jueves, 4 de agosto de 2016

Once años ya de ausencia paterna


En 1937
Hoy, 4 de agosto, hace 11 años que nos dejó una de las personas más importantes que han pasado por mi vida… o debería decir de las dos más importantes, pues no solo han pasado por  mi vida sino que la forjaron. Se trata de mi padre, que tal día como hoy, y en mi presencia, se embarcó en el viaje final que conduce al Hades. La parca se coló por la ventana y en un momento le arrebató furtivamente la vida. No pudimos hacer nada contra ella porque es habilidosa y sabe dónde pica y cuando el fruto está maduro. No sé si Caronte lo esperaba con la barca preparada para cruzar a la otra orilla, pero debió quedarse con dos palmos de narices, pues él quiso fundirse con la tierra de donde nació, a la que cultivó en su infancia y con la que jugó y se fusionó en una alianza nutriente, en un  trueque entre cuidados y frutos.

Sus cenizas quisieron volar y hacerse brisa, cabalgar con el aire para posarse en los frutales, para acariciar las hortalizas, para cubrirse del sol a la sobra del olivo, del almendro, del nogal o del cerezo, del ciruelo o el granado, del peral, del manzano o el membrillo… él los sembró, cuidó y amó, se alimentó de ellos y ellos cuajaron su cuerpo. Se nutrió con sus frutos dejándole la huella que todos llevamos de aquello que nos hizo y fraguó. Él era inhiesto, vertical, yerto de porte, arrogante y apuesto como el árbol que reta al cielo intentado alcanzar el firmamento, buscando crecer y crecer hasta conectar lo etéreo del cosmos con la tierra.

Llevaba en su interior la frustración de haber nacido en un mundo de la nada pero con la motivación para atropellarlo, de sobrepasarlo, y desarrollar la inteligencia y las capacidades que albergaba, a pesar de las trabas que en la vida le pusieron. Sin poder ir a la escuela de forma regular por dedicarse al trabajo del campo desde niño, por tener que cuidar de las cabras o los cerdos, por estar obligado al riego de la huerta, buscó con denuedo fuentes alternativas para aprender y adquirir conocimientos.

No más sembrar las ilusiones con su hembra, conocer el amor que conduce hacia el destino que forja una familia, le pusieron un fusil en las manos y le obligaron a pegarse tiros con su gente, contra los que eran suyos, contra sus primos socialistas que peleaban y morían en el otro bando. Él siempre decía que tiraba al aire, no fuera a darle a alguno de sus primos o de los suyos. Hizo la guerra porque hacer el amor estaba prohibido en aquella España miserable, donde el pan del día a día se fermentaba con el odio entre los hombres. Tras un año de guerra, pasó cinco años de mili en una árida África con el miedo a que la II Guerra Mundial les saltara a la cara como un tigre hambriento de sangre y carne joven. Al menos allí, entre la tiranía militar y la preocupación por su familia y lo sueños con su novia, adquirió mayor conocimiento, aprendió a leer y escribir mejor y las cuatro reglas, como se solía decir. Era un gran experto en historia. Le encantaba leer y conocer fechas, batallas, reyes y avatares del pasado. Él fue la fuente y el estímulo que tuve para hacer todo lo que he hecho en el mundo de la ciencia y el conocimiento. Él me inculcó el amor a la lectura, al saber, al razonamiento y la inquietud por una verdad que nos fue siempre ocultada a la gente de la prole, a los siervos de la gleba, al campesinado, al gañán y aceitunero al que solo debía interesarle el conocimiento del campo y su cultivo para bien del señorito.
 
En 1974
Nos exigió trabajar, responsabilidad, cooperación en el desarrollo de la economía familiar, como forma de ir forjándonos para afrontar la vida. En casa había que trabajar para salir adelante y si alguien quería estudiar debía hacerlo en sus horas libres. Y allí estaba yo. Saliendo del trabajo a las 6 de la tarde, yendo al instituto nocturno y volviendo a casa a las 11 de la noche, día tras día hasta acabar bachiller. La semilla caló y seguí estudiando y trabajando casi toda mi vida, enfermería, psicología, doctorado, diplomado de dirección de empresas y otras especialidades que forman mi curriculum, del que él se sentía tan satisfecho. Siempre pensé que yo conseguí aquello que le hubiera gustado conseguir él, por lo que él se sentía proyectado en mis éxitos académicos y profesionales. Él quiso huir de la nada y apenas pudo, yo, para él, lo había conseguido. Tal vez por eso existía entre los dos una especie de comunión, de entendimiento subliminal que nos acercaba en la comprensión y el respeto  mutuo. Tal vez por eso, siempre le ofrecí mis logros como homenaje.

¡Fue mi maestro en tantas cosas! Me enseñaba con paciencia, y de pequeño, a leer y escribir con corrección, a hacer las operaciones elementales. Me hablaba de historia y de geografía magistralmente. Despertaba en mi interior el interés por la familia, por su historia, contándome las cosas más recónditas de nuestros antepasados que él sabía, de Pepe el Portugués, del pariente Silverio que marchó América, de los hechos de la guerra y del riesgo que corrió su padre escondiendo al primo Chirisma cuando escapaba de las tropas nacionales, etc. etc. Era un libro abierto.

Al final tuvo suerte y ejerció de manijero en un cortijo, por un miserable salario, hasta los años sesenta, cuando pasó a trabajar en la construcción del pantano de Iznajar. Al menos garantizó que sus hijos no pasarían hambre, aunque sí necesidades, como todos en aquella etapa negra y sombría de la España franquista y sus secuaces. Luego, arrastrado por sus hijos y el futuro, marchó a Barcelona a trabajar. Allí vivió muchos años, pero cuando se jubiló y dado que dos de sus hijos habíamos vuelto a nuestra tierra, no dudó en volver también y afincarse junto a nosotros.

Le gustaba el canto y la juerga. Cantaba muy bien por Rafael Farina, Juanito Valderramas o Antonio Molina, la Paquera o la Niña de la Puebla,  por decir algunos. No era yo muy amante del cante, pero él me enseñó a conocer el drama del pueblo andaluz a través de ese cante, de sus letras de dolor y desencanto. Mas siempre fue un hombre sensato, cumplidor y responsable en su trabajo hasta que la salud le apartó del mismo. De mayor disfrutó de sus nietos y siguió viviendo como siempre había hecho, con la mesura y sensatez que requería su situación.

No creáis que ha muerto, no morirá mientras yo viva. Porque, como decía un paciente que tuvimos al que catalogaban de loco, “los muertos viven en la memoria de los vivos”. Por eso, cuando vuelvo del pueblo o de alguno de mis viajes, tengo la tendencia a tomar el teléfono para llamarlo y decirle: “Papá tranquilo, ya estamos en casa”.
 
En 1998
No tiene ninguna lápida, ni tumba o lugar donde reposen sus restos. Quiso ser como el aire, estar en todas partes, volar y saltar entre los árboles como el ave, alimentar los caracoles y nutrir las plantas, quiso volver a su lugar de procedencia, a su tierra natal. Desde entonces cada día creo más en el panteísmo.


¡¡¡Papá, hoy, tras 11 años de ausencia, seguimos estando contigo!!!

2 comentarios:

Myriam dijo...

¡Qué homenaje más tierno, más sentido!
¡Sí que viene en nuestro recuerdo!

En el caso de tu padre ¡Qué ejemplo de vida!
y que todo lo que sembrara en ti diera sus frutos
y más que multiplicados. Me puedo imaginar lo
orgulloso que él estaba de ti.

Un gran abrazo

Prudencio dijo...

La mejor manera de convencer es con el ejemplo. Él sabía lo que era mejor para sus hijos. Un abrazo, Antonio.