lunes, 2 de abril de 2007

¡VIVA EL VINO…! Dijo el Ello.


Un buen amigo me decía que tenía demostrado científicamente la existencia del superyo. Ante mi insistencia e interés, me planteaba: ¿No ves que el superyo se diluye con el alcohol? Esto me hizo reflexionar lanzando mi imaginación y lógica en busca de las explicaciones que justificaran tan acertada afirmación, pues tengo visto y comprobado que, ante unas copas de vino, nos volvemos más comunicativos, abiertos y con mayor capacidad para expresar sentimientos, afectos, emociones, y cualquier otra cuestión que nos cree conflictos al exponerla, tanto internos como externos, incluido el contacto corporal. Al relajar las barreras y la rigidez que el sistema educativo nos ha ido imponiendo a lo largo de nuestra vida, hace que afloren y se expresen pensamientos, sentimientos y deseos “poco correctos políticamente", según los valores y principios morales y éticos de nuestra sociedad, pero que están presentes en nuestra mente. Podemos decir, pues, que el vino es una válvula de escape. Lo que nos permite, en el marco psicoanalítico, que el contenido latente aflore con mayor precisión, ya que el manifiesto se aproxima a él sin tanto tapujo. Por tanto, concluyo que “el vino es el aliado del ello”.

El otro día tuve noticia de que el gobierno pretendía aprobar una ley para regular el consumo de alcohol. Mi primera preocupación fue si los gobernantes estaban en condiciones de abordar esta materia, tan seria, sin analizar detenidamente su aplicación y sus consecuencias. Porque, si nos paramos a pensar, nuestra sociedad y la cultura que la sustenta están mediatizadas por el uso milenario de este producto. Yo me quiero permitir expresar algunas consideraciones sobre el tema, por si son clarificadoras para alguien. En todo caso, siguiendo con mi tónica habitual, las plasmo para el que quiera leerlas y/o comentarlas.

La concepción de la vida desde la perspectiva judeo-cristina está basada en el sufrimiento, la entrega, el padecimiento, etc.; en ningún caso se aprecia el enfoque hedonista y placentero de la misma. Ese mensaje ha calado tan profundamente que, hasta para salvarnos del pecado original, Dios mandó a su hijo a sufrir crucifixión y muerte a manos de los hombres. No vino a enseñarnos cómo disfrutar de la vida, a ser felices, a evitar el sacrificio innecesario, a mostrarnos la eficiencia en el desarrollo y la justicia social. Nos prometió un reino en el otro mundo, del que no hay constancia salvo por la fe. Lo que ha trascendido, es el sufrimiento, la flagelación del cuerpo como enemigo del alma, el considerar al mundo como perverso y tentador; en suma, demonizamos lo placentero (todo lo que está bueno engorda o es pecado). Un duro camino, sin duda, para llegar a ese reino. Claro que siempre queda el recurso de la contrición. Con un planteamiento como éste poca opción le damos al hedonismo. Sin dejarnos llevar por Nietszche, cuando dice: “Al decir cristiano, se sobreentiende que se pretende expresar odio a los sentidos, al deleite en general” y que considero criticable, sí cabe preguntarse hasta qué punto las religiones, en su pretensión sistemática de estructurar ética y moralmente al superyo, no han instaurado un modelo de conducta, si no patológico, sí enfocado al conflicto interno, donde este está garantizado, dado que el sufrimiento y lo prohibido prima sobre lo deseado. De todas formas, no deja de ser curioso que, desde el punto de vista simbólico, se represente en el vino a la sangre de Cristo. Es el alimento del espíritu. Puede que esa leve liberalización de los tapujos y tabúes que nos permite su consumo, se asocie a la sublimación del espíritu. Por tanto, no debe ser malo. Eso sí, el paralelismo se establece desde el sufrimiento y muerte. Una vez más la religión se apropia de las costumbres y hábitos de los pueblos para hacerlos suyos y reconducirnos en la línea que estiman más conveniente para sus principios.
Por otro lado, echa uno de menos esa orientación hacia las decisiones responsables y libres que satisfagan nuestras necesidades, hacia la crítica del entorno y el razonamiento, hacia la libre expresión de emociones en tolerancia. La asertividad no es un concepto que se cultive en esta sociedad. Se es asertivo desde el poder, que impone los principios, valores y leyes que nos rigen, pero no desde la razón sistemática; y el poder lo ostentan los poderosos, bien por la política, la religión o las armas. “Gracias a Dios” (esta expresión en mi discurso parece una incongruencia, pero que cada uno piense en el dios que estime conveniente) estamos entrando en una nueva era, donde cabría la posibilidad de conjugar el conocimiento y desarrollo personal con un mejor entendimiento entre los seres humanos, donde las mentes abiertas y tolerantes permitan un intercambio de ideas, creencias, valores, principios y razones que nos hagan crecer sin imposiciones irracionales. Mire usted por donde, echo de menos una asignatura de educación cívica desde el laicismo democrático, donde se plasmen y defiendan estos principios.

Hasta entonces, dejen que el vino ayude a expresar sentimientos, facilitar el diálogo, el contacto físico, compartir alegrías, enjugar las penas, a escapar razonablemente de este atropamiento entre el “quiero y no debo”. En suma, deje que este maravilloso elemento relaje mi superyo y permita sublimar mis deseos y necesidades frustradas. Démosle un cuartelillo al ello. Yo prometo no pasarme, tener un comportamiento políticamente correcto y que sus efluvios sean liberalizadores. Lo usaré para relacionarme puntualmente con mis amigos y compartir momentos de felicidad y acercamiento, de comprensión y afecto. Evitaré las borracheras, que nunca me permití. Mientras tanto, señor legislador, mire las causas que nos llevan a su consumo exacerbado, corríjalas y puede que seamos más libres. De lo contrario, en el caso del alcohol y resto de drogas, seguiremos observando un incremento del consumo. El problema no es el alcohol y las drogas, sino lo que subyace y nos empuja a su uso de forma irracional a cada uno, en función de nuestra personalidad.

Antonio Porras Cabrera.

2 comentarios:

Amigo dijo...

Es verdad que el vino ayuda a conocer el ello de la gente. Así se muestran como son de verdad. Si no solo falta ver las declaraciones de Aznar con dos copas de más, aunque luego las quiera reconducir. Las cosas son como son...

Anónimo dijo...

El vino siempre es bueno en su justa medida. Además, no hay mejor forma de disfrutar el vino si no es en compañía. Potenciemos el vino y disfrutemos del amplio campo que nos abre!
Baco Dios Romano