sábado, 26 de septiembre de 2026

Pasado, presente y futuro

 


Opinión | Tribuna

Por: Antonio Porras Cabrera

Publicado en el diario La Opinión de Málaga el día 26 SEPT 2026 7:00

Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/09/26/pasado-presente-futuro-134686825.html

La reflexión sobre el legado generacional analiza cómo la experiencia de los mayores, la capacidad tecnológica de los hijos y la incertidumbre de los nietos definen el porvenir de España

La familia, pilar fundamental. / pixabay

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El presente es transitar el camino del ayer hacia el mañana. Es el momento puntual de la existencia donde todo se conjuga. El ayer ya no existe, salvo en la memoria, y el ignoto futuro se perfila y se proyecta más allá de este instante.

A veces, cuando tenemos reuniones familiares con mis hijos y nietos ―tres generaciones entrelazadas por la sangre y por la historia― me viene a la mente esa conjunción. Yo soy el pasado, mis hijos el presente y mis nietos el futuro. Podríamos definirlo así en función del protagonismo del momento, de quién ejerce el poder más influyente en ese punto. El ayer fraguó el presente, mientras que este fragua el futuro.

Mi generación es el pasado

Mi generación ya tuvo su más de medio siglo de protagonismo histórico relevante. Vivimos y sufrimos las circunstancias de la posguerra, con mayor o menor suerte según el entorno que nos tocó vivir a cada cual. Con un denodado esfuerzo cambiamos el pasado, con la vista puesta en un proyecto de futuro, dando como resultado este presente. Pretendimos crear un concierto político, social y económico que mejorara aquel ayer fraguado en la contienda civil y, por tanto, en la injusticia de la guerra y del dictado ideológico y religioso del nacionalcatolicismo. Luchamos y trabajamos para que la dictadura diera paso a esta democracia liberal, que hoy nos envuelve, cargada de defectos, pero iluminada por un rayo de luz donde la libertad, al menos percibida, nos hace pensar que somos un pueblo soberano.

Los hijos de la tierra, los nacidos «con el cuello perseguido por el yugo para el cuello», como diría Miguel Hernández, trabajamos duro, sí, muy duro, en la mayoría de los casos. El pasado fue difícil, de sufrir y de sudor, para salir de aquel trance buscando un mundo mejor. Generamos con esfuerzo lo que en conciencia creíamos, una sociedad más libre, un país en desarrollo que ofreciera a nuestros hijos un mañana más digno, más fácil y justo, donde el conocimiento fuera la divisa del futuro, donde el analfabetismo se diluyera con el ocaso del ayer. Nuestro atributo era, de nuevo, los versos de Hernández: «Para la libertad sangro, lucho, pervivo. / Para la libertad, mis ojos y mis manos, / como un árbol carnal, generoso y cautivo, / doy a los cirujanos», a los cirujanos del tiempo y de la vida, que fueron, día a día, fraguando el mañana disecando el presente en nuestras mentes.

Nosotros, mi generación, somos el pasado, ese pasado que cabalgó a lomos de un desarrollo tecnológico que nos desbordó. Ya no tenemos el poder aunque seamos los guardianes de la experiencia. Nuestra influencia se limita al puro reconocimiento que quieran profesarnos, a la consideración que estimen conveniente otorgar a la experiencia acumulada y a las ideas y pensamientos que fuimos fraguando a lo largo de nuestro caminar, junto al poder de nuestro voto.

Es penoso, muy penoso, ver los últimos acontecimientos. El desahucio de Maricarmen, en Madrid, es un lastimoso e injusto acto con esa generación que tanto puso sobre la mesa para alcanzar un mundo, en teoría, más justo. La traición del sistema se materializa en esas empresas desalmadas y codiciosas que garantizan beneficios a sus accionistas a costa de lo que fuere, incluso actos como este, inhumanos, crueles e insensibles. Estos son los hechos que perfilan el futuro…

El presente son nuestros hijos

La cuarta revolución industrial, la de las nuevas tecnologías y la Inteligencia Artificial (IA), ha invadido el presente obviando el pasado y sembrando de dudas el futuro, donde las distopías empiezan a tomar visos de una realidad no deseada o, al menos, confusa.

La generación de nuestros hijos es la que, mayoritariamente, ejerce el poder, los que cabalgan sobre los 50 años, quince arriba, quince abajo. Es la generación más preparada de la historia, con conocimientos amplios, estudios universitarios, dominando otros idiomas y el manejo de las tecnologías punteras.

El pasado de la boina y la vieja maleta de cartón piedra, o de madera, camino de Alemania es una historia reservada a los abuelos. Los buenos profesionales españoles hoy se los rifan en gran parte del extranjero. Enfermeras, ingenieros, médicos, etc. bien preparados, se ganan la vida allende los Pirineos, tal vez por eso, porque salen de la universidad pre-parados en España, o sea que no hay trabajo para que ejerzan su labor en el propio país.

Pero volvamos al tema. Uno, que se siente en gran medida sobrepasado por el tiempo y las tecnologías, o sea que es el pasado, como ya he referido, ve con orgullo como sus hijos acumulan el conocimiento y la preparación suficiente para desenvolverse en el medio que les ha tocado vivir. Hemos conseguido el objetivo, aunque, por desgracia, haya muchos casos que no lo lograron.

Este país ha evolucionado positivamente desde un cuasi tercer mundo al primero. En mis viajes a principios de este siglo he sentido, en determinados países extranjeros, el desprecio a lo español. Ahora veo que las cosas han cambiado. Se oye nuestro idioma en todos los lugares del mundo, incluso más que otros idiomas de tradición turística. Cuando dices que eres español se interesan más aún por contactar contigo. Seguramente hay muchos y variados factores para explicar ese interés, desde el deporte, la cultura, la política, el turismo y otros protagonismos. España está más prestigiada, tal vez porque, mayoritariamente, nuestros hijos la prestigian.

El futuro, nuestros nietos

El futuro será de nuestros nietos. He ahí una preocupación de los abuelos. Tal vez lo veamos y analicemos desde la percepción de una vieja sociedad exageradamente sólida. Ahora lo que vislumbramos no nos gusta nada porque advertimos una sociedad excesivamente líquida, siguiendo el planteamiento del sociólogo Zygmunt Bauman, que acuñó el término. Esa liquidez diluye los principios y valores humanistas, se pierden las formas y aflora una superficialidad sorprendente que navega en la mediocridad que pregonan las redes sociales. Nos hacemos más egoístas e insensibles, menos solidarios con los pueblos que sufren, menos críticos con los abusos; en suma nos estamos deshumanizando a pasos agigantados. Toleramos y convivimos con la injusticia enredados en relatos y discurso interesados, donde el ejercicio de la «política canalla» nos atrapa en el insulto, la descalificación y la confrontación irracional. El político es un histrión al que le gusta la fruta, tuitea, o exhibe artefactos de gas pimienta en las propias cortes desde la vulgaridad de su dialéctica, mientras Maricarmen, a sus 87 años, es arrancada de la casa donde vivió toda su vida sin que se le dé una solución digna.

Vamos observando cómo el mundo cambia hacia un futuro incierto. En estos tiempos se anda deconstruyendo el sistema para reconstruirlo con un nuevo orden. Vemos cómo evoluciona este mundo disruptivo donde el poder tiene otro cariz. La IA y la alta tecnología abren una nueva dimensión hacia el futuro donde el poder lo ejercerá quien domine estas herramientas. Andamos, pues, en río revuelto, o sea en una sociedad líquida con una estructura aún indefinida, aunque ya haya proyectos y objetivos establecidos, y planificada su consecución. Lo tremendo es que el proceso corre a ritmo vertiginoso y nos sentiremos sobrepasados por los hechos antes de que nos demos cuenta.

Las nuevas generaciones, nuestros nietos, criados en el uso de las tecnologías más avanzadas, tendrán mayor capacidad para adaptarse a ese nuevo orden de cara al futuro inmediato o a medio plazo. Pero, nos podemos preguntar: ¿Serán conducidos al redil para ser marcados y abducidos por la IA? ¿Perderán la esencia del ser humano para convertirse en sumiso anclaje a la nueva inteligencia que todo lo controla? ¿Ideológicamente acabarán sometidos al dictado de la idea única? Decía Walter Lippmann que: «Donde todos piensan igual, nadie piensa mucho». ¿Acabará el ser humano del futuro renunciando al librepensamiento para adherirse al pensamiento del grupo de referencia?

Me temo que cabalgamos hacia un neofeudalismo, donde el rey Estado se alineará con la nobleza plutócrata, como proponen de forma solapada los oligarcas de la tecnología. Su oferta será «Un mundo feliz», con el soma incluido, como distópicamente profetizó el escritor británico Aldous Huxley.

Y me pregunto: ¿Qué puede hacer el pasado para forjar el futuro? Solo decir lo que piensa por si sirve al poder del presente para diseñarlo. Nosotros ya ejecutamos nuestro proyecto, el futuro es de las nuevas generaciones… esperemos que beban, críticamente, de la historia.

 

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