jueves, 26 de noviembre de 2015

La semilla

El autor en 1960

La revista Terral acaba de publicarme este relato, pero como hay gente que comenta no poder acceder a la misma, dejo el enlace a la citada revista y lo complemento con el texto que se publica. (Para acceder a la revista cliquea en la palabra Terral que soporta el hipervínculo. Es el segundo de los tres relatos que se publican).


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Apoyado en el quicio de la puerta, un niño de ocho años, observaba las calles de la aldea esperando la vuelta de sus padres tras su agotadora jornada de trabajo en el campo. Era un día gris y nublado, del incipiente otoño de 1958, que empezaba a castigar con su brisa las mejillas churretosas e infantiles de los niños a la salida del colegio. En muy poco tiempo se había pasado del tórrido verano a un octubre amenazante e inhóspito, precursor de un gélido invierno. El menesteroso vestuario se hacía evidente para dar protección de la imprevista conducta del alocado clima y un ligero temblar le mostraba su insuficiente indumentaria para acometer el cambio de temperatura que se iba manifestando poco a poco. Al fondo, en la realenga, donde los carruajes y las bestias habían plasmado su impronta dejando una irregular superficie, observaba el lugar por donde deberían aparecer los hombres y mujeres que volvía cansados de las labores del campo, mientras un remolino jugaba con la tierra y elevaba el polvo, como un manto, tamizando el horizonte. Empezaba a sentir frío y hambre. Sus amigos y compañeros ya estaban a cubierto en sus casas, mientras él esperaba en la puerta la gratificante imagen de sus padres, sus caricias y protección, sus cuidados y esmero, que le proporcionaban esa sensación inenarrable de seguridad… ¡Dios mío, que no me falten nunca! pensaba el chiquillo. Sentía escalofríos solo con figurarlo, y volvía a su mente la imagen de Pedro con su tos incontrolable y sanguinolenta, que le había llevado a la tumba dejando una caterva de chiquillos hambrientos y desamparados, bajo el paraguas de la madre indefensa.

Su faz denotaba cierta preocupación, su mirada extraviada y a la vez expectante, mostraba la angustia de la espera. El sol, con su misión cotidiana cumplida, se inclinaba suavemente sobre el horizonte buscando el merecido descanso, dando paso a una luna creciente embajadora de la noche. El día había hecho estragos en su estampa y, la pulcritud matinal, dejada por el amor de la madre antes de su marcha a los campos, dio paso a su aspecto desaliñado y churretoso. Cabeza rapada para ahuyentar piojos, sandalias de goma, pantalón corto marcado con manchas y parches y, a la par, zurcidos primorosos, camisa de corte casero repleta de lamparones producto de las travesuras, de sudor y tierra, de llantos y risas, de golpes y abrazos, de juegos de niños semiabandonados.

Al frente se yergue la nueva construcción de una caseta que ampara al transformador que ha modificado la aldea. Hasta ahora, junto a las chimeneas, solo las lámparas de carburo, quinqués y candiles cargados de historia, habían alumbrado las lúgubres noches otoñales. Aquella mágica luz que guardaba la caseta y fluía por los cables le maravillaba. Su padre le había explicado el extraño mecanismo del invento y empezaba a comprender, a su temprana edad, que aquello cambiaría la aldea, que las cosas ya no serían como antes.

En su casa, la primera radio que había visto en su vida, le fascinaba. Su padre sintonizaba emisoras, escuchaba el parte, se distraía con el cante flamenco y las voces de Antonio Molina, Juanito Valderramas, Antonio Mairena, La Paquera, La Niña de los Peines… Un sin fin de coplas y cantares que le alegraban el crepúsculo. Era un gran aficionado al cante; incluso cantaba en los encuentros con los amigos en el bar y durante las faenas del campo. Sus coplas estaban cargadas de pena, de amores frustrados, de amores de madre y de hijos. Otras veces eran de alegrías y cantos de vida, de holganza y requiebros, de enamoramientos. En ese momento, dejándose llevar por el subconsciente empezó a tararear la cantinela: “El preso número nueve ya lo van a confesar, está rezando en su celda con el cura del penal…”

Pero hace ya unas noches fue distinto. Esa noche le observó sintonizando en la radio, con un sonido chirrión de onda corta, otra emisora. El volumen bajo, casi imperceptible si no estabas cerca. Al final una voz de mujer con tono chillón anunciaba Radio España Independiente, la Pirenaica. Empezó a escuchar proclamas extrañas, hablaban de Franco, ese hombre tan bueno, según la maestra, que salvó a España de tantos males, de los malvados comunistas, de los que atentaban contra la religión y querían destruir España. Pero esta mujer no decía eso. Lo ponía de asesino, sanguinario, traidor y fascista, dictador amigo de Hitler y de Mussolini. Pronto caería su régimen y volvería la república para liberar a los trabajadores del yugo del capital, pregonaba.

Entonces tuvo miedo. Miró a su padre con preocupación esperando respuestas, pero él seguía con la oreja pegada a la radio, como ausente, embebido en el tono y el verbo de aquella señora que iba revelando cosas que no comprendía. Su madre no dejaba de repetirle que un día tendrían un disgusto, que alguien podía oírlo y decírselo a los civiles que le llevarían detenido al cuartelillo. Él ya sabía cómo se las gastaban los civiles, los otros niños mayores comentaban sus actos, las palizas y amenazas, el desprecio y la soberbia que les caracterizaba para con los vencidos en la pasada guerra y el servilismo que practicaban con los vencedores. No obstante, la magia de la radio le llamaba y, con ella y aquel discurso extraño, abría la puerta de otra dimensión desconocida e intrigante.

Entonces el mundo cambió para él. Todas las noches, sin que sus progenitores se dieran cuenta, se acercaba a la radio para oír lo que decía aquella mujer y otros que también hablaban. Disimulaba para que sus padres no notaran su interés, para que los civiles no pudieran descubrir que lo oía todo. Por la noche daba vueltas a las cosas intentando descubrir que había detrás de todo aquello. Perdió la fe en lo que decía la maestra, empezó a descubrir la injusticia y el abuso del señorito, a sentir pena por el campesino explotado que rendía su gorra al paso del soberbio señor en su caballo. Le habían puesto en cuestión el sistema y el orden que lo mantenía. Aquello no tenía por qué ser así. Por primera vez vio al señorito en simetría con los demás y empezó a no comprender las diferencias; si su padre trabajaba la tierra más que el dueño, si los frutos que daban eran producto de su trabajo, por qué el señorito solo se limitaba a recoger los beneficios. Algo no cuadraba, la tierra estaba aquí antes de que llegaran los hombres, por tanto, no podía ser de nadie en concreto, salvo los frutos de la labranza. La había creado Dios y se adueñaron de ella unos y no otros. La tierra era de aquel señor serio y déspota, que recibía el fruto del trabajo, mientras su padre lo ejercía sin mayor provecho. En su corto entendimiento empezó a pensar que solo se podía ser dueño de aquello que uno había hecho, que había creado el hombre con los recursos de la naturaleza. Algo no encajaba…

La verdad es que se acababa de sembrar una semilla. Esa semilla daría su fruto dentro de unos años. Esa semilla era la semilla de la duda, del cuestionamiento de todo, del pensamiento libre y de la búsqueda de la razón y el sentido de la vida. Había pasado del conformismo y de la entrega sumisa, al campo del librepensador, de la duda y la pregunta eterna. Había iniciado su huída de la mediocridad. En ese momento empezó a asimilar que su lugar no estaba en el campo al servicio del señorito, que debía estudiar para ser maestro, abogado, médico o cualquiera otra profesión que le sacara de allí, que le pusiera en otro lugar para reestructurar al mundo que se le había venido abajo y escapar de aquella nada. Tal vez la semilla del humanismo empezó a arraigar en su interior, ese humanismo sobre el que pivotaría el cambio de la España de los 70... Cuántos niños fueron inseminados en esas circunstancias... habría que dejar crecer ese árbol para recoger el fruto... ¡El futuro se estaba sembrando!

4 comentarios:

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

tu semilla bien plantada. Tus letras son rigurosas, creibles, bien dotadas de armonia y siempre entretenidas. Felicidades por la publicación, Antonio

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

por cierto, el enlace no funciona

Antonio dijo...

Es verdad, Mª Ángeles, no funciona el enlace. Lo he intentado resolver pero no acaba de funcionar. Lo voy a intentar de nuevo a ver si lo consigo. De todas formas, el texto lo he puesto aquí por lo mismo, pero el acceso a la revista puede permitir la lectura de otros textos interesantes.
Gracias y un abrazo

Antonio dijo...

Mª Ángeles, creo que he conseguido resolver el problema del enlace.
Gracias, ya ase puede cargar esa parte de la revista.