sábado, 7 de marzo de 2009

Imbecilidad e invisibilidad (ceguera)


A la sazón del siguiente comentario colgado en el blog de mi amiga Inma Arrabal (http://siliceamni.blogspot.com/) quiero seguir con la línea de razonamiento iniciada y profundizar un poco más en ello:

“Decía Ortega y Gasset: "Yo soy yo y mis circunstancias". Sabia afirmación pues uno no escapa al medio en el que se desenvuelve y sus influencias determinan nuestra situación y hasta la estructura de la propia personalidad. Ortega y Gasset, demuestra ser un gran filósofo.

Por otro lado, se dice que en las tertulias madrileñas de café, un torero (¿Joselito?) al que se tenía por inculto, respondió a quien le enfrentó a semejante afirmación filosófica: "Ezo eh que c'a cual eh c'a cual". Otra forma de decir lo mismo desde la expresión vulgar.

Podemos deducir que el ser humano es un filósofo por definición, en mayor o menor medida, y que solo le frena su expresión el miedo al ridículo; ridículo que definen los intelectuales mediante las formas expresivas académicas que les protegen y amparan.

Digo esto porque la imbecilidad a la que aludes es madre de la invisibilidad intelectual y los imbéciles intelectuales los hay muy cultivados. Yo, cuando voy a mi pueblo, en el bar, escucho la filosofía profunda de la gente expresada a su forma y estilo y debato con ellos para enriquecerme.”

Pues bien, hace un par de años realicé una exposición fotográfica en mi pueblo sobre su evolución en el pasado siglo, con motivo del segundo centenario de su segregación del ayuntamiento de Antequera, al que había sido integrado por Diego de Narvaez en 1424, tras conquistarlo al reino de Granada. La visitó una señora y me comentó que se habían hecho diversos trabajos para celebrar el evento y ella compiló 200 historias contadas por diferentes personas del pueblo según su forma y estilo. Fue un trabajo muy interesante y participativo. Esta mujer, me decía muy contrariada, que un conocido catedrático de lengua que daba clases en un instituto, la descalificó por la forma de la expresión y los fallos de sintaxis y desajustes a lo académico. Reverbero esta historia a raíz de la apreciación de mi amiga Inma sobre la invisibilidad y la imbecilidad y mi comentario al respecto.

Nuestra sociedad e historia están llenas de situaciones parecidas, donde se le presta pleitesía a las formas y se obvian los fondos. Catedráticos y "chulapos intelectuales" se ríen de la forma de expresión del pueblo llano y lo descalifican por no ajustarse a las formas académicas, sin considerar el contenido del mensaje que se transmite y su profundidad. Esta situación coarta la libre expresión de la gente y empobrece el flujo de información y conocimientos. Es una actitud calificable de imbecilidad conjugada con invisibilidad (entendida como ceguera), aplicable a la falta de visión de una realidad que trasciende las formas en el sentido de lo intelectual o uso del intelecto (inteligencia). En todo caso, subyace un posicionamiento de arrogancia, insolencia, envanecimiento, soberbia y desprecio hacia un sujeto que no usa correctamente los términos académicos. Esta actitud pueril, falta de madurez intelectual, es un mecanismo de defensa para hacer notar las diferencias que, pensamos, mantenemos con el "populacho" y evidenciar nuestra mejor y más completa formación, que lleva a la superioridad intelectual, descalificando las ideas, razonamientos y argumentos que puedan exponernos en contraposición a los propios.

Por eso, lo inteligente, si se quiere comunicar y relacionarse con los amigos, es adaptarse a su forma de hablar, de expresarse, y constatar que lo significativo es lo que se dice y no cómo se dice, siempre que sea entendido perfectamente o, al menos, saber descodificar fehacientemente el mensaje que recibimos. Lo importante es mi capacidad para comprender y asimilar las ideas, y pasando por encima de las formas en que se expresan, aprehender la esencia del pensamiento ajeno y su trascendencia. De esta forma dejaré de ser un perfecto imbécil y me convertiré en un sujeto lúcido y capaz de crecer sin complejos ni vanidades estúpidas, desde la humildad y la sencillez que lleva al respeto hacia los demás y al reconocimiento de sus propias capacidades.

2 comentarios:

Sílice dijo...

Es que está visto que todo es relativo.Dices que lo inteligente, si se quiere comunicar con los amigos, es adaptarse a su forma de hablar, de expresarse y constatar que lo significativo es lo que se dice y no cómo se dice. Y estoy de acuerdo en cuanto a la comunicación oral. Pero si quieres comunicarte escribiendo y quieres hacerlo "literariamente", hay que tener en cuenta no sólo lo que se dice sino también cómo lo dices. La forma es importante, si no el escrito no es literario...Y si te consideras escritor, ahí está el problema o el quid de la cuestión.

Un abrazo,

Inma

Antonio dijo...

De acuerdo con el matiz, pero mi observación está más enfocada al ejercicio de una profesión donde la comunicación es una herramienta terapéutica, o a la relación amistosa entre iguales pero con diferente forma de expresarse.
La expresión literaria tiene sus reglas, aunque sigo insistiendo en que estas no deben de condicionar e inhibir al comunicador hasta anularle, cuando lo que pretende es llegar a gente de su entorno y condición académica.
En definitiva, el posicionamiento filosófico que subyace en mi exposición es que, si quiero llegar a alguien en concreto, deberé usar el lenguaje que este sujeto entienda y no el que habitualmente uso, puesto que yo soy el interesado en comuinicar, y la eficacia o eficiencia de mi actuación es resultado de mi propio acto comunicacional.

Un abrazo para ti

Antonio