miércoles, 11 de noviembre de 2015

Arriba España y abajo África, geográficamente.


Cuando estudiaba psicología era muy habitual encontrar en los servicios de la facultad algunos grafitis cargados de gracia y ocurrencias. Recuerdo que uno de ellos se fue escribiendo por partes. Un día encontré escrito: ¡ARRIBA ESPAÑA! Al otro día alguien, con cierto gracejo, anotó debajo: Y ABAJO AFRICA. Al poco tiempo vi la contestación de otro que entraba en liza diciendo: GEOGRÁFICAMENTE. Para concluir, pues ya no sé si alguien más continuó con el cachondeo, apostilló el último: OBVIAMENTE. Quedó, pues, la cosa así:
·        ¡ARRIBA ESPAÑA!
·        Y ABAJO ÁFRICA
·        GEOGRÁFICAMENTE
·        OBVIAMENTE

Hoy se me vino a la memoria aquella pantomima de la facultad donde se tomaban determinadas consignas como algo anacrónico, y vinculadas con el régimen de Franco, ya caduco, pero con humor y guasa, en un soterrado conflicto entre el pasado y el futuro. Los tiempos estaban cambiando y las formas también. Cuando se pretendía hacer una España nueva, diferente, donde cupieran todos, aludir a una facción que dilató cuarenta años la dictadura era, cuanto menos, un atentado al sentido común, sentido que nos llevaba a pretender el encuentro y establecer un sistema de convivencia donde se incluyera a todos.

Por eso me sorprende que, en estos tiempos, la señora secretaria general del PP-A, Dª Dolores López Gabarro haya dicho (cito):"Nosotros no somos 17 partidos, eso son otros. Nosotros somos un partido en 17 comunidades con un único mensaje, y lo decía antes aquella señora: ¡Arriba España!".

Está en su legítimo derecho a hacerlo, en el caso de que así lo sienta, pero no es honroso que luego se eche atrás. Entiendo que cada cual es muy libre de sostener y mantener honradamente sus ideas, desde el respeto a las de los demás, claro. En todo caso, es rechazable, sistemáticamente, el intento de imponer las propias por la fuerza, la coacción o la intimidación, vengan de donde vengan.  Por tanto, alabo la expresión de la señora López como forma de definir su verdadera ideología respecto a la identidad de esa España que ella pretende y defiende, aunque me pese y observe la imposibilidad de poder dar solución política, desde esa perspectiva, a la problemática de la respetable diversidad de los pueblos de España y el tufo o reminiscencia que pudieran desprenderse de tal “grito de guerra”.   

Pero, para una mejor comprensión de lo que digo, permítaseme un pequeño apunte. El lapsus, o expresión desafortunada, como han venido en llamarle ella misma y sus adláteres, siempre tiene una relación directa con lo que el subconsciente encierra. Freud diría que el sujeto que comete el lapsus linguae sufre un conflicto interno, ya que manifiesta algo de lo que no está seguro ni convencido. De aquí se deduce que (presuntamente) no expresaría lo que sentía, que era otra cosa distinta al discurso, sino lo que estaba interesado en decir. La explicación que Freud da a esta situación es la del afloramiento de lo reprimido, que se produce como norma general a causa de momentos de estrés o angustia. El lapsus vendría a corregir eso que anda manifestando y que no corresponde a su verdadero sentir. Es decir, ibas a decir algo de lo que no estás convencido, pero en el trajín y acaloramiento del discurso hay un hecho que dispara tu subconsciente y hace aflorar lo que de verdad querrías expresar. Alguien lo grita: ¡Arriba España!, el contexto represor del mensaje subliminal ha desaparecido, o se ha relajado, y entonces, ante la relajación de la autocensura impuesta por el superyó, sueltas la verdad de tu pensamiento de forma directa o simbólica, como es el caso, en un contexto de cierta intimidad del grupo con el que te identificas y que comulga con ese planteamiento.

A partir de aquí, a mí, las dudas que siempre mantuve respecto a este partido se decantan. Estas cosas le dejan a uno preocupado, pues, aún sabedores, desde tiempo ha, que el PP es un partido, en gran medida, hijo de la ideología del franquismo, en lo referente a la concepción de la España territorial, absolutista, tradicionalista, católica y entendiendo a los ciudadanos como súbditos de esta concepción, estos lapsus vienen a confirmar que la ideología del viejo régimen no ha muerto y que sigue viva en el subconsciente de muchos de los llamados demócratas de conveniencia o reciclados en forma pero no en fondo. Eso es natural, pues durante 40 años se nutrió y cultivó en las escuelas, medios de comunicación, iglesias y en el contexto de la sociedad, por tanto es imposible que no haya germinado, que no haya gente que comulgue que las ideas franquistas y eso lo hemos de aceptar como algo natural, como una realidad incuestionable, aunque en ningún caso como algo democrático, en tanto esa ideología no conlleva el respeto a las ideas de los demás. Sabemos, pues, que no se puede servir a Dios y al Diablo, por lo que no se puede ser franquistas y demócrata a la vez. Cuando alguien defiende, de la forma que fuere, al viejo régimen estaremos ante un fascista solapado convertido por conveniencia a la democracia. No hablo de todos los miembros de ese partido, claro está, sino de aquellos que se esconden tras el mismo como demócratas y en el fondo mantienen su idilio con el dictador y su añorado régimen, en mayor o menor grado, si bien sospecho que son muy numerosos.

Uno de los aspectos que identificó al singular fascismo que promovió el alzamiento fue, sin duda, la concepción de España desde los valores tradicionales, con un poder centralista, que ya en el siglo XIX nos arrastró por civiles guerras entre absolutistas y liberales, fuerzas centrípetas y centrífugas de una España convulsionada por la incompetencia de reyes, políticos y militares. Una especie de Altar y Trono (en este caso caudillo) como forma de vertebrar el país, un nacional-catolicismo, pero matizado por las nuevas ideologías emergentes en los años 30 en la Europa Italo-alemana. El fascismo entendió España como una entidad de pensamiento único soportado en un credo religioso tradicional, descalificando cualquier otra ideología, en lugar de observar en ellas otras visiones singulares que, en libertad, desarrolla el ser humano pensante. El ciudadano era súbdito, no soberano. Por tanto el que no pensaba como ellos no era un español de bien y se podía considerar como un ignominioso traidor a la patria, a esa patria que ellos cultivaban y que, por tanto, no merecía vivir si no se sometía. La pregunta del millón es: ¿Cuánto de eso persiste en el subsuelo del partido heredero, fundado por D. Manuel Fraga?

Me pegunto: ¿Cuando alguien refiere que no son 17 partidos, sino uno que dice lo mismo en todos lados, da a demostrar que no respeta la singularidad de los pueblos, que elude las diferencias, la diversidad, y que lo suyo es adoctrinar para que esas diferencias desaparezcan y todos se sometan a la idea única? Es posible que así lo entiendan en el PP y, por tanto, se hayan judicializado las diferencias políticas, renunciando a la negociación y al consenso, donde siempre se ha de ceder algo para recibir otro algo a cambio. Todos sabemos, o deberíamos saber, que los pueblos tienen su singularidad, su idiosincrasia personal, sus matices e identidades culturales, económicas, sociales, etc. y que todo buen gobernante que se considere demócrata tenderá a intentar establecer una convivencia entre ellos desde el respeto a esas diferencias y la singularidad cultural de cada pueblo. Pero cuando, tras la confirmación de esa definición sobre el propio partido, se remacha con un ¡Arriba España! se le da el marchamo de la ideología que gritaba esa consigna con el brazo levantado en marcial saludo, como vencedores de una contienda que se pretende olvidar y no se logra.

Digo no se logra, porque el propio Partido Popular confirma las sospechas de su anclaje ideológico cuando sigue dejando en la cuneta a los fusilados y represaliados del franquismo, cuando niega el derecho de los vencidos por las armas a ser honrados como demócratas y gente de bien, cuando se le llena la boca para pedir justicia para las víctimas de ETA, cosa que aplaudo, y deja en el olvido a los del franquismo, cosa que desapruebo. Esa doble moral, viene a mostrar lo que realmente piensan y sostienen en lo más profundo de sus convicciones. No se dan cuenta que solo se cerrará esa herida de forma definitiva “zanjando” las zanjas donde están los muertos, para permitir que el purulento rencor por esos crímenes se diluya en la balsa de la justicia, entregando esos huesos a la familia y al justo descanso con su lápida y su nombre que les haga vivir en la memoria de los vivos. La ofensa se agrava cuando se subvenciona a una fundación defensora de la memoria de Franco y se retira toda ayuda y facilidad para retomar y perfilar la verdadera historia del pasado reciente y de sus víctimas, o cuando asistimos a la beatificación de religiosos con ese arrebato místico, mientras se ponen piedras en el camino que pretende exhumar los muertos de las cunetas. El otro lapsus, el de Pablo Casado en su discurso de hace algunos años en el congreso del PP madrileño, ninguneando a las víctimas del franquismo y despreciando el sentimiento de sus familiares, muestra la infamia de un pensamiento que, al amparo de la vieja guerra, sigue marginando a los contendientes del bando republicano y democrático. Hay más ejemplos, pero con estos bastan para centrar la cuestión. Por eso produce cierto escalofrío escuchar ese ¡Arriba España! en lugar de otra consigna menos simbólica y adosada al viejo régimen, compartible por todos, como por ejemplo: ¡Viva España! si bien no soy muy amigo de vivas, mueras, arribas y abajos.

Tal vez, el gran problema de nuestro país sigue siendo la educación de la ciudadanía, que continúa sin capacidad de discernir adecuadamente, sumisa a la influencia nefasta de los medios de comunicación, sin saber separar el grano de la paja, dando crédito a quien ya lo perdió de forma aplastante y creyendo en cuentos de la lechera, en promesas y lealtades a su grupo aunque este sea corrupto, con gente en sus filas de demostrado latrocinio y desvergüenza... y sálvese quien pueda. En todo caso la cuestión está en qué tipo de sujeto queremos fraguar. No es lo mismo un mediocre borrego que siga los deseos y órdenes del pastor, que un sujeto crítico, creativo y colaborador responsable y exigente, que eleve la sociedad a mayores cotas de desarrollo en el marco del humanismo holístico. Pero el asunto de la educación es muy complejo, tanto que merece otra reflexión aparte y dedicada en exclusividad al caso.



4 comentarios:

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

¡Qué bien dices, amigo!, da gusto leerte

Antonio dijo...

Gracias, Mª Ángeles. Qué bueno sería si en esta España diversa aprendiéramos a tolerarnos y respetarnos para empezar a compartir sin egoísmos ni imposiciones.
Un abrazo

Josep dijo...

Cuanta razón tiene cada línea de tu articulo, Antonio. Estas personas de "Arriba España" (Que yo también recuerdo cuando estudiaba, las palabras que se ponian o tachaban) Ùna Grande y Libre!!] y al dia siguiente veias el "libre" tachado. Y esta señora, y muchos otros está deseando decir esto no te quepa ninguna duda. Además los hijos de aquellos tiempos tienen ue estar en algún lugar, no crees. Pues donde mejor que este.
Antonio, yo no se cuantas generaciones pasarán para que se cumplan tus buenos deseos, pero me parece que muchos. No se quiere, si es que se ha querido alguna vez.
Estás viviendo Catalunya seguramente como lo vivo yo, que dia que pasa me pregunto el porque no se quiso hacer las cosas cuando tocaba hacerlas. Porque se deja morir la Memoria Historica y se deja morir en el más espantoso silencio a la reclamación de casi 2 millones de personas. Cuatro gatos como dijo un diputado hace unas semanas. No se, serán cuatro gatos si él lo dice, pero a lo mejor no hubiera sino ni uno si se hubiera hablado a tiempo.
La España de Machado, amigo Antonio.
Un abrazo.

Antonio dijo...

Creo, amigo Josep, al igual que tú, que se ha de ser respetuoso con todo pensamiento que, a su vez, lo sea con el de uno. La libertad de pensar no se puede coartar, además es imposible, en todo caso se puede reprimir y evitar se exprese ese pensar bajo coacción. Otra cosa son las normas que se establecen para la convivencia en un marco de justicia y si ese marco es de sentido común o no lo es. Respetando todas las posiciones, he de confesar, que a mí los nacionalismos de ningún tipo me gustan, sobre todo los excluyentes, pues creo en la universalidad del hombre y que somos interdependientes, por lo que estamos obligados a regular esa relación de convivencia. Lo malo es cuando afloran intolerancias y desprecio a la diversidad y se quiere imponer una idea neutralizando las demás.
Lo que pasa en Cataluña me preocupa, aunque no esté ahí, pero tengo familiares, amigos y conocidos que lo viven más directamente.
Sigo pensando en la transversalidad social y en la necesidad de establecer un sistema de convivencia común, más justo para todos, desde el diálogo y el entendimiento, desde el ceder para ganar, desde la aproximación. Los radicalismos, sean de donde sean, no me gustan y acaban radicalizando el juicio y el discernimiento hasta del más sensato, cuando se deja llevar uno por las emociones que van manipulando los que de verdad son radicales.
Espero que el problema se resuelva desde el entendimiento. Tal vez estén sobrando los actores que nos han llevado hasta aquí y se necesiten otros para reconducir la situación antes de llagar a la debacle.
Un abrazo afectuoso