lunes, 9 de abril de 2007

LA SANGRE Y LA RAZÓN

LA SANGRE COMO ARGUMENTO DE LA RAZÓN RELIGIOSA.
O la Inocencia del Martirio

En esta búsqueda de la madurez, de la comprensión de los mecanismos y motivaciones de la propia vida, hoy, me permito reflexionar en voz alta sobre un tema que cada vez me preocupa más: La influencia de la religión en el desencuentro de los seres humanos; o lo que es lo mismo, la utilización de los principios y valores innatos de la convivencia humana, donde se fundamenta la socialización, por parte de los dirigentes religiosos y políticos, para estructurar una sociedad de intereses de poder. Queda mucho por meditar sobre esto, por lo que continuaremos dándole vueltas al asunto intentando vislumbrar elementos de vertebración social. Queridos amigos/as, o nos entendemos todos, o nos vamos a la mierda, con perdón por la expresión.

Está nuestra historia llena de casos y causas de martirio. Nos lo venden como hechos de gran importancia en defensa de la verdad. Podemos remitirnos a los primitivos cristianos y acabar en los mártires actuales que se inmolan voluntariamente para defender e intentar imponer “su verdad”. Salvando las diferencias, son dos formas de demostrar, mediante la sangre, que estamos en posesión de la verdad absoluta. No admitimos la más mínima crítica. En este sentido, somos capaces de dar nuestra sangre, nuestra propia vida, por ella. Esa verdad, que no es una elaboración racional nuestra, la asumimos desde la fe y no admite cuestionamiento alguno, puesto que viene dada desde un ser superior que nos la hizo llegar mediante una red de personajes, a los que “capacitó con su gracia”, para que nos la hicieran ver. ¡Cómoda situación! Las posiciones del mártir transitan desde la estulticia o inocencia sumisa e irracional, que le lleva a actitudes pasivas, aceptando la muerte a manos de otros antes que plantearse el más mínimo cuestionamiento de la razón que sustenta su fe, hasta la posición activa asesina de morir matando a los infieles para que su religión cobre fuerza y reafirme la fe como algo superior a la propia vida del individuo. En ambos casos se observa el elemento sangre como valor incuestionable de argumentación. La gran diferencia, bajo mi modesta opinión, entre el mundo cristiano y el musulmán está en la base histórica y de principios que justifican sus posiciones.

El cristianismo, inicialmente, no impuso su fe por las armas y la sangre, aunque se alimentó de la sangre de sus mártires para dar fe de su verdad; no obstante, posteriormente, usó la violencia, la coacción y el propio martirio para, mediante los autos de fe, imponer sus creencias. Una vez más es la sangre, el valor de la vida, lo que da e impone argumentos, pero no la razón y el debate de las ideas. Llegado este punto, el cristiano, con su aprendizaje histórico del martirio para suprimir e imponer ideas, lo aplica a los que no comparten su fe, si bien le da un giro de claro componente cínico, puesto que, en un acto de absoluta irracionalidad e insolencia, argumenta que es para salvar y purificar el alma del propio “reo”, llegando a convencer, en muchos casos, a los propios ejecutados. Un matiz que le da eficacia, en contraposición al martirio romano. Esta incongruente, perversa y morbosa conducta, que pasaba por apropiarse de los bienes del ajusticiado para, de alguna forma, compensar sus males y consecuencias, sembró el miedo suficiente para potenciar la hipocresía de la práctica religiosa en público y denostarla en privado, que ha trascendido a nuestros días.

Por otro lado, aparece una doble moral, donde se mantiene el principio de “el mal al servicio del bien”; es decir: cabe cualquier acción reprobable siempre que persiga el bien, el mantenimiento de la fe y la moral religiosa y cristina. En nuestros tiempos, se sigue atendiendo este principio. Óigase la cadena COPE y sus improperios, a través de “Losantos no inocentes”, a los “medios opositores a la consolidación de la moral religiosa”, según ellos, entrando en la crítica política de forma insultante, exacerbada e irresponsable, y sembrando la crispación y el enfrentamiento incongruente entre los propios ciudadanos. Mientras tanto, se coarta la actuación de la parroquia de San Carlos Borromeo por “defecto de forma litúrgica”, aunque en el fondo subyace un planteamiento distinto de lo que es la fe y la vivencia religiosa. Está visto que la estructura del poder religioso está cada vez más lejos del pueblo llano y practicante que cree en un Dios de principios y valores basados en la comprensión, tolerancia, justicia, libertad y respeto. El peligro está en el resurgir del integrismo también en nuestro mundo cristiano, cuando la globalización nos ha de llevar a una sociedad pluricultural y laica, donde la convivencia solo se garantiza con posiciones de tolerancia y actitudes de respeto y apertura de mente hacia los demás.

Al mismo tiempo, existen otras civilizaciones o culturas que se anclan en distintas concepciones religiosas. Por su proximidad, trascendencia e influencia, debemos considerar el islamismo. En este caso, la inmolación y la guerra santa plantean, como ya hemos visto, el uso de la sangre como argumento desde sus inicios. Si conjugamos esta especie de entrega al sacrificio y la utopía de la accesibilidad al paraíso, en un mundo de desesperanza y pobreza en muchos casos, encontramos sujetos dispuestos a las acciones suicidas más crueles, despreciando la propia creación de su Dios al dar muerte o eliminar a los seres que forman parte de esa creación. Parece mentira que determinados sujetos se arroguen la representatividad divina y se postulen como herramienta para ejecutar sus deseos. Esta forma de interpretar los designios del Altísimo, le llevan a descalificar al Todopoderoso, puesto que ha de recurrir a un insignificante personaje para hacer cumplir su voluntad cuando tiene en su mano todo el poder sobre la naturaleza. Nos encontramos, posiblemente, ante la interpretación delirante de un sujeto desestructurado mentalmente con base en una megalomanía místico religiosa de componente mesiánico.

La manipulación por iluminados que trasmiten la idea de la inmolación, como forma de imponer la verdadera fe y eliminar al enemigo, a la vez que conseguir entrar en el paraíso por la puerta grande, es bastante antigua. La polémica historia de “el Viejo de la Montaña” y sus asesinos de El Alamut, en la Persia del siglo XI, nos recuerda, en gran medida, las conductas y actitudes de la filosofía de Osama bin Laden. Digo polémica y en gran medida, porque no está nada clara la historia de estos sujetos. Al parecer, y sin querer entrar en profundidades que dejo al criterio del lector (podéis pasear por Internet para conocer distintas visiones y versiones de estos hechos tecleando en google solamente: “el viejo de la montaña”), la actuación de los asesinos era puntualmente sobre individuos poderosos y gobernantes, con poder para decidir guerras y actos que afectaran al conjunto de sus súbditos. Asesinaban a su objetivo sabiendo que, a su vez, ellos serían muertos por su guardia personal. Este servicio a la sociedad y la fe se premiaría con el paraíso. Aquí también se enmarca “el mal al servicio del bien”. Se mataba, en teoría, al responsable máximo para evitar males mayores. Estas actuaciones llegaron a sembrar el pánico entre los gobernantes y poderosos de su época, sobre todo cuando, según algunos autores, dejan de ser “idealistas” para convertirse en mercenarios. En la actualidad el ataque del visionario no es selectivo sino indiscriminado, sembrando el terror, con lo que la aberración de esta conducta es aún más manifiesta.

Supongo que estos sujetos de visión mesiánica, dispuestos a salvar al mundo mediante el terror y la sangre, que esperan ser compensados a su muerte con el paraíso, se llevarán un tremendo chasco cuando ese Dios, al que consideran haber servido, les pida cuentas de sus actos. Cuando les diga: ¿Por qué eliminaste a aquellos que yo creé para mi mayor gloria? ¿Cómo osaste destruir a mis hijos que, aún teniendo diferentes concepciones de las tuyas, enriquecían y diversificaban la visión del cosmos y la vida para que bebieran de ella los seres humanos en su camino de perfección hacia la gloria? ¿Cómo osaste proclamarte mi mano ejecutora para destruir aquello que Yo mismo había creado? Yo no necesitaba de ti para ejecutar mis designios, pues tengo poder suficiente para no recurrir a la demencia de uno de mis hijos. Yo te mandé allí para que creciera tu espíritu, para que te realizaras y enriquecieras el mundo en su diversidad, para que dejaras que los demás se desarrollaran libremente bajo su criterio. Para que al volver a mi seno aportaras bondad y perfección. Yo soy el que juzga, tu no; ya les pediré cuentas en su momento. Ahora, no solo quedarás fuera del paraíso, sino que tendrás que volver a la tierra para reparar lo que has hecho. En esta línea, querido amigo/a, puedes ver en el blog las reflexiones que te planteo en: Deje que me salve yo.

Por desgracia, yo no soy un experto en temas religiosos, aunque pasé por un seminario como muchos de los chicos de mi generación, tal vez por eso me preocupe tanto el tema. Hay esquemas religiosos que nos insertaban machaconamente mediante el miedo al pecado, infierno y demás, condicionando la forma de vivir las emociones, el sexo, la libertad, etc. Es como un troquelado por la intransigencia y obstinación dictatorial y sectaria de los años 50 y 60. No obstante, si me ha creado alguien Superior, le agradezco el libre albedrío que me ha dado para pensar por mí mismo. Lo que lamento a estas alturas es que en mi formación no se haya incluido una asignatura relativa a la historia de las religiones desde un punto de vista real, sin manipulación y enfocada con un criterio científico. Eso podría aclararme el nivel de tergiversación histórica al que se nos ha sometido para afianzar, como religiosos, principios universales de convivencia y de relación que son innatos en los seres humanos, y que han servido de enfrentamiento e imposición, a la vez que han justificado, y siguen haciéndolo, el derramamiento violento de sangre, el desencuentro y la ostentación del poder.

Finalmente, queridos amigos/as, quiero mostrar mi convencimiento más absoluto de que, si Dios existe, por definición: DIOS ES LAICO. En otra reflexión lo argumentaré, esperando que mi sangre y flujos vitales, entre los que cuento el intercambio de emociones y afectos hacia todos mis amigos/as y seres queridos, no sean derramados por esta causa. De todas formas, vaya por delante mi más absoluto respeto a cualquier otra argumentación constructiva que pueda manifestarse.

Antonio Porras Cabrera

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ana P.
Otra vez yo, Antonio Amigo:
Esta reflexión tuya me ha hecho recordar que el otro dí vi en tv. "La Pasión de Cristo", de Mel Gibson y las sensaciones que me produjo esta re-visión de la película, ya que era la segunda vez que la "miraba".
Me pareció una autentica orgía de sangre para la que no se puede entender el reconocimiento y aplauso de la iglesia católica, si no es para continuar con la manipulación histórica de nuestras "almas culpables".
Fue mucho su sufrimiento, no lo dudo, pero ¿qué diferencia hay entre el suyo y el que sufren todos los dias los muertos aparecidos después de ser torturados en las calles de cualquier ciudad irakí (cuantos hoy, 50, 100..) o en cualquier otra parte del mundo?
Hay mucho dolor circulando, pero desde el fondo de mi espíritu siento que su sangre tiene el mismo valor que la de cualquiera de ellos, y no mas, y la Iglesias, las iglesias de este mundo en su afan por la permanencia tienen mucho que ver en que ese dolor se convierta en odio hacia los que no comulgan con sus credos.
A mis 45 años tengo que decir que no siento el menor atisbo de adherencia hacia lo religioso (que no a lo espiritual, que es otra cosa), y que me enfreto a la vida sola, como nací y me moriré y que me siento bien con ello.
Un abrazo de nuevo, amigo.