jueves, 17 de julio de 2014

18 de julio: Día de nefasto recuerdo


Militares sublevados
Tal día como hoy de hace 78 años un grupo de militares, de obediencia debida a los poderes del Estado elegidos democráticamente, se levantó contra el gobierno legítimo y, mediante las armas, llevaron a España a una sangría y al caos de una guerra civil. Adujeron que su España se desmoronaba y se aliaron con otros que sentían que el viejo orden debía imperar ante el nuevo, donde la soberanía popular quedaba sometida al vasallaje nuevamente. La patria se identificaba con el viejo orden donde el poder radicaba en las clases dominantes, incluyendo el clero.

En su discurso libertino cayeron en la incongruencia más patente y, disfrazados de salvadores, se adueñaron del poder durante cuarenta años mediante una sangría y la eliminación sistemática de todo lo que representara otra visión de la suya. Muerte al traidor (que por cierto eran ellos) y a todo el que no estuviera con ellos. Del poder de las armas, que mataron la palabra, surgió un gobierno dictatorial y tirano que sometió a la población al nacional-catolicismo, a la idea única, a la represión de la divergencia, a la eliminación del disidente, a la humillación de la ciudadanía y su opresión. No hay cosa más mala que una idea sin otra para contrastarla y ellos evitaron y extirparon otras ideas disidentes. Era la etapa del pensamiento único, de la censura y el control de todo tipo de expresión, del “amén mi amo” y de la imposición irracional de los vencedores sobre los vencidos. Lo curioso es que en su proclama hablaba de pretender:

“Justicia, igualdad ante las leyes, ofrecemos. Paz y amor entre los españoles; libertad y fraternidad exenta de libertinajes y tiranías. Trabajo para todos, justicia social, llevada a cabo sin encono ni violencia, y una equitativa y progresiva distribución de riqueza, sin destruir ni poner en peligro la economía española. Pero frente a esto, una guerra sin cuartel a los explotadores de la política, a los engañadores del obrero honrado, a los extranjeros y a los extranjerizantes que, directa o solapadamente, intentan destruir España”.  

  • Qué justicia, con fusilamientos sumarísimos…
  • Qué paz y amor impuesto a tiros y sangre…
  • Qué libertad y fraternidad con una España sometida a otra dictatorial y tirana…
  • Qué justicia social con la clase trabajadora sometida por la violencia a sus intereses…
  • Qué justicia distributiva de la riqueza con sus acólitos enriqueciéndose y la masas social empobrecida…
  • Qué explotadores de la política cuando ellos se erigieron en la política a golpe de dictado y decreto…
  • Qué engañadores del obrero honrado que acabó sometido a sus designios sin poder rechistar…
  • De qué extranjeros habla si ellos ganaron la guerra de la mano de las potencias extrajeras, fascistas y nazis, a los que se sometieron…


Para luchar contra los que “intentan  destruir España” (decían) acabaron destruyéndola ellos, llevándola a la miseria, el hambre y la pobreza, dejándola a muchos años de la civilización europea.

Lo malo es que sembraron semilla que sigue dando su fruto. Es la misma semilla que apoyó a Fernando VII ante la revolución de los liberales y la Constitución de Cádiz, la que gritaba "vivan las caenas",  la semilla de un modelo de España que choca de frente que el desarrollo social e intelectual de sus pueblos y que llama a la eliminación de las diferencias de pensamiento y de ideas, de la diversidad enriquecedora, de la libertad y librepensar, y a la imposición de unos sobre otros, lo que lleva a la confrontación y a la disgregación del sentir popular.

Hoy, más que nunca, hace falta enterrar ese periodo cerrado en falso, mediante una nueva transición donde sea la democracia real, la soberanía popular en su sentido más amplio y exenta de manipulación, la que determine el camino del mañana para que no vuelva a suceder otra vez esa barbarie. Este pueblo, de los nietos de la guerra, que no la conocieron, no debe sufrir las consecuencias del desencuentro que se dio en su día. Debe determinar si quiere monarquía o república, pero, sobre todo, debe definir las formas y estructuras mediante las que pueda seguir conviviendo en paz, comprendiendo que el nivel cultural y la capacidad de discernimiento de la ciudadanía actual requiere que su sentir sea tenido en cuenta…

De paso, saquemos a los muertos de las cunetas, escribamos la historia real, tal como pasó, sin implicaciones emocionales que la tergiversen, cerremos las heridas de un pasado de injusticia que sigue clamando al cielo. Pidamos a la propia iglesia que, a la par que beatifica a sus mártires, reconozca los del otro bando y asuma sus culpas como parte activa en el genocidio que se dio contra los defensores de la legitimidad democrática. Al menos, papa Francisco, tenga usted la cristiana gallardía, el coraje, de revisar el pasado y asumir esa culpa en nombre de aquella iglesia integrista y opresora mental que bendijo los fusilamientos y dio la comunión a los asesinos tratándolos como héroes, que demonizó otros credos, o ideologías, bloqueando la libertad de pensamiento. 



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