jueves, 30 de noviembre de 2017

La vieja foto y mi recuerdo


Año 1954. Aldea de los Pérez
Hoy ha caído en mis manos esta vieja foto de mi infancia. Ha sido la llave o el resorte que me ha trasladado al pasado, como una nave del tiempo. Tal vez tenía, entonces, tres años, y posaba junto a la mayoría de niños de la aldea donde vivía. Eran los escalones de la ermita, justo al lado de la escuela, lo que nos sirvió de grada para posar en la foto.

Es curioso cómo estas imágenes generan sentires y sensaciones que parecen olvidadas, cómo fluyen los olores, la brisa y el aire que acariciaba la cara, el olor de la tierra y su contacto, el canto de los pájaros, la sombra del granado y el sabor de su fruta madura, la higuera por la que trepábamos para hurtarle el fruto, o el olivo con su grueso tronco y el ramaje que acogía los nidos de las tórtolas, a las que desahuciábamos arrebatándoles su casa como desalmado banco acreedor, los huevos o los polluelos para criarlos en cautividad, desde la maligna inocencia infantil (aunque suene a oxímoron eso de inocencia y maligna).

Las travesuras infantiles, los juegos peligrosos impensables hoy, las pueriles luchas y combates de guerreros imaginarios, el gélido colegio en el invierno, la monotonía de la maestra repitiendo sus enseñanzas a ritmo de canciones, la casa carente de agua corriente, de servicios y de luz eléctrica; el alimento pobre, aunque suficiente, sin grandes manjares, pan y aceite, fruta del tiempo, garbanzos, lentejas a expurgar, alubias y potajes, por lo general, viudos de carne… tomate conservado en la botella con el arte y la habilidad que mostraba la madre para garantizar alimento en el invierno… la vieja chimenea donde chisporroteaba la húmeda leña soltando su nube de vaho, que impregnaba el ambiente, mientras las morcillas colgadas se iban, poco a poco, ahumando, resecando para mantenerse sanas y comestibles.  

El recuerdo del patio trasero, su muladar, la porqueriza y la cuadra, el gallinero y las conejeras, que dejaba patente una fuente más de suministro alimentario; eran las piezas claves del reciclaje, los animales que convertían los desperdicios en nuevo alimento a través de los huevos o el sacrificio de su propia carne, mientras el resto de orgánicos acababan en el muladar convertidos en abono natural para los campos.

Y cómo no, escasa ropa, cargada de remiendos que alargaban su vida hasta límites insospechados, sandalias de verano que pasaban el otoño con buen uso y solo era el mal tiempo la causa de su desecho para cambiarlas por calzados más acorde a los fríos inmisericordes del invierno, trajecito o ropa limpia de domingo para ir a misa. Paciencia maternal peinando lentamente nuestro pelo para erradicar los piojos y las liendres que ibas cosechando en el colegio. Vida pobre de recursos, pero plena de cariño; dura en su expresión, pero fortalecedora en el espíritu; maestra en la calle para curtirte en el combate, para conformar los grupo, identificar los roles y papeles de líderes y gregarios; una forma de socializarse desde las diferencias de clase que reinaban en aquel tiempo.

Pero sobre todo, me viene a la memoria, el contacto con la tierra. Cómo se hundía el pie dejando huella, su olor según el tiempo, seca o húmeda, polvorienta o embarrada, terrones que se deshacían con la pisada o charcos que invitaban a chapotear en ellos… y a la vista el olivar, ese inmenso ejército alineado marcialmente que parecía subir por la ladera para morir en la batalla del horizonte, con sus camadas cubiertas por la hierba que iniciaba la cadena alimenticia con los insectos, dando alimento a los pájaros que pululaban en bandadas.

Recuerdos de las trampas con sus danzarinas alúas que atraían a los pájaros quedando atrapados para engrosar nuestra mesa. Las hazañas y aventuras infantiles haciendo de cazadores furtivos de perdices, a las que cansábamos corriendo tras ellas para, desde el agotamiento, rendirlas hasta cogerlas con las manos como el que coge una gallina del corral. El espectáculo de los buitres leonados carroñeros, comiendo los cadáveres de los cerdos afectados por la peste porcina, mientras esperábamos que llenaran su estómago para acometer contra ellos y ver cómo les costaba levantar el vuelo ahítos de carne… o el singular espectáculo de la nevada de 1954 con las calles y campos blancos en una tierra siempre ausente, aunque anhelante, de nieve.

Y cómo olvidar la búsqueda por los campos de hierba para alimentar a los conejos, de ramas y raíces para el fuego, de brezo para hacer escobas rama, de nidos para hurtar los huevos de las aves, o de espárragos para completar la exigua dieta alimentaria de la familia. El campo era para el niño un extenso mundo a explorar que ofrecía la aventura de su tránsito, el descubrimiento de su orografía, de su flora y de su fauna silvestre, de los mares del trigal, del olivar inhiesto y ordenado, de las huertas y del río, del frutal y de las plantas que cultiva el hortelano… o de ese mundo mágico cargado de vida donde sorprende una serpiente que impresiona con su reptar sigiloso, el conejo que te salta en el camino, la perdiz que levante torpemente el vuelo, el zorro vigilante para batirse en retirada a la menor señal de amenaza, o el vuelo majestuoso de las aves rapaces explorando, con su vista penetrante, los campos en busca de la presa… albercas para el riego cubiertas por su verde manto de cama de rana donde escuchabas el concierto de múltiples croares, senderos abrigados de follaje y de zarzales y canales de agua fresca que marchaba en pendiente buscando las eras de las huertas para darle savia a la hortaliza. Una universidad de la naturaleza donde se cursaban los estudios de la vida, comprendiendo los principios y fundamentos que alimentan la existencia.


Hoy, cuando se ven las viejas fotos, afloran los recuerdos que nos fueron forjando para ser lo que ahora somos, porque somos lo que somos debido a lo que fuimos. Tal vez en el mañana serán de otra manera, no fraguados en connivencia con la naturaleza, sin haber sentido el contacto con la esencia de los campos, sin experiencia y compresión de los ciclos de vida que van marcando las estaciones: el nacer y florecer en primavera, maduración y recogida del fruto en el verano, languidecer en el otoño con las ramas desvestidas de sus hojas e hibernación en el invierno para dejar la semilla que siembre la esperanza de otro ciclo venidero… las fases de la vida se repiten tenazmente, mientras la mano del hombre no lo trueque y lo acabe destrozando todo. Mas eso solo podrá evitarse si el ser humano ama a la madre naturaleza, si se educa en ese amor y respeto comprendiendo que forma parte de un todo sostenido que, al romperse, solo puede conducir al caos y a la muerte.


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Crimen y castigo. Una reflexión


Esto de releer las obras que de joven se leyeron aporta un verdadero placer, no solo por lo que traiga de recuerdo de aquellos tiempos, sino por lo diferente que resulta la interpretación de una novela leída con 20 o menos años, de lo que ahora se descubre en ella. Durante los últimos tiempos he participado, y sigo en ello, en diferentes clubs o grupos de lectura, de la mano de mi amiga María Jesús Albarracín, en el Ateneo o en el que en estos momentos estamos organizando dentro de las actividades de ASPROJUMA, un libro fórum coordinado por Juan Francisco Romero.

Supongo que a vosotros os pasa algo parecido. Cuando se es joven y no se tiene el bagaje y la trayectoria vivencial que se arrastra en la madurez, las cosas se ven de forma diferente. Al releer una novela ahora descubres cantidad de matices e interpretaciones que antes se pasaron por alto o no llegabas a comprender. El análisis de los personajes, el entramado y sus componendas motivacionales, la génesis de las conductas, la personalidad y la complejidad psicológica de los protagonistas, una mejor y más justa imaginación del contexto y los matices de vestuarios,  y la mayor comprensión de la biografía del autor. En suma una percepción más completa de la obra y de sus mensajes en conjunto.

En esta sesión última de libro fórum, hemos tratado la novela de Fiódor Dostoyevski, Crimen y castigo. Es esa historia alucinante desarrollada en el San Petersburgo del XIX, capital de la Rusia Zarista. Curiosamente coincide con que este agosto visité la ciudad, por lo que, muchos pasajes de la novela, los situaba con mayor precisión en sus calles y plazas. El río Neva y sus canales, la avenida de Nevsky, el palacio Imperial (actual museo Hermitage), la catedral de San Pedro y San Pablo, etc.

Pero yendo a la novela, no deja de ser una historia intrigante, con conductas difícilmente comprensibles, cargada de personajes marcados por la miseria y necesidad para su subsistencia, con una amplia representación de las diferentes personalidades que puebla la ciudad y, sobre todo, el barrio. Los protagonistas: Rodión Raskólnikov, es un estudiante fracasado que subsiste como puede, incluso empeñando sus pertenencias, o mediante el dinero que le remite su madre, Pulkeria,  pensionista y su hermana Dunia con su trabajo; la usurera, Aliona Ivánovna, que se aprovecha de la pobre gente para llenar sus arcas, mientras su hermana, Lizaveta, es una santa mujer; Marmeládov, un exfuncionario alcoholizado y caído en la miseria que arruina a su familia mientras su hija, Sonia, se dedica a la prostitución para ayudar a la familia; el pretendiente de su hermana, Piotr Petróvich Luzhin,  sujeto enigmático, frío y trepa, que significa la salvación económica de la familia pero implica el sacrificio de ella por esa causa y, además, se promete sin contar con su consentimiento hiriendo su orgullo; el perverso Svidrigáilov que representa la maldad y la corrupción cargado siempre de sospechas; el Juez Porfirio que mantiene interesantes debates con Raskólnikov; Razumijin, amigo de Raskólnikov y sobrino del juez Porfirio… y sobre todo Semiónovna Marmeládova, mejor conocida simplemente como Sonia, que es la otra protagonista de la historia sobre la que recaen las desgracias, incluido el ejercicio de la prostitución, y sigue, desde su sumisión, entregándose a los demás, hasta llegar a enamorarse de Raskólnikov y seguirlo a su destierro, ofreciéndole una nueva vida en su compañía; vida que se adivina al final de la novela cuando Rodión toma conciencia de su amor por Sonia y ve la salida a su existencia conflictiva y psicológicamente traumática.

La trama tiene su esencia en la convicción de Rodión de que es lícito el crimen ejecutado por seres superiores, por líderes y mentes privilegiadas, que lo cometerían para salvar a la sociedad de una situación deleznable, de injusticia, o procurarles una mejor vida. Los grandes líderes, los Napoleones, han cometido asesinatos y crímenes bajo el convencimiento de que era un mal menor para conseguir un objetivo superior. Esa idea, descrita por él en un artículo publicado por una revista, parece que cuaja en su mente y, ante la miserable y usurera prestamista, él se siento autorizado para eliminarla y salvar al mundo de una arpía, por lo que decide matarla, tras visitarla en numerosas ocasiones y humillarse ante ella para conseguir empeñar, lo mejor posible, sus prendas, entendiendo que es justo que él le arrebate su dinero.

Lo consigue, y escapa, a duras penas, sin sospecha del crimen, pero antes ha tenido que dar muerte a la hermana de la usurera, que se presenta en la casa, para evitar ser denunciado. Lizaveta es una buena mujer que muere como un efecto colateral indeseable y así lo entiende él, pero eso le hace trastornarse aún más con este hecho. A partir de ese momento entra en una crisis cargada de suspicacias, de elementos autorreferenciales, sospechando que saben que él es el asesino. Por ello decide ocultar lo robado bajo una gran piedra en un solar descampado.

En todo este maremágnum emocional, de crisis existencial y de conflicto interno ético y moral, acaba descolocado, enfermo y trastornado su pensamiento. No es el superhombre que tenga derecho a cometer un crimen, sino el ser normal que ha de gestionar su culpa y, como culposo, requiere reparar el crimen. La llegada de su madre y su hermana, el cuidado y preocupación de su amigo Razumijin, el conflicto con el pretendiente de su hermana, las conversaciones con el juez Porfirio, la aparición del pérfido Svidrigáilov, la muerte de Marmeládov y el contacto con su familia y su hija Sonia, conforman un entramado intrigante que mantiene la atención y la ávida lectura. Resalto su confesión del crimen a Sonia, por la que ya se encuentra atraído, y la siembra del amor mediante el acto de ayuda y entrega de sus ahorros para dar sepultura a su padre, crea un vínculo especial. La confesión a Sonia lleva aparejada la culpa por la muerte de Lizaveta, a la que conoce Sonia y de la que conserva un crucifijo que le entrega a él como un talismán para que le proteja, lo que abre, aún más, la puerta del remordimiento por su asesinato.

Decide entregarse, tras ver como iba a ser condenado un inocente que se inculpa del crimen, y someterse al castigo reparador para purgar su culpa que asume sin paliativos, siendo enviado a Siberia a cumplir 10 años de reclusión y trabajos forzados. Sonia le sigue, pues su madre, tuberculosa, ha muerto y sus hermanos han sido ingresados en orfanatos con un importante donativo del perverso Svidrigáilov, que en un acto final ha dejado su fortuna a los necesitados y se ha suicidado. Mientras, su madre,   Pulkeria,  que piensa que se ha marchado al extranjero, aunque en el fondo sepa la verdad oculta, ha quedado en San Petersburgo junto a su hermana que se casa con su amigo Razumijin.

La bondad de Sonia se evidencia con los presos a los que ayuda escribiendo sus cartas y haciendo de correo en el exterior, lo que lleva, al final, a Rodión, a tener conciencia de su amor por ella y empezar a soñar con un futuro juntos, quedando en el aire, pero sobreentendido, que cuando termine su condena formarán un hogar.

Del autor dijo Friedrich Nietzsche: «Dostoyevski, el único psicólogo, por cierto, del cual se podía aprender algo, es uno de los accidentes más felices de mi vida». Luego, Nietzsche, elaboró su teoría del superhombre que tiene una coincidencia con el planteamiento que manifiesta Rodión Raskólnikov en el artículo que había escrito un tiempo antes del crimen en la revista y al que ya me he referido. También queda manifiesta esa idea cuando Rodión le dice a Sonia: “Y ahora sé, Sonia, que tiene poder sobre las personas quien es más fuerte por su inteligencia y su espíritu. Para la gente, el que se atreve a mucho es el que lleva la razón. El que más cosas menosprecia se convierte en su legislador y el más atrevido es el más escuchado. Así ha ocurrido hasta ahora, y así será siempre. ¡Sólo un ciego no lo vería!”

Yo destacaría como elementos más significativos desde un punto de vista psicológico, la joven personalidad de un soñador que va a estudiar a la universidad con el deseo de triunfo, pero que se ve atrapado  en un mundo de pobreza, miseria y de bajos fondos. Es esa exaltación megalómana que le precede en su proyecto inicial de vida, la que le provoca su idea de superhombre, de la justificación del crimen en función de la bondad resultante, eliminar a la usurera es un acto de justicia social en el mundo ruso prerevolucionario del siglo XIX. Luego, la miseria de su entorno, su incapacidad para ser insensible ante el dolor y sufrimiento ajeno, el afloramiento de su bondad ayudando a la familia de Marmeládov para pagar su entierro, el proceso de razonamiento que establece con el juez Porfirio, la toma de conciencia del mal causado y las diferentes manifestaciones de los otros protagonistas, le hace ver en su subconsciente que él no es un ser superior, sino uno vulgar, que no está exento de culpa ante un crimen y aflora el sujeto culposo, el que entiende la justicia desde la verticalidad donde el pobre hombre que infringe la ley ha de pagar por ello para redimirse, tal como describiría Freud con su segunda tópica y la figura del superyó años más tarde. Tal vez, como ya he dicho antes, una circunstancia incontrolada pueda haberle despertado esa culpa, esa ejecución injusta de Lizaveta que le tira por tierra el planteamiento. Ya no es la usurera la que muere para liberar a la sociedad de esa arpía, sino la buena hermana, la inocente, la bondadosa y trabajadora. Ello le enfrenta al fracaso del superhombre que se pensaba, al fallo de su objetivo y despierta el remordimiento.


De la fase de creerse superhombre, pasa a otra fase de verse como un pobre sujeto que ha cometido un crimen, que ha privado de la vida a Lizaveta y que, para más inri, hay un sujeto inocente que va a pagar su crimen. Quiso escapar de la normalidad, de la sociedad a la que pertenecía, pero surge de su interior la personalidad oculta que le corresponde por su procedencia relativamente humilde y le muestra que su delirio de superhombre no es más que eso, un delirio, y que no podrá vivir en paz bajo la culpa, sometido siempre a la suspicacia y la paranoia de ser perseguido y descubierto por el juez y la policía. Tal vez se dé un fenómeno de reubicación existencial, un proceso de maduración, dejando atrás los delirios juveniles para caer bajo el peso de la realidad social, ética y moral de donde viene. Enamorarse de una chica joven, pobre, que ejerce la prostitución para ayudar a la subsistencia de su familia, le despierta su propia sensibilidad en su entorno de referencia. Ese trastorno existencial, esa búsqueda de su esencia como ser humano, le ha tenido absorto, desconectado de su ambiente familiar y social, abstraído en su pensar y en su lucha interna por identificar y comprender su propia existencia que le permita salir de ese estado confusional. Cosa que consigue cuando un día, tras no venir a verle a la prisión por estar enferma su amiga Sonia, aflora el sentimiento del amor para conducir su pensamiento hacia un proyecto de futuro estable junto a Sonia, ejemplo de bondad y constancia en su dedicación y principios, eso sí, una vez que haya purgado su culpa…