lunes, 29 de agosto de 2016

Aquellos años felices de los sesenta.

Foto de  1964

(Un relato en remembranza)

Cada etapa de la vida tiene su encanto. La juventud puede con todo y, en nuestro caso, aunque hubiera un sinfín de necesidades, la afrontábamos con la alegría del reto. Ahora, cuando se ha transitado por el mundo a caballo de tantas circunstancias y avatares de la vida que fueron forjando una personalidad cercana a la madurez, se mira al entorno y se ve la abundancia de recursos materiales, los diversos y originales mecanismos que nos facilitan la vida, el acceso a la información a través de internet y un cúmulo de circunstancias que nos permiten encontrar lo que buscamos a primeras de cambio. Entonces se aprecia la impresionante diferencia que hay entre los jóvenes de hoy y los de aquellos tiempos.

Hoy se está familiarizado con el asombroso mundo de la comunicación y la computación desde pequeño. Los padres entienden que quien no domine la informática y la tecnología punta será un analfabeto funcional el día de mañana. Es imprescindible que nuestros hijos conozcan y se ejerciten en ese mundo misterioso, vedado, en gran medida, a nuestro conocimiento de adultos sobrepasados, en mayor o menor grado, por el proceso evolutivo al que no pudimos subir por su vertiginosa marcha y las pocas habilidades, o capacidades, que fuimos adquiriendo en nuestro inapropiado plan de estudios y formación para estos menesteres. Nuestros hijos, de mente abierta, agilidad demostrada, y especial disposición para comprender y asimilar el lenguaje de las tecnologías punteras, juegan, se entretienen y desarrollan su inventiva con recursos impensables en aquellos tiempos nuestros. Consolas, telefonía, videojuegos que, con la aparición de las Playstation, conforman una oferta de actividades lúdico educativas o formativas con una diferencia abismal con lo que nosotros tuvimos.

Yo recuerdo que mis juegos tenían una doble vertiente. Por un lado, dada la imposibilidad de adquirirlos, debía fabricarme mis propios juguetes en función del proyecto que me hubiera planteado. Si quería jugar a tener un campo, con huerto y maquinaria agrícola, tenía que recrear ese campo en el patio de la  casa, buscar el lugar adecuado para poder construir una pequeña alberca, formar los almorrones de la huerta, la eras y los cauces por donde discurriría el agua, así como construir un tractor con el material que tuviera a mano, dotado de remolque, etc… Y vosotros os preguntaréis qué cómo se hace eso: pues con mucha fantasía, con imaginación y creatividad infantil, hasta tal punto que un mamarracho de invento podía parecernos una maravilla de diseño y construcción. Me construí con madera mis espadas, mi arco y mis flechas, mis armas de guerra, para ejercitar mis habilidades guerreras en el patio de mi casa. Tiro con arco, esgrima y ejercicios de corte militar para entrar en guerra con los paisanos del otro barrio.

Hoy no nos dejarían fabricar armas con un cuchillo, como a mí, con el riesgo de sufrir un accidente, pero en aquellos tiempos, o nuestros padres eran unos inconscientes, o la cultura familiar determinaba que los niños debían enfrentarse a su entorno desde muy temprana edad y aprender el uso de navajas y cuchillos como forma de desarrollo personal. Luego, conforme ibas creciendo, cambiabas la orientación de tus motivaciones para el ocio y juego. Nuestros padres eran analfabetos, o semianalfabetos, y no se sentían con los conocimientos suficientes para orientar nuestra educación, sobre todo en un mundo tan cambiante como el que se estaba viviendo. Ello, una vez que habías superado su nivel de conocimiento desde la escuela, nos permitía cierta libertad de movimiento apoyado en la excusa u orientación del aprendizaje y los libros.

Hubo en mi pueblo, allá por los 60 y 70, una generación de chavales cargados de energía y creatividad. Yo recuerdo  con especial cariño al colectivo en el que me integraba. Me viene a la memoria el malogrado José Porrino, Francisco Hinojosa, Salvador Gutiérrez, Antonio y Enrique Reina, José Bernardo, Hipólito y Miguel Ángel hijos del cuerpo de la Guardia Civil, y un amplio etc. Pero especialmente tengo el imborrable recuerdo de mi amigo Vicente Torralvo. Éramos uña y carne, hasta tal punto que formamos un club al que denominamos VIPO (Vicente y Porras), cuyo objetivo principal era el esparcimiento mediante la investigación y desarrollo en muy variadas vertientes: laboratorios farmacéuticos, tecnología en construcción  de barcos y armas de guerra, juegos, excursiones y demás.

El laboratorio se instaló en la guarrera o porqueriza de la casa de su abuela dado que no estaba en uso en ese momento; el problema vino cuando el cerdo ya comprado para el cebo quiso usurparnos el lugar, pero ese es otro tema. Tras preparar la dependencia buscamos mobiliario adecuado como pequeñas mesas, sillas, estanterías, etc. Recolectamos medicamentos varios de los desechados por nuestras madres y abuelas y cualquier otro que pudiera servirnos de componente para el ensayo. Nuestra inventiva nos llevaba a mezclar sustancias y ver cómo reaccionaban, tanto en frío como al calor del fuego, lo que nos dio algún que otro susto. El compuesto resultante se denominaría con la primera sílaba de cada uno de los integrantes que habíamos mezclado, dejando constancia de su fórmula. Luego, en un acto de maldad, inoculábamos el nuevo producto en los tábarros, previa eliminación del aguijón, y observábamos la reacción anotando en un papel el resultado de la misma. Cuando se iba acabando un producto y no teníamos más, le poníamos agua y pasaba a llamarse, por ejemplo: Caseosán aguado. Recuerdo, con cierta sorna, que decidimos disponer de orina usada como otro componente más, dadas las propiedades que le asignaban los hindúes, etiquetándola como Meaos puros; una vez nos faltaron y como no teníamos gana de orinar ninguno de los dos le añadimos agua y la cambiamos el título por Meaos aguados. El humor que no faltara para acompañar a la fantasía.

Os aseguro que conseguimos que reviviera un tábarro, que había resultado ahogado, aplicándole uno de nuestros productos. Luego, las multinacionales farmacéuticas no nos hicieron caso y la magia de nuestros inventos se perdió. La casa Roche nos obvió y todo fue un derroche de energía y creatividad desaprovechado.

En una ocasión diseñamos y construimos un barco… pero un barco de vapor que andaba solo. Nuestro astillero era pobre, de medios muy reducidos, por lo que recurrimos a lo que teníamos más a mano. Una lata de leche condensada vacía, un envase metálico de pastillas efervescentes, un corcho para cerrarlo haciendo de caldera, una barrita de bolígrafo atravesando el corcho en contacto con el vacío superior de la caldera que recogiera el vapor y, atravesando el casco del barco y hundiéndose en el agua, lo expulsara e hiciera chocar con ella  como fuerza de empuje. Para terminar debíamos usar algo que calentara la caldera y convirtiera el agua en vapor forzándolo a salir con la fuerza necesaria para propulsarlo, para lo que usamos un algodón impregnado en alcohol y depositado en un platillo de cerveza, que se colocaba bajo la caldera sometiéndola directamente al fuego, mientras se sujetaba por un mecanismo de alambre que hacía de soporte.

Ahora se trataba de construirlo. Quitamos tapa y culo de la lata, la presentamos en forma de hoja abierta y la doblamos por la mitad; a cada extremo le cortamos un trozo quedando un doble tronco irregular de pirámide unido por la base superior. Al doblar los bordes cortados en los extremos y sellarlos con cera formamos la popa y la proa; a la popa, más vertical y redondeada, le hicimos un agujero para que pasara la barrita del boli que venía de la caldera y se hundiría en el agua, la proa más biselada, con más inclinación y con una quilla fina que cortara el agua. Al fondo plomo para que hiciera de lastre y no volcara el invento. La estanqueidad se conseguía con el sellado de la cera. El barco estaba terminado, solo faltaba botarlo. No teníamos mar, pero sí una alberca pequeña con agua. Allá vamos.

El invento flotaba, el lastre lo mantenía sin volcarse y la caldera medio llena de agua estaba dispuesta sobre el platillo con algodón y alcohol, debidamente asegurado el corcho con alambra para que no saltara. Fuego y a esperar. Se consume el alcohol y no funciona. ¿Será que no ha dado tiempo a calentarse el agua y evaporarse? Más dosis de fuego y… poco a poco empieza a silbar un flujo de vapor que atraviesa la barrita del boli y lo lanza dentro del agua… lentamente el barco se desplaza y va cogiendo ritmo. ¡Albricias, el invento ha funcionado! Nos miramos y la cara de satisfacción lo dice todo.

Luego lo hicimos funcionar en la alberca del cura, en el cortijo de su abuela, en el pilar, etc. para asombro de los observadores. Todavía lo recuerda su tía Piedad y a veces lo comentamos.

Después vendrían otros inventos, como la fabricación de pólvora, la construcción de un cañón y algunas otras cuestiones de menor orden, que nos permitían esa felicidad que produce el logro de los objetivos marcados por la curiosidad de unos chavales que querían aprender y experimentar, cargados de inquietudes; pero eso lo dejo para otra ocasión, si es de vuestro interés…


11 comentarios:

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Vuelvo a retomar la sana costumbre de leer a los colegas y sigo pensando que es una delicia leerte, te voy a tener que poner el don delante de Antonio.

Antonio dijo...

Jajaja. Permíteme que juegue un poco con el Don y pon el Don donde quieras, al fin y al cabo es igual de donde es uno, lo importante es de donde vienes y a donde vayas. Nuestra generación ha hecho un gran recorrido, pues saliendo de la nada ha alcanzado unos niveles insospechados en aquellos tiempos.
Al Don le sumo de donde venimos, donde estamos y a donde iremos... que la cosa está poco clara.
Un abrazo

Loli romero dijo...

Jajaja, como me he reido leyendo el relato, yo freia patatas en el patio de mi abuela Carmen utilizando como sarten una lata de leche condensada vacia y en otra lata vieja ponia un algodon empapdo en alcohol y lo encendia con una vela. Luego las comia con mis primos y mi hermano y nos parecian buenisimas, como bien se refleja en tu relato, la imaginacion nos hacia construirnos nuestros propios juguetes y eramos felices asi. No habia otra cosa y eso nos forzaba a inventar, cada uno como podia.

Antonio dijo...

Loli, el ingenio de los críos es tremendo. Saben sacar de donde no hay. A veces somos los mayores los que sufrimos, pero lo importante es que aprendan de la vida con lo que tengan a mano, según el caso. Ahora compramos y regalamos tantos juguetes que no les da tiempo a sacarles el jugo.

Anónimo dijo...

Antonio es increíble la creatividad y el ingenio que se desarrolla cuando hay que inventar las cosas, y la memoria tan lúcida que tienes, es increible.

Antonio dijo...

Gracias, Anónimo. Es cierto lo de la necesidad agudiza el ingenio.
Un abrazo.
Por cierto, ¿Eres Mari Burgueño?

Luna llena dijo...

Hola Antonio, hoy me he acordado de ti pase y me ha gustado leer esas historias de tu niñez, un tiempo feliz.

Antonio dijo...

Hola Luna Llena. ¡Qué alegría verte por aquí! Hacía tiempo que no sabía nada de ti y espero que estés bien. Gracia por tus palabras y por pasar por esta casa.

Myriam dijo...

Eso de crear nuestros propios juguetes era genial
e incentivaba nuestra creatividad.

Hoy lo trato de hacer con mis nietas,
no quiero que todo sea comprado, la madre tampoco.

Besos

Myriam dijo...

Mi hija recuerda como construimos juntas
la casa de las muñecas ( tipo Barby)
que estaban tan de moda cuando ella era chica.
Yo siempre me había negado a comprárselas, pero
le regalaron dos, así que hicimos la casita,
los muebles completos, la ropa.

Antonio dijo...

Creo, amiga Myriam, que jugar y crear es mejor que jugar con lo que crea otro.

Besos