sábado, 9 de agosto de 2014

Hiroshima, 69 años ha…


El 69 siempre fue un número mágico, con simbología sensual, es el número que, si lo miras bien, parece que cierra el círculo de la sexualidad al juntar dos cuerpos en uno… y sexualidad bien entendida tienen una connotación de felicidad absoluta. Felatio-cunnilingus, placer prohibido que busca ser descubierto desde el tacto y el contacto de mucosas cargadas de sensibilidad extrema, donde las terminaciones nerviosas están más a flor de  piel, donde el sentir y el estímulo es más intenso y placentero, donde los puntos esenciales, de receptividad desmedida, te elevan al clímax en una comunión deliciosa y orgásmica que une las almas de dos seres que se quieren y desean. La mucosa es una piel fina, un velo cobertor que permite la conexión entre dos mundos externos sin la frontera rígida y estructurada de la piel endurecida por la vida, por la prohibición y la norma encorsetadora que nos fueron forjando y fraguando hasta ser lo que somos, piel rugosa y curtida que nos hace insensibles al entorno o, al menos, nos lo acaba condicionando. ¿Por qué escribo esto como preámbulo a lo que viene después? Será porque siempre se ha de conjugar Eros y Tanatos... Amor y Muerte forman parte de la vida.

Por tanto, no quiero, en este momento, hablar de ese 69 y lo que pueda tener de connotación en el sentido que he expuesto, sino de otras evocaciones que tiene ese número en el día de hoy. Es curioso, como en este año, pasamos del 69 del placer al 69 de dolor y de la muerte. Hoy hace 69 años que unos asesinos masivos, decidieron arrojar un arma mortífera de incalculables consecuencias, no ya por sus efectos inmediatos, que eran aterradores, sino por las secuelas y patologías cancerígenas que se desencadenarían a medio y largo plazo. Para mí ha sido el mayor crimen contra la humanidad que se ha perpetrado de una sola tacada. La excusa que ponen sus defensores es que acortó la guerra y evitó otros sufrimientos que se habrían dado de prolongarse el conflicto. Lo malo es que fue a costa de 120.000 muertos civiles y 360.000 heridos de muerte y horror, sin olvidar Nagasaki. Ello nos dio el verdadero rasero por el que pueden medirse los instintos asesinos del ser humano, la quiebra de valores y el desprecio a la vida ajena. Truman nunca debió dar esa orden y sacrificar, a modo de omnipotente dios menor, la vida de tantos inocentes. Dio el pistoletazo de salida para quienes quisieran, en el futuro, usar el terror civil como arma de guerra, como estamos viendo en la actualidad. Se confirmó la desaparición de la caballerosa concepción de los conflictos bélicos para convertirlos en crímenes de lesa humanidad. La historia deberá juzgar tamaña iniquidad, pero, claro, ese juicio solo tendrá lugar cuando se redefinan los principios humanos o el país que cometió el atropello sea una potencia de segundo orden sin capacidad de manipular y reconducir las opiniones de la gente.



No debieron de tener muy claro la bondad de su acto, pues cayeron en la torpeza de darle la gloria de la nominación del avión al propio piloto asesino que lanzaría la mortífera arma y, qué desfachatez, en un alarde de devoto hijo, le puso el nombre de su madre, Enola Gay Tibbets. ¿Qué idea de madre debería tener ese sujeto que asimiló la bomba asesina con su propia madre en sentido simbólico? Pero es más, le ponen a la bomba el nombre de Little Boy (pequeño niño o niñito). Juegan, pues, con dos cosas sagradas, para sembrar la muerte, la maternidad que es símbolo de vida, de creación y desarrollo del individuo y, a la vez, juegan con la inocencia y candidez de la infancia. Es como si inconscientemente quisieran redimir su pecado consciente a través de esta simbología. Pero esta simbología construía una metáfora implacable, un constructo cuyo mensaje era aterrador: “la madre da a luz, lanzándolo desde su vientre al abismo, a un pequeño niño que destruye la vida de 120.000 personas y deja heridos a otros varios cientos de miles”.

Era una premonición de cómo sería la vida en el planeta en un futuro. Solo el terror controlaría la guerra entre las grandes potencias, aunque se mantendrían con su máxima crudeza en otros lugares donde el ser humano pasaba a ser de segundo orden, para dilucidar conflictos locales. Muerte y hostilidades en fronteras de influencia, armas convencionales para dirimirlos, pero siempre la espada de Damocles de la guerra nuclear para neutralizar el conflicto a gran escala, para persuadir al poderoso enemigo…

Lanzaron la bomba a las 8.15 de la mañana del 6 de agosto de 1945. Cuando el capitán Robert Lewis, copiloto del bombardero vio el efecto dijo: “Dios mío ¿Qué hemos hecho?” Pero Dios, como siempre que hay una guerra, estaba ausente. El destino del mundo lo había dejando en manos del hombre y el hombre, arropado por el odio y la sinrazón lo entregaba a los militares expertos en la gestión de la muerte y la destrucción.


Pero el hombre, dentro de su vileza, también es portador de valores superiores y es capaz de reconvertir y reconducir las cosas hasta volver a crear vida y belleza donde solo había muerte y destrucción. Ante la muerte siempre hay un canto de construcción y de vida...



2 comentarios:

pintura dijo...

Hay que ver lo bien que empezaste con lo del 69 para dejarnos helados con el resto ,la verdad querido paisano esw que solo el hombre sin ayuda de la naturaleza puede acabar deformando el planeta ,todo es cuestion de tiempo y la prisa que tengamos en provocarlo.Un saludo

Antonio dijo...

Pues fíjate, Pintura, que le llamamos joder a hacer el amor y a joder de verdad, a la guerra, la cubrimos de heroísmo. Ocultamos el sexo como pecaminoso y exhibimos la sangre de los inocentes como algo natural. Este mundo está loco.
Un abrazo