jueves, 23 de junio de 2016

Intensiva retrovisión de los setenta


Ese joven sentado de en medio, ya con entradas, soy yo con 27 años
Se acaba de abrir un grupo de facebook  de Amigos del Hospital Universitario Carlos Haya de Málaga. Yo empecé a trabajar en ese centro en 1.978, a mis 27 añitos recién cumplidos, supliendo bajas, en este caso en el Servicio de Respiratorio, ubicado en la 6ª Izq, del Pabellón A. Desde octubre de 1977 ya trabajaba también en el Hospital Psiquiátrico Provincial de Málaga. En aquellos tiempos había un impresionante déficit de profesionales de enfermería… ¿Quién nos iba a decir que acabaríamos con tantos profesionales en el paro?

Durante varios años compaginé la actividad en estos dos centros. Duros tiempos, de gran dedicación, donde la profesionalidad se veía contrastada por la excesiva demanda de dedicación al estar al servicio de dos hospitales diferentes. Carreras, malcomer, estrés, desajuste del reloj biológico y… al final úlcera de duodeno tratada sobre la marcha.

En 1979, cuando conseguí la plaza de Estatutario, solo le pedí a Dios que no me tocara a la UVI; pero como yo no era creyente, debió castigarme o mostrar su indiferencia ante un sujeto ajeno a su credo… y me tocó la UVI. Módulo de Respiratorio inicialmente y, después, ser punta de lanza en el de Cardiovascular en cuanto se abrió para otorgar cobertura a este flamante servicio. Altas especializaciones desembarcaban en nuestro hospital y había que dar respuesta a sus demandas. Era un lugar donde nos enfrentábamos a situaciones extremas, luchando entre la vida y la muerte.

Corazones rotos que se reconstruían en los quirófanos, que nos entregaban allí para sembrar una esperanza de vida en sujetos a los que la parca los tenía acorralados. Lucha diaria por evitar complicaciones, por vigilar que el proceso evolutivo fuera el adecuado, por ayudar al paciente a superar una situación crítica. Control y vigilancia extrema de las constantes vitales, evitar taponamientos pericárdicos y mediastínicos con ordeñado de los drenajes correspondientes, frustrar los fracasos renales o sistémicos, aplicar los balones de contrapulsación en algún que otro caso, etc…

No se podía ser o tener fragilidad psicológica, pues cada día nos llevábamos a casa un drama o la satisfacción de un éxito. Una muerte o una vida. Nunca tuve sensaciones más contradictorias, más confusas, más extrañas, que las que afloraban ante el espectáculo del milagro de rehabilitar los corazones, o de la amargura de acabar sucumbiendo ante el sino irreversible que arrebataba la vida y la entregaba al más allá, navegando hacia el Hades en la barcaza de Caronte.

Hay un sinfín de casos que vienen a la memoria, que quedaron troquelados en la mente: dolor, sufrir, desesperanza, llanto, muerte… pero también, alegría, victoria, esperanza, vida y la felicidad de llevar el sosiego y la ilusión a toda una familia que veía como recuperaba a uno de sus más importantes miembros de las garras de la parca. Cada muerte era un fracaso que se vivía profundamente; un sentir compartido con la familia, pero de diferente connotación, que no te dejaba indiferente, que llamaba a la puerta de la conciencia para ver si habías hecho todo lo humanamente posible para evitarlo; que, muchas veces, te arrebataba el sueño, sobre todo si se trataba de gente joven a la que le hubiera correspondido proyectar su vida mucho más allá en el tiempo, pero que esta se había segado por una patología sembrada azarosamente o por un proceso previo o hereditario.

Hay dos casos en que lloré amarga y desconsoladamente: un niño de 10 años, si no recuerdo mal, infectado por una ornitosis provocada por pájaros provenientes de Brasil y otro de 4 años que fue arrollado por un camión en la misma puerta de Carlos Haya, y no pudimos hacer nada por salvarle. Solo recordarlo me hace revivir aquellos hachos que me marcaron clamando al cielo por arrebatar la vida a seres tan indefensos y colapsar su proyecto de vida y la de sus familiares… Fueron tiempos importantes, de caer y levantarse, de aprender y renovarse, que nos dieron seguridad y autoestima, que nos proporcionaron satisfacción y dolor, según el caso.

Creo que resultará difícil, para quien no haya vivido estas experiencias, sentir lo que nosotros vivimos, lo que sentimos ejerciendo una profesión límite. Siempre sabedores de que el paciente, cuando estaba consciente, percibía la proximidad del borde del precipicio; que nuestra sonrisa era como una promesa de futuro, como una esperanza para esquivar ese precipicio que llevaba al más allá, al abismo, que desdramatizaba la situación encendiendo una lucecita en el horizonte de la esperanza. No era cuestión de trivializar, pero sí de racionalizar, de saber estar y anclarse al mínimo soplo de esperanza. En el fondo, el paciente, se agarraba a nuestra mano, se abrazaba a nuestra mente y se entregaba a nuestro hacer con la esperanza de ser redimido de su sino, aferrado, cómo no, al más mínimo hálito de vida que pudiera ser el punto de apoyo para escapar del nefasto destino.

Y nosotros, pobres de nosotros, ¿qué sabíamos de la muerte? Si estábamos rebosantes de vida, de juventud y esperanza, si nuestro proyecto se andaba fraguando en los sueños, en la perspectiva de la longevidad, en la ilusión de formar nuestras familias, de darnos al amor de aquella persona que nos amaba, de criar nuestros hijos, de vivir, vivir, vivir… Nosotros, el mañana lo veíamos esquivando a la muerte que merodeaba por aquellos lugares; astuta parca que, sabedora de dónde podía cosechar el fruto con su gélida guadaña, vagaba escondida entre constantes vitales, fracasos renales, sangrados o hemorragias incontroladas, paradas cardiorespiratorias o cualquier otra causa que le permitiera arrebatarnos traicioneramente la vida del enfermo. En alguna ocasión le vi la cara.

Recuerdo aquel caso en el que me pinché con la aguja usada en un paciente recién ingresado con ictericia sin estar diagnosticado. No sabíamos  si era obstructiva o producto de una hepatitis, lo que me podría producir una hepatitis fulminante con muerte irremisible. Persistía en la memoria el caso de una alumna que se inoculó el virus de forma percutánea en una situación similar, con lo que la fantasía se instauró en mi mente y nunca olvidaré la tensión y el sufrimiento interior que me produjo, considerando que no quería decirle nada a mi familia, hasta que se resolvió el diagnóstico a los pocos días. El saber que era obstructiva me produjo uno de los momentos más felices de mi vida, lo notó mi familia y le conté lo ocurrido…

Hoy, cuando he visto que han creado ese grupo al que aludía al principio, reviví mi vida de hace más de treinta años, sentí lo que fui, la fuerza de una juventud dedicada a la lucha contra el enemigo más poderoso de la tierra… me sentí importante por haber tenido el valor de batallar con él en desigual combate, pero, al ver lo que soy, al mirarme al espejo, percibí que en esa lucha se pueden ganar batallas, pero la guerra se pierde…

Tal vez, la única forma de ganar esa batalla sea el saber perderla; el morir dignamente, con la conciencia limpia, con el deber cumplido, con la paz interior que eleve el espíritu dejando tu semilla en este mundo para que siga creciendo, viviendo y desarrollándose en equilibrio con su entorno por los siglos de los siglos; o sea, haciendo que la vida sea cada vez más humana y más digna, más justa y solidaria, más inmersa en el todo que nos trajo y que nos reclama para integrarnos en el cosmos infinito… Puede, querido lector, que hayamos nacido para crecer, para perfeccionar ese cosmos al que volveremos cuando dejemos esta tierra donde nos anclamos como árboles que crecen y se nutren dando vida a la par que la poseen.


Nacemos para morir, pero al hacer el camino vamos recogiendo frutos que nos harán más o menos ricos, más o menos dignos, para cuando llegue el momento final; mientras tanto, además de dignificarnos, ayudemos a los demás a dignificarse también, pues la dignidad solo tiene sentido si es compartida.


4 comentarios:

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Una entrada llena de humanidad

Antonio dijo...

Gracias. Mª Ángeles. Creo que la enfermería y la psicología, que son las dos carreras que cursé, son complementarias y básicas para comprender y ayudar a la gente.
Besos

Camino a Gaia dijo...

Hay un tiempo para todo. También un tiempo para morir. Hay que hacer sitio para los que llegan. Partir con dignidad, cumplido tu tiempo y agradeciendo los dones de la vida que tú también has regalado. Un saludo

Antonio dijo...

Partir con dignidad... Eso es, amigo, vivir con dignidad para poder partir con ella.
Saludos.