lunes, 11 de abril de 2016

De nuevo los gases de la deshonra humana


(Me gustaría conocer tu opinión sobre este blog para orientarme a la hora de tomar decisiones y cumplir el objetivo que me propuse. Si no te importa, te ruego contestes a una pregunta que aparece al margen izquierdo sobre el asunto. Gracias.)

Botes de gases lacrimógenos contra refugiados
Hubo un tiempo en que la palabra gases, tras la II Guerra Mundial, era sinónimo de muerte, de holocausto y de nazismo puro y duro, asociándose a tétricas cámaras de exterminio movidas por la más aberrante manifestación de la vileza y maldad del ser humano.

Luego aparecieron los gases lacrimógenos para disolver manifestaciones, para evitar la protesta, para eliminar la expresión de la disidencia. Quién de mi generación no recuerda a los grises lanzando botes de estos gases, balas de goma y ¿por qué no?, de cuando en cuando, escaparse algún tiro, allá por los años 70.

Siempre, desde el poder, se intentó controlar al sometido, al sumiso que se levantaba contra la injusticia, al necesitado y desesperado que, harto ya de esperar y de clamar al silencioso e indiferente cielo, pedía a grito pelado que se diera solución a unos problemas que él no había provocado, pero que le atosigaban y condicionaban la vida. Cuando la gente, cansada de la indiferencia de los gobiernos y de los yugos ungidos por dictaduras insoportables, pretendía manifestar su disgusto y desacuerdo mediante canales oficiales, se encontraba con el muro de la indolencia, de la apatía e impasibilidad. Los gobernantes hacían oídos sordos. Entonces no quedaba más remedio que lanzarse a la calle, gritar y patalear, mostrar ira, furia, indignación y coraje, para hacerse oír y conseguir los objetivos que de forma democrática deberían ser logrados si todo funcionara bien.

Ahora, cuando los poderosos siguen jugando al ajedrez sobre el tablero esferiforme de la tierra, cuando las guerras se fraguan en países no adeptos o de dificultosa filiación, geoestratégicamente importantes, cargados de conflictos seculares y con fronteras un tanto artificiales tras la descolonización de los imperios europeos, esa Europa le da la espalda y se desentiende de su responsabilidad histórica y de sus principios de justicia social y respeto a los derechos humanos.

Reconocer en su Constitución la esencia cristiana  de nuestra Europa era una reivindicación de determinados políticos europeos, como el señor Aznar. Pero es muy dificultoso comprender que se pueda hacer esa reivindicación a la par que se niega el asilo a los refugiados provenientes de esas tierras, que en su tiempo formaron parte del macroimperio colonial de las potencias europeas. No es de recibo hablar de esa raigambre cristiana a la vez que fotografiarse en las Azores. Solo el más puro cinismo intenta conjugar los principios hipócritas de un cristianismo trasnochado con el desprecio a los seres humanos que huyen de una muerte que los persigue a caballo de las balas, la miseria y el terror. No se pide un acto de caridad, que suele ser un paliativo de la injusticia sin erradicarla, sino un acto de justicia desde la concepción humanista de la vida, desde los valores esenciales de todo buen ser humano que se precie como tal.  

Pero hoy, una vez más, hemos asistido al baile del cinismo, a la interpretación de la farsa de la política, quedando patente que la Europa de los mercaderes no entiende de humanidad, que solo maquillan sus ideas y actos cuando hay un elemento que movilice significativamente emociones y sentimientos en la conciencia del pueblo europeo y que ello les lleve a la pérdida del control y a tambalearse la estructura social que sostiene el sistema.

Pobres refugiados. Pobres niños, a los que su alegría les ha sido robada en un tránsito dramático hasta llevarles a la desolación y la desesperanza, al envejecimiento prematuro al que arrastra la indolencia, el hambre,  la miseria y la desconfianza en los seres humanos. ¿Qué valores se siembran en esas mentes infantiles que ven llorar a sus podres de impotencia para poder dar solución a sus necesidades? ¿Quiénes son los culpables de ese fracaso prematuro de un proyecto de vida en esas infantiles esperanzas? ¿Quién pagará la factura de tal desaguisado y del odio que se siembra? Esa es la pregunta del mañana…


Hoy se vuelve a gasear a las personas que lloran su desgracia, a los indefensos que buscan angustiados solución a sus problemas, a los niños, las mujeres y los hombres que protestan hastiados de tanta espera bajo el barro, la lluvia y la miseria. Pero si no saben llorar, no se preocupen, con los botes de gases lacrimógenos seguro que lo logran… así no se sabrá si llorar por su suerte o su desgracia, o por efectos de los gases les mandan. Tal vez hoy lloren por las dos cosas, por su mala suerte y por la rabia que provocan los cínicos sujetos que les acogen con fuegos de artificio, con la irritante asfixia y lágrimas embasadas en botes, en lugar de un trozo de pan y algo de agua.  

2 comentarios:

Fanny Sinrima dijo...

Antonio, comparto tu escrito, tus sentimientos, tu condena de estos hechos inhumanos. ¿Adónde va Europa?...¡Qué corta nuestra memoria!
Te felicito por tratar este tema.
Un abrazo.

Antonio dijo...

Gracias, Fanny. Este mundo se ha globalizado para que circulen los capitales libremente y saque beneficio el mundo del dinero, pero no se han globalizado los derechos humanos, la justicia y la solidaridad que permita el acercamiento y la humanización de los hombres y mujeres que lo habitan.
Un abrazo