Opinión | Tribuna
Publicado
en el diario La Opinión de Málaga el día 26 SEPT 2026 7:00
Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/09/26/pasado-presente-futuro-134686825.html
La
reflexión sobre el legado generacional analiza cómo la experiencia de los
mayores, la capacidad tecnológica de los hijos y la incertidumbre de los nietos
definen el porvenir de España
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| La familia, pilar fundamental. / pixabay |
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El presente es transitar el camino
del ayer hacia el mañana. Es el momento puntual de la existencia donde todo se
conjuga. El ayer ya no existe, salvo en la memoria, y el ignoto futuro se
perfila y se proyecta más allá de este instante.
A veces, cuando tenemos reuniones familiares con mis hijos y
nietos ―tres generaciones entrelazadas por la sangre y por la historia― me
viene a la mente esa conjunción. Yo soy el pasado, mis hijos el presente y mis
nietos el futuro. Podríamos definirlo así en función del protagonismo del
momento, de quién ejerce el poder más influyente en ese punto. El ayer fraguó el presente, mientras
que este fragua el futuro.
Mi generación es el pasado
Mi generación ya tuvo su más de
medio siglo de protagonismo histórico relevante. Vivimos y sufrimos las
circunstancias de la posguerra, con mayor o menor suerte según el entorno que
nos tocó vivir a cada cual. Con un denodado esfuerzo cambiamos el pasado, con
la vista puesta en un proyecto de
futuro, dando como resultado este presente. Pretendimos crear un
concierto político, social y económico que mejorara aquel ayer fraguado en la
contienda civil y, por tanto, en la injusticia de la guerra y del dictado
ideológico y religioso del nacionalcatolicismo. Luchamos y trabajamos para que
la dictadura diera paso a esta democracia liberal, que hoy nos envuelve,
cargada de defectos, pero iluminada por un rayo de luz donde la libertad, al
menos percibida, nos hace pensar que somos un pueblo soberano.
Los hijos de la tierra, los nacidos
«con el cuello perseguido por el yugo para el cuello», como diría Miguel
Hernández, trabajamos duro, sí, muy duro, en la mayoría de los casos. El pasado
fue difícil, de sufrir y de sudor, para salir de aquel trance buscando un mundo
mejor. Generamos con esfuerzo lo que en
conciencia creíamos, una sociedad más libre, un país en desarrollo que
ofreciera a nuestros hijos un mañana más digno, más fácil y justo, donde el
conocimiento fuera la divisa del futuro, donde el analfabetismo se diluyera con
el ocaso del ayer. Nuestro atributo era, de nuevo, los versos de Hernández:
«Para la libertad sangro, lucho, pervivo. / Para la libertad, mis ojos y mis
manos, / como un árbol carnal, generoso y cautivo, / doy a los cirujanos», a
los cirujanos del tiempo y de la vida, que fueron, día a día, fraguando el
mañana disecando el presente en
nuestras mentes.
Nosotros, mi generación, somos el
pasado, ese pasado que cabalgó a lomos de un desarrollo tecnológico que nos
desbordó. Ya no tenemos el poder aunque seamos los guardianes de la experiencia.
Nuestra influencia se limita al puro reconocimiento que quieran profesarnos, a
la consideración que estimen conveniente otorgar a la experiencia acumulada y a
las ideas y pensamientos que fuimos fraguando a lo largo de nuestro caminar,
junto al poder de nuestro voto.
Es penoso, muy penoso, ver los
últimos acontecimientos. El desahucio de Maricarmen, en Madrid, es un lastimoso
e injusto acto con esa generación que tanto puso sobre la mesa para alcanzar un
mundo, en teoría, más justo. La traición del sistema se materializa en esas
empresas desalmadas y codiciosas que garantizan beneficios a sus accionistas a
costa de lo que fuere, incluso actos como este, inhumanos, crueles e
insensibles. Estos son los hechos que perfilan el futuro…
El presente son nuestros hijos
La cuarta revolución industrial, la
de las nuevas tecnologías y la Inteligencia Artificial (IA), ha invadido el
presente obviando el pasado y sembrando de dudas el futuro, donde las distopías
empiezan a tomar visos de una realidad no deseada o, al menos, confusa.
La generación de nuestros hijos es
la que, mayoritariamente, ejerce el poder, los que cabalgan sobre los 50 años,
quince arriba, quince abajo. Es la
generación más preparada de la historia, con conocimientos amplios,
estudios universitarios, dominando otros idiomas y el manejo de las tecnologías
punteras.
El pasado de la boina y la vieja
maleta de cartón piedra, o de madera, camino de Alemania es una historia reservada a los abuelos. Los
buenos profesionales españoles hoy se los rifan en gran parte del extranjero.
Enfermeras, ingenieros, médicos, etc. bien preparados, se ganan la vida allende
los Pirineos, tal vez por eso, porque salen de la universidad pre-parados en
España, o sea que no hay trabajo para que ejerzan su labor en el propio país.
Pero volvamos al tema. Uno, que se
siente en gran medida sobrepasado por
el tiempo y las tecnologías, o sea que es el pasado, como ya he
referido, ve con orgullo como sus hijos acumulan el conocimiento y la
preparación suficiente para desenvolverse en el medio que les ha tocado vivir.
Hemos conseguido el objetivo, aunque, por desgracia, haya muchos casos que no lo lograron.
Este país ha evolucionado
positivamente desde un cuasi tercer mundo al primero. En mis viajes a
principios de este siglo he sentido, en determinados países extranjeros, el
desprecio a lo español. Ahora veo que las cosas han cambiado. Se oye nuestro
idioma en todos los lugares del mundo, incluso más que otros idiomas de
tradición turística. Cuando dices que eres español se interesan más aún por
contactar contigo. Seguramente hay muchos y variados factores para explicar ese
interés, desde el deporte, la cultura, la política, el turismo y otros
protagonismos. España está más prestigiada, tal vez porque, mayoritariamente,
nuestros hijos la prestigian.
El futuro, nuestros nietos
El futuro será de nuestros nietos.
He ahí una preocupación de los abuelos. Tal vez lo veamos y analicemos desde la
percepción de una vieja sociedad exageradamente sólida. Ahora lo que
vislumbramos no nos gusta nada porque advertimos una sociedad excesivamente
líquida, siguiendo el planteamiento del sociólogo Zygmunt Bauman, que acuñó el
término. Esa liquidez diluye los principios y valores humanistas, se pierden
las formas y aflora una superficialidad sorprendente que navega en la
mediocridad que pregonan las redes sociales. Nos hacemos más egoístas e
insensibles, menos solidarios con los pueblos que sufren, menos críticos con
los abusos; en suma nos estamos deshumanizando a pasos agigantados. Toleramos y
convivimos con la injusticia enredados en relatos y discurso interesados, donde
el ejercicio de la «política canalla» nos
atrapa en el insulto, la descalificación y la confrontación irracional. El
político es un histrión al que le gusta la fruta, tuitea, o exhibe artefactos
de gas pimienta en las propias cortes desde la vulgaridad de su dialéctica,
mientras Maricarmen, a sus 87 años, es arrancada de la casa donde vivió toda su
vida sin que se le dé una solución digna.
Vamos observando cómo el mundo
cambia hacia un futuro incierto. En estos tiempos se anda deconstruyendo el
sistema para reconstruirlo con un nuevo orden. Vemos cómo evoluciona este mundo
disruptivo donde el poder tiene otro cariz. La IA y la alta tecnología abren
una nueva dimensión hacia el futuro
donde el poder lo ejercerá quien domine estas herramientas. Andamos, pues, en
río revuelto, o sea en una sociedad líquida con una estructura aún indefinida,
aunque ya haya proyectos y objetivos
establecidos, y planificada su consecución. Lo tremendo es que el proceso
corre a ritmo vertiginoso y nos sentiremos sobrepasados por los hechos antes de
que nos demos cuenta.
Las nuevas generaciones, nuestros
nietos, criados en el uso de las tecnologías más avanzadas, tendrán mayor
capacidad para adaptarse a ese nuevo orden de cara al futuro inmediato o a
medio plazo. Pero, nos podemos preguntar: ¿Serán conducidos al redil para ser
marcados y abducidos por la IA? ¿Perderán la esencia del ser humano para
convertirse en sumiso anclaje a la nueva inteligencia que todo lo controla?
¿Ideológicamente acabarán sometidos al dictado de la idea única? Decía Walter
Lippmann que: «Donde todos piensan igual, nadie piensa mucho». ¿Acabará el ser
humano del futuro renunciando al librepensamiento para adherirse al pensamiento
del grupo de referencia?
Me temo que cabalgamos hacia un
neofeudalismo, donde el rey Estado se alineará con la nobleza plutócrata, como
proponen de forma solapada los oligarcas de la tecnología. Su oferta será «Un
mundo feliz», con el soma incluido, como distópicamente profetizó el escritor
británico Aldous Huxley.
Y me pregunto: ¿Qué puede hacer el pasado para forjar el
futuro? Solo decir lo que piensa por si sirve al poder del presente para
diseñarlo. Nosotros ya ejecutamos nuestro proyecto, el futuro es de las nuevas
generaciones… esperemos que beban, críticamente, de la historia.

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