Opinión | Tribuna
Publicado
en el diario La Opinión de Málaga el día 06 JUN 2026 7:00
Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/06/06/malaga-atraccion-viandante-131070813.html
La ciudad
malagueña ha experimentado una transformación radical en casi 50 años, pasando
de un escaso atractivo a un destino turístico de renombre mundial
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| Pavimento Fuerte San Lorenzo / l.o. |
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Deambular por Málaga es una sana
costumbre que conjuga gozar de su atractivo y dar rienda suelta el pensar
mientras caminas. Siempre practiqué este sano ejercicio haciendo valer estas
dos opciones que ofrece el recorrer sus calles y enfrentar su monumentalidad y
calidad de vida, que, en mi opinión, va alcanzando su debida calidad.
El sano ejercicio de transitar la
ciudad
Perdí, en gran medida, ese sano
hábito cuando la pandemia nos
acorraló y obligó al encierro. Un nuevo hábito sedentario se fue
instalando y el acomodaticio organismo se sintió cómodo con la nueva rutina a
pesar de las perniciosas consecuencias para la salud. Mas, mi mente, en un
justo y moderado razonamiento, me reclama el retorno a aquel pasado donde el
caminar por sus calles ofrecía un escenario tentador que llevaba a enamorarse
de ella, a la par que facilitaba, a veces, la indispensable reflexión, paso a
paso, sobre la esencia de la vida, posibilitando la introspección tan necesaria
para el desarrollo y evolución personal. La andarina ruta del paseo marítimo
avivaba una sensación especial y el magnetismo del agua despertaba sentires
ancestrales de fusión… somos agua y del agua surgimos. Callejear por el centro
siempre fue un buen deporte que te permitía descubrir rincones y edificios sorprendentes mientras te
imbuías en su historia.
Málaga, en los casi 50 años que la
habito, ha cambiado sustancialmente. En 1977, la ciudad tenía escaso atractivo turístico, urbano,
cultural o monumental... a pesar de disfrutar de la espléndida luminosidad que le
regaló la naturaleza por su estratégica ubicación. Goza de un excelente clima
que, salvo momentos puntuales donde el terral la hace irrespirable, resulta templado, suave y apacible,
balsámico y confortable.
La Málaga de hoy
Hoy día ha cambiado radicalmente.
Sobre todo en la zona del centro, donde las políticas urbanísticas de la
alcaldía se han volcado, en detrimento de los barrios periféricos que
evolucionan a un ritmo muy inferior en servicios y limpieza. Proliferan los
hoteles, contamos con numerosos
museos, una apasionante actividad cultural, espacios de
restauración con sus abundantes terrazas, aunque en exceso pues roban espacios
urbanos al ciudadano de a pie; el puerto es una excelente oferta y disfrutamos
de números “rincones con encanto”. En todo caso, hemos de considerar que, hoy
día, nuestra ciudad tiene un atractivo turístico especial reconocido a nivel
mundial. Ese mérito se convierte en demérito para muchos ciudadanos o vecinos
de Málaga por la inmensa afluencia de turistas que abarrotan sus calles.
Los llamados pisos turísticos,
disruptivos en las comunidades de vecinos, han elevado el precio de la vivienda expulsando a la periferia a los
malagueños, con el consiguiente desarraigo y el coste añadido debido a los
medios de transporte para quienes ejercen su labor profesional en la ciudad. He
ahí un tema de debate que sigue en el aire y que se ha de tratar para priorizar
intereses locales sobre fondos especulativos relacionados con el alojamiento
turístico que, por lo general, pertenecen a grandes tenedores en fondos de inversión, mayoritariamente
extranjeros.
La masificación turística
Caminar sosegadamente por sus
calles, manteniendo aún el encanto, se está convirtiendo en un difícil y complicado ejercicio, dado
el trasiego humano que se observa. En el casco antiguo, sobre todo, se percibe
una diversidad de visitantes de muchas y variadas nacionalidades. Según fuentes
del propio ayuntamiento, el 64 % de los visitantes son extranjeros y solo el 36
% son de procedencia nacional, hecho que se confirma escuchando a los
viandantes, donde la Ciudad del paraíso
de Vicente Aleixandre parece más bien una Torre de Babel.
Indudablemente el flujo económico
que genera es importante. Las terrazas proliferan y la iniciativa en el campo
de la restauración oferta cada vez más establecimientos de calidad, pero, a la
vez, incrementa los precios en ese juego perverso de la ley de la oferta y la
demanda. Los visitantes suelen tirar de tarjeta con mayor facilidad que el nativo,
que ha de vivir todo el año sometido a esos onerosos y abusivos precios de
mercado turístico. Málaga ya está en el puesto 6º del ranking de ciudades más
caras de España. Los establecimientos turísticos podrán hacer su agosto, pero
la economía familiar del trabajador sufre un hachazo.
Cambio de tercio
Cada vez que salgo intento volver a
vivir la esencia del pasado, disfrutar la calle, los jardines o los diferentes
espacios donde antaño disfrutaba; incluso escribir algunos versos que surgen
inspirados por el entorno. Esporádicamente me gusta desayunar los
clásicos churros de Casa Aranda alguna
mañana o tomarme un pajarete en Casa de Guardia, por nombrar a dos clásicos. Es
apetecible sentarme en una terraza cuando el sol declina para disfrutar del
momento, mientras se observa el trasiego del gentío que pulula por la calle…
cada cual con su tema. ¡Qué interesante es estudiar al variado espécimen
humano! A veces, a modo de entretenimiento, juego a definir el perfil de su
personalidad según sus rasgos
faciales, su figura corporal, su forma de andar y expresarse, su
mímica… y le voy marcando con mis prejuicios, elaborando una hipótesis de
supuesta coherencia… no es nada, solo un juego psicológico.
Suelo acudir a determinados actos
culturales; a veces al Rectorado, de la mano de ASPROJUMA, al Ateneo o la Sociedad
Económica de Amigos del País, además de algunos otros de especial interés por
quien los organiza y protagoniza. Caminar desde casa hasta llegar al lugar me
hace transitar las calles y vivir su ambiente, además de ejercitarme.
Me encanta la plaza de la
Constitución, inmersa en un contraste de dorada luz y tenue sombra que le
otorga su esplendor al atardecer. Su esbelta fuente la adorna y una hilera
marcial de palmeras le rinde homenaje. Hay tres perspectivas que me son
especialmente agradables: desde el arco del pasaje de Chinitas, la inversa con
la catedral sobresaliendo majestuosa por los tejados y la visión longitudinal
de calle Larios. Pero el conjunto de edificaciones que la circundan, tienen,
por desgracia, una escasa
homogeneidad arquitectónica que la devalúa.
Cuando paseo por mi ciudad no puedo
evitar ir recordando los datos de su historia que almaceno en mi memoria,
aunque no sean muy extensos y profundos. A menudo se ven completados por otros
que voy adquiriendo a lo largo de mi deambular entre sus calles, al amparo de
mi curiosidad innata.
El fuerte de San Lorenzo
Hoy volví a fijarme en las marcas
circulares sobre el pavimento que delimitan el lugar que ocupó el fuerte de San Lorenzo. Corresponden,
para quien no lo sepa, al trazado del muro del fortín u hornabeque que se
construyó a caballo de los siglos XVII y XVIII por orden del nefasto Carlos II,
con el que concluyó, de mala manera, el reinado de la dinastía de los Austrias,
cuando ya se había iniciado el declive del imperio. La exposición de Málaga a
ataques de corsos y piratas provenientes de Berbería y la amenaza con la
presencia de naves hostiles de diferente bandera, era motivo de gran
preocupación para la población, que debía huir a los montes ante un posible
asalto, dada su escasa dotación
militar para la defensa.
El ataque a la ciudad de las naves
galas, del Rey Sol en 1693, sin protección ni capacidad de defensa, significó
una vergüenza y preocupación para el “Imperio”, que llevó a considerar la
construcción de ese baluarte defensivo. No fue un castillo, aunque se pretendió
construirlo cuando ya apenas era necesario, al haberse alejado la mar del
hornabeque y ser ineficaz el tronar de sus cañones. Más o menos, según tengo
entendido, cumplió su función durante un corto siglo, pues ya en 1776, el
propio ayuntamiento propuso su demolición para facilitar la obra de la Alameda
y la urbanización de los terrenos, a los que optaba la poderosa burguesía del
momento (sobre todo Heredia que construyó por allá su “palacio”). Sin embargo
la orden de demolición no
llega hasta 1802, un siglo después de su inauguración (1701), de puño de Manuel
Godoy, valido de Carlos IV, y su demolición final hasta pasada la guerra de la
independencia.
Las marcas que he referido, como
localizadoras de perímetro del fuerte, se pueden ver perfectamente en el paseo
peatonal, en ambos laterales de la Alameda. Unas partiendo de la calle San
Lorenzo hasta la calle Ordoñez, más o menos, y la otra desde la puerta de la
iglesia de Stella Maris hacia la acera contraria. En algunas figura marcado el
perímetro del fuerte sobre dos líneas que señalan la Alameda. Animo al lector a
descubrirlas.

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