lunes, 28 de octubre de 2013

¿Es nuestra derecha democrática?


Fraga elige a Aznar como su sucesor.
Para entender a la derecha española hemos de repasar nuestra historia reciente y la del resto de Europa. En la primera mitad del siglo pasado se produjeron una serie de movimientos y hechos políticos y militares que definieron una Europa con tres grandes ideologías. El fascismo y/o nazismo, el comunismo y el capitalismo llamado democrático. La derecha europea se anclaba en el capitalismo democrático, que fue el triunfador final de la contienda mundial. Por tanto la derecha europea es beligerante con el fascismo y, a su vez, con el comunismo y las tendencias llamadas de izquierda. Quedan, como campo de expresión de las ideas fascistoides otros partidos ubicados en la extrema derecha, fuera de la concepción democrática de la vida política, que pretenden la eliminación de la ideología adversaria y la imposición de la suya como verdad incuestionable. En Europa tenemos claras representaciones de ello, como puede ser el partido de Le Pen en Francia y los movimientos neonazis, en una situación más extrema aún. Por tanto, la derecha europea es hija de la democracia, que luchó contra el sistema nazi/fascismo, y tiene una concepción demócrata de vida y contrato social. Se separa claramente de las ideologías totalitarias, a las que rechaza como hijas del pasado dictatorial que defendió el eje Alemania-Italia en la segunda guerra mundial.

En conclusión. En la segunda guerra mundial el eje fue vencido, derrotado, juzgado y condenado por sus crímenes. Alemania e Italia surgieron de nuevo con un espíritu democrático. El rival dictatorial fue eliminado y excluido de la vida política por no ajustarse a los principios democráticos que la sustentaban. No obstante, determinadas ideas no relacionadas con el racismo, la xenofobia, etc. pudieron ser expresadas y defendidas en un sistema democrático. De ahí la aparición de partidos englobados en la llamada extrema derecha en Europa como elementos claramente diferenciadores de la derecha clásica del continente, si bien otros, de corte nazi, fueron declarados fuera de la ley.

Pero, ¿qué pasa en España mientras tanto? España llegó mal y tarde a casi todo. Fue, junto a Portugal, el grano en el culo de Europa. En España se seguía manteniendo un régimen hermano de las vencidas Alemania e Italia. Un régimen que se había instaurado en el país con la fuerza de las armas y la ayuda incuestionable del bloque nazi/fascista. El franquismo estaba en la esfera de los enemigos de la democracia y de los aliados, ganadores de la contienda. No obstante, vino a salvarlo el propio comunismo. El Estalinismo asesino, dictatorial y paranoide, creó un frente de conflicto con los aliados, desembocando en la guerra fría. EE. UU. el gran vencedor y beneficiado de las dos contiendas mundiales necesitaba neutralizar al nuevo enemigo. Para ello era imprescindible establecer un entramado de bases militares en Europa que garantizaran la defensa de sus intereses. Franco era un enemigo confeso del comunismo y una insignificancia en cuanto al peligro que pudiera generar su régimen para el poder americano. Por tanto, decidieron negociar con él, perpetuar su régimen y tolerarlo, siempre que fuera controlable, como así fue. Dejaron caer militarmente a la guerrilla opositora encarnada por los maquis y al gobierno en el exilio de la extinta república. Aquellos aguerridos milicianos que fueron los primeros en entrar en Paris, la 9ª compañía de la División Leclerc, y sus compañeros, fueron abandonados a su suerte en la lucha contra el franquismo. El régimen de Franco ganó en el balance de los intereses americanos y ofertó su territorio para establecer bases militares en diferentes lugares: Zaragoza, Torrejón, Morón, Rota… El precio irrisorio, comparado con la aportación que EE. UU. había hecho para el levantamiento de la economía europea, era el rearme del ejército español con materiales desechados por los americanos, usados en la guerra de Corea, algunos beneficios económicos canalizados en intereses de magnates del sistema y, sobre todo, el reconocimiento del régimen por parte de la O. N.U.

De esta forma se perpetuó el franquismo como “un mal menor” para la ideología americana, que siempre mantuvo dictadores si eran afines a sus intereses; incluso los potenció, como forma de neutralizar la influencia de la URSS en los países iberoamericanos. Se dice que Cordell Hull, quien fue secretario de Estado de los EE. UU. en tiempos de Franklin Delano Roosevelt, dijo de Somoza: "Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta", lo que muestra la actitud de los EE. UU. respecto a la doble moral que siempre ejerció en su política exterior.

Por tanto, y al amparo de esta política de los EE. UU., fueron casi cuarenta años de dictadura y adoctrinamiento del nacional-catolicismo. En este sentido, no podemos obviar que la semilla sembrada, durante tantos años, debió germinar y crear un espíritu del régimen que trascendiera los cambios habidos en la transición. Ello es evidente en cuanto se analiza, aunque sea muy por encima, los acontecimientos en el último cuarto del pasado siglo y lo que llevamos de este. España está llena de antidemócratas, nostálgicos del régimen, con alto componente ideológico de tinte fascista y nacional-catolicismo. Suelen ser sujetos reacios a comprender la diversidad del Estado, las diferentes sensibilidades y la aceptación de la soberanía popular con lo que significa de respeto a las ideas y la personalidad de cada sujeto que integran el Estado español, así como unos nostálgicos del viejo régimen. Su simpleza mental hace que el constructo España esté por encima de las personas, de los seres humanos, y la palabra patria conlleve la esclavitud de voluntades a la eterna frase: Por Dios, la patria y el Rey en sentido figurado, sin entender que los seres humanos son el elemento básico de todas sociedad y no la territorialidad, las tradiciones y el sistema establecido que ha de estar al servicio de la sociedad y no ésta al servicio del sistema.

El antidemócrata suele ser un sujeto que se siente en poder de la verdad absoluta, que no acepta la existencia de otras visiones de la realidad, ni entiende que la grandeza está en el reconocimiento y la valoración de la diversidad enriquecedora, en el libre ejercicio del pensamiento con la intencionalidad de la confluencia final de las ideas, en pensar y razonar con la menta abierta, sabedor de que la verdad es relativa y que el entendimiento desde el respeto y la tolerancia es la base de la convivencia pacífica, en que las fronteras están para dividir y no para sumar, que ha de ser el fin último de la sociedad plural y soberana.

Pero volviendo al asunto, la transición fue un borrón y cuenta nueva, aunque al amparo del poder establecido. Una claudicación de los demócratas para conseguir un equilibrio mal instaurado, que permitía la impunidad del viejo régimen, mediante la transmutación del monarca en regidor democrático a través de una constitución miedosa y tolerante con el pasado, pero que abría una nueva forma de relación sin modificar el sistema de poderes imperante, incluyendo los poderes fácticos, como la iglesia, el ejército, el poder económico, el judicial, etc. Era evidente que había que pactar para no entrar en confrontación y volver al pasado. Los elementos que ostentaban el poder no lo dejarían fácilmente y solo, bajo unas normas claras que les permitiera seguir en el mismo, serían capaces de renunciar a la estructura política que los sostuvo en el poder durante 4 décadas.   Por tanto, este lavado de cara llevaba incluido la renuncia a la justicia por los crímenes de guerra y de lesa humanidad perpetrados por el franquismo y sus seguidores, que permanecían en lo más alto del poder. De hecho los encargados de llevar a término el cambio fueron sujetos que habían jurado su lealtad a los principios fundamentales del Movimiento, incluido el propio rey.

Evidentemente, nuestra derecha está impregnada, en gran medida, de esa ideología del pasado, solo hay que ver algunas cuestiones que la diferencia de la derecha europea. Aparte de no haber luchado contra el fascismo, como hicieron ellos, no han condenado los crímenes y el sistema político anterior, o sea, el franquismo; algunas declaraciones de sus militantes no dejan lugar a dudas sobre ello, como las realizadas por muchos de sus representantes respecto al pasado, véase el caso del alcalde de Beade, por ejemplo, sin que tuviera mayor repercusión en su partido; siguen los fusilados por el franquismo en las cunetas pues no han contado con el apoyo del PP para resolver el problema definitivamente; algunas políticas sociales, como las normas establecidas en Madrid respecto a los pedigüeños, se acercan mucho a ley de vagos y maleantes y al de peligrosidad social del viejo régimen, etc. Sin entrar en su posición respecto a la laicidad del Estado que rechazan con su actitud de connivencia con la iglesia católica. Por último, el PP es un partido creado por un exministro de Franco, el Sr. Fraga, que bebió su ideario político en el viejo régimen, por lo que lleva su impronta.

Por tanto, podemos decir que en esa derecha que nos gobierna se dan una confluencia entre tres tendencias. Por un lado estaría la derecha civilizada, similar a la derecha europea, antifascista y demócrata, por otro la derecha hija de las concepciones fascistas que añoran el antiguo orden y el viejo régimen y por otra la extrema derecha que se ve representada por el PP y es su aliado en cerrar el paso a la izquierda. Uno no acaba de entender muy bien cómo es posible esta amalgama de tendencias en un solo partido, pero cabe pensar que es la única forma de llegar al poder en un país como el nuestro, donde las izquierdas están más divididas y, al amparo de la ley D’Hondt, el reparto de escaños le es más beneficioso a quienes se unen que a quien se dispersa.


Por tanto, la pregunta de ¿Dónde está el franquismo?, ideológicamente hablando, tiene su respuesta clara a la vista de cómo se conducen nuestros políticos. Creo que en una inmensa mayoría andan en el PP y en menor medida en otros partidos, que no dejan de tener ideas, conductas y actitudes propias del totalitarismo. Lo malo es que la herida de nuestra guerra no se acabará hasta que todos y cada uno de los partidos políticos manifiesten claramente que los caídos en el bando republicano eran los defensores del sistema democrático establecido en ese momento, es decir que defendían el mismo sistema que ellos defienden actualmente y que fueron, en su mayoría, excluyendo a los criminales de guerra que se suelen dar en todos partes, los verdaderos defensores de la democracia, mientras que los rebeldes no dejaron de ser eso, unos insurrectos que se levantaron contra la voluntad del pueblo y el sistema que permitía la expresión de la misma. Cuando demos los honores que se merecen esos caídos, cuando condenemos sin paliativos a la insurrección militar y social que se produjo, cuando se reconozcan los crímenes de guerra y de lesa humanidad que se dieron en su día, cuando desaparezca la idea de vencedores y vencidos y, sobre todo, cuando seamos capaces de entender y respetar la diversidad de los pueblos de España, de su gente y su esencia diferencial, estaremos en el camino de firmar la paz ideológica y social que nos merecemos, pues andaremos en la vía del entendimiento y acercamiento al concepto verdadero de la democracia y libertad. Entonces puede que no quepan separatismos y muros entre nosotros pues el ser humano tiene un componente universal en la esencia de su ser que hace de argamasa. Pero para eso se han de reconvertir las concepciones neofranquistas y del cualquier concepción totalitaria e impositiva al planteamiento democrático. 


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