domingo, 5 de julio de 2026

Sobre el debate

 

Opinión | Tribuna

Por: Antonio Porras Cabrera

Publicado en el diario La Opinión de Málaga el día 04 JUL 2026 7:00

Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/07/04/debate-132100926.html

Pleno del Parlamento Europeo en Estrasburgo (Francia) / LAURIE DIEFFEMBACQ – Archivo

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«Cuando las emociones condicionan el debate surge el conflicto, cuando son las razones llega el acercamiento». (Frase del autor)

 

Esta frase revela, así lo entiendo, uno de los grandes problemas que aquejan a la sociedad, es la falta o incapacidad de razonar asépticamente ante un argumento ajeno cuando no está en la línea de los nuestros. Entonces cultivamos el sesgo confirmatorio, siendo este un signo de inmadurez intelectual. Nos sentimos agredidos, aquí generalizo, si se nos quiere convencer de algo contrario a lo que pensamos, cuando se nos cuestiona lo que creemos. Interpretamos que se nos descalifica y humilla si se impone la argumentación ajena, teniendo que asumir la nuestra como errónea. Entonces aparece el aspecto emocional y perdemos la razón, la capacidad de discernir argumentalmente sobre el tema a debate.

Un problema cultural

He aquí un problema cultural, se nos ha hecho dogmáticos, en las ideologías y en los credos religiosos; se nos ha enseñado a competir y ganar para no ser un fracasado. No se nos ha enseñado a aprender, a estar en disposición de asimilar enseñanzas, salvo que el enseñante tenga la autoridad que le otorga un conocimiento superior. Claudicar ante la argumentación de Einstein no es lo mismo que ante Perico de los Palotes, aunque Einstein diga una nimiedad y Perico una verdad como la copa de un pino. Tenemos asumida la diferencia entre el conocimiento de una autoridad en la materia y el de un igual a nosotros. Históricamente hemos aceptado que el médico sabe de medicina y nosotros a callar; el abogado de leyes y nosotros a callar; el matemático de matemáticas y nosotros a callar…

Aceptada esta asimetría en el conocimiento no cabe debate, pero cuando creemos tener la misma capacidad y competencia en una materia de discusión que pueda ostentar el otro, o los otros, entramos en ese debate, lo cual no es malo, aunque, a veces, un ignorante entra a discutirle a un científico, desde una pretendida simetría, defendiendo teorías absurdas.

Pero si el debate se convierte en un proceso de acercamiento basado en el conocimiento y la razón, estaremos ganando todos, pues incrementaremos nuestro saber. Ello requiere una posición de mente abierta para aceptar lo verdaderamente positivo que aporta el otro. Pero si lo entendemos como un combate, donde mi argumento ha de prevalecer, y se trata de mostrar ante los demás, incluyendo los espectadores, que tengo razón para convencerles, la cosa cambia, aflora la agresividad y la vehemencia viendo al otro como rival y no como interlocutor.

Entonces siento emociones y las transmito en ese instante. Son las emociones del combate, de la confrontación. Estamos en un ring y los espectadores toman partido pues, de antemano, están definidas las posiciones, sean políticas, religiosas, sociales, económicas e, incluso, científicas… En muchos casos andamos definiendo y defendiendo los valores del grupo con el que nos identificamos, del equipo de fútbol al que pertenecemos, de nuestra ideología, de nuestra religión, y esperamos ganar, salir airosos para satisfacer nuestro ego y el reconocimiento del grupo.

La perversión del debate

La perversión del debate hoy se manifiesta, con toda crueldad, en el mundo de la política, no solo porque cada cual pretenda imponer su ideología, sino por las formas y la manipulación de la verdad para crear relatos partidistas. Porque dejó de ser debate para convertirse en combate, en guerra de intereses donde todo cabe, hasta la conducta más ruin, como estamos viendo. El debate político busca persuadir para vencer, no convencer, como diría Unamuno.

Los grupos se consolidan en base a credos, valores e ideas que los definen. Hacer tambalear esos nexos es un riesgo de desintegración equivalente a la muerte o desaparición del mismo, lo que hace que en esa lucha se vuelque las emociones y aparezcan estrategias en el inconsciente que nos llevan al enquistamiento ideológico, al dogma y los principios inalterables, al pensamiento encapsulado resistente a la argumentación lógica. No podemos permitirnos que nuestro grupo, nuestro partido político sea descalificado, ridiculizado y ninguneado ante su incompetencia o inconsistencia argumental.

¿Qué es lo que hay detrás de todo ello? Pues un claro predominio de los intereses del grupo al que representamos, en contraposición a la búsqueda de la verdad que exportaríamos al conjunto de la ciudadanía y que nos haría crecer a nosotros y madurar como seres humanos, tal vez por eso se dé esa virulencia, por la inmadurez de los tertulianos.

Por tanto, no nos interesa la mejora social, la búsqueda de la razón y la certeza sobre al tema del debate. Nuestro objetivo, aunque sea inconsciente, está en los intereses del grupo y su consolidación, y no en los del conjunto de la sociedad. Si fuera de la otra manera, estaríamos abiertos a la razón y los argumentos del otro, a la empatía y el consenso, a la convivencia pacífica y al intercambio de ideas. Aquí es donde echo de menos al sosegado intelectual librepensador, que haberlos haylos, pero que, al no montar un espectáculo atractivo para los televidentes, no interesa a los medios. 

Es patético ver a muchos tertulianos, de la radio o la televisión, enzarzados en una discusión que sistemáticamente descalifica al otro, intentando aseverar sus más insólitas barbaridades. Estos son debates infructuosos, no solo por su contenido y forma, sino por su enseñanza. Transmiten a la ciudadanía una forma, un estilo de debatir tóxico que arrastra al fracaso, a la divergencia y el desencuentro. No fijan caminos de acercamiento para desmontar y paliar la violencia de la confrontación, sino que establecen una pugna a la que estamos acostumbrados en nuestra vida cotidiana como un acto competitivo… ¡hay que ganar! Lo importante no es participar, sino ganar. De esta forma nos encontramos a nuestros modelos tertulianos, a nuestros maestros, ejerciendo una conducta de confrontación e intransigencia que nos aleja del encuentro con los demás. Nos encerramos en nuestras ideas y descalificamos al contrario por sistema, incluso los insultamos con apelativos despectivos, así acabamos considerándolos nuestros enemigos en lugar de nuestros contertulios que nos pueden llevar a una mejor comprensión del mundo de las ideas y del tema que se trata.

El libre discernimiento

Cuando uno pierde su capacidad e independencia de discernir libremente y acepta la sumisión a las ideas de otro, u otros, acaba en la alienación. Deja de ser uno mismo para convertirse en los otros, en portavoz del grupo y sus consignas. Renuncia a la capacidad, que todo ser humano debería defender contra viento y marea, la de ser libre y aportar su creatividad personal a la sociedad. Renuncia a su esencia, a su singularidad, a sí mismo.

Es el razonamiento lo que ha llevado al desarrollo de la ciencia, a la evolución del ser humano. Son las emociones y los dogmas los que han llevado a la confrontación y a la guerra. Pero también lo han hecho a la paz y al amor, pasando de un extremo al otro. Somos seres oscilantes, cargados de inseguridad, de culpa y conflicto interno que se ha de gestionar. Nuestra conciencia busca la paz del equilibrio, lavar la culpa, compensando las malas acciones que atormentan.

Hay quien dice que las emociones dan la vida, que las oscilaciones anímicas permiten sensaciones de pena y alegría, de felicidad y malestar, que le dan sentido a la existencia. ¿Qué sería de la alegría si no existiera la pena para compararlas? Somos ciclotímicos por naturaleza, en mayor o menor grado. Habrá que tratar el tema en otra ocasión. No podemos vivir sin emociones, pero podemos vivirlas con realismo y madurez, gestionando lo emocional en su justo término. Abriendo nuestra mente a la razón, asumiendo que somos seres pensantes, capaces de evolucionar desde esa condición hacia la búsqueda de una verdad superior, de discernir entre las cosas para hallar el sentido de la vida en común y su esencia desde la asimilación de la totalidad del entorno, de todos y cada uno de los elementos que lo integran.

Cuando debatamos con la intención de asimilar las buenas ideas y argumentos de los demás, sus razones y experiencias, desde la empatía, habremos ganado la vida y la evolución en paz… Entonces seremos seres humanos maduros y constructivos, estableciendo sinergias desde la libertad y el compromiso social, para confluir en un mejor desarrollo de nuestra sociedad. Pero eso no creo yo que le interese a los grupos de poder... En todo caso, evita debates improductivos… son disruptivos.

 

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