobles. Toman el reino de Granada mediante estas y la engañifa, y se apoyan en la estructura eclesiástica para consolidar y vertebrar ideológicamente la nueva nación mediante la imposición, el miedo y la represión de su policía política o Santa Inquisición. Navarra cae, como fruta madura, quedando anexionada a Castilla en 1515, pero se le respeta sus fueros, al igual que los tenía el reino de Aragón y sus adláteres. El respeto de los fueros tiene gran trascendencia, al ser prebendas de los nobles y de las clases dominantes del territorio integrado, con los que se tenía afinidad ideológica y religiosa. En el caso de Granada la cosa se complica al tener, esta sociedad, planteamientos ideológicos y religiosos diferentes, lo que lleva a un mayor sometimiento y pérdida de poder del pueblo conquistado.

No es, pues, nada nuevo esto de las autonomías. Los fueros y leyes locales tuvieron siempre un peso significativo en la administración de las regiones, reinos o como queráis llamarlos, que integraban España. Aquí os quiero recordar que Antonio Perez, secretario de Felipe II, huyó a Aragón para evadir la justicia de Castilla, donde esta no tenía fuero. Por tanto, no nos rasguemos las vestiduras cuando hablamos de autonomía.

Desde esta perspectiva se entiende España como una unidad territorial conformada a lo largo de los últimos 1.500 años, e iniciándose con la caída del imperio romano y la entrada de los bárbaros. Las vicisitudes de conquistas, guerras, traiciones, muertes, imposiciones, vasallaje, etc. que se han ido dando en estos 15 siglos, nos sitúan en la posición administrativa actual. Pero, ¿el pegamento o amalgama que sustenta el Estado cual es? Según algunos es la historia, los principios y valores comunes; la cultura y civilización común. La historia no se cambia, pero los principios y valores sí. Por tanto, los Estados estarán en situación de solvencia si, aparte de su historia, mantienen afinidad en los otros dos aspectos. Claro que estos no se imponen, y menos en una situación tan cambiante y dinámica como esta, donde a cada instante asimilamos nuevas situaciones, experiencias, influencias, etc. siendo permeables al entorno evolutivo que conlleva la globalización. La mentalidad aldeana ha quedado obsoleta y no podemos reivindicar planteamientos trasnochados para aislarnos del proceso evolutivo y clamar por independencias excluyentes. Estamos inmersos en un mundo global, donde la tendencia debe ser a que la gran nación incluya a toda la humanidad.

Creo que desde esta posición cabe establecer estrategias de desarrollo que excluyan planteamientos miopes y localistas (independentistas, nacionalistas, etc.) que no sean para preservar el patrimonio cultural de la zona y enriquecer al conjunto de la sociedad mediante su trascendencia, a la vez que acercar la administración al ciudadano en los aspectos más inmediatos y próximos. La imposición de la unidad por lar armas o la violencia no lleva a buen término. La asunción de los principios de convivencia, mediante aceptación de normas y leyes que definan la relación, hace que esta se acepte con naturalidad, autonomía y libertad de pensamiento. Toda idea es defendible si se hace con la palabra, que es el instrumento que elabora y trasmite las ideas. Las armas y la violencia son las valedoras de la sinrazón, los instrumentos que soportan la tiranía, las imposiciones, los caudillajes y salvapatrias tan habituales en nuestra historia. Cuando se tienen cauces para expresar las ideas, condenando y renunciando a la violencia, como es el caso de las democracias, el uso de la violencia, la amenaza y la extorsión es un recurso demente, de alienados, que no respetan las propias normas que dicen defender. En ese caso, estos sujetos, están creando una alternativa democrática de nula y no de baja intensidad.

En España, tenemos la herida flagrante de la irracionalidad terrorista, con todas sus contradicciones intelectuales de valores, principios y actitudes, que cabalgan sobre planteamientos anacrónicos de soberanía. Este anacronismo, bajo mi punto de vista, queda roto por la universalidad del hombre y su soñada soberanía en las decisiones que le afectan de forma más directa. Pero ese tema lo dejo para la segunda parte, donde podremos hablar de soberanía absoluta y soberanía relativa. Es una visión taxonómica del poder soberano (soberanía popular) según la situación de cada territorio… que espero desbrozar en la parte (II).

miércoles, 16 de mayo de 2007

PROGRESO

Hace algún tiempo vengo dándole vueltas a la cuestión del concepto progreso y su aplicación en términos políticos. Casi todos los partidos pretenden el progreso y se identifican con el progresismo como argumento electoral. Yo pienso, como es lógico, que el progreso es la base del desarrollo, pero podemos entenderlo de diferentes maneras y orientaciones. El diccionario de la lengua española, en una doble acepción, lo define como:
1. Acción de ir hacia adelante.
2. Avance, adelanto, perfeccionamiento.

Por tanto, podemos decir que sería el acercamiento al objetivo marcado. La cuestión es: ¿Cuál es el objetivo? Por un lado, entendemos que progresamos cuando estamos mejor desde un punto de vista económico, tecnológico, de avances y adelantos materiales. Es decir, cuantos más recursos tengamos a nuestra disposición nos situaremos en un mayor progreso. Esto hace que lo midamos en “tener cosas” y medios para satisfacer nuestras necesidades básicas, por lo que gozaremos de un progreso material. De aquí se desprende que nuestro objetivo se centraría en la elaboración de la materia hasta convertirla en la base de nuestro bienestar. Por tanto, el desarrollo de la industria transformadora es el instrumento de elección para conseguir este fin. En ese sentido, todos los ciudadanos deberían asumir su entrega al servicio de la producción de bienes de consumo, para dotarse de artilugios y aparatos que le faciliten la vida, dando mayor preponderancia a la empresa, como medio de progreso y desarrollo, que al sujeto; por lo que éste estaría sometido a los intereses de producción. La empresa y sus técnicos definen lo que nos interesa y, mediante los criterios del mercado, nos lo hacen llegar con el fin de consumir el material que han diseñado para satisfacer nuestras necesidades, que, previamente, han estudiado y definido, e incluso nos han motivado para su consumo. Por otro lado, la misión de la empresa está en sus beneficios, en hacer progresar y enriquecerse a los dueños o accionistas de la misma, no en los intereses del consumidor, que se darán en un segundo orden y siempre que de ello se desprenda una mayor demanda del producto. En suma, aquí, el dinero y la propiedad son los indicadores del progreso y, por ende, el objetivo del mismo.

Existe otra idea de progreso orientada al desarrollo personal, a la autorrealización y a la maduración de los sujetos, entendiendo lo material como instrumentos a su servicio y no como objetivo final. El ser humano ha venido a este mundo para realizarse, para evolucionar mental y “espiritualmente” (entrecomillo para que cada uno/a aplique la interpretación polisémica que considere, pero hago referencia a la esencia o sustancia del ser humano). Para mí esta es la base del desarrollo y del progreso, la que antepone el sujeto sobre cualquier otra cuestión. Los aspectos relacionados con su formación personal, el desarrollo de su libertad, capacidades intelectuales y potencialidades, su espíritu crítico, su creatividad, junto con la educación en valores sociales de tolerancia, igualdad, comprensión, implicación, responsabilidad, solidaridad, apertura de miras, etc. que permitan una justa convivencia en paz entre los pueblos. Lo importante no es el tener, sino el ser. En este caso, el ser humano es el bien más preciado, con una espiral de potencialidades a desplegar que garantizan una sociedad de verdadera evolución. Bajo esta perspectiva, todo el sistema debería estar enfocado a este perfeccionamiento del sujeto, a una conjunción social donde los intereses económicos no primaran sobre los valores de convivencia y progreso social, permitiendo el desarrollo de la espiral de potencialidades a que me refería. Donde lo importante no es que las empresas tengan mayor o menor beneficio, sino que estén orientadas al servicio del ciudadano, antes que al de los accionistas. La producción se ha de estudiar conjugando las necesidades humanas con el menor daño posible al ecosistema y procurando la preservación de la especie y su entorno.

En las últimas décadas se observa un incremento de la influencia de las empresas, sobre todo multinacionales, en la orientación de la política mundial (estoy sorprendido por el alarde de poder que ha hecho el Sr. Ecclestone, ese caballero que es dueño de lo relacionado con la fórmula 1, amenazando con no celebrar el gran premio de Valencia si no gana el PP las elecciones en esa comunidad). La economía es preponderante sobre cualquier otro principio. Lo importante son los beneficios y el flujo económico. Los sujetos son usados como instrumentos directos o indirectos para este objetivo. No importan los muertos, el hambre y la miseria de los otros si nosotros estamos bien. Lo importante es nuestra cuenta corriente y los beneficios de nuestras acciones, nuestro cómodo sillón para asomarnos a la ventana de esa vida virtual que nos presenta la TV, donde confundimos realidad con ficción. La imagen de una muerte o situación de violencia en una película tiene el mismo valor que la de una realidad objetiva. Rambo mata y mueren los malos, no importa donde, pero son solo los malos, los que quieren yugular nuestro progreso económico y nuestro bienestar social. Sin embargo, ante esta situación, nuestra obligación esta en llevar el progreso a esa gente; el incluirlos en este sistema de desarrollo, en esta dinámica de producción y consumo, aunque sea a fuerza de sangre y a modo de escarmiento. ¡Qué cinismo!

Ahora, desde la “poltrona de los Neocons”, tenemos gran descaro. Los gobiernos y estados están a nuestro servicio. Hemos establecido unas reglas del juego y unos elementos de control sobre la gente que nos permiten reorientar opiniones y criterios según nuestras necesidades y objetivos. Los planteamientos revolucionarios, que surgen con la toma de la Bastilla, de igualdad, fraternidad y libertad los hemos reconducido. Mayo del 68 y sus principios es una pesadilla en el tiempo que ha de pasar a mejor vida. El “progre” lo asociamos a sujetos descuidados y de moral laxa, con un leve componente trasnochado y una gota de locura genial, que le da cierto encanto, pero situándole fuera de lugar y en periodo de extinción. La democracia la hemos situado en la opinión política y no trasciende a la cuestión económica y social, salvo lo justo, lo que nos interesa. Tenemos psicólogos, sociólogo, politólogos, y todos los ólogos que se quiera, para crear opinión pública que apoye a nuestros políticos. Compramos medios de comunicación, periodistas, políticos, religiosos, científicos y cuanto profesional necesitamos para ello y aquellos que no se pliegan a nuestros designios los denostamos y descalificamos. Eso sí, todo lo hacemos por el bien de la sociedad, porque nosotros sabemos lo que le interesa y que es lo mejor para ella. Somos los iluminados por Dios para salvar a la civilización. Los gobiernos se han rendido a nuestros pies. Si no cumplen los asfixiamos económicamente y los cambiamos democráticamente (el pan da el voto)… Por todo ello, queridos amigos, me dan miedo los “neocons” y sus planteamientos. ¡Poderoso caballero es don Dinero!

Pero, ¿dónde está el futuro? O sabemos conjugar los dos progresos, poniendo el económico al servicio de la realización de los hombres y mujeres de este mundo o iremos al fracaso. Los intereses económicos sobre los de desarrollo humano llevan a la guerra y a la imposición, como se ha demostrado a lo largo de la historia. El desarrollo de valores humanos y principios de convivencia y de justicia social llevan al encuentro y entendimiento de las distintas civilizaciones. Se pretende globalizar un mundo para el mercado, pero no para la igualdad y la justicia. No se busca, en primer lugar, el bien de los habitantes del planeta, sino el de las empresas multinacionales. La globalización es un mal rollo desde esta perspectiva... El problema es que estamos subidos en un carro del que no nos podemos bajar, salvo que nos convirtamos en sujetos marginales. El reto está en reconducirlo y orientarlo hacia unos objetivos basados en principios de desarrollo humano universal y poner a la empresa al servicio de los intereses de hombres y mujeres y no al revés. El instrumento, desde la política, es la legislación. Para hacer leyes consecuentes con estos objetivos hemos de identificar los programas y principios de los partidos que estén en esta onda, pero sobre todo pedirles que respeten la soberanía de los pueblos y la antepongan a los beneficios económicos de las multinacionales, exigiéndoles, a éstas, pleitesía ante el ciudadano y sus intereses.

En resumen, el asunto está en tomar conciencia del problema y desarrollar criterios sociales y políticos que modifiquen la tendencia al enriquecimiento material de colectivos sin escrúpulo, dando protagonismo al segundo concepto de progreso que he barajado. Por otro lado, las distintas culturas y credos definen nuestra relación con la tierra. Según la Biblia, Dios creó la tierra en seis días y la puso al servicio del hombre. Pero otras culturas, que consideramos atrasadas y que nos empeñamos en descalificar y destruir, imponiendo la nuestra con criterio de conquistadores, como la indígena de los Andes, mantiene otra filosofía relacional, considerando a la tierra como la Pachamama o Madretierra, por la que sienten veneración y respeto. Es nutriente y de su sustento depende nuestra existencia. El futuro está ligado a su capacidad de alimentarnos. Por tanto, es de inteligentes conservarla y mantener una simbiosis con ella y con todos los elementos que la integran. ¿Dejaremos de ser depredadores de la tierra para convertirnos en sus hijos? ¿Seremos capaces de cambiar la idea de expolio por la de uso agradecido de los recursos que nos presta?

jueves, 12 de abril de 2007

DIOS ES LAICO


Esta afirmación, planteada en mis reflexiones anteriores, sobre la razón de la sangre… merece una explicación, sobre todo para mis amigos y amigas religiosos/as. Por tanto, vengo a mantener que, a través de sus hechos, Dios ha demostrado que defiende el planteamiento laico de las estructuras sociales como marco de encuentro y convivencia de los seres humanos.

Dios no crea ninguna religión; en todo caso, dota al hombre del intelecto para gestionar principios y valores, con los que le adorna, que le permitan su supervivencia y desarrollo en un marco social determinado y creado por el propio sujeto. Estos principios y valores son las motivaciones básicas que hacen que éste actúe enfocando sus conductas hacia la conservación y desarrollo del grupo y de la especie. La ética y moral de cada pueblo se forja con el tiempo, pero siempre marcada por la convivencia y los sistemas de relación y principios que se han ido fraguando y consolidando. Depende, pues, de los intereses del grupo que ostenta el poder, puesto que ellos establecen las reglas y forma de coexistencia en función de sus propios beneficios.

En un principio, el hombre, que no comprende la magia de la creación, piensa que debe existir un ser superior, omnipotente, que lo ha creado todo; o dioses para cada uno de los eventos enigmáticos que observa (lluvia, viento, fuego, sol, etc.). Con el tiempo fue consolidándose el convencimiento de la interrelación entre todos los elementos de la vida y la naturaleza, una visión holística o totalizadora, que le permitió asignar la creación a una sola divinidad (de aquí el monoteísmo). Al mismo tiempo, los ostentadores del poder, siempre con mayor inteligencia y osadía que el resto de su entorno social, debieron pensar que si contaban con el apoyo de ese Ser Superior, podían ejercer el poder de forma incuestionable. De aquí aparece la idea de encarnación de los dioses en los mandatarios (faraones, emperadores, etc.) o, en su defecto, nombrados “por la gracia de Dios”. Hago una llamada a esa especie de moda sobre los cátaros, merovingios y el linaje de Cristo, como un intento de retrotraernos a justificaciones divinas sobre poderes y reinos en el caso de Francia.

Es evidente que el poderoso se percata de que, a través de los principios éticos y morales, puede imponer una serie de conductas que le perpetúen en el poder y que, a su vez, vertebren una estructura social. Para ello debe contar con la autoridad y el conocimiento; o sea, el dominio y el saber. El dominio se lo dará la delegación divina y en último caso las armas, mientras que el saber lo controlará mediante el grupo de servidores que gestionarán la desinformación y desorientación del pueblo, conformando súbditos sumisos y obedientes que tendrán su premio en otra vida. Aparece, pues, la religión como un elemento de estructuración social, con principios y valores manipulados para perpetuar la situación y mantener el equilibrio y la convivencia en función de los intereses de la clase dirigente. Los grandes imperios se fraguaron en nombre de Dios y la religión. Mientras tanto, la religiosidad o necesidad de entender la vida espiritual como algo personal desaparece e, incluso, se persigue como herejía. Se entiende como un “no sometimiento” a esos valores que dan el poder, por lo que se han de eliminar los sujetos insumisos que cuestionan el sistema. Por tanto, cualquier desviación de los principios religiosos establecidos será peligrosa, se identificará con el demonio y la maldad, a la vez que se perseguirá y eliminará mediante todos los medios al alcance de la autoridad. Por otro lado, aquellos principios que puedan ser cuestionables se ampararán en el dogma de la fe, dejando “fuera de servicio” el razonamiento personal o discernimiento y el libre albedrío. Todo esto crea verdaderos conflictos internos al sujeto, pues esa disonancia cognitiva entre lo que le dicen que es bueno y lo que cree como bueno, no es soportable, llevándole, en último caso, a la alienación. Su espiritualidad queda secuestrada hasta tal punto que, el poder religioso, se arroga la facultad de perdonarle sus errores mediante alguna contribución o penitencia. Esto permite un mayor control de sus actos y pensamientos por parte del sistema.

Mientras tanto, si Dios nos creó, lo hizo en un mundo diverso, facilitándonos el entorno donde, mediante la interacción, fuéramos creciendo. Nos dotó de principios y valores universales para que, en la convivencia diaria, nos entendiéramos y relacionáramos para hacer un mundo mejor e igualitario. Nos dio libertad para pensar y actuar buscando la forma de desarrollarnos, crecer en sabiduría mediante el afrontamiento de circunstancias y situaciones estimulantes. No nos habló de religiones, puesto que nos habla a través de la naturaleza y del análisis de nuestros propios hechos, mediante la razón con la que nos dota. Sabemos y debemos discernir entre lo bueno y lo malo como sujetos libres e independientes. Somos conscientes de que nuestra supervivencia depende de nuestro entendimiento y buena voluntad, que la diversidad es enriquecedora y la imposición es castrante. La convivencia es un problema de actitud, de receptividad y apertura, de tolerancia y respeto, cuyo objetivo es desarrollar esos principios y valores innatos en el ser humano, donde se dan la mano la bonhomía y la interacción social con el fin último de perfeccionarnos.

De habernos creado Dios a su imagen y semejanza ¿por qué tenemos miedo de los otros? Si en cada uno de nosotros hay una proyección divina, lo lógico es que busquemos en los demás el complemento para datarnos de la totalidad del Ser Superior, para enriquecernos. Ser gregario y sectario excluyente es apartarse del principio de desarrollo personal que ese Dios nos ha impuesto como objetivo. Por lo cual, debemos aproximarnos a otras formas de espiritualidad, evitando la religiosidad férrea, integrista, y saludando la diversidad para sacar cada uno sus propias conclusiones, por las que deberá, de existir Dios, dar las explicaciones oportunas en su juicio final. Podemos concluir que la forma de vivir la espiritualidad es personal y la religión estructurada es impositiva y se contrapone al espíritu de la propia creación.

El marco de desarrollo de estas posiciones, creencias, convicciones y principios, solo se puede dar en un estado de derecho donde se respete y desarrolle la diversidad y la individualidad integradora. Donde la religión sea vivida como algo personal, basada en la espiritualidad. Este marco solo lo da el laicismo, entendido como: “Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, de toda influencia eclesiástica o religiosa”. Lo complejo es establecer el proceso para laicizar la sociedad, puesto que implica el desmontar poderes y prebendas establecidos a lo largo de la historia y crear nuevas estructuras donde cada uno esté donde debe estar, sin interferir en el desarrollo de la diversidad constructiva.

Por tanto, al Cesar lo que del Cesar… El Estado no gobierna para una sola religión, sino para toda una sociedad diversa y rica. La estructura social y las leyes que la sustentan deben garantizar el libre ejercicio de la libertad, el discernimiento y albedrío de la gente en un marco de convivencia pacífico de desarrollo personal íntegro. Eso es lo que entiendo yo que quiere Dios, de existir, porque todo lo ha creado enfocado para ello. La excelencia del ser humano de forma individual, cultivando los valores a que ya me he referido, engrandece al conjunto de la humanidad y por ende al propio Dios.

Lo que hay que cambiar es la idea de Dios, puesto que el concepto determinará la forma de actuar y, hasta ahora, esa idea que se nos ha transmitido en la mayoría de las religiones y civilizaciones, parece que no ayuda al entendimiento de los hombres y mujeres. Las religiones y los religiosos deberían replantearse su actuación en esta nueva sociedad globalizada, en la que las fronteras ideológicas no son posibles; donde el desarrollo del conocimiento y de la cultura de los pueblos es cada vez mayor y el individuo no es un instrumento, sino un sujeto pensante y rico, cargado de potencialidades, que debe hacer su mejor aportación al sistema desde su libertad y buen juicio, bajo el paraguas y respeto a unas normas universales de convivencia. Queridos amigos y lectores, pensad que Dios, de haber sido el creador del mundo, nos oferta el marco laico para entendernos en el mundo civil.

Finalmente, también cabe recordar la propuesta de Nietzsche: Dios no existe, lo que existe es la idea de Dios. En nuestro caso las ideas de dioses a lo largo y ancho del mundo para fundamentar la espiritualidad del ser humano. Pero… ese es otro tema, el tema de la realidad y las ideas que os propongo para otra reflexión.
Antonio Porras Cabrera

lunes, 9 de abril de 2007

LA SANGRE Y LA RAZÓN

LA SANGRE COMO ARGUMENTO DE LA RAZÓN RELIGIOSA.
O la Inocencia del Martirio

En esta búsqueda de la madurez, de la comprensión de los mecanismos y motivaciones de la propia vida, hoy, me permito reflexionar en voz alta sobre un tema que cada vez me preocupa más: La influencia de la religión en el desencuentro de los seres humanos; o lo que es lo mismo, la utilización de los principios y valores innatos de la convivencia humana, donde se fundamenta la socialización, por parte de los dirigentes religiosos y políticos, para estructurar una sociedad de intereses de poder. Queda mucho por meditar sobre esto, por lo que continuaremos dándole vueltas al asunto intentando vislumbrar elementos de vertebración social. Queridos amigos/as, o nos entendemos todos, o nos vamos a la mierda, con perdón por la expresión.

Está nuestra historia llena de casos y causas de martirio. Nos lo venden como hechos de gran importancia en defensa de la verdad. Podemos remitirnos a los primitivos cristianos y acabar en los mártires actuales que se inmolan voluntariamente para defender e intentar imponer “su verdad”. Salvando las diferencias, son dos formas de demostrar, mediante la sangre, que estamos en posesión de la verdad absoluta. No admitimos la más mínima crítica. En este sentido, somos capaces de dar nuestra sangre, nuestra propia vida, por ella. Esa verdad, que no es una elaboración racional nuestra, la asumimos desde la fe y no admite cuestionamiento alguno, puesto que viene dada desde un ser superior que nos la hizo llegar mediante una red de personajes, a los que “capacitó con su gracia”, para que nos la hicieran ver. ¡Cómoda situación! Las posiciones del mártir transitan desde la estulticia o inocencia sumisa e irracional, que le lleva a actitudes pasivas, aceptando la muerte a manos de otros antes que plantearse el más mínimo cuestionamiento de la razón que sustenta su fe, hasta la posición activa asesina de morir matando a los infieles para que su religión cobre fuerza y reafirme la fe como algo superior a la propia vida del individuo. En ambos casos se observa el elemento sangre como valor incuestionable de argumentación. La gran diferencia, bajo mi modesta opinión, entre el mundo cristiano y el musulmán está en la base histórica y de principios que justifican sus posiciones.

El cristianismo, inicialmente, no impuso su fe por las armas y la sangre, aunque se alimentó de la sangre de sus mártires para dar fe de su verdad; no obstante, posteriormente, usó la violencia, la coacción y el propio martirio para, mediante los autos de fe, imponer sus creencias. Una vez más es la sangre, el valor de la vida, lo que da e impone argumentos, pero no la razón y el debate de las ideas. Llegado este punto, el cristiano, con su aprendizaje histórico del martirio para suprimir e imponer ideas, lo aplica a los que no comparten su fe, si bien le da un giro de claro componente cínico, puesto que, en un acto de absoluta irracionalidad e insolencia, argumenta que es para salvar y purificar el alma del propio “reo”, llegando a convencer, en muchos casos, a los propios ejecutados. Un matiz que le da eficacia, en contraposición al martirio romano. Esta incongruente, perversa y morbosa conducta, que pasaba por apropiarse de los bienes del ajusticiado para, de alguna forma, compensar sus males y consecuencias, sembró el miedo suficiente para potenciar la hipocresía de la práctica religiosa en público y denostarla en privado, que ha trascendido a nuestros días.

Por otro lado, aparece una doble moral, donde se mantiene el principio de “el mal al servicio del bien”; es decir: cabe cualquier acción reprobable siempre que persiga el bien, el mantenimiento de la fe y la moral religiosa y cristina. En nuestros tiempos, se sigue atendiendo este principio. Óigase la cadena COPE y sus improperios, a través de “Losantos no inocentes”, a los “medios opositores a la consolidación de la moral religiosa”, según ellos, entrando en la crítica política de forma insultante, exacerbada e irresponsable, y sembrando la crispación y el enfrentamiento incongruente entre los propios ciudadanos. Mientras tanto, se coarta la actuación de la parroquia de San Carlos Borromeo por “defecto de forma litúrgica”, aunque en el fondo subyace un planteamiento distinto de lo que es la fe y la vivencia religiosa. Está visto que la estructura del poder religioso está cada vez más lejos del pueblo llano y practicante que cree en un Dios de principios y valores basados en la comprensión, tolerancia, justicia, libertad y respeto. El peligro está en el resurgir del integrismo también en nuestro mundo cristiano, cuando la globalización nos ha de llevar a una sociedad pluricultural y laica, donde la convivencia solo se garantiza con posiciones de tolerancia y actitudes de respeto y apertura de mente hacia los demás.

Al mismo tiempo, existen otras civilizaciones o culturas que se anclan en distintas concepciones religiosas. Por su proximidad, trascendencia e influencia, debemos considerar el islamismo. En este caso, la inmolación y la guerra santa plantean, como ya hemos visto, el uso de la sangre como argumento desde sus inicios. Si conjugamos esta especie de entrega al sacrificio y la utopía de la accesibilidad al paraíso, en un mundo de desesperanza y pobreza en muchos casos, encontramos sujetos dispuestos a las acciones suicidas más crueles, despreciando la propia creación de su Dios al dar muerte o eliminar a los seres que forman parte de esa creación. Parece mentira que determinados sujetos se arroguen la representatividad divina y se postulen como herramienta para ejecutar sus deseos. Esta forma de interpretar los designios del Altísimo, le llevan a descalificar al Todopoderoso, puesto que ha de recurrir a un insignificante personaje para hacer cumplir su voluntad cuando tiene en su mano todo el poder sobre la naturaleza. Nos encontramos, posiblemente, ante la interpretación delirante de un sujeto desestructurado mentalmente con base en una megalomanía místico religiosa de componente mesiánico.

La manipulación por iluminados que trasmiten la idea de la inmolación, como forma de imponer la verdadera fe y eliminar al enemigo, a la vez que conseguir entrar en el paraíso por la puerta grande, es bastante antigua. La polémica historia de “el Viejo de la Montaña” y sus asesinos de El Alamut, en la Persia del siglo XI, nos recuerda, en gran medida, las conductas y actitudes de la filosofía de Osama bin Laden. Digo polémica y en gran medida, porque no está nada clara la historia de estos sujetos. Al parecer, y sin querer entrar en profundidades que dejo al criterio del lector (podéis pasear por Internet para conocer distintas visiones y versiones de estos hechos tecleando en google solamente: “el viejo de la montaña”), la actuación de los asesinos era puntualmente sobre individuos poderosos y gobernantes, con poder para decidir guerras y actos que afectaran al conjunto de sus súbditos. Asesinaban a su objetivo sabiendo que, a su vez, ellos serían muertos por su guardia personal. Este servicio a la sociedad y la fe se premiaría con el paraíso. Aquí también se enmarca “el mal al servicio del bien”. Se mataba, en teoría, al responsable máximo para evitar males mayores. Estas actuaciones llegaron a sembrar el pánico entre los gobernantes y poderosos de su época, sobre todo cuando, según algunos autores, dejan de ser “idealistas” para convertirse en mercenarios. En la actualidad el ataque del visionario no es selectivo sino indiscriminado, sembrando el terror, con lo que la aberración de esta conducta es aún más manifiesta.

Supongo que estos sujetos de visión mesiánica, dispuestos a salvar al mundo mediante el terror y la sangre, que esperan ser compensados a su muerte con el paraíso, se llevarán un tremendo chasco cuando ese Dios, al que consideran haber servido, les pida cuentas de sus actos. Cuando les diga: ¿Por qué eliminaste a aquellos que yo creé para mi mayor gloria? ¿Cómo osaste destruir a mis hijos que, aún teniendo diferentes concepciones de las tuyas, enriquecían y diversificaban la visión del cosmos y la vida para que bebieran de ella los seres humanos en su camino de perfección hacia la gloria? ¿Cómo osaste proclamarte mi mano ejecutora para destruir aquello que Yo mismo había creado? Yo no necesitaba de ti para ejecutar mis designios, pues tengo poder suficiente para no recurrir a la demencia de uno de mis hijos. Yo te mandé allí para que creciera tu espíritu, para que te realizaras y enriquecieras el mundo en su diversidad, para que dejaras que los demás se desarrollaran libremente bajo su criterio. Para que al volver a mi seno aportaras bondad y perfección. Yo soy el que juzga, tu no; ya les pediré cuentas en su momento. Ahora, no solo quedarás fuera del paraíso, sino que tendrás que volver a la tierra para reparar lo que has hecho. En esta línea, querido amigo/a, puedes ver en el blog las reflexiones que te planteo en: Deje que me salve yo.

Por desgracia, yo no soy un experto en temas religiosos, aunque pasé por un seminario como muchos de los chicos de mi generación, tal vez por eso me preocupe tanto el tema. Hay esquemas religiosos que nos insertaban machaconamente mediante el miedo al pecado, infierno y demás, condicionando la forma de vivir las emociones, el sexo, la libertad, etc. Es como un troquelado por la intransigencia y obstinación dictatorial y sectaria de los años 50 y 60. No obstante, si me ha creado alguien Superior, le agradezco el libre albedrío que me ha dado para pensar por mí mismo. Lo que lamento a estas alturas es que en mi formación no se haya incluido una asignatura relativa a la historia de las religiones desde un punto de vista real, sin manipulación y enfocada con un criterio científico. Eso podría aclararme el nivel de tergiversación histórica al que se nos ha sometido para afianzar, como religiosos, principios universales de convivencia y de relación que son innatos en los seres humanos, y que han servido de enfrentamiento e imposición, a la vez que han justificado, y siguen haciéndolo, el derramamiento violento de sangre, el desencuentro y la ostentación del poder.

Finalmente, queridos amigos/as, quiero mostrar mi convencimiento más absoluto de que, si Dios existe, por definición: DIOS ES LAICO. En otra reflexión lo argumentaré, esperando que mi sangre y flujos vitales, entre los que cuento el intercambio de emociones y afectos hacia todos mis amigos/as y seres queridos, no sean derramados por esta causa. De todas formas, vaya por delante mi más absoluto respeto a cualquier otra argumentación constructiva que pueda manifestarse.

Antonio Porras Cabrera

lunes, 2 de abril de 2007

¡VIVA EL VINO…! Dijo el Ello.


Un buen amigo me decía que tenía demostrado científicamente la existencia del superyo. Ante mi insistencia e interés, me planteaba: ¿No ves que el superyo se diluye con el alcohol? Esto me hizo reflexionar lanzando mi imaginación y lógica en busca de las explicaciones que justificaran tan acertada afirmación, pues tengo visto y comprobado que, ante unas copas de vino, nos volvemos más comunicativos, abiertos y con mayor capacidad para expresar sentimientos, afectos, emociones, y cualquier otra cuestión que nos cree conflictos al exponerla, tanto internos como externos, incluido el contacto corporal. Al relajar las barreras y la rigidez que el sistema educativo nos ha ido imponiendo a lo largo de nuestra vida, hace que afloren y se expresen pensamientos, sentimientos y deseos “poco correctos políticamente", según los valores y principios morales y éticos de nuestra sociedad, pero que están presentes en nuestra mente. Podemos decir, pues, que el vino es una válvula de escape. Lo que nos permite, en el marco psicoanalítico, que el contenido latente aflore con mayor precisión, ya que el manifiesto se aproxima a él sin tanto tapujo. Por tanto, concluyo que “el vino es el aliado del ello”.

El otro día tuve noticia de que el gobierno pretendía aprobar una ley para regular el consumo de alcohol. Mi primera preocupación fue si los gobernantes estaban en condiciones de abordar esta materia, tan seria, sin analizar detenidamente su aplicación y sus consecuencias. Porque, si nos paramos a pensar, nuestra sociedad y la cultura que la sustenta están mediatizadas por el uso milenario de este producto. Yo me quiero permitir expresar algunas consideraciones sobre el tema, por si son clarificadoras para alguien. En todo caso, siguiendo con mi tónica habitual, las plasmo para el que quiera leerlas y/o comentarlas.

La concepción de la vida desde la perspectiva judeo-cristina está basada en el sufrimiento, la entrega, el padecimiento, etc.; en ningún caso se aprecia el enfoque hedonista y placentero de la misma. Ese mensaje ha calado tan profundamente que, hasta para salvarnos del pecado original, Dios mandó a su hijo a sufrir crucifixión y muerte a manos de los hombres. No vino a enseñarnos cómo disfrutar de la vida, a ser felices, a evitar el sacrificio innecesario, a mostrarnos la eficiencia en el desarrollo y la justicia social. Nos prometió un reino en el otro mundo, del que no hay constancia salvo por la fe. Lo que ha trascendido, es el sufrimiento, la flagelación del cuerpo como enemigo del alma, el considerar al mundo como perverso y tentador; en suma, demonizamos lo placentero (todo lo que está bueno engorda o es pecado). Un duro camino, sin duda, para llegar a ese reino. Claro que siempre queda el recurso de la contrición. Con un planteamiento como éste poca opción le damos al hedonismo. Sin dejarnos llevar por Nietszche, cuando dice: “Al decir cristiano, se sobreentiende que se pretende expresar odio a los sentidos, al deleite en general” y que considero criticable, sí cabe preguntarse hasta qué punto las religiones, en su pretensión sistemática de estructurar ética y moralmente al superyo, no han instaurado un modelo de conducta, si no patológico, sí enfocado al conflicto interno, donde este está garantizado, dado que el sufrimiento y lo prohibido prima sobre lo deseado. De todas formas, no deja de ser curioso que, desde el punto de vista simbólico, se represente en el vino a la sangre de Cristo. Es el alimento del espíritu. Puede que esa leve liberalización de los tapujos y tabúes que nos permite su consumo, se asocie a la sublimación del espíritu. Por tanto, no debe ser malo. Eso sí, el paralelismo se establece desde el sufrimiento y muerte. Una vez más la religión se apropia de las costumbres y hábitos de los pueblos para hacerlos suyos y reconducirnos en la línea que estiman más conveniente para sus principios.
Por otro lado, echa uno de menos esa orientación hacia las decisiones responsables y libres que satisfagan nuestras necesidades, hacia la crítica del entorno y el razonamiento, hacia la libre expresión de emociones en tolerancia. La asertividad no es un concepto que se cultive en esta sociedad. Se es asertivo desde el poder, que impone los principios, valores y leyes que nos rigen, pero no desde la razón sistemática; y el poder lo ostentan los poderosos, bien por la política, la religión o las armas. “Gracias a Dios” (esta expresión en mi discurso parece una incongruencia, pero que cada uno piense en el dios que estime conveniente) estamos entrando en una nueva era, donde cabría la posibilidad de conjugar el conocimiento y desarrollo personal con un mejor entendimiento entre los seres humanos, donde las mentes abiertas y tolerantes permitan un intercambio de ideas, creencias, valores, principios y razones que nos hagan crecer sin imposiciones irracionales. Mire usted por donde, echo de menos una asignatura de educación cívica desde el laicismo democrático, donde se plasmen y defiendan estos principios.

Hasta entonces, dejen que el vino ayude a expresar sentimientos, facilitar el diálogo, el contacto físico, compartir alegrías, enjugar las penas, a escapar razonablemente de este atropamiento entre el “quiero y no debo”. En suma, deje que este maravilloso elemento relaje mi superyo y permita sublimar mis deseos y necesidades frustradas. Démosle un cuartelillo al ello. Yo prometo no pasarme, tener un comportamiento políticamente correcto y que sus efluvios sean liberalizadores. Lo usaré para relacionarme puntualmente con mis amigos y compartir momentos de felicidad y acercamiento, de comprensión y afecto. Evitaré las borracheras, que nunca me permití. Mientras tanto, señor legislador, mire las causas que nos llevan a su consumo exacerbado, corríjalas y puede que seamos más libres. De lo contrario, en el caso del alcohol y resto de drogas, seguiremos observando un incremento del consumo. El problema no es el alcohol y las drogas, sino lo que subyace y nos empuja a su uso de forma irracional a cada uno, en función de nuestra personalidad.

Antonio Porras Cabrera.

miércoles, 7 de marzo de 2007

UN MUNDO EN EQUILIBRIO

Con estas reflexiones quiero hacer una llamada al sentido común que, basándose en el equilibrio interno y personal, ha de procurar, mediante un razonamiento aséptico, mantener una estabilidad social de convivencia evitando y eludiendo posiciones de enfrentamiento irracional que tan de moda están en nuestros días. Está dirigido básicamente a mis compañeros y amigos que se preocupan por la salud mental de los seres humanos, de su libertad de criterio y desarrollo personal.

UN MUNDO EN EQUILIBRIO

El encuentro de los seres humanos siempre se ha dado en el centro, a partir de la equidistancia ponderada de las posiciones y en la aproximación. Desde las periferias se ha de gritar más para entenderse, las cosas se ven desde otras perspectivas y si, además, las posiciones están enfrentadas las distancias son mayores. Mientras más tira de la cuerda mi oponente más tiro yo y más nos alejamos. Para comprenderse, pues, se ha de buscar el lugar de encuentro donde se compartan visiones y posiciones con la proximidad que dan las emociones y el contacto directo, se ha de empatizar. Si no hay disposición y aproximación no hay entendimiento.

Este mundo dicotómico busca eliminar a los oponentes en lugar de integrarlos. Nuestro mapa político está al día en ello. Mientras más se tensa la cuerda en un sentido impositivo hacia los otros, más conflicto se crea. El extremismo genera extremismo opuesto y el oponente pasa a ser enemigo. Al oponente se le reconoce valor ideológico, pero el enemigo se ha de eliminar por principio de conservación. Es una constante: el bien y el mal, el amigo y el enemigo, el pobre y el rico, lo espiritual y lo material, la utopía y la realidad, el deseo y la represión, el ello y el superyo, dos extremos de tensión que buscan el equilibrio para poder subsistir. La gestión adecuada de estas diferencias lleva a la paz y a ese equilibrio, no solo de la sociedad, sino del propio individuo como unidad.

Cuando, popularmente, se habla de desequilibrados nos estamos refiriendo a sujetos que tienen alteradas sus facultades mentales, que su equilibrio interno y su adaptación social no se manifiesta. Nuestra propia sociedad establece las bases para que se desarrolle y se gestione el equilibrio. Freud orienta el conflicto entre el ello y el superyo como la base del desequilibrio. Mientras que nuestras pulsiones emergen del ello, la sociedad nos ha blindado con una estructura represora y controladora que modula los impulsos hasta hacerlos encajar en la norma. En otros casos el conflicto, tanto interno como externo, se justifica en la necesidad de la interacción con el medio, bajo la influencia del proceso de socialización.

Existe una plataforma homeostática que establece los márgenes de variabilidad y la tenemos asumida a través de nuestra educación. En este sentido, si nos movemos dentro de estos márgenes no se crean situaciones conflictivas, pero si saltamos fuera de la plataforma, aparte del conflicto social, se nos plantea otro conflicto interno de mayor trascendencia personal. Este último lo hemos de gestionar nosotros en base a la congruencia, evitando la disonancia cognitiva, de tal forma que en sujetos “culposos” una excesiva euforia, con infracciones importantes, nos puede llevar al reproche, haciéndonos merecedores de nuestra repulsa, infravaloración y desprecio hasta situarnos en una etapa de depresión, que no deja de tener un cariz de intento de compensación; o sea, que puede situarnos en el otro lado de la plataforma homeostática buscando el equilibrio en los extremos de la balanza. Es la ley del péndulo. En este sentido, todos tenemos algo de ciclotímicos en mayor o menor medida. El umbral homeostático definirá la normalidad y aceptación en el entorno y en nuestro interior.

Las sociedades permisivas dan más márgenes para experimentar y asumir nuevos planteamientos que las integristas e intolerantes. Por tanto, esa tendencia natural a beber conocimiento, experiencia, emociones, etc. del entorno para crecer y desarrollarnos como sujetos abocados a la autorrealización, necesita de una mente abierta, crítica y madura que permita ese crecimiento. Otras sociedades son claramente patogénicas; es decir, generan conflictos y desequilibrios que llevan al alejamiento y enfrentamiento de sus componentes, tanto desde la perspectiva social como individual. Bajo mi opinión podríamos asociar madurez, equilibrio y salud mental. Cierta filosofía oriental, con base religiosa, presenta el equilibrio con el entorno y con uno mismo como la base de la evolución espiritual e, incluso, justifica la reencarnación como la oportunidad y obligatoriedad de compensar errores pasados para evolucionar en la escala de la perfección.

En todo caso debemos preguntarnos: ¿Quién ha de establecer los márgenes de la plataforma homeostática? Hasta hoy, los principios y valores que la sustentan los ha ido generando cada sociedad a lo largo de los tiempos. En las últimas décadas, a causa de la universalización de los medios de comunicación, los movimientos migratorios, el proceso de globalización y sobre todo al ejercicio de la libertad y el discernimiento individual, estas bases se resquebrajan, como no podía ser menos. Ante ello caben varias opciones de las que me quedo con el encuentro cultural. Su complejidad se genera desde los integrismos, la imposición y la intolerancia; su simpleza en el encuentro y el respeto que permita el crecimiento colectivo y personal hasta la simbiosis cultural. El marco convivencial de referencia, según mi punto de vista, se ha de establecer desde la pluriculturalidad (incluyendo valores éticos, morales y religiosos) bajo el paraguas de una sociedad laica, donde se conjugue el respeto desde y hacia todas las creencias y posiciones ideológicas, excluyendo actitudes y conductas contrarias a esos principios. Si formamos a nuestros hijos y ciudadanos en esa línea encontraremos una sociedad menos patógena y más saludable.

Pero, en conclusión: ¿Qué pretendo con estas reflexiones? Podemos decir que la plataforma homeostática establece el lugar de encuentro, que su amplitud define valores de rigidez a permisividad y estructura el superyo. Su capacidad de adaptación a las demandas sociales y de convivencia en un mundo pluricultural es la base para evitar conflictos, tanto externos como internos, por lo que el equilibrio interno y la salud mental del sujeto son más asequibles. Los estados deben asumir políticas integradoras que permitan el encuentro cultural desde la perspectiva laica, pero respetando las ideologías religiosas. Por último, buscando la mejora de la salud mental, los sujetos deben ser formados y orientados hacia la maduración y el entendimiento. La dotación de recursos de afrontamiento, la gestión emocional, las actitudes y disponibilidad al diálogo, la aceptación de la diversidad como elemento enriquecedor, la mente abierta a nuevas ideas, el discernimiento responsable y otros muchos factores ubicarán al sujeto en disposición de mantener el mundo en equilibrio, evitando conflictos y devolviendo la cordura, que tiende a perderse cuando la estupidez humana se impone en las decisiones de aquellos que ostentan el poder. Los profesionales de la salud mental tenemos un importante campo de trabajo para provocar esa maduración que disponga al individuo en situación de gestionar los equilibrios/desequilibrios que los elementos dicotómicos mencionados nos provocan. En todo caso, no podemos perder de vista que formamos parte de un ecosistema en equilibrio y que somos, en gran parte, responsables de mantenerlo con el nuestro.
Antonio Porras Cabrera

lunes, 5 de marzo de 2007

DEJE QUE ME SALVE YO


Con motivo del Estatuto de Autonomía de Andalucía, el colectivo de obispos de la comunidad andaluza ha emitido un comunicado con opiniones que, aunque legítimas, las considero no acertadas, bajo mi modesta opinión (Diario Sur, 24/1/07). Yo solo tengo este medio para comunicarme con las personas que quieran leerme y a él recurro para emitir también mi legítima opinión y reflexiones, si es acertada o no es cuestión de criterios siempre respetables.


MONSEÑOR, DEJE QUE ME SALVE YO.

Apreciado Monseñor:
(Léase también Rabino, Imam, Pastor o cualquier dirigente religioso)

Quiero agradecerle su intención de erradicar de este mundo todo aquello que represente tentación para mi alma. Soy consciente de que existen a mi alrededor cantidad de pruebas que el Señor ha puesto para que yo me dignifique ante Él, para que pueda vencer las tentaciones por mí mismo y crezca en mis virtudes con ello. Cada superación de la tentación es el nutriente que hace crecer a mi alma, que me dignifica y enaltece preparándome para entrar en el Reino de los Cielos. Pero si usted se empeña en apartar de mí las tentaciones, en eliminar aquellas circunstancias que, bajo su parecer, pueden perderme, nunca conseguiré elaborar un espíritu sublime que merezca tal consideración. Supongo que, desde un punto de vista egoísta, usted pretende salvarse a sí mismo a través de mi pobre salvación, a mi costa, dejándome pequeño y borderline al no permitirme que crezca. No sea egoísta, no pretenda llegar al cielo siendo el gran valedor de esas pobres almas de los que no tienen capacidad de discernimiento. Ayúdeme a ser grande, a poder discernir por mí mismo, a tener solvencia crítica aunque su propio prestigio caiga con ello. Yo quiero llegar al Cielo por haber sido capaz de superar las pruebas que la vida me ha puesto en el camino. Jesucristo se fue al desierto y durante cuarenta días, creo haber leído, se enfrentó a la tentación y la superó. Esa prueba le dignificó más, si cabe, ante los ojos del Padre. Si hubiera sido por usted seguramente habría eliminado y erradicado previamente al elemento tentador.

Yo, por desgracia o por suerte, no tengo su fe. Si tuviera fe tendría la suerte de creer en otra vida de premio por mi sacrificio, o de castigo. Andaría preocupado pensando en las cosas que hago mal y en el castigo que me reportarán, en las que hago bien y en su beneficio. Posiblemente me plantearía una estrategia inversora de cara al futuro y, a ser posible, sería bueno para recibir el premio. Además, tendría la alegría de saber que usted está ahí para perdonarme y salvarme en confesión, para dirigir mis pasos como pastor y yo como oveja, (que, por cierto, no me suena bien), por lo que podría permitirme, incluso, ser malo. Pero, por otro lado, no tendría la autonomía crítica para desarrollarme personalmente si acepto todos los planteamientos de radicalismo religioso que usted defiende. La fe es algo que se siente o no, pero no se impone mediante el miedo, la coacción o la descalificación. En otros tiempos los autos de fe se encargaban de purificar las almas y enseñaban a que atenerse cuando no se compartía y mantenía esa fe. Por suerte hoy no existen. A estas alturas, teniendo en cuenta que la religión y su credo es un acto de fe, cuesta pensar que algunos eruditos de mente abierta no se cuestionen determinados aspectos de la fe en cualquier religión o creencia, que no estén por acercarse a los demás y debatir sobre la esencia del ser humano sin imposiciones previas. Si las religiones se estructuran entorno a la fe y existen variadas orientaciones o “FES”, deberíamos hablar, desde cada religión, para los que creen en esa religión, respetando a los que no creen. Si hablamos para los demás deberemos estar dispuestos a recibir críticas, que no es otra cosa que opiniones encontradas, pero con disposición al entendimiento y renuncia a los errores si se demuestran.

Los valores éticos y morales de nuestra sociedad no tienen que ser forzosamente religiosos, han de ser sociales, que garanticen la convivencia en igualdad de condiciones. La soberanía política y administrativa radica en la gente libre, ellos eligen en quien delegar para legislar de forma universal. Los legisladores dan respuesta a las demandas sociales de forma dinámica, donde la evolución social, a veces vertiginosa, va por delante. Es difícil enmarcar la convivencia en estos momentos, donde el mundo anda revuelto precisamente por los integrismos religiosos, políticos, patrióticos, separatistas, etc. donde el concepto de tolerancia se está perdiendo apoyado en intransigentes personajes que ostentan el poder, o lo pretenden ostentar, en todo el mundo. Por ello, deje que se legisle desde el laicismo. Deje que yo decida cuál es la religión que se aproxima más a Dios. Deje que me guíe por otros principios humanos de convivencia, donde la tolerancia dé cabida a todas las ideas que respetuosamente se manifiesten. Deje que crea o no en ese dios que usted defiende. No creo en ninguno de los dioses que se pregonan desde las distintas religiones y, por ello, no me siento mala persona, sin principios ni valores humanos, éticos y morales. Me siento profundamente humano, abierto a los demás y respetuoso con su cultura; con mis propias contradicciones, pero con un objetivo de superación que dignifique, no solo a mi persona, sino a la sociedad que pertenezco. Puede que tenga cierta tendencia gnóstica cuando miro para mi interior y veo la vida en un sentido integral y pienso que, al igual que he de conservar mi especie, he de conservar su entorno y mantener el equilibrio en el espacio universal que la sustenta y leo, en los principios que surgen de mi interior, las capacidades para adaptarme al colectivo que pertenezco, sintiéndome una pequeña parte del universo, sobre el que intento volcar mi compresión; busco, en pocas palabras, la “Bonhomía”, mi espiritualidad sin su interferencia, mi maduración personal, los valores universales, en el convencimiento de que la suma de los aportes individuales pueden dignificar el mundo.

Al Cesar lo que es del Cesar… No sé si lo recuerda. Desde el punto de vista político las cosas han cambiado mucho en los últimos tiempos. Se ha pasado de súbdito a ciudadano. Súbdito es el sumiso y obediente, que acepta el poder y la soberanía de los dirigentes, que no participa en su elección y le vienen impuestos por la fuerza, la tradición o mecanismos ajenos que no controla, donde se incluye: “por la gracia de Dios”. Ciudadano es, para mí, sinónimo de soberano, que delega dicha soberanía y capacidad de decisión en otras personas mediante el voto prestado en una decisión reversible en el tiempo. El dirigente o representante acumula un peso en función de la cantidad de delegación o confianza que depositan en él, y nosotros aceptamos el juego de la mayoría dentro de una Ley Magna, que nos hemos dado y que podemos modificar en cualquier momento, siguiendo un proceso determinado. Asumimos las decisiones de aquellos a los que hemos habilitado con nuestro voto, pero tenemos la posibilidad de revocar la confianza en las próximas elecciones. Pero los dirigentes religiosos, a los que no elegimos, no nos representan, no deben intentar la imposición de sus principios a toda la ciudadanía. El representante religioso es un referente importantísimo para los creyentes de su religión, donde la sumisión se justifica en la autoridad que este ejerce “por la gracia de Dios”, pero carece de legitimidad para aquellos que no comparten sus creencias.

Por tanto, querido Monseñor y demás, dejen que decida con quien comparto mi sexualidad, si me divorcio o no, si uso o no el preservativo, no me condene, pues usted no tiene autoridad para ello, ya que no se la he dado. Deje que yo decida a riesgo de equivocarme, ya pagaré por ello si no actúo correctamente. Deje que la ley, fruto de un parlamento democrático, decida y oriente mi conducta dentro de los principios de la convivencia social pluricultural. Por último, le pido “su permiso” para que mis hijos, aún en la escuela religiosa, puedan recibir formación sobre la convivencia ciudadana, la historia de las otras religiones y entiendan la diversidad y el diferencial que presenta la sociedad para que, de esta forma, puedan comprender mejor a sus semejantes, sus amigos y vecinos. Si después de ello descubren la fe, “chapeau”, me quitaré el sombrero. De esta forma es como entiendo el futuro de nuestro mundo, de lo contrario estamos condenados al enfrentamiento.

Esperando que me comprenda, reciba un afectuoso saludo.
Fdo: Antonio Porras Cabrera

lunes, 5 de febrero de 2007

Clima laboral ... en busca del paraiso perdido

Estas reflexiones están dedicadas a mi amigo José Luis Molino, que con su provocación me obligó a meditar sobre el tema para, así, publicarlas en la revista de la Escuela Universitaria de Enfermería de Cartagena, adscrita a la Universidad de Murcia. Espero que podáis criticarlas, asimilarlar y mejorarlas en aras de su objetividad.
CLIMA LABORAL … EN BUSCA DEL PARAÍSO PERDIDO.

Desde pequeños se nos pregunta qué queremos ser de mayores, a qué nos gustaría dedicarnos, cuál es la profesión que elegimos para participar en el desarrollo del colectivo social al que pertenecemos. Nosotros, cargados de fantasía e ilusión, nos definimos por una actividad determinada. Desde este momento idealizamos esa profesión como algo que nos llevará a la felicidad y al prestigio, al reconocimiento y la autosatisfacción. Su ejercicio será el paraíso de nuestra adultez.

Cuando iniciamos los estudios o preparación para ejercer la profesión, nuestra imaginación dibuja un campo de acción y de relación con el entorno que adornamos hasta crear un contexto de felicidad. Muchas veces, este contexto imaginario, se desmorona a las primeras de cambio, en cuanto mantenemos contacto con la realidad del ejercicio profesional. Encontramos gente “quemada” que nos habla de las dificultades, de las incompetencias ajenas (por lo general no de las propias), de lo dura que es la profesión y de un conjunto de cosas que nos hace pensar habernos equivocado. Nosotros, que vamos con la mente abierta, buscando aprender de todo y de todos, asimilamos las buenas y las malas disposiciones, las actitudes y las razones que las puedan sustentar, sin darnos cuenta de que la vida del sujeto que nos informa o influye es distinta a la nuestra, que nuestro principal objetivo es preservar nuestra identidad y potenciar nuestras actitudes para que la profesión imaginada sea una realidad. Es decir, no cribamos esos mensajes de desengaño para ubicarlos en el sujeto emisor exclusivamente y asimilamos su análisis personal como algo real y extensible a todo el mundo, sin considerar que sus circunstancias personales son, eso, personales e intransferibles y sus conclusiones resultado de sus vivencias en conjunción con su personalidad y demás circunstancias que lo identifican como un ser diferenciado.

Encontramos en nuestro entorno profesional gente variada. Sujetos ejemplares que trabajan con alegría y entrega, convencidos de que su realización y evolución personal pasa por el “bienhacer” en su profesión, que la interrelación es un instrumento terapéutico de primera magnitud en el caso de la enfermería (que fue la profesión elegida por mí), y que la instauración de un clima laboral positivo lleva a un mejor desenvolvimiento de la activad profesional, potenciando las relaciones humanas, la mutua ayuda, la integración, el compañerismo, y un sinfín de elementos que facilitan dicha actividad. Por el contrario, existen sujetos ponzoñosos, a los que ya me he referido, que solo se desenvuelven bien en situaciones de tensión, crítica continua, culpabilizando a los demás del mal funcionamiento de todo en una extraña justificación personal (concepto psicológico de externalidad defensiva), donde ellos son jueces de los actos ajenos y nada críticos con los propios. Son detractores de la plantilla, de los procedimientos, de otros estamentos, de los/as supervisores/as, de la dirección y de los propios pacientes y familiares. Toda esta crítica la hacen desde la cátedra del “no hacer nada”, sin comprender que ese tiempo que emplean en su discurso es el que deberían estar usando para otras actividades propias del oficio. Son sembradores del desánimo. Parece que busquen aliados para no estar solos en su apatía y descalifican insidiosamente a los que tienen actitudes constructivas. Aunque es cierto que entre uno y otro prototipo, por suerte, hay estadios intermedios, donde se ubica la mayoría del personal.

Pues bien, dicho esto, hemos de considerar cómo influyen todos estos posicionamientos en el clima laboral. Si reconocemos a la organización como un contexto ambiental de los comportamientos individuales y grupales y que este entorno es psicológicamente significativo para sus miembros, colegiremos que el clima laboral, u organizacional, tiene un peso específico importante en el desenvolvimiento de la organización como sistema, donde interaccionan un conjunto de atributos que determinan el ambiente de trabajo. El clima referido a la organización es algo así como su salud organizativa.

A partir de aquí cabe hacerse algunas preguntas: ¿Cómo me afecta psicológicamente el clima laboral?, ¿Qué puedo hacer para mejorar el clima de mi unidad de trabajo?, ¿Quiénes son los sujetos ponzoñosos que contaminan ofreciendo la manzana del desencanto?, ¿De quien tengo que aprender para mantenerme sano mentalmente y motivado?, ¿Qué necesito para irme a casa diariamente con la satisfacción del trabajo bien hecho?, ¿Qué puedo y debo hacer para que mis relaciones interpersonales en mi equipo y con los usuarios del sistema sean constructivas y enriquecedoras?

Como elemento de partida, yo rechazaría cualquier iniciativa que me lleve, a medio o largo plazo, a “tirar por la borda” mis ilusiones profesionales y a quemarme, puesto que estudié y planifiqué mi vida para desarrollarme plenamente a lo largo de mi existencia y el trabajo forma parte de ella en un elevado porcentaje. Por tanto, desplegaría capacidades y actitudes que facilitaran el afrontamiento de las demandas que se me planteen. Eludiría los sujetos ponzoñosos y bebería de la experiencia de aquellos otros que, con su conducta, me demuestran su propia realización personal y satisfacción con el trabajo. Intercambiaría experiencias y asumiría aquellas que me refuerzan en mis capacidades de afrontamiento y que me permiten un mejor desempeño de mi actividad. Puedo identificar aquello que más me satisface y motiva y compartirlo con mis compañeros. Siguiendo a Herzberg y su teoría bifactorial de la motivación, me preocuparía preferentemente de los siguientes factores:
• Logros de metas y objetivos.
• Reconocimiento por los logros.
• Trabajo con contenido e interés.
• Mayores responsabilidades.
• Progreso y perfeccionamiento en el trabajo.
• Relaciones interpersonales con mis compañeros, pacientes y sus familiares.

En resumen, y justificando la aparición en el título del concepto paraíso, intentaría que mi trabajo mantuviera un clima donde el crecimiento personal y profesional fuera una constante. Crearía un paraíso nutriente donde el positivismo triunfara sobre el negativismo. Todas y cada una de las cosas que integran la vida tienen una lectura positiva para los inteligentes, de todas podemos aprender mediante el análisis crítico, maduro y serio de ellas. Con ello mi maduración personal y profesional, mi desarrollo, mi autorrealización y mi satisfacción estarán garantizados.

En ese paraíso huiría de la oferta de manzanas podridas, cargadas por la envidia, la apatía, la no implicación, el cinismo, la crítica irracional, los conflictos interpersonales irresueltos y todos aquellos elementos negativos que abocan al infierno de un clima laboral insoportable, que trasciende a tu vida familiar y social, que te achicharra día a día hasta quemarte y hacerte renegar de aquella profesión que un día te ilusionó, a la que dedicaste parte de tu juventud para formarte cargado de esperanza en el futuro. Al menos, que conmigo no cuente para destruir mi propio proyecto. Yo velaré por mi salud mental y mi equilibrio, para desarrollarme y conseguir mis propios objetivos de realización y maduración personal, de esta forma habré contribuido a una sociedad más justa y solidaria mediante el granito de arena que me corresponde, pero sobre todo intentaré trasmitir salud a todos los que me rodeen.

Estoy convencido de que en esta reflexión quedan otros muchos conceptos por barajar para buscar ese paraíso, como tolerancia, comprensión, empatía, criterio, conocimiento, asertividad, etc. pero eso lo dejo para la reflexión propia y personal de cada uno. La singularidad y el autoconocimiento, amigo lector, hacen que no existan recetas milagrosas de aplicación general. Siempre aparecerán sutilezas que nos diferencian de los demás. Cada uno, pues, debe buscar sus propias recetas, pero aconsejo que no nos desprendamos de una buena dosis de “bonhomía”. Otro día, si te parece, hablamos de los otros elementos de la organización interesados en el tema y de cuales pueden ser sus aportaciones a este paraíso.
Antonio Porras Cabrera

viernes, 26 de enero de 2007

OTRA FORMA DE TOCAR EL CLAXON

Después de las reflexiones anteriores sobre el "pitofácil", he llegado a la conclusión de que no siempre son los mismos motivos los que provocan el toque de claxon. Esto me lo mandó una amiga, que debió vivir esta impresionante experiencia, deléitate con ella.
EL SEÑOR ES MI PASTOR

El sábado pasado fui a una librería cristiana y vi una pegatina que decía: “Toca tu claxon si amas a Jesús". Me sentía un poco deprimida porque acababa de asistir a una presentación de nuestro coro que había salido fatal. Asistí además a una reunión de oración. A pesar de todo, compré la pegatina y la pegué en el parachoques trasero de mi coche. Oh! Me puse tan contenta de haberlo hecho, porque después de eso tuve una experiencia inolvidable.
Al parar en una luz roja de una intersección muy transitada, empecé a pensar en el Señor y en lo bueno que es. No me di cuenta cuando la luz cambió. Es bueno saber que alguien más ama a Jesús porque de no haber sonado su claxon, nunca hubiera visto que la luz estaba verde. Pude darme cuenta de que mucha gente ama al Señor porque cuando estaba a punto de arrancar una persona empezó a tocar su claxon como loco y abriendo su ventana gritó, "¡Por el amor de Dios"...! Yo, completamente arrobada, no me movía de allí y de repente todos empezaron a tocar su claxon.
Era fantástico ver la cantidad de gente que ama al Señor anónimamente. Saqué mi cabeza por la ventana y empecé con mi mano a saludar y sonreír a toda esa hermosa gente que expresaba tan fervorosamente lo que sentía por Jesús. ¡Hasta toqué mi claxon unas cuantas veces para compartir aquella demostración de amor!
Vi a un hombre saludándome de una manera muy chistosa, tan solo con el dedo de en medio estirado y los demás doblados. Mi hijo venía en el asiento de atrás y le pregunte que quería decir eso y me dijo que era un saludo hawaiano para desear buena suerte o algo así. Le creí pues yo nunca antes había conocido a nadie de Hawaii.
Una vez mas me asomé por la ventana y rebosante de felicidad le devolví a aquella persona el saludo de la buena suerte. Mi hijo se echo a reír, hasta él estaba disfrutando de aquella maravillosa experiencia religiosa. Algunas personas estaban tan llenas de regocijo que bajaron de sus coches y enfilaron hacia mí. Estoy segura de que querían felicitarme, orar conmigo o tal vez preguntarme a que iglesia iba yo. Fue en ese instante cuando salí de mi éxtasis y me di cuenta de que la luz había cambiado a verde nuevamente. Les dije adiós efusivamente a todos mis hermanos y conduje mi auto a través de la intersección.
Me di cuenta de que solo yo había logrado pasar, ya que la luz cambió en ese instante a rojo y me sentí un poco triste de tener que dejar a todos atrás después del hermoso momento de amor que habíamos compartido. Así que paré mi coche y asomándome por la ventana con mis dos manos, le envié a todos el saludo hawaiano de la buena suerte que acababa de aprender.
¡Oh! Que grande es el Señor por tener tan bellos seguidores.
Antonio Porras Cabrera

LOS PITOFACIL

LOS “PITOFÁCIL”

Por supuesto que no hablamos de promiscuidad. Me quiero referir a aquellos sujetos que son propensos a tocar el claxon ante la más mínima ocasión. Si vas lento, si pisas la raya, si no arrancas con su diligencia, etc. Son irritantes en un principio. ¿Por qué esa obsesión por corregir e imponer a todos los demás su forma de conducir, su prisa y su estrés? El hecho es que, a veces, lo consiguen. Caes en la trampa y le respondes con un toque de claxon, aceptando el reto. Sin darte cuenta entras en una escalada simétrica que debes controlar para no acabar bajándote del coche e iniciar una competición de tortazos. El acaloramiento es la madre de todos los conflictos, y la desproporción de la respuesta está en relación directa con el nivel del mismo. Qué sabio es el pueblo cuando dice: “cuanta hasta diez antes de responder”. Desde hace tiempo he llegado a la conclusión de que lo mejor es no competir entrándoles al trapo. Cuesta conseguirlo, pero si analizas la personalidad de estos sujetos, posiblemente, llegarás a la misma conclusión.
Cuando un sujeto reta a su entorno es que tiene la necesidad de demostrarse a sí mismo y a los demás, que es poderoso, que es mayor, adulto, realizado y que está por encima de los demás. Esa necesidad se da cuando uno no tiene la certeza de ello y lo ha de contrastar continuamente. O sea, se observa en el proceso de maduración y es una herramienta evaluativa para ir afirmándose.
Por otro lado es un signo de intolerancia, que reafirma la inmadurez. Las personas maduras suelen ser tolerantes y capaces de entender los diferentes planos y diferencias, que existen entre los seres humanos, en cuanto a sus conductas y apreciaciones. Respetan esas diferencias y beben de ellas para enriquecerse.
Últimamente, intento identificar el prototipo de sujeto “pitofácil”. Suele ser joven, de mirada despectiva, actitud chulesca, provocador, con vehículo llamativo y mala y arriesgada conducción. No es un caso a imitar. Suelen ser bastante peligrosos para la conducción. Su disposición estresada y estresante debe generar, bajo mi opinión, una reflexión más madura que nos permita no entrar al trapo, como decía, ni dejarnos influir por su provocación. Tomar con calma estas cosas nos permite repeler el estrés que nos intentan provocar.
Hoy me ha tocado el pito, perdón, el claxon, un chaval joven para que arrancara en un semáforo, cuando lo he hecho me ha adelantado por la izquierda como un rayo, ha hecho un par de maniobras arriesgadas y ha desaparecido de mi vista. Me pregunté adónde iría o si estaba haciendo un ejercicio de maduración. Entonces entendí que debía dejarlo madurar sin ofuscarme por la situación, y llegué a casa, tome una copita de rioja, brinde por su maduración, comí y me puse a escribir estas reflexiones para compartirlas contigo.
Antonio Porras Cabrera

martes, 9 de enero de 2007

NOSOTROS Y CARLOS HAYA



CARLOS HAYA, 50 AÑOS DE HISTORIA

Estaba viendo en TV española un programa sobre su 50 aniversario. En él se hace un repaso a los acontecimientos de los últimos 50 años, que han sido transmitidos por la televisión pública, y que han significado la gran transformación de nuestro país y nuestra sociedad, acercándonos a la democracia, a Europa y a las tecnologías y el desarrollo, incrementando nuestro nivel de vida y permitiendo una economía integrada en la esfera occidental a través de la UE.

Esto me ha hecho reflexionar sobre otro cincuentenario que nos afecta más directamente a los malagueños y que viene siendo protagonista a lo largo de 2006. Es el 50 aniversario de nuestro centro hospitalario por excelencia, Carlos Haya.

Si tuviera que identificar los distintos factores vanguardistas que permiten que una sociedad evolucione, me referiría a la educación, la sanidad y la libre comunicación. En este sentido, en nuestra ciudad existen elementos de referencia en estas tres dimensiones. Por un lado, nuestra universidad, que se ha ido consolidando a través de estas décadas como un dispositivo de primera magnitud en el desarrollo de Málaga y su provincia y de la cual me siento orgulloso, como integrante de su cuadro de profesores. Por otro lado, he de centrarme en lo que ha significado Carlos Haya como referente en la mejora del proceso asistencial que hemos vivido. Nuestro “gran hospital” ha pasado a ser uno de los pioneros de España en sus distintas especialidades. Su prestigio es reconocido a nivel nacional e internacional, y todos los profesionales que integran su plantilla se deben sentir orgullosos de este logro colectivo. Yo, como integrante del mismo desde el año 1978 hasta mi jubilación en 2005, ya en la actividad docente, pero ligado a la asistencia a través de la Escuela Universitaria de Ciencias de la Salud, así lo siento. En tercer lugar, me viene a la mente los medios de comunicación, como la TV y la prensa, que en nuestro caso se representa, de manera muy especial, en el Diario Sur, que a través de los años nos ha acompañado dándonos la información necesaria para crear opinión y permitir una mayor y mejor capacidad de discernimiento en relación a los acontecimientos de nuestro entorno.

Hemos vivido, a lo largo del presente año, diversos hechos que nos han ido recordando el 50 aniversario de nuestro hospital, su historia y como ha ido evolucionando el sistema sanitario, representado en Carlos Haya. Personalmente, entiendo que el proceso evolutivo es la consecuencia de una sinergia de todas las fuerzas que conforman el sistema: los gestores, los profesionales y los usuarios. Por tanto, quiero, desde aquí, rendir un sentido homenaje a todos los integrantes que, a través de su historia, han permitido, potenciado e implementado esa actividad progresiva que ha situado a nuestra sanidad en el lugar que hoy ocupa. Creo que, sin desconsiderar los distintos reconocimientos que, de forma oficial, se puedan haber producido a lo largo de este año hacia los colectivos que han sustentado el sistema durante los 50 años mencionados, todos ellos bien merecidos, cabe hacer mención pormenorizada a aquellos grupos que, durante este periodo, de los que tengo especial constancia por el ejercicio de mi actividad como Supervisor General del centro y Subdirector de Enfermería en los años 80 y por otros referentes posteriores, han demostrado su denodado esfuerzo para hacer de nuestro hospital un ejemplo a seguir. La calidad del servicio que se presta no es producto exclusivo de la alta tecnología y del conocimiento científico. El trato del personal, la limpieza, la diligencia, la alimentación, el buen funcionamiento de las instalaciones, etc. complementan lo anterior para proporcionar esa calidad percibida por los usuarios.

De todas formas, el motivo de mi reflexión no es el relato pormenorizado de hechos o circunstancias que acompañaron la evolución de Carlos Haya. Yo quiero llamar la atención sobre un aspecto personal que nos debe afectar a todos los que, de una u otra forma, nos hemos sentido integrados en este proyecto común. Todos hemos evolucionado profesional y humanamente bajo la sombra y el paraguas del hospital. Si bien la situación actual es la suma o resultante de los esfuerzos de todos, también nosotros hemos cambiado y nos hemos desarrollado a la par. Ha sido un intercambio enriquecedor, donde hemos dado lo mejor de nosotros y hemos recibidos la recompensa del aprendizaje y realización personal a través del flujo de la comunicación y las vivencias, compartiendo los conocimientos y experiencias en los distintos campos.

Quiero, por tanto, dar las gracias al hospital por haberme permitido conocer, relacionarme y querer a mis amigos y amigas, por haberme dado los conocimientos técnicos y humanos que poseo en relación al ejercicio de mi profesión, por haberme permitido crecer de forma responsable, por dejarme servir a mis conciudadanos en un campo tan complejo y, a veces, dramático como la salud y la enfermedad. No puedo olvidar que el ejercicio de mi profesión me ha permitido empatizar con mis semejantes, conociendo y entendiendo su sufrimiento, sus temores, miedos e ilusiones. Creo, sinceramente, que el hospital me ha hecho más comprensivo, solidario, racional y estable emocionalmente; me ha permitido reflexionar sobre la vida y la propia existencia y me ha dotado de un positivismo que me ayuda, en mis actuales circunstancias, a superar mi propia problemática de salud. En suma, me ha hecho más humano.

Por todo ello, vaya por delante mi homenaje personal en este año, libre y sincero, a todos los colectivos que integran nuestro hospital Carlos Haya, porque algo de ellos llevo dentro de mí, formando parte de mi propio ser, y de todos aprendí. Carlos Haya fue una de mis escuelas en la vida, por lo que siempre le estaré agradecido.

Antonio Porras Cabrera