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sábado, 29 de mayo de 2010

Asertividad




Hace algún tiempo que quiero colgar algo referente al concepto de asertividad. Ciertamente no solemos ser asertivos en la mayoría de los casos, pues estamos atados por los modos y formas convencionales de comunicación, cargados de miedos y prejuicios que nos condicionan. Pero me parece importante tomar conciencia de que, mediante la asertividad, podremos comunicarnos mejor y más productivamente. Nuestras emociones necesitan ser gestionadas en el proceso de comunicación desde la inteligencia emocional hacia el fin que se pretende.

Para clarificar el concepto y dar una visión más operativa de ella he pululado por diversos lugares, tanto de Internet como bibliografía particular, con la intención de compartir algunas apreciaciones que espero sean de provecho y del agrado del lector visitante. Yo me identifico con estos planteamientos, aunque no siempre los ejerza, en el convencimiento de que es una técnica comunicacional muy madura y sensata, que ayuda a crecer intelectualmente y facilita la convivencia y el diálogo constructivo.

Como estrategia y estilo de comunicación, la asertividad se diferencia y se sitúa en un punto intermedio entre otras dos conductas polares: la agresividad y la pasividad (o no asertividad). Suele definirse como un comportamiento comunicacional maduro en el cual la persona no agrede ni se somete a la voluntad de otras personas, sino que manifiesta sus convicciones y defiende sus derechos.

Es una forma de expresión consciente, congruente, clara, directa y equilibrada, cuya finalidad es comunicar nuestras ideas y sentimientos o defender nuestros legítimos derechos sin la intención de herir o perjudicar, actuando desde un estado interior de autoconfianza, en lugar de la emocionalidad limitante típica de la ansiedad, la culpa o la rabia.

Por tanto, la asertividad es aquel estilo de comunicación abierto a las opiniones ajenas, dándoles la misma importancia que a las propias. Parte del respeto hacia los demás y hacia uno mismo, planteando con seguridad y confianza lo que se quiere, aceptando que la postura de los demás no tiene por qué coincidir con la propia y evitando los conflictos de forma directa, abierta y honesta.

¿Por qué la asertividad?

La asertividad permite decir lo que uno piensa y actuar en consecuencia, haciendo lo que se considera más apropiado para uno mismo, defendiendo los propios derechos, intereses o necesidades sin agredir u ofender a nadie, ni permitir ser agredido u ofendido y evitando situaciones que causen ansiedad.

La asertividad es una actitud intermedia entre una actitud pasiva o inhibida y otra actitud agresiva frente a otras personas, que además de reflejarse en el lenguaje hablado se manifiesta en el lenguaje no verbal, como en la postura corporal, en los ademanes o gestos del cuerpo, en la expresión facial, y en la voz. Una persona asertiva suele ser tolerante, acepta los errores, propone soluciones factibles sin ira, se encuentra segura de sí misma y frena pacíficamente a las personas que les atacan verbalmente.

La asertividad impide que seamos manipulados por los demás en cualquier aspecto y es un factor decisivo en la conservación y el aumento de nuestra autoestima, además de valorar y respetar a los demás recíprocamente.

Derechos asertivos

La asertividad parte de la idea de que todo ser humano tiene ciertos derechos:

1. Derecho a ser tratado con respeto y dignidad.
2. En ocasiones, derecho a ser el primero.
3. Derecho a equivocarse y a hacerse responsable de sus propios errores.
4. Derecho a tener sus propios valores, opiniones y creencias.
5. Derecho a tener sus propias necesidades y que éstas sean tan importantes como las de los demás.
6. Derecho a experimentar y a expresar los propios sentimientos y emociones, haciéndose responsable de ellos.
7. Derecho a cambiar de opinión, idea o línea de acción.
8. Derecho a protestar cuando se es tratado de una manera injusta.
9. Derecho a cambiar lo que no nos es satisfactorio.
10. Derecho a detenerse y pensar antes de actuar.
11. Derecho a pedir lo que se quiere.
12. Derecho a ser independiente.
13. Derecho a superarse, aun superando a los demás.
14. Derecho a que se le reconozca un trabajo bien hecho.
15. Derecho a decidir qué hacer con el propio cuerpo, tiempo y propiedades.
16. Derecho a hacer menos de lo que humanamente se es capaz de hacer.
17. Derecho a ignorar los consejos de los demás.
18. Derecho a rechazar peticiones sin sentirse culpable o egoísta.
19. Derecho a estar solo aun cuando otras personas deseen nuestra compañía.
20. Derecho a no justificarse ante los demás.
21. Derecho a decidir si uno quiere o no responsabilizarse de los problemas de otros.
22. Derecho a no anticiparse a las necesidades y deseos de los demás.
23. Derecho a no estar pendiente de la buena voluntad de los demás.
24. Derecho a elegir entre responder o no hacerlo.
25. Derecho a sentir y expresar el dolor.
26. Derecho a hablar sobre un problema con la persona implicada y, en los casos límite en los que los derechos de cada uno no estén del todo claros, llegar a un compromiso viable.
27. Derecho a no comportarse de forma asertiva o socialmente hábil.
28. Derecho a hacer cualquier cosa mientras no se violen los derechos de otra persona.
29. Derecho a tener derechos.
30. Derecho a renunciar o a hacer uso de estos derechos.

Receta-ideario para ganar asertividad

1. Puedo cambiar mi modo de pensar. Tengo derecho a cometer errores porque la pauta ENSAYO-ERROR está inscrita en mi biología (rectificar es de sabios).
2. Veo la realidad según mis propios matices semánticos. No hay fracasos sino resultados. No hay obstáculos sino oportunidades. El miedo es lo que segrega mi cerebro cuando no decido o cuando no resuelvo un problema.
3. Vigilo PRIORIZAR MIS OBJETIVOS sin enredarme en lo accesorio, gozando el aquí y el ahora sin referencias al pasado (culpas) ni al futuro (preocupaciones).
4. Afirmo mis deseos o sentimientos, en vez de manipular a otros. Decido por mí mismo lo más posible, porque trato de no delegar mis asuntos en manos de otros. Primero centro todo y luego priorizo cada cosa.
5. Celebro cuanto hago, siento o pienso, sin consumirme por lo que me falta. Me contento con el MÁS O MENOS, en lugar del "todo o nada". (La vida es lo que te pasa mientras estas ocupado haciendo otros planes - J.W.Lennon).
6. Soy el único juez de mí mismo. Hacer que me respeten es más importante que gustar. Nutro mi autoestima con autoaceptación consciente, sentimientos equilibrados y trabajo diligente..
7. Resuelvo en vez de postergar. Confío en mis capacidades. No me lamento ni rebajo mi empeño, sino que actúo de inmediato sin mirar atrás. Si me atasco, REDEFINO el marco y veo el "diferente" paisaje de posibilidades.
8. "Un hombre sólo posee aquello que no puede perder en un naufragio" (proverbio hindú). Poseo lo mínimo para poseerme lo máximo. No poseo a nadie ni me posee nadie.
9. Convierto todo en mi vida, cada circunstancia, revés o problema, en oportunidad para crecer y aprender. Busco equilibrar mi conciencia, mis sentimientos y mis pulsiones.
10. Todas las filosofías y casi todas las religiones aportan coordenadas para situar el camino vital, con sentido y significación. En casi todos los casos, estas coordenadas son LA VERDAD Y EL AMOR. En este sentido, ser asertivo es ser virtuoso.

Que aproveche la receta.

viernes, 24 de julio de 2009

Influencia social

Hago un requiebro con este tema, para quien le motive, y sigo con el asunto que tenemos entre manos en el próximmo escrito.
Para aquellas personas que estéis interesadas en los temas relacionados con la influencia social y cómo nos integramos en el entorno mediante el proceso de adaptación (dónde fueres haz lo que vieres) os presento un artículo que acabo de publicar en la revista on-line “PRESENCIA. Revista de enfermería de salud mental”. Os adjunto el resumen o abstract, para ver de qué va.
La dirección es: http://www.index-f.com/presencia/n9/p0147.php Para bajar el texto completo se necesita la subscripción, que es gratuita e inmediata. Si os interesa entrar y tenéis algún problema estoy a vuestra disposición, para aclarar el proceso, en mi correo electrónico.


Influencia de la opinión del endogrupo en el cambio de opinión en mandos intermedios de enfermería.


Resumen.
Estudio experimental que evalúa el cambio de actitud u opinión de los mandos intermedios de enfermería en base al modelo teórico de la autocategorización en la influencia social. Para ello se realiza un diseño experimental, grupo control y mediciones solo "después", consistente en pedir a un grupo control (35 sujetos), su opinión sobre los factores que inciden en la implicación laboral; posteriormente se solicita al grupo experimental (23 sujetos) la misma opinión, pero se les informó previamente, a modo de comunicación persuasiva, de lo que opina al respecto el colectivo de mandos intermedios de enfermería en España, en función de estudios realizados previamente, que lógicamente son falsos e inexistentes, y cuyos resultados difieren substancialmente de los obtenidos en el grupo control. Se diseñó un cuestionario "ad hoc" donde se pedía el orden de importancia que se asigna a cada factor por su incidencia en la implicación laboral. Como resultado, observamos que sí existen variaciones significativas en relación a los factores: formación, conflicto y salario, mientras que no se observan en cultura organizacional y política de gestión. Podemos concluir que la consistencia de la opinión del colectivo respecto a la incidencia de estos últimos es mayor y menos variable que la de los tres factores primeros. El experimento es una variante del esquema experimental del estudio del cambio de actitud, propuesto por Montmollin (1977).1


Palabras clave: Actitud, Conformidad, Influencia, Identificación, Fuente, Normalización, Persuasión, Mandos intermedios enfermeros, Enfermería.

martes, 19 de junio de 2007

TU SIEMBRAS, TU RECOGES


Siempre me preocupó la influencia que pudiera tener, en la relación con los pacientes y su familia, el cómo se establece el primer contacto. Para mí, ha sido habitual hacerles ver a mis alumnos la importancia de realizar una buena gestión del momento de la recepción. Esta tiene una serie de connotaciones que hace de ella una pieza definitiva en el sistema de relación que se establecerá y desarrollará durante todo el tiempo que dure la asistencia sanitaria; la gestión del primer contacto, pues, es el elemento clave sobre el que pivotará el proceso de interacción.

Nuestra habilidad radica en la capacidad que tengamos para analizar la situación inicial y deducir aspectos clarificadores en relación a distintos factores, como son: personalidad del paciente, nivel de maduración, sus preocupaciones, nivel de ansiedad y angustia que le genera la situación, sus expectativas, experiencias anteriores con el sistema sanitario, información que tiene sobre su funcionamiento, conocimiento del medio, disponibilidad y actitudes receptivas o de rechazo, sus habilidades de relación, su nivel cultural, relaciones interfamiliares, rol que desempeña en la familia y sociedad, etc. En suma, hacer un excelente diagnóstico situacional.

Una vez detectadas y analizadas estas variables hemos de poner en marcha un proceso de comunicación que nos haga llegar al paciente y su familia de la forma más clara y precisa posible, buscando la plena confianza, tranquilidad y colaboración de todos ellos. En este punto juega un papel importantísimo nuestra capacidad de reconducir la situación hasta el lugar en que nos sintamos gestores del contacto, controlando la interacción inteligentemente para conseguir el objetivo al que me he referido.

A veces, para comprender las cosas, no hace falta nada más que ponernos en el lugar de la otra persona, empatizar, o en circunstancias similares. Sabemos, por propia experiencia, que cuando acudimos a un lugar nuevo o nos presentan a alguien, solemos tomar una posición expectante, hacemos una hipótesis sobre los valores del sujeto nuevo en función de prejuicios, experiencias anteriores, información que tenemos del mismo, etc. Cuando un sujeto llega a un centro sanitario por requerir algún tipo de asistencia, también elabora una hipótesis y establece unas expectativas. Esta hipótesis no cerrada, con disposición a ser modificada en función de las nuevas informaciones y observaciones que vaya practicando, de carácter dinámico y con la intención de aproximarse lo más posible a la realidad, tiene como singularidad “ser abierta”. Nosotros debemos aprovechar esta circunstancia para hacer la reconducción referida, buscando la forma de cambiar las predisposiciones del sujeto y situarla en la receptividad, confianza, colaboración y, en suma, en una actitud positiva, que permita el integrarlo en el equipo terapéutico como un elemento activo desde la perspectiva de paciente. Para ello debemos tener capacidad para interpretar su situación y de saber utilizar todos los elementos en que se apoya la comunicación para llegar a él. Nuestra imagen y la opinión que tengan los demás enfermos de nuestra conducta profesional determinarán prejuicios y expectativas. Si somos conscientes de sembrar un buen concepto personal, donde los propios pacientes se comuniquen valores positivos con relación a nuestra actitud y profesionalidad, llevaremos medio camino andado. Yo, por propia experiencia en mis ingresos hospitalarios, he vivido esos momentos de toma de información entre pacientes. Es habitual que el sujeto ingresado indique al nuevo ingreso, a petición de este o de motu propio, quienes son los profesionales que mejor atenderán sus peticiones, con los que podrá tener mayor confianza, los más agradables, los más competentes, etc.

Pero… ¿Nos faltan habilidades para establecer la relación? Es posible. A veces huimos de las situaciones conflictivas por no tener los recursos y habilidades que garanticen una gestión adecuada del conflicto. Justificamos esto diciendo que no soportamos a tal o cual paciente y que nos crea situaciones estresantes insuperables. Hacemos un afrontamiento de escape-evitación. Sabemos, por experiencia y estudios realizados, que el afrontamiento más efectivo es el directo. Es el que resuelve mejor las situaciones y eliminas la persistencia de estrés mantenidas en el tiempo. Dotémonos, pues, de esa capacidad para afrontar los problemas; es una excelente herramienta de trabajo. Podemos y debemos recurrir al intercambio de experiencia con los compañeros en momentos difíciles; ello nos permitirá enriquecernos y nos proporcionará apoyo social dentro del grupo de trabajo.

Por tanto, tú siembras, tú recoges. Si somos inteligentes entenderemos que una buena siembra lleva a una buena cosecha. Que el cultivo y el trabajo que conlleva es menor cuando la mitad de la faena nos la hacen otras personas, cuando nos disponen de forma receptiva a los nuevos pacientes que vayamos encontrando día a día. Debemos aprovechar la permeabilidad inicial para ir conformando una opinión y una disposición que facilite la relación. Si dejamos que el sujeto establezca un juicio equivocado o no adecuado para la interacción, estaremos permitiendo que se establezca un “hándicap” difícilmente superable en días sucesivos, que nos complicará la actuación, el entendimiento y la colaboración del paciente y de su propia familia. Por lo cual el primer objetivo es “ganarse al paciente”. Finalmente recordar la frase: “Lo que cura es la relación”, argumentación que mantienen Freud, Balint y Yalem entre otros. Puedes complementar el argumentario con el tema: Clima laboral… en busca del paraíso perdido (5/2/07), donde planteo la importancia de nuestra actitud para crear climas laborales donde podamos desarrollar nuestra actividad en consonancia con esta línea.

Este artículo lo podéis encontrar en nº 5 de la revista Presencia (revista de enfermería de salud mental) publicada por la ANESM, a la que os invito a visitar en http://www.index-f.com/presencia/n5/67articulo.php

lunes, 5 de febrero de 2007

Clima laboral ... en busca del paraiso perdido

Estas reflexiones están dedicadas a mi amigo José Luis Molino, que con su provocación me obligó a meditar sobre el tema para, así, publicarlas en la revista de la Escuela Universitaria de Enfermería de Cartagena, adscrita a la Universidad de Murcia. Espero que podáis criticarlas, asimilarlar y mejorarlas en aras de su objetividad.
CLIMA LABORAL … EN BUSCA DEL PARAÍSO PERDIDO.

Desde pequeños se nos pregunta qué queremos ser de mayores, a qué nos gustaría dedicarnos, cuál es la profesión que elegimos para participar en el desarrollo del colectivo social al que pertenecemos. Nosotros, cargados de fantasía e ilusión, nos definimos por una actividad determinada. Desde este momento idealizamos esa profesión como algo que nos llevará a la felicidad y al prestigio, al reconocimiento y la autosatisfacción. Su ejercicio será el paraíso de nuestra adultez.

Cuando iniciamos los estudios o preparación para ejercer la profesión, nuestra imaginación dibuja un campo de acción y de relación con el entorno que adornamos hasta crear un contexto de felicidad. Muchas veces, este contexto imaginario, se desmorona a las primeras de cambio, en cuanto mantenemos contacto con la realidad del ejercicio profesional. Encontramos gente “quemada” que nos habla de las dificultades, de las incompetencias ajenas (por lo general no de las propias), de lo dura que es la profesión y de un conjunto de cosas que nos hace pensar habernos equivocado. Nosotros, que vamos con la mente abierta, buscando aprender de todo y de todos, asimilamos las buenas y las malas disposiciones, las actitudes y las razones que las puedan sustentar, sin darnos cuenta de que la vida del sujeto que nos informa o influye es distinta a la nuestra, que nuestro principal objetivo es preservar nuestra identidad y potenciar nuestras actitudes para que la profesión imaginada sea una realidad. Es decir, no cribamos esos mensajes de desengaño para ubicarlos en el sujeto emisor exclusivamente y asimilamos su análisis personal como algo real y extensible a todo el mundo, sin considerar que sus circunstancias personales son, eso, personales e intransferibles y sus conclusiones resultado de sus vivencias en conjunción con su personalidad y demás circunstancias que lo identifican como un ser diferenciado.

Encontramos en nuestro entorno profesional gente variada. Sujetos ejemplares que trabajan con alegría y entrega, convencidos de que su realización y evolución personal pasa por el “bienhacer” en su profesión, que la interrelación es un instrumento terapéutico de primera magnitud en el caso de la enfermería (que fue la profesión elegida por mí), y que la instauración de un clima laboral positivo lleva a un mejor desenvolvimiento de la activad profesional, potenciando las relaciones humanas, la mutua ayuda, la integración, el compañerismo, y un sinfín de elementos que facilitan dicha actividad. Por el contrario, existen sujetos ponzoñosos, a los que ya me he referido, que solo se desenvuelven bien en situaciones de tensión, crítica continua, culpabilizando a los demás del mal funcionamiento de todo en una extraña justificación personal (concepto psicológico de externalidad defensiva), donde ellos son jueces de los actos ajenos y nada críticos con los propios. Son detractores de la plantilla, de los procedimientos, de otros estamentos, de los/as supervisores/as, de la dirección y de los propios pacientes y familiares. Toda esta crítica la hacen desde la cátedra del “no hacer nada”, sin comprender que ese tiempo que emplean en su discurso es el que deberían estar usando para otras actividades propias del oficio. Son sembradores del desánimo. Parece que busquen aliados para no estar solos en su apatía y descalifican insidiosamente a los que tienen actitudes constructivas. Aunque es cierto que entre uno y otro prototipo, por suerte, hay estadios intermedios, donde se ubica la mayoría del personal.

Pues bien, dicho esto, hemos de considerar cómo influyen todos estos posicionamientos en el clima laboral. Si reconocemos a la organización como un contexto ambiental de los comportamientos individuales y grupales y que este entorno es psicológicamente significativo para sus miembros, colegiremos que el clima laboral, u organizacional, tiene un peso específico importante en el desenvolvimiento de la organización como sistema, donde interaccionan un conjunto de atributos que determinan el ambiente de trabajo. El clima referido a la organización es algo así como su salud organizativa.

A partir de aquí cabe hacerse algunas preguntas: ¿Cómo me afecta psicológicamente el clima laboral?, ¿Qué puedo hacer para mejorar el clima de mi unidad de trabajo?, ¿Quiénes son los sujetos ponzoñosos que contaminan ofreciendo la manzana del desencanto?, ¿De quien tengo que aprender para mantenerme sano mentalmente y motivado?, ¿Qué necesito para irme a casa diariamente con la satisfacción del trabajo bien hecho?, ¿Qué puedo y debo hacer para que mis relaciones interpersonales en mi equipo y con los usuarios del sistema sean constructivas y enriquecedoras?

Como elemento de partida, yo rechazaría cualquier iniciativa que me lleve, a medio o largo plazo, a “tirar por la borda” mis ilusiones profesionales y a quemarme, puesto que estudié y planifiqué mi vida para desarrollarme plenamente a lo largo de mi existencia y el trabajo forma parte de ella en un elevado porcentaje. Por tanto, desplegaría capacidades y actitudes que facilitaran el afrontamiento de las demandas que se me planteen. Eludiría los sujetos ponzoñosos y bebería de la experiencia de aquellos otros que, con su conducta, me demuestran su propia realización personal y satisfacción con el trabajo. Intercambiaría experiencias y asumiría aquellas que me refuerzan en mis capacidades de afrontamiento y que me permiten un mejor desempeño de mi actividad. Puedo identificar aquello que más me satisface y motiva y compartirlo con mis compañeros. Siguiendo a Herzberg y su teoría bifactorial de la motivación, me preocuparía preferentemente de los siguientes factores:
• Logros de metas y objetivos.
• Reconocimiento por los logros.
• Trabajo con contenido e interés.
• Mayores responsabilidades.
• Progreso y perfeccionamiento en el trabajo.
• Relaciones interpersonales con mis compañeros, pacientes y sus familiares.

En resumen, y justificando la aparición en el título del concepto paraíso, intentaría que mi trabajo mantuviera un clima donde el crecimiento personal y profesional fuera una constante. Crearía un paraíso nutriente donde el positivismo triunfara sobre el negativismo. Todas y cada una de las cosas que integran la vida tienen una lectura positiva para los inteligentes, de todas podemos aprender mediante el análisis crítico, maduro y serio de ellas. Con ello mi maduración personal y profesional, mi desarrollo, mi autorrealización y mi satisfacción estarán garantizados.

En ese paraíso huiría de la oferta de manzanas podridas, cargadas por la envidia, la apatía, la no implicación, el cinismo, la crítica irracional, los conflictos interpersonales irresueltos y todos aquellos elementos negativos que abocan al infierno de un clima laboral insoportable, que trasciende a tu vida familiar y social, que te achicharra día a día hasta quemarte y hacerte renegar de aquella profesión que un día te ilusionó, a la que dedicaste parte de tu juventud para formarte cargado de esperanza en el futuro. Al menos, que conmigo no cuente para destruir mi propio proyecto. Yo velaré por mi salud mental y mi equilibrio, para desarrollarme y conseguir mis propios objetivos de realización y maduración personal, de esta forma habré contribuido a una sociedad más justa y solidaria mediante el granito de arena que me corresponde, pero sobre todo intentaré trasmitir salud a todos los que me rodeen.

Estoy convencido de que en esta reflexión quedan otros muchos conceptos por barajar para buscar ese paraíso, como tolerancia, comprensión, empatía, criterio, conocimiento, asertividad, etc. pero eso lo dejo para la reflexión propia y personal de cada uno. La singularidad y el autoconocimiento, amigo lector, hacen que no existan recetas milagrosas de aplicación general. Siempre aparecerán sutilezas que nos diferencian de los demás. Cada uno, pues, debe buscar sus propias recetas, pero aconsejo que no nos desprendamos de una buena dosis de “bonhomía”. Otro día, si te parece, hablamos de los otros elementos de la organización interesados en el tema y de cuales pueden ser sus aportaciones a este paraíso.
Antonio Porras Cabrera

sábado, 30 de diciembre de 2006

ESTRESORES EN ENFERMERÍA

IDENTIFICACIÓN DE ESTRESORES LABORALES EN PROFESIONALES DE ENFERMERÍA
(Artículo publicado en la revista PRESENCIA)

Resumen.

El afrontamiento de situaciones de estrés por los profesionales de enfermería en el ejercicio de la profesión, si no es adecuado, puede llevar a la instauración del síndrome del quemado. Luchar contra ello es preservar la salud mental de la enfermera y la propia profesión, garantizando una mejor asistencia al ciudadano, que es el objeto final de nuestra actividad. Como objetivo básico se propone la identificación de las situaciones o circunstancias que los profesionales de enfermería perciben como más estresantes. Para ello se ha proyectado un estudio de investigación, básicamente descriptivo, sobre la opinión de los profesionales que ejercen su actividad en centros hospitalarios y atención primaria, basado en los planteamientos de Gil-Monte y Peiró.

Muestra incidental de 110 sujetos de ambos sexos seleccionados de centros de atención primaria (23,66%) y hospitalización (76,34%).

Instrumento, cuestionario “ad hoc” de identificación de estresores laborales desarrollado con base en el modelo de Gil-Monte y Peiró (1997) compuesto por 28 ítems, de respuestas tipo Licker.

Los resultados se presentan en tablas donde se reflejan las puntuaciones medias de cada ítem, su desviación típica y el coeficiente de variación. Los desencadenantes que mostraron promedios más altos fueron a la sobrecarga laboral, el ambiente físico, exigencias socio-familiares y la falta de participación en la toma de decisiones; correspondiendo el valor más bajo a las relaciones interpersonales con compañeros. En relación a los facilitadores los profesionales se autoevalúan alto en: Autoconfianza, características de humano, altruista..., empático y en tendencia a afrontar problemas de forma directa.

En cuanto a la comparación entre atención primaria y hospitalización, encontramos que existe bastante homogeneidad entre los resultados de ambos colectivos. Las diferencias se podrían explicar por la dinámica diferenciada del trabajo y la propia organización del mismo. Se declaran más entusiastas en atención primaria y en hospitalización se definen más empáticos. La tendencia escape/evitación se da más en hospitalización. La percepción de sentirse quemado por el trabajo resultando casi 2 puntos más en hospitalización que en atención primaria.

Autores: Antonio Porras Cabrera, Concepción Bilbao Guerrero, Bernardo Vila Blasco

El artículo lo encontrarás completo a la página web:
http://www.index-f.com/presencia/n1/14articulo.php

sábado, 23 de diciembre de 2006

EL DERECHO A LA SALUD

Cuando realicé este artículo (trascrito fielmente) participaba en los foros de enfermería enmarcados en “Salud para todos en el año 2000” de la OMS. Trabajaba en un centro de Salud Mental y era supervisor general de noche en Carlos Haya. Mis inquietudes quedan claras, pero si observáis, la realidad actual, tras casi 20 años, mantiene algunos elementos de fondo, si bien las cosas han cambiado y el sistema sanitario se ha ido desarrollando en la línea que proponía. Si te apetece, te invito a compartir esas ideas.


EL DERECHO A LA SALUD(Publicado por Diario Sur el 8/8/87, pag. 23 - OPINIÖN)

El derecho a la salud es uno de los más preciados por el individuo, puesto que consecuentemente implica el derecho a la vida. La salud no se puede entender como el mero hecho de la ausencia de enfermedad, sino que es un concepto mucho más amplio y difícilmente definible, en cuanto responde más a un estado personal o individual resultante de la conjunción de tres factores como son el biológico, el psicológico y el social, que a una definición rígida y aplicable a todo ser humano. Cabría recordar aquí esa frase tan “manida”, pero tan real de: “No hay enfermedades, sino enfermos”, pero aplicada al concepto de salud. Por tanto, un individuo se acercaría más a la salud total, cuanto mejor y más adecuada respuesta emitiera ante un estímulo dado en cualquiera de los tres factores o áreas a que me he referido.

De todo lo anterior se desprende que la política sanitaria debe ser redefinida, en parte, y enfocada hacia la salud y no hacia la curación exclusivamente, de acuerdo con los objetivos establecidos por la OMS en Alma-Ata.

Hasta hoy los sistemas sanitarios se orientaron básicamente hacia la curación con el consiguiente apoyo en centros y técnicas específicamente curativas, como son los hospitales. Esto ha hecho que la mayor parte del esfuerzo económico se realice en aras de una mejor asistencia hospitalaria, quedando relativamente en el olvido el medio asistencial extrahospitalario.

Si hacemos un incursión retrospectiva hacia las últimas décadas, comprobaremos mejor la situación actual y, consecuentemente, podremos realizar un mejor diagnóstico de la misma.

Nuestro país, que entra en la década de los 40 prácticamente desolado por la guerra y aislado posteriormente a nivel internacional tras la evolución de la II guerra mundial, encuentra graves dificultades para su reconstrucción, permitiéndosele subir al tren del progreso en uno de los últimos vagones a un precio considerable. La dependencia tecnológica, que se mantiene en nuestros días, es claro reflejo de ello, amén de otras que no vienen al caso desarrollar.

En estas circunstancias fue necesario el replanteo y estructuración de un sistema sanitario adecuado. Pero la respuesta no fue, a mi entender, la idónea. Basándose en la expansividad que permitían unos ingresos considerable, mediante las cuotas que empresarios y trabajadores aportaban a la Seguridad Social y en el bajo coste inicial de la misma, se entró en una espiral difícilmente controlable a largo plazo. Se construyeron macrohospitales en las grandes ciudades, dejando a un lado a las comarcas y al medio rural, se dotaron de sofisticados medios, olvidando los aspectos elementales en la atención extrahospitalaria; se potenció la superespecialización y se dejó en relativo abandono al médico y practicante de cabecera o cupo. En resumen, sufrió un gran empuje el medio hospitalario (que era necesario), y se olvidó el extrahospitalario (donde también lo era). Esto confirma, en parte, el hecho de que el esfuerzo iba encaminado hacia la curación y no hacia la prevención y la salud. De todas formas, esta circunstancia no deja de tener un “tufillo” extraño, en cuanto las multinacionales hacen “su agosto” /enlácese esto con la dependencia tecnológica a que me refería antes). Lógicamente los “agostos” económicos para estas empresas (fármacos, electromedicina, aparataje, materiales varios, etc,) son más sustanciosos con la curación que con la prevención.

Es en este punto donde, a mi entender, se demostró una miopía proyectiva. Eran excelentes circunstancias (había poco hecho) para plantear una filosofía sanitaria enfocada más hacia la equidad y la salud, que para las superestructuras hospitalarias. Sin embargo, los grandes presupuestos se dirigen hacia los hospitales y se vacía del contenido económico necesario el resto de la asistencia. Diría más, incluso a nivel institucional, no se tuvo la intuición suficiente para dar opción a un cambio posterior que permitiera planteamientos y reformas consecuentes con la evolución socio-económica previsible. La situación actual y los pasados conflictos en el área sanitaria dan fe de ello, en gran medida. El sistema sanitario ha demostrado ser un gran “monstruo”, difícilmente manejable (gestionable), en tanto que tiene tentáculos anclados en multitud de intereses, tanto económicos como socio-profesionales o de filosofía asistencial.

La situación actual se objetiva en una gran estructura sanitaria, de difícil gestión, con una capacidad especializada en “respuestas terminales” a la enfermedad con poco potencial preventivo y de atención primaria, impregnada de intencionalidad curativa, pero falta de capacitación para promover la salud.

Los nuevos tiempos, que a nivel sanitario se apoyarían en la conferencia de Alma-Ata, con su lema de “S alud para todos”, requieren un cambio considerable en la filosofía asistencial.No se puede negar que en los últimos años hemos vivido un proceso evolutivo sin precedentes, sobre todo, a nivel tecnológico y de servicios. Pero cabe preguntarse: ¿Ha servido este para hacer al hombre más libre, más integro, más dueño de sí mismo? Las respuestas pueden ser varias , pero nunca un sí rotundo, en todo caso un “sí, pero…”.

La salud se ha visto incrementada, pero no lo suficiente. Han desaparecido enfermedades y se han controlado otras, pero han aflorado patologías desconocidas basadas en gran medida en el sistema de vida. El ciudadano tiene más información, pero no toda la precisa y necesaria. La enseñanza está más al alcance de la mano, pero no es la adecuada para “ser”, sino más bien para “estar”. La riqueza se ha incrementado, pero no está bien repartida. Etc., etc. de “peros…”.

Por tanto, cuestionemos la situación, critiquémosla y sacaremos conclusiones que nos permitan redefinirla y estructurar un sistema sanitario integral, adecuado a nuestras necesidades como ciudadanos de pleno derecho. Pero no caigamos en el error típico de criticar para que otros hagan… La crítica debe aportar alternativas en las que nos hemos de implicar. Nadie tiene derecho a exigir que se construya algo a su gusto si no participa en ello de forma decidida.

En estos días se han celebrado varios foros de enfermería en nuestra provincia. En ellos se han intentado analizar los 38 objetivos que se han planteado cumplir los países del área europea de la OMS y la implicación que enfermería tiene en ellos. Las conclusiones, que espero sean publicadas en su día, han sido varias. Además de quedar de manifiesto el entusiasmo de un colectivo de profesionales por aportar algo para mejorar la salud de sus conciudadanos, yo me atrevería a desprender dos importantes conclusiones:
1. Educación para la salud.
2. Potenciación de la atención primaria.

La educación para la salud es un concepto que engloba una “filosofía de vida”, una actitud, tanto colectiva como individual, encaminada a dar a conocer al individuo y su medio, aspectos relacionados con su “funcionamiento” bio-psico-social para hacerle más conocedor de sí mismo y de forma más integral. Esto hace replantearnos la enseñanza en las propias escuelas, la utilización más eficaz de los medios de comunicación en este sentido, la concienciación del ser humano al respecto. Un ser es más libre en cuanto más autonomía y conocimiento de sí mismo tiene, lo que le lleva a una mayor independencia. Por otro lado, los técnicos en salud tenemos un papel de principal importancia en esta educación. Nuestra función educativa, tanto del individuo sano como enfermo, debe ser asumida y respetada en su totalidad, para lo cual nuestros propios sistemas de formación deben de reajustarse y ser enfocados en ese sentido de forma más decidida.

Potenciar la atención primaria implicaría ir desplazando el eje sobre el que pivota la asistencia, desde el medio hospitalario al extrahospitalario. Este es un proceso lento, pero debe ser decidido. Los resultados se plasmaría a medio y largo plazo, asumiéndose en atención primaria la mayor parte de la resolución de los problemas de salud y apoyándose en la atención secundaria y terciaria para los casos más complejos. Al mismo tiempo, cabe suponer que se podría llevar a término un corrimiento paulatino de los presupuestos económicos con arreglo a la situación, sin quedar descapitalizado en ningún caso el medio hospitalario.

Es evidente que los centros de salud, donde se debe realizar la atención primaria, son pocos y están mal dotados aún. Pero de nada nos servirá rodearnos de estos centros si no les llenamos de contenido. Se necesitan unos profesionales con un nuevo sentido de la asistencia, capacitados para ella, enfocada hacia la promoción y prevención de la salud, además de la curación y rehabilitación. Esto implica la inclusión de otras profesiones no tan comprometidas, hasta hoy, en la asistencia sanitaria; me refiero a psicólogos, veterinarios, sociólogos, asistentes sociales, etc.

No obstante, la creación de un centro de salud, por sí solo, no puede garantizar la consecución de los objetivos descritos. Se necesita una cooperación multisectorial, una actitud más participativa de la población, incluso un incremento de la cooperación internacional para resolver los problemas comunes. No se puede dejar solos a los profesionales de la salud, hay que apoyarlos, dotarlos de los medios adecuados cuando los objetivos son claros. La Administración debe mantener una política sanitaria consecuente, con miras al futuro, planificando un proceso metódico que permita el cambio paulatino del sistema. En ello estamos y eso queremos los profesionales. Esperemos que la Administración dé nuevos impulsos a la atención primaria, que los frenazos perceptibles sirvan para tomar nuevas fuerzas y evitar errores, pero en ningún caso que se aborte la reforma del sistema sanitario.

Antonio Porras Cabrera

domingo, 17 de diciembre de 2006

Fabula de los rios

Este es el primer escrito que cuelgo. Espero que te guste.



FÁBULA DE LOS RÍOS

(Publicada en Diario Sur el 17/11/88. Pag. 21. OPINION)


Permítame el lector que distraiga su atención de forma poco usual en un periódico, contándole una fábula que, como todas, guarda en su interior una moraleja o sentido moral, extraída desde la perspectiva y opinión del autor.
Se cuenta que en tiempos pretéritos, cuando los ríos, árboles y demás creaciones tenían vida interior basada en la inteligencia, se dio el caso de dos ríos (a los que llamaremos rico y pobre) que surgiendo de una misma montaña, uno fue al norte y otro hacia el sur. Ambos nacieron con gran ilusión, pensando que con el tiempo irían recogiendo el agua de sus afluentes, de la lluvia, y la vida de su entorno se enriquecería con su paso.
El río Rico, que se dirigió al norte, se encauzó por un precioso y verde valle, lleno de fuentes que fluían a su paso enriqueciéndolo. Su cauce era cada vez más ancho, numerosos arroyuelos apoyaban su expansión. Su cuenca, amplia, gozaba de abundante lluvia, que de forma intermitente regaba sus montañas y sus valles. La vida crecía entre sus aguas, formando un ecosistema del que se enorgullecía, con lo cual se incrementaba su soberbia y confianza en sí mismo. Despreciaba a los otros por no tener su presencia, su fuerza rompedora y una vida como la suya. Estaba plenamente realizado; ya regaba huertas en sus valles dando preciados frutos, ya le visitaban para ver con qué gracia saltaba en sus grandiosas cascadas. En su cauce bajo, los barcos transitaban haciendo de él una vía de comercio y prosperidad. Figuraba inscrito en los libros de geografía como el Gran Río. Todo esto le llenaba de felicidad, se sentía respetado, querido por todos y tenido como modelo.
Un día, cuando su cauce era más ancho y sus aguas discurrían mansamente, empezó a notar algo extraño… los peces nadaban contra corriente, sus agua iban perdiendo la dulzura y un sabor desconocido le inundaba, estaba entrando en una masa que le hacía perder su propia identidad. El mar le estaba recibiendo y diluyendo en su inmensidad. Quiso resistirse, pero no pudo. Luchó desesperadamente, empujando, queriendo atravesarlo, pero le faltó fuerza para ello. Al final, rendido y agotado, se entregó llorando por lo que fue, porque allí terminaba su grandeza, concluían su soberbia y sus placeres; moría, dejaba su existencia.
Mientras tanto, su hermano que había ido hacia el sur, encontró otro valle, pero seco. Solo recibía agua con la lluvia, que por lo general era torrencial, dejándolo cargado de troncos, ramas, hierbajos, tierra y piedras. Sentía miedo por su vida, ya que los hombres intentaban aprovechar el agua de su cauce para el riego. A veces se encontraba preso sin saber por qué, almacenado en un dique del que se le permitía salir al antojo de otros seres. Temía cuando el tórrido sol del verano evaporaba sus aguas y haciéndolas volar por los aires las llevaba al norte para enriquecer a otro río extraño; evitaba saltos y cascadas. Cuando asomaban nubes por el horizonte, una profunda alegría le inundaba, aparecía la esperanza, y la ilusión de vitalizar su existencia hacía brillar sus ojos; pero siempre pasaban de largo, caminando hacía otros lugares, para regar y fortalecer a lejanos desconocidos. Quedaba sumido en una profunda tristeza entrecortada con rabia, quería rebelarse contra ello, escapar de su cauce, mas era imposible, su sino estaba servido. Se quejaba de su maldita suerte y de la ladera del monte donde naciera, que le condujo hacia el sur. Luchaba desesperadamente por mantener su existencia. El sabía que era un río sin importancia, todas sus ilusiones infantiles fueron borrándose a golpes de cruda realidad. No era capaz de engendrar vida en su interior como él hubiera querido. La gente lo cruzaba, pisoteando su cauce sin respeto y hasta le llamaban “arroyuelo”, haciéndole morir de vergüenza. Con tal de crecer aceptaba toda clase de aguas sucias y putrefactas, aunque ello le descompusiera y enfermera… quería seguir viviendo.
Un día, cansado de luchar, recibió una fresca sensación. Era otra agua, con otro sabor, en la que aparecían inmensidad de peces y de vida. Suavemente se fue diluyendo en ella. Aquello era un reposo, al fin encontraba su descanso, ya no tenía que luchar más, ahora formaba parte de una inmensa masa. Había dejado de existir como individualidad, pero también de sufrir y pelear. Por el mar supo de su hermano, de su grandeza y bravura, de su titánica lucha con la muerte. Y pensó: “Él nació con más suerte”.
Esta puede ser la historia de dos ríos y de dos hombres.


Reflexiones:
Este artículo lo escribí hace 18 años. Había estado de vacaciones en Palencia (Alto Campoo) y descubrí la singularidad del “Pico Tres Mares”, del cual parten las tres vertientes que desembocan en los tres mares que bañan las costas españolas: Mediterráneo, Cantábrico y Atlántico. Esto me hizo pensar cuan diferente sería la suerte del agua según cayera en uno u otro lado del pico. Observé cierta similitud con los lugares de nacimiento de las personas y su destino, su cultura y su forma de afrontar la vida. No es lo mismo la filosofía indú y/o budista, donde el Karma tiene un peso específico determinante, a la occidental, que lucha denodadamente contra el “destino” mediante la evolución científica y médica. En la primera, la muerte es aceptada con naturalidad, como paso a otra vida, que, tras sucesivas reencarnaciones, permitirá subir escalones hacía la perfección espiritual; en la segunda, existe la inseguridad de qué nos encontraremos tras la muerte, un premio o un castigo; como es lógico, la conciencia culposa que nos han infundido nos lleva al miedo al castigo y a revelarnos contra la muerte, luchar intensamente contra ella y vivirla como una tragedia.
Ahora, todo esto, me recuerda los movimientos migratorios de un valle al otro mediante cayucos, pateras, falsos viajes de vacaciones, incluso apoyándose en las mafias… el río pobre buscar volar a otro valle donde encuentre cauces más abundantes, cueste lo que cueste, aunque sea participando en el arroyo más insignificante y miserable; piensa que podrá formar parte del Gran Río algún día.
De todas formas, seguro que a vosotros os despierta, también, alguna reflexión digna de comunicar.
Antonio Porras Cabrera