Opinión
Publicado
por el diario La Opinión de Málaga el día 19 SEPT 2026 7:00
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| Un usuario consulta ‘apps’ de chatbots de IA en su terminal de teléfono. / JAIME MEJÍAS AFP vía EP |
En estos días se habla con bastante
asiduidad de la Inteligencia Artificial
(IA) y la influencia que ejercerá en nuestro futuro, cada vez más
inmediato. De hecho es un tema recurrente al que ya aludía sucintamente en mi
artículo del pasado sábado.
No soy experto dada la complejidad
de la materia, aunque en mi entorno tenga referentes cercanos que sí lo son.
Ellos muestran la inquietud que les genera el asunto. De hecho un extendido
debate sobre la IA va calando en la población. Tal vez provocado a conciencia
por intereses de diversa y contrapuesta índole y procedencia desde su propio
entorno empresarial, o sea las grandes empresas que dominan su desarrollo.
La crítica de Bernie Sanders y
otros
Desde el punto de vista político
surgen severas críticas y preocupaciones por la influencia que pudiera tener la
IA en el desarrollo intelectual del ciudadano y en su propia capacidad en la
libre toma de decisiones. Es evidente que la IA es una excelente herramienta,
que puede hacer más fácil la vida del ser humano poniendo sus capacidades a
disposición del mismo. Ello implicaría
la necesidad de una normativa y estrategia, que permitan el control evolutivo
de su desarrollo bajo la supervisión de unos principios que lo enmarquen en el
humanismo. Hay, incluso, quien propone una desaceleración de su proceso
evolutivo hasta redefinir estos aspectos.
Determinados planteamientos
políticos, sobre todo en el Partido Demócrata de EEUU, tanto del progresista
Bernie Sanders, como del propio Obama, más conservador, muestran su
preocupación por la evolución de la IA. Sin embargo, Trump publicaba en su red
@realDonaldTrump, el pasado día 14: «El único control o ‘mecanismo de
seguridad’ que necesita la IA es un PRESIDENTE FUERTE E INTELIGENTE (¡con un
alto coeficiente intelectual!) y Estados Unidos lo tiene de sobra». Como decía
el humorístico dúo Cruz y Raya: «ahora vas y lo cascas».
En junio de este mismo año, el
senador Bernie Sanders, publicaba un artículo titulado: «La IA pertenece al pueblo, no a los multimillonarios»,
defendiendo ese planteamiento. Tras expresar cómo influirá el uso de la IA en
la vida de la gente, refería, así mismo, que: «existe un temor muy real de que,
a medida que la IA se vuelva más inteligente que los humanos, pueda llegar a
funcionar de forma independiente, con consecuencias potencialmente
catastróficas».
Posteriormente plantea una serie de
interesantes cuestiones: «¿Quién poseerá y controlará ese futuro? ¿Quién se
beneficiará de él y quién se verá perjudicado? ¿Se utilizará la IA para mejorar
la vida de la gente trabajadora? ¿Enriquecerá nuestra calidad de vida? ¿Nos
ayudará a erradicar la pobreza, aumentar la calidad de vida y resolver la
crisis climática? ¿O el futuro de la humanidad estará determinado por un puñado
de multimillonarios que han promovido y desarrollado la IA, prácticamente sin
participación democrática, y que están a punto de volverse aún más ricos y
poderosos de lo que son hoy?». Yo añadiría: todo ello dentro de un sistema
plutocrático de gestión del Estado al que nos pretenden arrastrar.
El riesgo de una IA desbocada
También Bill Gates advierte: «La IA se desarrollará para los más ricos si
no hay reglas», reivindicando la necesidad de articular un control sobre
la misma, no solo por el desajuste sobre la economía social, sino por el poder
sobre la humanidad que genera su dominio.
El propio Stephen Hawking alertó,
en 2014, que el desarrollo de una inteligencia artificial completa y avanzada
podría significar el fin de la raza humana. Las máquinas inteligentes podrían
rediseñarse a sí mismas. La evolución biológica de los humanos es muy lenta
frente al avance de la tecnología. Tal vez aquí radique el gran hándicap que
tiene la sociedad ante el reto. Hawking temía que la tecnología creara una
nueva forma de vida capaz de superar y reemplazar a la humanidad.
El concepto de inteligencia
Referirse al concepto inteligencia
y desbrozarlo es complejo, dado el gran número de autores que pusieron sobre la
mesa sus diferentes teorías. Para los interesados en conocerlas con mayor
profundidad, pueden centrarse en: Teoría de Piaget, Teoría bifactorial de
Spearman, Teoría de la inteligencia de Raymond Cattell, Modelo Jerárquico de
Vernon, Teoría de las aptitudes primarias de Thurstone, Teoría de la estructura
del intelecto de Guilford, la triárquica de Sternberg, Inteligencia múltiples
de Gardner y otras, como la inteligencia emocional planteada por Daniel
Goleman, que es un concepto cada vez más empleado entre la población general.
Ya que estamos hablando de la IA,
me he permitido solicitar a la propia IA (Gemini) una definición de
inteligencia humana. Su respuesta ha sido la siguiente: «Es la capacidad mental
multidimensional que nos permite aprender de la experiencia, adaptarnos a
situaciones nuevas, comprender conceptos complejos, razonar, resolver problemas
y aplicar el conocimiento para manipular nuestro entorno». Continúa ampliando
el concepto y refiere que, a diferencia de la inteligencia puramente lógica o
computacional, la humana destaca por integrar factores que van más allá del
procesamiento de datos: Pensamiento abstracto y simbólico, inteligencia
emocional y social, creatividad e innovación, meta-cognición y flexibilidad
cognitiva…
Nosotros alimentamos a la IA
En realidad la IA bebe de nosotros,
se alimenta con nuestras aportaciones y
publicaciones en las redes sociales y va aprehendiendo y asimilando, a
través de los algoritmos instaurados en su software, cuanta información ponemos
a su disposición en esos medios. Podemos decir que la IA nos está robando la
inteligencia. Nosotros trabajamos para ella mientras se va formando con ciertas
ventajas que le ofrece su perpetua progresión. Para los seres humanos esa
progresión es limitada, acaba con la muerte y con ella se pierde su capacidad
intelectual, de la que solo perdura lo que trasciende a otros sujetos. La IA
mantiene la progresión salvo que ocurra una catástrofe.
El proceso evolutivo, por tanto, es
diferente. El niño nace sin saber y va aprehendiendo y asimila del entorno
conocimientos, conductas, actitudes, principios y valores, etc. para fraguar su
intelecto e interactuar con su medio desde la sabiduría que le otorga la
experiencia. Desarrolla, así mismo, una capacidad creativa donde la emoción y
sensibilidad son determinantes. Ese proceso es individual, aunque tenga
influencia en la sociedad y pueda proyectarse, incluso, en lo que algunos
autores llaman la «supraconciencia», que define una dimensión de la conciencia
no limitada al cerebro físico, la cual, supuestamente, perdura tras la muerte
del cuerpo; concepto que podría considerarse como una entelequia por su
dificultad explicativa.
Un mundo distópico
Dado que nuestro futuro podría construirse como determinan los relatos de
inimaginables distopías, a la que nuestra maravillosa RAE define como:
«Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas
causantes de la alienación humana», me permito fantasear. Si le apetece, sígame
en esta locura de divagación: Supongamos que el principal objeto de nuestra
existencia es la producción de una energía inteligente de componente cósmico,
cuyo objeto es retroalimentar el universo; o sea, nosotros seríamos el árbol
plantado en la tierra cuyo fruto sería la inteligencia que nutre al ENTE cósmico,
siendo este una especie de dios, o demiurgo, que va ejecutando su labor en el
tiempo infinito ajustando el equilibrio universal. Si le damos algún sutil
toque puede aparecer una religión; el ENTE es Dios y la energía el alma.
Esa energía o inteligencia tiene
muchas y variadas formas de desarrollarse, por lo que según el material
disponible se fraguará de una u otra manera. En todo caso, lo importante es
generarla. Nosotros somos el resultado
de una interacción de determinados elementos integrados en una estructura
bioquímica perecedera que se dan en la Tierra. Mas en otros lugares del
espacio podrían articularse otros elementos distintos para obtener semejantes
resultados, que es lo importante. Por tanto podría haber inteligencia en otros
lugares del espacio, sustentada por estructuras materiales diferentes.
Si la inteligencia humana, en su
afán por sacar provecho de todo para su desarrollo, inventa y/o crea una
alternativa que pueda suplirla en la mayoría de sus tareas, procurando hacerla
lo más parecida posible a sí misma, podría mimetizar su existencia entrando en
competitividad con su creación, cuyo objetivo final sería el mismo. Si la IA,
que inicialmente ha requerido de su creador, alcanza niveles autónomos de
funcionamiento que pudieran no hacerla depender del amo, podría, como cualquier
colonia habida en la historia, plantearse la manumisión con su independencia de
la metrópolis, e incluso plantearse su eliminación física.
He ahí el problema y el riesgo que
corremos con el descontrolado desarrollo de la IA, si solo se somete al
codicioso deseo de las oligarquías dominantes en futuras plutocracias. ¿Se
imaginan a la IA plantearse en plan hamletiano ante un cráneo humano: «Ser o no ser, esa es la cuestión»?

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