jueves, 14 de abril de 2016

La Res Pública


(Me gustaría conocer tu opinión sobre este blog para orientarme a la hora de tomar decisiones y cumplir el objetivo que me propuse. Si no te importa, te ruego contestes a una pregunta que aparece al margen izquierdo sobre el asunto. Gracias.)

La res pública es un término proveniente del latín, que hace alusión a la cosa pública; o sea, a todo aquello que afecta a la administración y al buen gobierno de la ciudadanía. De este término proviene la palabra república. Hoy es un día emblemático puesto que hace 85 años se proclamó la II República española.  Yo creo que nació con mala suerte, no ya por sus pretensiones, sino por las circunstancias internacionales que le impidieron, de una u otra forma, consolidarse. El teatro internacional presentaba un escenario complejo, con afloramiento del nazismo alemán y fascismo italiano, con una Rusia comunista vista con gran recelo por occidente, con unas potencias occidentales acomplejadas por la bravucona y prepotente Alemania hitleriana, que las acobardaba viendo venir una guerra mundial que pretendían evitar.

Pero hagamos un poco de historia hasta ese momento. La monarquía borbónica andaba haciendo aguas desde primero del siglo XIX. Tras el reinado de Carlos IV y los aconteceres de la invasión francesa con la consiguiente llamada guerra de la independencia, que fue una versión de guerra civil apoyada por franceses por un lado e ingleses por otro, o sea, un campo de confrontación entre las dos potencias que se batían por el dominio geoestratégico, aparece un Fernando VII, llamado “El Deseado”, que resultó ser luego el “Rey Felón”, como le apodaron. Fue el artífice de la deleznable década ominosa, tras llamar a otra invasión francesa (la de los 100.000 hijos de San Luis), que históricamente no tiene el trato de agresión, para perpetuarse en el trono desde el absolutismo. Dejó la herencia envenenada y sumida en una guerra fratricida entre Carlistas e Isabelinos (llamados cristinos por ser partidarios de la regente María Cristina) de la que se llagaron a dar tres guerras civiles, llamadas carlistas, a lo largo del siglo. Una Isabel II que, al final, salió por patas tras innumerables cambios de gobierno, asonadas militares, confrontaciones entre el liberalismo y el absolutismo, y, además, marcada por conductas lascivas poco recomendables en reinas. Es conocida la asignación de la paternidad de Alfonso XII al militar Enrique Puigmoltó, lo que le valió el sobrenombre de “Puigmoltejo”, y no al rey consorte, primeo de la reina, de dudosa virilidad, llamado Francisco de Asis. (Ver artículo de Cesar Cervera en ABC, periódico, por cierto, bastante proclive a la defensa de la monarquía).

No hablemos de Amadeo de Saboya que fue incapaz de encajar en este país tan peculiar; de la Gloriosa Revolución del 68; de la I República y el cantonalismo en una España desestructurada y rota por los malos gobiernos de la dinastía borbónica representada por Isabel; y finalmente de la restauración de la monarquía en la figura del malogrado y ya mencionado Alfonzo XII de la mano de Cánovas del Castillo (asesinado por un anarquistas en Mondragón en 1897), que vino a dar en otra regencia, por la temprana muerte de Alfonso, dado que su hijo póstumo, que sería Alfonso XIII, lógicamente no podía reinar.

El reinado de Alfonso XIII está lleno de controversia, como el de casi todos sus antecesores. Una España en crisis moral, política, social y económica inestable, con el trauma de la pérdida de Cuba y Filipinas en el 98, con las guerras y desastres de Marruecos, con la sangría sistemática de vidas que ello significaba, desembocó en la década de los 30 en pleno apogeo de la contestación obrera y una clara tendencia antimonárquica reclamando la instauración de la II República como forma de eliminar las desigualdades y conducir al país por el camino del progreso marcado por la Europa moderna a caballo de la democracia. La FAI y CNT el POUM en Cataluña, los movimientos campesinos andaluces, los mineros asturianos, etc., fueron sembrando la semilla de un cambio enfocado al dominio de los pobres, de los obreros, sobre el panorama político.

Por todo ello, las elecciones municipales de 1931 fueron determinantes para cambiar de régimen. La república podía ser la oportunidad de España para salir del atraso, del analfabetismo y el sometimiento del pueblo a las oligarquías dominantes y a los poderes fácticos del clero y adláteres. Se abría una nueva era, una etapa llena de esperanza para los demócratas, pero, a la vez, se vivió un tiempo revuelto, convulso, al tomar gran protagonismo los movimientos revolucionarios y anarquistas. Era el momento de cambiar, la puerta estaba abierta y el debate servido, por lo que cada cual intentó reconducir la nueva situación hacia posiciones propias en función de su ideología. Es una etapa no exenta de violencia desde el enfrentamiento entre los extremismos oponentes.

Por otro lado, dentro de los defensores de la propia república, se dieron dos posiciones diferentes para conseguir la evolución y emancipación del pueblo español, una era la revolución, que no se empezó a desarrollar hasta después del alzamiento rebelde y como consecuencia de este, mediante el protagonismo que tomaron las diversas fuerzas políticas del momento, si bien, el propio gobierno de la república, sin capacidad de control sobre las masas revolucionarias, acabaría sometiendo a estas a un control y reorientación más o menos eficaz para neutralizar el avance rebelde, pero sin conseguirlo definitivamente. Por otro el socialismo humanista defendido, como veremos, por el ministro Fernando de los Ríos, que pretendía lograr la emancipación del pueblo a través de la educación, del conocimiento y la cultura, lo que conllevaba la libertad y capacitación para pensar, pero de una forma pacífica y sostenida en el tiempo. Esa fue una de los grandes logros y proyectos de la II República, que se fue al garete con la victoria de los rebeldes, volviendo al ostracismo educacional desde una religión dogmática y una ideología política excluyente.

En este sentido, hay que remarcar que en ese periodo se dio uno de los avances más importantes en el mundo de la educación y de las libertades con el desarrollo de la soberanía popular. La intelectualidad del país estaba mayoritariamente implicada en el cambio y participaban activamente del mismo, tomado especial protagonismo los componentes de la generación del 27. La influencia de los planteamientos pedagógicos del rondeño Giner de los Ríos y su propia obra en funcionamiento (ver enlace) fue uno de los elementos claves a la hora de potenciar el conocimiento, la formación y educación de la ciudadanía, con la fundación del Instituto Libre de Enseñanza en 1876, que solo se truncó con el levantamiento del 18 de julio, volviendo España a la oscuridad de los tiempos y al sometimiento  y adoctrinamiento del nacionalcatolicismo, como ya he mencionado. Fue su sobrino, Fernando de los Ríos Urruti, un valedor de la educación a partir de su actividad como Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, durante la república. De este último quiero resaltar su defensa del socialismo humanista, como ya he dicho, a través del proceso educativo y no de violencia revolucionaria, dentro de un marco político de democracia liberal burguesa.

Pero, como dije también al principio, la II República nació con mala suerte. En aquellos tiempos se estaba fraguando el conflicto que llevaría a la II Guerra Mundial de la mano de tres tendencias ideológicas incompatibles; por un lado el nazismo alemán y el fascismo italiano, por otro el comunismo ruso y, finalmente, las democracias clásicas representadas por Inglaterra, Francia y EE. UU.

La Alemania nazi ya andaba ostentando y esgrimiendo su poderío militar que, como defienden muchos historiadores y estudiosos de ese tiempo, buscaba lavar la afrenta que había sufrido Alemania en la I Gran Guerra, cosa que queda demostrado con el hecho significativo de exigir la firma de la rendición de Francia en el mismo vagón que se firmó la de Alemania en 1918, dando, pues, un mensaje muy claro: “Esto es lo que hay, yo tengo un potencial militar de primer orden, si me retas ya sabes a lo que te enfrentas, deja que me vaya apoderando de Europa… tú sabrás lo que haces…” Esto hizo que a lo largo de la contienda civil, sobre todo Francia e Inglaterra, mantuvieran cierta ambigüedad, llamada neutralidad, respecto al conflicto que se desencadenó. Esa neutralidad se plasma en el acuerdo de no intervención, creándose un comité de seguimiento en Londres. Pero esa no intervención no fue real, Alemania e Italia, desde el principio ayudaron a los rebeldes y, posteriormente, lo hizo Rusia al abandonado gobierno republicano, pero los países democráticos de occidente no tomaron partido y solo permitieron la ayuda de las brigadas internacionales a título personal, que acabaron retirándose. Es más, Inglaterra, donde gobernaba el partido conservador no vio con malos ojos la sublevación y presionó a Francia, donde había un gobierno socialista, para que se mantuviera en la no intervención.

Luego, tras tres años de lucha, odio y muerte entre conciudadanos, acabaron imponiéndose las armas más modernas y el orden militar de los rebeldes, exiliando a la II República y forzando al destierro a miles de españoles de toda clase y condición en una diáspora de dimensiones insospechadas. Los que no se fueron acabaron sometidos a una etapa de represión de lo más terrible que se recuerda a lo largo de la historia. Las ideas te podían llevar a la marginación o, incluso, a la muerte. Ser republicano era asociado a ser rojo, comunista, la reencarnación del demonio traidor a los principios del régimen y, por tanto, anatemizado.  Los nacidos en la posguerra, en general, tenemos una imagen de aquellos tiempos dominada por el miedo y el sometimiento al clero y a la dictadura, que no dudaba en usar la tortura y la humillación, cuando no el aislamiento y la marginación de los vencidos, para imponerse.

Si no hubiera fracasado el levantamiento militar en primera instancia y no se hubiera llegado a producir la guerra civil la cosa habría tenido otro desenlace, pero la guerra llevó al exterminio sistemático del enemigo, en este caso de los defensores de la república y a un sistema de gobierno dictatorial que no nos dejó hasta 1975. Durante ese periodo de dominio total se adoctrinó al pueblo en un credo religioso y una ideología política única, condenado el librepensamiento y la disidencia. La II República había caído bajo las armas de la guerra y aún hoy se siguen viviendo sus secuelas, pues persisten los defensores de los rebeldes llegando a justificar tanta muerte y destrucción por esa divergencia. Pero lo que es peor, no se ha conseguido honrar a los muertos del bando vencido, mientras lo del bando vencedor ha sido subido a los altares de la honra. Esa herida no podrá ser cerrada hasta que no se zanjen las zanjas donde siguen los cuerpos olvidados y se les dé “cristiana sepultura”, eso no es despertar el odio, al igual que no lo será el elevar a los altares o al beaterio a los muertos religiosos, pues todos tienen derecho a ser honrados como se merecen; eso es hacer justicia histórica. Por eso, cuando alguien se niega a ello, mientras asiste y alaba con alegría a las beatificaciones de la iglesia, me produce pena y repulsa ante un sujeto de principios tan alevosos.

Hoy, 14 de abril, a los 85 años de aquella proclamación, me duele que tras tantos años no hayamos aprendido lo que es la democracia, la convivencia, y a diferenciar, en muchos casos, un gobierno legítimo como fue el de la república de un gobierno dictatorial y rebelde impuesto por las armas y el apoyo de las potencias del eje. No obstante, soy consciente de que analizar los hechos dados en ese tiempo es complicado desde la perspectiva actual. Los prejuicios sembrados durante tantos años, la situación socioeconómica del país, el desarrollo que ha vivido España en los últimos lustros y la creación de un estado de opinión mediatizado por esa realidad actual, nos aleja de la comprensión de un pasado marcado por la pobreza, la explotación y la desigualdad, junto a la escasez de libertad y la ausencia de soberanía popular. La II República se concibió, por una inmensa mayoría de los españoles, como la forma política de salir de un pasado escabroso y sometido a la monarquía y la oligarquía dominante, con la intención de dar respuestas satisfactoria a las demandas sociales en sus diferentes dimensiones. Eso quedó truncado por los intereses de grupos de poder, hasta acabar con ese proyecto y demonizarlo por parte de las ideologías conservadores en extraña alianza con falangistas y otros colectivos afines.

Me permito gritar hoy, como homenaje a esa república: ¡¡¡SALUD Y REPÚBLICA!!! para el buen gobierno de la Res Pública.

2 comentarios:

Mariano dijo...

¡¡SALUD Y REPÚBLICA!! Antonio. Muy buen articulo, historico e imparcial de las realidades de de cada momento. Gracias por tu trabajo y esfuerzo en pro de recuperar la "débil memória colectiva.
Un abrazo y... lo dicho. Salud y los eternos valores de la República.
Mariano.

Antonio dijo...

Mariano, lamentablemente, los españoles somos lo que somos por lo que fuimos. Sabiendo todo lo que ha pasado en nuestra historia más o menos reciente, me refiero a los dos último siglos, seguimos en las mismas, con un sistema educacional obsoleto y cultivando cabestros en lugar de pensadores.
Un abrazo