Opinión
| Tribuna
Publicado
en el diario La opinión de Málaga el día 18 JUL 2026 7:01
Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/07/18/historia-memoria-ii-132568003.html
La Guerra
Civil y sus secuelas marcaron la vida de las familias humildes y la represión
sufrida, junto a la precariedad, el miedo y la lucha por la supervivencia en la
España de posguerra
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| Recoveras, el estraperlo para sobrevivir en la posguerra española |
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Hoy, 18 de julio, se cumplen 90 años del Golpe de Estado que desembocó en la
contienda civil. No hay nada más horroroso que una guerra entre
hermanos, entre paisanos y compatriotas. Las rencillas ocultas, la
confrontación ideológica y los odios encubiertos afloran con especial
virulencia.
Una aciaga fecha en la historia de
nuestro país que ojalá no se hubiera dado nunca y esperemos que no se repita.
La semana pasada publiqué la primera parte de esta reflexión o relato personal
con la única intención de presentificar parte de la historia que se vivía en mi
niñez, experimentada desde las carencias, que envolvió una etapa decisiva en el
desarrollo de la infancia a mediados del pasado siglo… era el mundo de la «nada», de las privaciones.
El mundo de la «nada» era rico en
hambre, miseria, marginación, dolor, sufrimiento y pena, sin olvidar el miedo y
el sometimiento formal y vejatorio que debía otorgarse al amo de la tierra para
quien se trabajaba. Por tanto, quien nadaba en la «nada» era el campesinado andaluz en general y más en
particular el que profesaba ideas republicanas y estaba estigmatizado como rojo
o familiar de rojo tras la contienda. Al menor atisbo de rebeldía, de
disensión, la Guardia Civil entraba en acción exhibiendo un alto grado de
violencia y autoridad, metiendo el miedo en el cuerpo de los más valientes, por
lo que solo en la clandestinidad se podía contactar con los correligionarios y
debatir ideas.
Recuerdo, con cierto desasosiego,
cuando mi padre escuchaba, a baja voz, la Pirenaica ―para quien no lo sepa era la emisora
clandestina de Radio España Independiente, que lanzaba proclamas contra el
franquismo― y mi madre le decía: «Antonio, por favor, que te va a escuchar
algún vecino y te va a denunciar a la Guardia Civil y te llevarán preso».
Para más INRI al socaire de la
penuria, algunos fieles al Movimiento, compraron innumerables patrimonios de
los vencidos a precios irrisorios, obligados a vender por la apremiante
necesidad, cuando no por la coacción. Esto no quiere decir que la maldad, la
codicia y avaricia fueran generalizadas, pues había gente noble que, al amparo
de la asimetría de poder y económica, ejercían la caridad y ayudaban a quienes
padecían privaciones, en algunos casos desde el beneficio egoísta que otorga
una buena obra de compasión, en otros su obra permanecía en el anonimato. De
todas formas, pienso que la
caridad palia la injusticia pero no la elimina. Hay momentos en que es
mejor recoger las migajas de la mesa del señor antes que morir de hambre,
máxime si esa voluntad de dar viene acompañada de una desinteresada bondad.
La derrota de sus aliados
En estas se andaba cuando,
finalmente, son derrotadas las potencias del eje en la segunda guerra
mundial. Los valedores del régimen
franquista son vencidos. En el juicio o proceso de Núremberg se
determinaron y sancionaron las responsabilidades de dirigentes, funcionarios y
colaboradores del régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler en los diferentes
crímenes y abusos contra la humanidad cometidos en nombre del III Reich alemán.
Esa losa pesaba sobre la conciencia de los franquistas y el miedo a perder el
poder y encontrarse en la circunstancia de sus aliados era lógico. Hicieron
piña, manifestaciones de apoyo al Caudillo, reclamaron el título de reserva
espiritual de occidente, rechazaron injerencias externas e hicieron chanza de
su exclusión de la ONU: «Si ellos tienen ONU nosotros tenemos dos», decían los
manifestantes en la plaza de Oriente madrileña; pero hubo algo que jugó a su
favor, como era el ferviente
anticomunismo del régimen. En un momento de tensión de las potencias
occidentales con la extinta Unión Soviética, en plena guerra fría, Franco podía
ser un buen aliado. Solo se necesitaba pactar a favor de los intereses de
occidente.
EEUU, como siempre, perfecto halcón
de caza, supo aprovechar la situación para negociar el abrirle las puertas de
la ONU a España y sacar tajada. El
convenio con los EEUU fue algo diferente a un tratado bilateral; fue el
contrato que garantizaba la persistencia del régimen de Franco a la sombra de la
potencia occidental. Los EEUU montaron las bases militares que
necesitaron para su avanzadilla en Europa, en la retaguardia del frente de un
posible conflicto con los rusos. Zaragoza, Torrejón, Morón de la Frontera, Rota
y otros puntos de menor importancia, fueron entregados para su uso por los
norteamericanos. A cambio, además del apoyo político al régimen, se rearmó el
ejército y fluyó el dinero para paliar la mísera economía del país, pero, sobre
todo, lo que importaba era el
paraguas protector de los EEUU.
Vuelve el señorito a caballo
Mientras tanto, la estampa habitual
del campo andaluz era la imagen del señorito montado en su caballo, con fusta
en ristre, recorriendo sus posesiones y controlando, a través de sus capataces,
que el campesino trabajara denodadamente. Un acto de soberbia, exhibición y
poderío, que plasmaba las diferencias de clase y ponía las cosas en su
sitio. Fueron muchos los hombres
humillados, las mujeres atropelladas y forzadas, los niños explotados a manos
de estos desaprensivos, solo por la contrapartida de contar con qué
comer o por el miedo. Si bien, en muchos casos, se daba esa ética feudal de
defensa de sus buenos y serviles trabajadores, a los que se respetaba como un
bien en propiedad que se cuida para mantenerlo en buen uso, incluso, en algunos
casos se dieron relaciones de connivencia y amistad entre el amo y el
trabajador. O sea, un neo o
pseudofeudalismo del campesinado andaluz.
Finalmente he de señalar que la
ilusión de que las potencias occidentales, sobre todo los EEUU de donde surgió
la brigada Lincoln para apoyar a la República durante la guerra, invocaran la
libertad del pueblo y ejercieran presión para cambiar el régimen, se fue al
garete. El pragmatismo americano
se impuso a sus ideologías, tan manoseadas, sobre la libertad. La
resistencia antifranquista, que se había incrementado e infiltrado desde
Francia tras el final de la guerra mundial, fue muriendo per se y a causa de la
presión y represión de la Guardia Civil y del ejército. El régimen quedaba a
salvo y se perpetuaba con el beneplácito de los gobiernos occidentales. Eso sí,
las cárceles andaban repletas de presos políticos a los que se fue liberando
con cuentagotas, no sin antes someterlos a vejaciones y trabajos faraónicos,
como el caso de la basílica del Valle de los Caídos, hoy Cuelgamuros.
Este esbozo sobre la historia
podría ser interpretado como sesgado y parcial por los seguidores del régimen
franquista, incluso, remarcar que los otros eran más malos, y reprocharme por
qué no aludo a lo que hubiera sido de España si la contienda la hubieran ganado
los republicanos. A parte de mi convencimiento personal de que la República hubiera sido viable con una
sosegada actitud por parte de todos, y que hubiese resultado lo mejor
para España si tomaba como modelo a países de marcados principios democráticos,
he de decir que la tendencia o inclinación hacia el mundo comunista, que
representaba Rusia, fue forzada por la falta de ayuda de las democracias
occidentales incapaces de implicarse en su defensa, o miedosas de airar a
Hitler. Creo, por tanto, que si hubieran cumplido su papel defensor de la
libertad los países como Francia, Inglaterra y los EEUU desde un principio,
todo hubiera acabado de diferente forma, ubicando a España en la órbita
occidental y arrancándola de las garras del fascismo.
Pero, por otro lado, soy de las
personas que no creen en el llamado razonamiento contrafáctico, es decir, en el pensamiento hipotético
sobre qué hubiera sido si en lugar de este hecho hubiera sucedido este otro… O
lo que es lo mismo, establecer hipótesis de cómo hubiera sido España si la
guerra la ganan los republicanos. Siempre serán hipótesis no contrastadas que
pueden responder más a los deseos que a la posible realidad que se fuera a dar.
Por tanto, solo me he limitado, y limitaré, a analizar, desde mi punto de
vista, lo que se dio en el entorno que me tocó vivir y me envolvió. En este
sentido, mi verdad no es una
verdad absoluta, sino la mera visión de un sujeto mediatizado por sus
experiencias vitales, sus vivencias y la forma de afrontar esa vida
mediante el razonamiento y las convicciones que del mismo se fueron derivando.
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