martes, 7 de junio de 2016

¿La incredulidad lleva a la verdad?


(Me gustaría conocer tu opinión sobre este blog para orientarme a la hora de tomar decisiones y cumplir el objetivo que me propuse. Si no te importa, te ruego contestes a una pregunta que aparece al margen izquierdo sobre el asunto. Gracias.)

De cuando en cuando, leyendo un libro, se para uno ante una reflexión, ante un razonamiento que te hace pensar. Luego, cada cual que saque sus propias conclusiones, porque, amigo, cada uno estamos en una dimensión distinta de pensamiento, condicionado por la existencia y por las influencias que han tenido las ideas en su forma de ver y analizar el mundo, en su credo y su ideología. La vida me ha venido mostrando que lo que yo pienso no es “trasvasable” a lo que piensan todos los demás, solo a los que han realizado un recorrido argumental similar al mío a través de su existencia. Tal vez por eso le puse a este blog Cosas de Antonio, porque son mis cosas, mi forma de ver el mundo, de pensar y razonar, de percibir una realidad bajo el prisma de mi inteligencia y mi capacidad de análisis. Cada cual tiene sus cosas. Yo soy de los que creen que este mundo encuentra su sentido en el desarrollo de las individualidades, en la búsqueda sistemática de la verdad a través de la ciencia, del conocimiento, y de los sentimientos conjugados en el ser humano. La libertad de pensamiento es un garante de que se irá más allá de los encorsetamientos, de las mesuras impuestas para que no se cuestione aquello que no interesa sea cuestionado.

Cada uno tiene una estructura fisiológica que soporta un nivel de inteligencia y una capacidad de razonamiento, de discernimiento, que se desarrolla en función de cómo se ha educado y cómo ha evolucionado en su vida y su interdependencia de los demás, de su adoctrinamiento, de los dogmas y credos, de las ideologías troqueladas y su actitud gregaria o no ante los grupos de influencia con los que se ha topado a lo largo de su existencia. Somos el resultado de una siembra y cultivo, de un adoctrinamiento, que se fue realizando a lo largo de nuestra infancia y que, con la madurez y la aparición de la capacidad de discernimiento adulta, se sedimenta en función de la personalidad, de las inquietudes y de las actitudes existenciales de cada cual.

El ser humano encuentra su verdadera dimensión cósmica en la proyección infinita de su pensar, de su creatividad, de su capacidad de ir más lejos, de buscar y encontrar la verdad de las cosas en el desarrollo de su conocimiento, que es la elevación máxima hacia el todo infinito que fragua el universo. En esencia, el ser humano, como elemento integrante de un todo cósmico, ha de buscar esa verdad que le lleve a comprenderse y conocerse en esa dimensión holística panteísta.  

En todo caso, tal como indico en la presentación de este blog, yo miro por mi ventana y cuento lo que veo, tú puedes mirar si quieres y verás lo que yo veo, pero si no miras o no sabes ver y orientar tu mirada hacia donde yo lo hago, no pasa nada, puede que tus ojos no estén acostumbrados a la luz que yo percibo. Yo estoy en un lugar del camino, tú estás en otro, cada cual ha de hacer el suyo y puede que nos encontremos en algún lugar del mismo. De momento, hablando, vamos mostrando la singularidad de la ruta y la comprensión de la misma. Si yo argumento algo, solo unos pocos, aquellos que tengan las inquietudes que  me mueven a mí, los que transiten al nivel que yo transito, estarán en condiciones de entenderme y seguir el sendero de mi argumentación. Es posible, incluso, que para otros mi propia argumentación parezca carente de sentido, pues ellos soportan su forma de pensar en credos y dogmas a  los que yo cuestiono por sistema, pues están en otro lugar del trayecto. No pasa nada. Si entendemos que el ser humano es un sujeto pensante, respetable y complementario a los demás, acabaremos comprendiendo que la diversidad de pensamientos, siempre que no se pretenden imponer por la fuerza a los otros, y se soporten en mentes abiertas, son indiscutibles nutriente para la evolución de la especie humana.

Todos andamos en el camino de la vida, pero unos son más reflexivos, se lo cuestionan todo, su incredulidad les lleva a necesitar constancia fehaciente de los hechos para creer en ellos; mientras otros, con una actitud menos exigente, no se cuestionan tantas cosas y acaban convencidos y creyendo en las que predican otros, a los que les dan autoridad y credibilidad como seres superiores que tienen la capacidad de ver y entender mejor las cosas de la vida y de la muerte; o sea, lo de aquí y lo de allá.

La verdad fácil es la que no se cuestiona, por tanto puede ser una verdad falsa, no contrastada. “Esta es la verdad… ¿por qué? porque lo dice el Corán, la Biblia, Cánones del Budismo, Libro del Mormón, Popol Vuh, Puranas, Talmud, Upanishad, Vedas, etc.” En esa verdad pueden anclarse sujetos que no quieren ir más lejos, que se amarran a lo que otros ya dijeron, a fe en cosas fijadas por dogmas. Es una buena forma de vivir la vida, no te lleva al sistemático conflicto de cuestionar el existencialismo del ser humano.  Pero, cuando se observa la cantidad de libros sagrados, de credos y religiones existentes en el mundo, no cabe otra cosa que pensar en que no pueden ser todas ciertas, y que la verdad está en todas y en ninguna, porque la verdad es relativa, parcial y sesgada, en función de la parte que se vea o se mire. La verdad total, la verdad holística, no está al alcance de la mente humana. La única verdad que está a nuestro alcance es la que se percibe, la que podemos contrastar mediante la percepción y el razonamiento, sabiendo que esa verdad está condicionada por nosotros mismos, por nuestra propia forma de ver y sentir las cosas. La verdad es relativa, pues. Está más cerca de la verdad el incrédulo y escéptico, el que  necesita contrastar las cosas antes de creérselas. El que, elaborando hipótesis sobre lo que puede ser esa verdad, necesita verificar esa hipótesis para confirmarla o dejarla nula. El incrédulo está más cerca de la verdad porque la busca; el crédulo no lo está pues ya se conforma con lo que tiene.

Todo esto viene a la sazón por haber leído esta reflexión en el texto del libro “El día en que Nietzsche lloró”; cuyo autor es: Irvin D. Yalom. Nietzsche, que acude a la consulta del Dr. Breuer por un problema de salud, posiblemente somatoforme, entra en el debate sobre la verdad y la necesidad de reivindicarla de forma sistemática. Dice así:

“Se accede a la verdad a través de la incredulidad y el escepticismo, no a través del deseo infantil de que algo se produzca.  El deseo de ponerse en manos de Dios no es la verdad. No es más que un deseo infantil. Es el deseo de no morir, el deseo de aferrarse al pezón, eternamente hinchado, al que hemos puesto la etiqueta “Dios”. La teoría de la evolución demuestra de manera científica la superfluidad de Dios, aunque Darwin no tuviera le coraje de llevar las pruebas a su conclusión verdadera. Usted debe darse cuenta de que hemos creado a Dios y de que todos juntos lo hemos matado”.


¿Te imaginas, y por qué no, que el cosmos está movido por una energía cósmica inteligente que se labra y desarrolla mediante la evolución de las inteligencias animales y humanas, que somos un campo de cultivo de esas inteligencias que vuelven al cosmos cuando morimos y que enriquecen al Dios total, al que conforma el universo pleno, para hacerlo más grande e infinito? En este caso, ando justificando la existencia a través “del deseo infantil de que algo se produzca”, tal como he referenciado en el texto extraído del libro en cuestión. Pero, todos tenemos algo de inmaduros y, en esa inmadurez, es lógico que busquemos al padre y protector, al sistema que nos lleve al más allá haciéndonos trascendentes para convertirnos en infinitos, en eternos…


2 comentarios:

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

SSin quererlo pensar, Antonio, he pensado lo que decía Dr. Breuer. Entonces no me decía deseo infantil, lo llamaba "por propio egoismo"

Antonio dijo...

Yo entiendo que los seres humanos tenemos como misión específica la perpetuación de la especie tendiendo a mejorarla, cuyo eje fundamental pivota en torno a la propia vida del individuo, por tanto su primer objetivo es su propia seguridad y desarrollo personal, por lo que el egoísmo es la clave que garantiza el objetivo de su misión. Instintivamente es el egoísmo el que mueve al sujeto y, por ende, al mundo. Esa es mi humilde opinión.
El deseo infantil, se mantiene en el adulto que siempre conlleva infantilismo e inseguridad y necesidad de padre que le ampare, aquí o en el más allá.
Un abrazo