lunes, 18 de abril de 2016

¿España se rompe?

(Me gustaría conocer tu opinión sobre este blog para orientarme a la hora de tomar decisiones y cumplir el objetivo que me propuse. Si no te importa, te ruego contestes a una pregunta que aparece al margen izquierdo sobre el asunto. Gracias.)

España se rompe… hasta ahora el peso de la pruebe recaía en catalanes, vascos, gallegos y otros grupos independentistas y nacionalistas que reivindicaban la independencia, o un nuevo sistema de relación entre la gente de este Estado, País, Reino…  o lo que fuere, que define este constructo al que llamamos España. Pero no nos engañemos, el gran enemigo de la solidez de España no está en estos “elementos disidentes”, sino en lo que hace de ella un estado de injusticia, de desigualdad, de diferencias que benefician a unos y marginan a otros, de desajuste, de insatisfacción de la ciudadanía… Para que un Estado sea sólido, desde la concepción democrática y la soberanía popular, ha de estar fundado en el respeto a todos y cada uno de sus componentes, en la lealtad de sus gobernantes, en la justicia distributiva, en el reconocimiento de las diferencias culturales y su comprensión como complementos enriquecedores que lo magnifiquen, en la satisfacción de sus habitantes con la estructura organizativa del sistema y sus resultados. La argamasa que fragua una construcción de esta dimensión es la confianza, la lealtad y la justica social. Ello lleva a crear la mentalidad de solidaridad social, de implicación en la buena gobernanza y el desarrollo de programas comunes que beneficien a todos. Cuando eso no se da, la gente acaba hastiada, desengañada, sin sentirse componente responsable de ese Estado al que no ve como suyo.

Para solventar esa problemática los gobiernos han de ser ejemplares, con capacidad analítica para diagnosticar la problemática que pueda dar y ofrecer soluciones de consenso que permitan una convivencia real y  efectiva entre los pueblos que forman el Estado. De lo contrario, de la mano de sectores inicialmente minoritarios, se irá creando una opinión y actitud de ruptura que ponga en peligro la estabilidad del mismo.

Pero una de las causas más palpables de desencanto, de desinterés por mantener esa estructura del Estado es la descomposición que se deriva de las falacias políticas, de la mentira y la desconfianza, de la desigualdad, como ya he dicho, y de sentirse usado para el enriquecimiento de los que andan en el poder. Esa deslealtad con la ciudadanía no es solo el no cumplir el programa por el que se les ha votado, sino el legislar, muchas veces torticeramente, para beneficio de unos y perjuicio de otros, con leyes de amnistías fiscal, con tolerancia a la evasión de impuestos en paraísos fiscales mediante subterfugios de la llamada ingeniería financiera, etc. es el atentado más grande que se pueda realizar a la unidad de un país. Pero si hay algo que colma el vaso es que los propios políticos de turno se enreden en esas prácticas, que los que dicen defender los intereses de la ciudadanía se vean implicados en negocios fraudulentos, en abusos de autoridad, practicando la corrupción, el nepotismo que beneficie a sus amiguetes, y un sin fin de actos sospechosos de utilizar la administración pública y su representatividad para conseguir prebendas y beneficios negados a la gente normal. Los beneficios del político, a veces escandalosos, en el trato del propio Estado respecto a la ciudadanía normal, lleva a pensar que se consideran dueños del cotarro, cuando son sujetos depositarios, por delegación, de la soberanía de su pueblo, salvo que nos estén engañando como a chinos, que es lo que parece a la visto de lo visto.

A algunos no se les cae la cara de vergüenza, incluso se permiten defenderlos desde la presunción de inocencia, algo muy importante, pero poco aplicable al compromiso político que se fundamenta en la confianza y no en la ley, no se les cae la cara, digo, y se permiten defender lo indefendible, ocultar lo inocultable, eliminar pruebas rompiendo discos duros, ocultando sus dineros en paraísos fiscales, manipulando la opinión pública desde la tergiversación de la verdad con discursos cínicos que atrapan a sus hooligans en una irracionalidad borregil de rebaño sometido al pastor o líder. Es cierto que debe haber políticos honrados, eso no lo dudo, pero están callados cuando se trata de denunciar las tropelías de los suyos. Lo curioso es que muchos de los que se han prodigado en las denuncias de la corrupción de otros partidos, hablando de ética, de moral, etc. han resultado implicados en casos escandalosos de abuso. Recuérdese las defensas de la honradez y la ética que realizaron en su día Granados, Bárcenas,  Rato, el ya exministro Soria, o el propio Aznar, etc. (todos ellos del PP que son los más actuales, ahora cayó también el Torres Hurtado, exalcalde de Granada, pero tampoco se escapa la gente del PSOE  con sus ya famosos EREs, y otras formaciones o celebridades y, en su día, gurús de la economía, como Mario Conde, por decir alguno).

Cuando se ven estas cosas, o sea, que aquellos que deberían conducir al país hacia la recuperación económica pagando sus impuestos e invirtiendo sus dineros en la creación de empleo de calidad para beneficio del colectivo social, acaban evadiendo esos dineros y buscando subterfugios de ingeniería financiera para escabullir sus impuestos, es normal que al pueblo llano se le quiten las ganas de defender un sistema que no es defendible con estas conductas y que no se sienta identificado con el mismo.

Si España se rompe, se rompe por el desafecto que provocan estas conductas de los más pudientes mientras se persigue al pequeño contribuyente. Solo con una regeneración ética, con la salida de los grupos que han contaminado e infectado el sistema, se podrá volver a conseguir un estado de cosas que facilite el reencuentro de todos en un nuevo proyecto de futuro. El problema es que ese proyecto de futuro puede que encuentre demasiados palos en las ruedas para progresar, dado que los medios y el sistema en su totalidad ya está contaminado y condicionado por el lastre de esa corrupción, potenciada desde intereses económicos ocultos centrados en el beneficio empresarial y del mundo financiero, y no en el desarrollo orientado a la sociedad en su conjunto.

Si esto se pudre, si se corrompe el cuerpo social que sustenta los estados, habrá aves carroñeras que se aprovechen. Tal vez esas aves estén esperando pacientemente en los árboles anejos hasta poder lanzarse a devorar el cadáver en descomposición. Puede que estén esperando y potenciando la demanda de intervención por parte de una ciudadanía asqueada, que verá con buenos ojos la salida de la mano de los menos malos, de los que han apretado el cuello hasta casi asfixiar, pero que ceden piadosamente la opresión antes de llevarnos a la muerte, ofreciendo alternativas a esa fatalidad que, por supuesto, son mucho peores que la circunstancias previas a la crisis. En todo caso, para ellos, no se trata de cambiar o no los estados, sino de modificar las reglas de juego mediante leyes y acuerdos que, desde la perspectiva de globalización mundial, se ejerza el verdadero poder desde el mercado y no desde los estados.

Pero volviendo al tema inicial, el único grupo o tendencia social que defienda el Estado del Bienestar contra la agresión del capitalismo salvaje, será aquel que consolide el sistema de solidaridad y justicia social, que potencie los valores democráticos de participación ciudadana, que defienda una educación de personas libre y con capacidad  de discernir, gente responsable e implicada en que las cosas vayan en su justa dirección… los antisistema que quieren cargarse el Estado son aquellos que pretenden adueñarse de él para su propio beneficio, desmontando los derechos adquiridos a lo largo de tantos años de lucha y concienciación de los pueblos.

En este caos, con un río tan revuelto, están los pescadores hurgando con sus cañas. Si consiguen que los líderes sean corruptos, que se desconfíe de los políticos en general, que la ética, moral y honra de estos sea cuestionada sistemáticamente, acabaremos por desestructurar el Estado y, sin esta argamasa, se derrumbarán sus muros y caerá como un castillo de naipes. Yo creo que de eso se trata. Si dejamos la política en manos de determinada gente estaremos condenados a la debacle. Pero si somos exigentes y se le retira el voto de manera fulminante a quienes han ejercido o caído en las garras de la corrupción y el “malhacer”, podremos evitar que esto se desmorone. El problema es que siguen existiendo los hooligans irreductibles y cegatos incapaces de la menor autocrítica y con una lealtad a prueba de bombas, o de corrupción, a sus partidos.  Estos son los que ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, los que andan argumentando el “y tú más” como si un delito pudiera justificar el otro.

Cualquier ciudadano que milite en un partido político debería exigir la mayor limpieza y claridad en su partido, además de denunciar la porquería que se da en los otros. Pero no olviden que uno pude limpiar el cuarto que habita y exigir a los demás que hagan lo propio desde su reluciente ejemplo.

Y ahora, párense a pensar en la cadena de casos que nos inundan, que nos desaniman e indignan, en la corrupción sistemática que se da en determinados partidos con su peculiar forma de ejercer el poder. Indudablemente los más afectados son los que han tocado o tocan poder, tal como se está viendo en los juzgados, empezando por el PP.  

Sabemos que la corrupción no se erradicará nunca pero también sabemos que solo se podrá controlar con leyes capaces de disuadir al político delincuente que se dé a ello. Estamos en un país de pícaros, ya se sabe aquel dicho: “No me des dinero, ponme donde haya”.

Esto no tiene arreglo si no se da un vuelco total que garantice una democracia real desde la capacitación de la gente y la educación en principios y valores que la sustente. Pero… ¿A quién, de los que ejercen el poder, le interesa eso? La gente formada es peligrosa, exigente, rebelde y crítica. Es más fácil de manipular y someterla cuanto más mediocre y menos capacitada para pensar, cuando se ha logrado que deleguen en los dirigentes por sentirse incapaces de discernir qué es lo que interesa y qué políticas serían las adecuadas para conseguir un Estado como Dios mando… si es que Dios manda alguno, siempre que no sea como el que se nos presenta de la mano de los mandatario y del propio clero que dice representar a Dios.

En fin, amigos y amigas, seguiremos viendo en la tele el chorreo diario de casos de corruptos que nos lleven a la desilusión y hagan tambalearse las cosas sin alternativas fiables. Ahora solo nos queda que los políticos aprenda de una vez a leer lo que les ha dicho el pueblo con su voto; si no lo entiende no es un político del pueblo sino que anda impregnado por intereses personales o de otros grupos de influencia. ¿Cambiaremos el cinismo por la honradez en el mundo de  la política, o seguiremos jaleando a los nuestros y perdonándoles todo exceso por ser de los nuestro? Yo le pediría a la sociedad civil que no permitan que esta gente rompa España, o lo que es lo mismo, que no nos arrebaten los derechos que conforman la argamasa que consolida el Estado del Bienestar compartido.



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