Opinión | Tribuna
Publicado
en el diario La Opinión de Málaga el día 04 JUL 2026 7:00
Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/07/04/debate-132100926.html
![]() |
| Pleno del Parlamento Europeo en Estrasburgo (Francia) / LAURIE DIEFFEMBACQ – Archivo |
===============================
«Cuando las emociones condicionan el debate surge el conflicto, cuando
son las razones llega el acercamiento». (Frase del autor)
Esta frase revela, así lo entiendo,
uno de los grandes problemas que aquejan a la sociedad, es la falta o
incapacidad de razonar
asépticamente ante un argumento ajeno cuando no está en la línea de los
nuestros. Entonces cultivamos el sesgo confirmatorio, siendo este un
signo de inmadurez intelectual. Nos sentimos agredidos, aquí generalizo, si se
nos quiere convencer de algo contrario a lo que pensamos, cuando se nos
cuestiona lo que creemos. Interpretamos que se nos descalifica y humilla si se
impone la argumentación ajena, teniendo que asumir la nuestra como errónea.
Entonces aparece el aspecto emocional y perdemos la razón, la capacidad de
discernir argumentalmente sobre el tema a debate.
Un problema cultural
He aquí un problema cultural, se nos ha hecho dogmáticos, en las
ideologías y en los credos religiosos; se nos ha enseñado a competir y
ganar para no ser un fracasado. No se nos ha enseñado a aprender, a estar en
disposición de asimilar enseñanzas, salvo que el enseñante tenga la autoridad
que le otorga un conocimiento superior. Claudicar ante la argumentación de
Einstein no es lo mismo que ante Perico de los Palotes, aunque Einstein diga
una nimiedad y Perico una verdad como la copa de un pino. Tenemos asumida la diferencia entre el
conocimiento de una autoridad en la materia y el de un igual a nosotros. Históricamente
hemos aceptado que el médico sabe de medicina y nosotros a callar; el abogado
de leyes y nosotros a callar; el matemático de matemáticas y nosotros a callar…
Aceptada esta asimetría en el
conocimiento no cabe debate, pero cuando creemos tener la misma capacidad y
competencia en una materia de discusión que pueda ostentar el otro, o los
otros, entramos en ese debate, lo cual no es malo, aunque, a veces, un ignorante entra a discutirle a un
científico, desde una pretendida simetría, defendiendo teorías absurdas.
Pero si el debate se convierte en
un proceso de acercamiento basado en el conocimiento y la razón, estaremos
ganando todos, pues incrementaremos nuestro saber. Ello requiere una posición
de mente abierta para aceptar lo verdaderamente positivo que aporta el otro.
Pero si lo entendemos como un combate, donde mi argumento ha de prevalecer, y
se trata de mostrar ante los demás, incluyendo los espectadores, que tengo
razón para convencerles, la cosa cambia, aflora la agresividad y la vehemencia
viendo al otro como rival y no como interlocutor.
Entonces siento emociones y las
transmito en ese instante. Son las
emociones del combate, de la confrontación. Estamos en un ring y
los espectadores toman partido pues, de antemano, están definidas las
posiciones, sean políticas, religiosas, sociales, económicas e, incluso,
científicas… En muchos casos andamos definiendo y defendiendo los valores del
grupo con el que nos identificamos, del equipo de fútbol al que pertenecemos,
de nuestra ideología, de nuestra religión, y esperamos ganar, salir airosos
para satisfacer nuestro ego y el reconocimiento del grupo.
La perversión del debate
La perversión del debate hoy se
manifiesta, con toda crueldad, en el mundo de la política, no solo porque cada
cual pretenda imponer su ideología, sino por las formas y la manipulación de la
verdad para crear relatos partidistas. Porque dejó de ser debate para
convertirse en combate, en guerra de intereses donde todo cabe, hasta la
conducta más ruin, como estamos viendo. El debate político busca persuadir para vencer, no convencer, como diría
Unamuno.
Los grupos se consolidan en base a
credos, valores e ideas que los definen. Hacer tambalear esos nexos es un
riesgo de desintegración equivalente a la muerte o desaparición del mismo, lo
que hace que en esa lucha se
vuelque las emociones y aparezcan estrategias en el inconsciente que nos llevan
al enquistamiento ideológico, al dogma y los principios inalterables, al
pensamiento encapsulado resistente a la argumentación lógica. No podemos
permitirnos que nuestro grupo, nuestro partido político sea descalificado,
ridiculizado y ninguneado ante su incompetencia o inconsistencia argumental.
¿Qué es lo que hay detrás de todo
ello? Pues un claro predominio de los
intereses del grupo al que representamos, en contraposición a la búsqueda de la
verdad que exportaríamos al conjunto de la ciudadanía y que nos
haría crecer a nosotros y madurar como seres humanos, tal vez por eso se dé esa
virulencia, por la inmadurez de los tertulianos.
Por tanto, no nos interesa la
mejora social, la búsqueda de la razón y la certeza sobre al tema del
debate. Nuestro objetivo, aunque
sea inconsciente, está en los intereses del grupo y su consolidación, y no en
los del conjunto de la sociedad. Si fuera de la otra manera,
estaríamos abiertos a la razón y los argumentos del otro, a la empatía y el
consenso, a la convivencia pacífica y al intercambio de ideas. Aquí es donde
echo de menos al sosegado intelectual librepensador, que haberlos haylos, pero
que, al no montar un espectáculo atractivo para los televidentes, no interesa a
los medios.
Es patético ver a muchos
tertulianos, de la radio o la televisión, enzarzados en una discusión que
sistemáticamente descalifica al otro, intentando aseverar sus más insólitas
barbaridades. Estos son debates infructuosos, no solo por su contenido y forma,
sino por su enseñanza. Transmiten a la ciudadanía una forma, un estilo de
debatir tóxico que arrastra al fracaso, a la divergencia y el desencuentro. No
fijan caminos de acercamiento para desmontar y paliar la violencia de la
confrontación, sino que establecen una pugna a la que estamos acostumbrados en
nuestra vida cotidiana como un acto competitivo… ¡hay que ganar! Lo importante
no es participar, sino ganar. De esta forma nos encontramos a nuestros modelos
tertulianos, a nuestros maestros, ejerciendo una conducta de confrontación e
intransigencia que nos aleja del encuentro con los demás. Nos encerramos en nuestras ideas y descalificamos al contrario por
sistema, incluso los insultamos con apelativos despectivos, así acabamos
considerándolos nuestros enemigos en lugar de nuestros contertulios que nos
pueden llevar a una mejor comprensión del mundo de las ideas y del tema que se
trata.
El libre discernimiento
Cuando uno pierde su capacidad e
independencia de discernir libremente y acepta la sumisión a las ideas de otro,
u otros, acaba en la alienación. Deja
de ser uno mismo para convertirse en los otros, en portavoz del grupo y sus
consignas. Renuncia a la capacidad, que todo ser humano debería defender
contra viento y marea, la de ser libre y aportar su creatividad personal a la
sociedad. Renuncia a su esencia, a su singularidad, a sí mismo.
Es el razonamiento lo que ha
llevado al desarrollo de la ciencia, a la evolución del ser humano. Son las
emociones y los dogmas los que han llevado a la confrontación y a la guerra.
Pero también lo han hecho a la paz y al amor, pasando de un extremo al otro. Somos seres oscilantes, cargados de inseguridad,
de culpa y conflicto interno que se ha de gestionar. Nuestra
conciencia busca la paz del equilibrio, lavar la culpa, compensando las malas
acciones que atormentan.
Hay quien dice que las emociones
dan la vida, que las oscilaciones anímicas permiten sensaciones de pena y
alegría, de felicidad y malestar, que le dan sentido a la existencia. ¿Qué sería de la alegría si no
existiera la pena para compararlas? Somos ciclotímicos por
naturaleza, en mayor o menor grado. Habrá que tratar el tema en otra ocasión.
No podemos vivir sin emociones, pero podemos vivirlas con realismo y madurez,
gestionando lo emocional en su justo término. Abriendo nuestra mente a la
razón, asumiendo que somos seres pensantes, capaces de evolucionar desde esa
condición hacia la búsqueda de una verdad superior, de discernir entre las
cosas para hallar el sentido de la vida en común y su esencia desde la
asimilación de la totalidad del entorno, de todos y cada uno de los elementos
que lo integran.
Cuando debatamos con la intención
de asimilar las buenas ideas y argumentos de los demás, sus razones y
experiencias, desde la empatía, habremos ganado la vida y la evolución en paz… Entonces seremos seres humanos maduros y
constructivos, estableciendo sinergias desde la libertad y el compromiso
social, para confluir en un mejor desarrollo de nuestra sociedad. Pero
eso no creo yo que le interese a los grupos de poder... En todo caso, evita
debates improductivos… son disruptivos.
