martes, 24 de noviembre de 2015

Unas migas en familia

Brígida Perez Ruano

Dentro de los temas que suelo colgar en este blog, llamado Cosas de Antonio, a veces afloran cuestiones de tipo personal y familiar, son mis cosas, que comparto con la gente. Este es un caso de ellos que, posiblemente, solo les interese a los lectores de mi entorno familiar, a los que va dirigido especialmente.

----------------

A las migas, para valorarlas en toda su extensión, se le habría de adosar una “a” al inicio, pues haciendo las migas se hacen amigas y amigos. Cuando el frio se asoma en el otoño, las migas suelen ser un buen elemento o reclamo para unir a la gente en encuentros familiares y de amistad. Compartir unas migas es una excelente oportunidad para verse y disfrutar en familia de una buena mesa con charla, recuerdos y emociones de un pasado común que se asoma a la memoria rubricada por la sangre que compartes con tu gente.
 
Preparando las migas
El ritual de su elaboración ya es significativo de por sí. Condimentos elementales, básicos, conjugados con el arte en la cocina del pobre, que las elevan a manjar divino: pan duro o asentado, aceite, agua, ajo, sal… y lo que fuere intra o sobre las migas… chorizo, pimientos fritos, melón, granada, etc… tropezones que le vas añadiendo para darle un toque personal y a tu gusto, en función también, por qué no decirlo, de tus recursos, pues se solía arramblar con aquello que había más a mano por la casa.

Pero lo más importante es el entorno que se crea. Mientras se hacen, con ese meneo continuo en la sartén y la colaboración de los comensales, se establece un ambiente de charla distendida acompañada de un picoteo para matar el tiempo de espera. Allí se habla de todo y, si se es prudente, se evitan los temas espinosos que te lleven a la discusión. Es oportuno estudiar el ambiente y ver por dónde anda cada cual para valorar el nivel de implicación y el posicionamiento ideológico, religioso, incluso, deportivo; los temas de política, de religión y de deporte suelen despertar pasiones que pudieran frustrar y estropear una buena comida. Por tanto, busquemos aquello que nos une para poder compartir con el grupo y evitemos lo que nos lleve al desencuentro, no seamos impertinentes. Para comer y hacer una buena digestión es necesario un excelente estado de relajación, un ambiente sosegado.

Hoy, en casa de mi prima Carmen, nos hemos reunido un grupo significativo de descendientes de Brígida la Portuguesa, la mayoría de su hija Carmen, y yo de su hijo José (el Cosario). Conocí a Ana y José, también nietos de Carmen la Portuguesa, por parte de su hija Carmen y de su hijo Mariano, y me reencontré con mi tío Juan Manuel y sus tres hijos, Carmen, Dolores y José, sus parejas y algunos de sus descendientes, jóvenes ellos. Bonito encuentro que quiero agradecer a Carmen como anfitriona por la oportunidad de remembrar los viejos tiempos:

-¿Te acuerdas de los altares que hacía la abuela en el Corpus?
-¿Y de sus saetas al paso de la procesión?
-¿Y de sus ramos de flores y coronas?

La familia a la mesa
Claro que nos acordamos, todo el pueblo la recuerda. Fue una mujer bondadosa y valiente, como su madre, la bisabuela Brígida, que crió a 11 hijos tras quedar viuda muy joven. Ella, Carmen, también enviudó joven y crió a sus cinco hijos con solvencia y cariño. A mi tía Carmen (mi chacha Portuguesa), de la que tengo un recuerdo excelente de las visitas que le hacíamos cuando mis padres venía al pueblo, le tengo dedicadas unas quintillas en mi libro “Cuevas de San Marcos, entre fotos y versos”, que dicen así:

Fue la hermana de mi abuelo
esta mujer singular
que nos mostraba lo bueno
de su saeta al cantar
a su Cristo nazareno.

Dominó con maestría
el tocado de las flores,
lindos altares hacía
poniéndole mil amores
para el Corpus en su día.

Crió cinco muchachillos
con un cariño evidente,
niña y cuatro chavalillos
que confirmará la gente
que fueron buenos chiquillos.

Carmen Porras Perez
Luego dimos un repaso a los hijos de Brígida, nuestros prolíficos abuelos que nos hacen una familia extensa. José, Mariano, Antonio, Gregorio, Silverio y Brígido (que falleció ahogado siendo joven al bañarse en el río Genil en la Aceña) y las chicas: Dolores, Teresa, Africa, Carmen y Mercedes si no recuerdo mal. Más de un centenar de primos segundos se dan la mano en esta generación, todos biznietos de Brígida Pérez Ruano, apodada “Brígida la Portuguesa”.

Mi tío Juan Manuel, hijo de Carmen la Portuguesa y nieto de Brígida, es un testimonio vivo de la historia familiar y nos trajo a colación los recuerdos de la guerra. Cuenta que cuando entraron los falangistas (caballista de Lucena) en el pueblo y empezaron a hacer tantas barbaridades, matando gente en plan sumario, abusando y humillando al personal, ellos se fueron a la casa de mi abuelo, a la Aceña, allí estuvieron hasta que se calmó todo y pudieron volver a casa sin peligro. Él lo hace presente con lucidez, pues tenía 13 años y fue consciente de todo…

Aquí empezamos a recordar los ancestros.
-¿Sabéis porque se les llamaban los portugueses? Yo os lo cuento:

José Porras Perez
A principio del siglo XIX aparecen por el pueblo dos sujetos provenientes de una localidad del norte de Portugal llamada Riba de Ancora, muy cercana a la frontera con Galicia. Se trataba de Felipe Pérez Albarez (este Felipe sería el abuelo de fray Crispín, al que acaban de beatificar por haber sido asesinado en la guerra civil) y José Perez Rodriguez, que sería el abuelo de la bisabuela Brígida y que, en principio, no le toca nada al tal fray Crispín, tal como demuestro en la entrada de mi blog titulada:  Mi bisabuela y fray Crispín (Una investigación de parentesco) (si quieres leerlo cliquea en el título), pudiendo admitirse, como algo probable, que los dos sujetos fueran primos hermanos como mucho, dada la coincidencia de su primer apellido.

Pero por la fecha en que se casa José (1812) debieron llegar en plena guerra de la independencia, tal vez de la mano de las tropas portuguesas que apoyaron a los opositores a Napoleón, comandados por el General inglés Arthur Wellesley, más conocido por su título de duque de Wellington. Esto, lógicamente, lo planteo como mera hipótesis, pues no tengo documentación al respecto. Podría haber otras hipótesis, como que formaban parte de los grupos de extraperlistas o de contrabando que tanto abundaban por aquellos tiempos en la “relación comercial” entre España y Portugal, en las que el pueblo tenía su protagonismo dado su aislamiento geográfico, lo que le permitía cierta impunidad. También, volviendo a la primera hipótesis, en la guerra contra la Francia napoleónica, se aplicaba una guerra de guerrillas, al estilo bandolero, con sus partidas y estrategias que llevaban locos a los franceses. Luego, sus componentes, se asentaron en diversos lugares donde fueron acogidos y se integraron estableciendo lazos y vinculaciones familiares. Tal vez ellos dos formaran parte de una de esas partidas. En muchos casos, tras el desencanto y la desesperanza que trajo el fin del conflicto que no les integró en actividad alguna, esas cuadrillas ejercieron el bandolerismo que marcó el siglo XIX hasta su conclusión, en una confrontación sistemática, hasta la creación, en 1944, de la Guardia Civil para combatirlo.

Pero volvamos al caso. Ambos casaron con jóvenes de Cuevas Altas. Felipe con María Valberde Contreras y José con Antonia Quevedo Fernández. Ahora vayamos a nuestro retatarabuelo (José Pérez Rodriguez), que se casó, como ya he referido, en 1812 con la citada Antonia Quevedo Fernandez (En algunos lugares la encontré como Ana Quevedo Melchor), de la que nació el tatarabuelo José Perez Quevedo (el famoso Pepe el Portugués, que en el registro consta como de profesión albañil, pero ejercía otras actividades en negocios y empresas no muy recomendables). Pepe contrajo nupcias en 1854 con Rosario Ruano Granados, una joven veinteañera que vivía en la actual plaza de la Constitución (en aquellos tiempos se llamaba plaza del Mercado), y en concreto, en la casa que hoy habita mi prima Carmen López (de los Chivildos), en el rincón por encima de Galerías David, donde, al parecer, los padres de la novia tenían una posada, y se quedaron a vivir allí.

Gregorio Porras Perez
De este matrimonio, Rosario y Pepe, nacería en 1859 la bisabuela Brígida Perez Ruano, la Portuguesa, que allá por 1881 se casó con Mariano Porras Repiso, un año mayor que ella y del que enviudó joven, pero la dejó cargada con los ya mencionados 11 hijos. Pepe el Portugués, tiene una interesante historia, en el convulso siglo XIX, que da para otra larga velada cargada de migas y charla, solo os diré que en el Borge existe un hotel cuya habitación número 4 lleva su nombre. Os dejo esta foto, que seguro no la conoceréis muchos...

Los diferentes hijos e hijas de Brígida corrieron distinta suerte, quedando unos en Cuevas y otros emigraron a diversos lugares de España. Por ejemplo, la tía Mercedes casó en 1902 con un feriante llamado Manuel Mancheño Cejas que venía al pueblo vendiendo turrón, de cuyo matrimonio nación un hijo llamado José Mancheño Porras. Este tal José es el padre del afamado cantaor flamenco, ya fallecido, Manuel Mancheño Peña, apodado “El Turronero” por tener sus padres este oficio en las ferias (Ver enlace). Nació accidentalmente en Vejer de la Frontera en 1947, pero su vida la pasó en Utrera, por lo que se considera hijo de esa villa. Murió en 2006 de un infarto cerebral cuando contaba 59 años. Trabajó con Antonio Gades y Paco Cepero, viajó por el mundo con su cante y fue un famoso cantaor en los años 70, con una amplia discografía. Al final os presento una grabación de un encuentro flamenco, con mesa velador y copas de vino, junto a Camarón, Paco Cepero y Paco de Lucia allá por 1972.

Ya que fray Crispín no tiene nada que ver con nosotros, como queda demostrado en mi investigación publicada en mi blog, contamos en la familia con un sacerdote, aunque acabó colgando los hábitos, casándose y teniendo hijos. Me refiero a Mariano Porras del Pino, que fue cura de Cómpeta allá por los años 60, donde vivió en compañía de su hermana Brígida, que casó allí con el dueño de los autobuses que conectaban con Málaga y falleció joven. Creo recordar que el marido se apellidaba López, si la memoria no me falla.

La hija África Porras Perez y su familia creo que andaban por la Bisbal, pues cuando yo vivía en Barcelona solía visitarnos uno de sus hijos que venía a ver a mi padre. También hay allá, en Cataluña, descendientes de Teresa (un nieto suyo ha sido alcalde del pueblo hace dos legislaturas), de José (mi propio hermano y varios primos), de Carmen (Dolores, José y Ana aquí presentes), etc. tenemos una buena muestra hoy a la mesa.

El más longevo fue Antonio el Portugués, que vivió en Vadofresno hasta casi cumplir los 100 años, para los que le faltaban dos meses si la información que tengo es correcta. Yo le recuerdo con 90 y muchos años yendo a la huerta montado en su mula y haciendo sus labores de hortelano.

En fin, si hablamos de todos los descendientes de Brígida, de los apodados portugueses, no acabaríamos nunca y nos faltarían espacio y datos. Yo propondrían un encuentro donde nos citáramos todos los herederos de Brígida Perez Ruano y Mariano Porras Repiso en una comida en el pueblo donde vivieron y afloró tanta prole, pero ese proyecto lo dejo en el aire para mejor ocasión, para otras migas “a la portuguesa”.

Y ahora, querida prima, pásame esa copa de vino, esas zanahorias morás tan bien aderezadas y el relleno que ha preparado Granizo, que son símbolos de la cultura culinaria del pueblo, por el que brindaremos desde la distancia, porque el pueblo no son sus casas, sino su gente y estará presente allá donde estemos los cuevachos: Brindo por todos los descendientes de Brígida la Portuguesa, en especial de su hija Carmen y por los paisanos a los que nos liga la sangre… chin-chín. Después, tras degustar esas excelentes migas que has preparado, con todo lo que le acompaña, hincaremos el diente a esas empanadillas de cabello de ángel que hemos traído del pueblo, a ver si ese cabello del tal Ángel me hace salir el mío y me puebla el flequillo. Por cierto, el pastel de zanahoria morá, que habéis hecho Carmen y Dolores, estaba de muerte, nos tienes que pasar esa receta.

Y ahora podéis escuchar al pariente Turronero, en esas bulerías que os prometí.




No hay comentarios: