sábado, 28 de febrero de 2009

Selección de amigos



Si Un amigo es aquel con el que se puede pensar en voz alta”, puedo concluir que si digo todo lo que pienso, es decir, si soy asertivo, decantaré mis amistades y descubriré quienes son de verdad mis amigos. Por tanto, "aventaré mis ideas para separar la paja del grano".
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Os invito a participar aportando vuestras ocurrencias en los comentarios.

viernes, 27 de febrero de 2009

Ocurrencias (Dos son seis)


Empiezo a colgar, con esta etiqueta, algunas ocurrencias o pensamientos de mayor o menor ingenio, que afloran de forma inesperada como respuesta a un estímulo casual, dónde la reflexión singular pretende plasmar una idea de cierta originalidad y de especial trascendencia en el proceso de razonamiento o asimilación de las vivencias personales.

Esta no es mía (creo que es de Unamuno), pero siempre me ayudó a comprender mejor las circunstancias que se dan en una interacción con otra persona, por lo que creo tiene derecho al privilegio de ser la primera en publicarse:

“Entre tú y yo no somos dos personas, sino seis: Tú tal como eres, tú tal como te ves y tú tal como yo te veo; yo tal como soy, yo tal como me veo y yo tal como tú me ves”.

miércoles, 25 de febrero de 2009

A USSIA


Este poema es en respuesta a uno, que me mandó por e-mail una amiga, firmado por un tal Ussia, que de forma soez se metía con las víctimas del franquismo y mostraba su desacuerdo con la ley de la memoria histórica y, consecuentemente, con la rehabilitación de los caídos del bando republicano, incluso era insultante con el abuelo del presidente Zapatero. Lo compuse en 2007 y ahora lo encontré entre mis papeles, por lo que paso a colgarlo como homenaje a todos los que dieron su vida por un ideal o fueron perseguidos y marginados por esa misma causa:




A mí el Ussia, señora,
me es persona non grata.
Solo con mentar su nombre
su clasismo se destapa.

Usia, si no me equivoco,
en esa misma palabra,
lleva implícito el tratado
que a sus clases reservara.

Son los nobles que buscaron
trato especial a su casta
y para no ser tan larga
redujeron la palabra.

Nos impusieron usía
en lugar de señoría
para crear la distancia
entre el pobre y su trabajo
y el disfrute de su raza.

Yo no levanto los muertos
para dirigir palabras
solo quiero que al final
justamente descansaran
alejados de cunetas,
debajo de tierra santa.

No todo vale en política
y este señor sobrepasa
los límites que nos dicen
donde está la buena usanza.

Ya mataron al abuelo,
ya con ello les bastara.
Que descanse en paz el hombre
y que su nieto gobierne,
si los españoles mandan,
con sus votos el día nueve,
que el nieto nos gobernara.

La historia no nos la dieron
como realmente pasara.
Nos alumbraron con ascua
que a su sardina arrimaran.

No se pretende el conflicto
de nuevo entre las españas.
Se está buscando hoy día
que la memoria no caiga
en olvidos de la gente
que por España lucharan.

Que les sepulten con honra,
que reconozcan su talla,
que se curen las heridas
que la injusticia dejara.

Que la memoria que quede
sea la justa y la honrada
para que la historia diga
la verdad de esa batalla.
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Nota: La foto corresponde a la tumba de los asesinados en Cuevas de San Marcos (Málaga) por el bando franquista en 1936 y que permanecieron enterrados entre los olivos hasta la llegada de la democracia.

HAS ENTRADO EN MI VIDA


Cuando uno se cruza o ve a una mujer, en el caso opuesto hombre, especialmente atractiva, seductora y sensual, suele pensar: "Qué tía más buena..." Yo aplico otra frase a continuación: "Qué problema más gordo..." En esa fantasía parí este poema, que ahora os presento y que da cuenta del proceso de impacto y miedo a la vez, que nos genera lo deseado y lo prohibido.

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HAS ENTRADO EN MI VIDA


Has entrado con tal fuerza en mi vida
que hiciste brotar un tropel de sentidos.
Tus ojos penetrantes me trajeron
ternura.
Tus labios sensuales aportaron
pasión.
Tu cuerpo torneado
deseos libidinosos.
Tu voz firme y suave
paz a mi corazón.
Y ahora tengo miedo
de quedarme prendido
en esta situación.
Que el amor,
despertando emociones,
me quiebre la razón,
que un halo de belleza,
camino del sosiego,
me lleve a la locura
montado en un caballo
desbocado y sin control.

viernes, 20 de febrero de 2009

A MÁLAGA


En la bocana del puerto la estoy mirando. ¡Que esplendor, que belleza, que impacto! Me gustaría correr por sus calles y sobre sus tejados, para descubrir su alma, para sentir sus encantos. La diáfana luz la ilumina, preñada de mar, cargada de sal y frescura. Abro mis pupilas intentando egoístamente absorberla en el acto. En esto me invita la brisa a montar en su grupa y yo la acompaño. Volamos por entre sus calles, subiendo y bajando, y rozando a la gente con ellos jugamos. La brisa, que es muy descarada, se posa en las balconadas y mira de reojo dentro de las casas, luego, cuando la descubren, da un salto al vacío y desaparece por arte de magia. El sol que se pierde por Torremolinos queriendo gozar de una gran velada, da paso a la luna, que se nos presenta con cara plateada, como impresionada, lívida de frío buscando el calor que con él se marcha. Viene de La Cala y al pasar El Palo y ver Gifralfaro se olvida de todo y deja que se vaya el sol, y se queda en Málaga.

Y ahora me siento feliz, pues mientras la luna me presta la luz, la brisa me da la montura para visitarla. Subo por calle Granada y siguiendo a Picasso visito su casa. Atravieso el Pimpi y observo al teatro romano cantando canciones de amor, aferrado a la falda verde de nuestra Alcazaba. La catedral, de forma insolente, megalomaniaca, reta a todo el que pasa, haciendo que mire a su única torre, que levanta el vuelo sobre su fachada.

¡Qué plaza más bella! ¡Qué rincón más dulce! ¡Qué cuento de hadas! Paramos un rato y junto a una taza, tomando café, observo toda la fachada, que con al palacio doran de esplendor a toda la plaza. Entre las callejas vamos dando saltos, mirando entre las ventanas, ya nos acercamos a la calle Larios. La gente se agolpa y escucha canciones de amor de una aria furtiva, que con dulce voz les lleva en volandas de su fantasía. Al fin ya llegamos, la Constitución se muestra cargada de gente, toda iluminada. La brisa cosquillea por entre las palmeras que, en marcial fila, le prestan honores de guardia a la fuente de las tres gracias. En el Chinitas nos invita Lorca y oímos la voz de Paquiro a su hermano “Soy más valiente que tú, más torero y más gitano”. Y al final, para celebrarlo, nos vamos a tomar un vino a la Casa Guardia. La brisa me deja, la luna se apaga por el horizonte y yo, pleno de alegría, me marcho a mi casa guardando el secreto de nuestra alianza.


AJUSTE DE ROLES EN LA PAREJA





Y ahora hablemos en serio. Debo una reflexión a raíz de mi publicación sobre ¡Vaya día que llevo! Al fin y al cabo solo era una forma de situarnos en una dinámica muy habitual, que viene dándose en la relación familiar y el cambio de roles de los nuevos modelos evolutivos de la familia. Bueno, pues, ahí va.

Discernía sobre la temática del necesitar, depender y querer en mi reflexión sobre la relación objetiva y objetal, colgada el pasado 11 de enero en este blog, sobre todo en lo referente a la pareja. Sin entrar en profundidades, en las que podremos sumergirnos en otro momento, es evidente que en este tipo de relaciones se mantiene un contrato de roles o de funciones. Estos roles han ido cambiando con el tiempo hasta el momento presente.

Antiguamente existía una gran complementariedad funcional entre los cónyuges, aunque no podemos negar que se fundamentaba en una relación asimétrica, donde el hombre ostentaba el poder oficialmente y la mujer estaba sometida a sus directrices. Las normas sociales, aunque injustas, establecían las conductas de cada uno y las dependencias. Lo cierto es que la mujer reinaba en la casa y el hombre en la calle; es decir, el gobierno de la familia, aunque pareciera lo contrario, lo llevaba la mujer, mientras que el hombre aportaba, por lo general, los recursos económicos para sustentarla, sin obviar las aportaciones de la mujer con sus trabajos fuera del hogar. Habitualmente, la mujer fue superior al hombre en capacidad para sustentar la casa y educar a los hijos. Su función nutriente, protectora y educadora se elevaba hasta el propio marido. Si bien, el hombre mantenía que en su casa mandaba él, se solía apostillar “cuando no está mi mujer”. Por tanto la mujer daba solidez funcional a la casa, mientras el marido mantenía cierto prestigio social en la familia.

El hecho es que se producía una interdependencia que forjaba lazos de gran solidez entre los cónyuges. Esto no quiere decir que fueran ideales, más bien al contrario. El hombre era una nulidad en las labores de la casa; no lavaba, fregaba, cocinaba, compraba, cosía, planchaba, etc. ya que esa función era propia de la mujer. Era su oficio trabajar en la calle, aportar el dinero, defender el buen nombre de su familia y dar la cara como máximo responsable del núcleo familiar, aportando la seguridad necesaria para el crecimiento de sus hijos. Esta concepción arcaica de la dinámica familiar se va diluyendo conforme el sistema democrático se impone y la lucha feminista se va acercando a sus objetivos reivindicativos de igualdad de género.

Hasta esos momentos las rupturas matrimoniales y el divorcio eran, prácticamente, inexistentes o muy bajos. ¿Qué iba a hacer una mujer separada? Estaba marginada, mal vista y socialmente denostada, con una economía en precario y sin recursos, a la par que los “buitres” la buscaran como objeto fácil de sus deseos sexuales, al no estar “protegida” como propiedad de otro macho. El hombre separado, por lo general, era una nulidad en las tareas referentes a sus propios cuidados; no dominaba las labores del hogar y, si lo hacía, estaba mal visto. No era concebible un hombre cocinando, lavando, fregando o planchando… eran “mariconadas” propias de afeminados. Por tanto, en la relación, aunque no hubiese amor, había una dependencia que aferraba el vínculo. Yo te doy, tú me das, y si no nos queremos qué más da… “nos aguantaremos”. Si tú cumples con tu cometido, aunque ni siquiera hablemos, todo irá bien. Pero si no cumples, aunque en la casa no sea sostenible la convivencia, mantendremos la relación de cara al exterior dentro de la norma, con santa resignación; o lo que es lo mismo, también “nos aguantaremos”. El sexo, entre la pareja, obedecía más a una necesidad fisiológica, más centrada en el hombre, o de reproducción que a la búsqueda fantasiosa del pecaminoso placer, dándose un alto nivel de casos de anorgasmia en las mujeres. El hombre solía visitar prostíbulos donde buscaba las más sibilinas formas de placer sexual a través de las profesionales, o bien mantenía una querida en muchos casos. Anecdóticamente se comenta que preguntado un sujeto sobre las causas que le llevaban a visitar esos antros teniendo una mujer, contestó: “Mi señora es una señora como Dios manda y no voy a pedirle que me haga esas guarradas, para eso están las putas”. Muchas mujeres, conociendo estos hechos los justificaban o consentían en base a la “hombría” de su marido.

Difíciles tiempos aquellos en que solo el rol definido y encapsulado, de cada uno de los miembros de la pareja, era el garante de su mantenimiento en una relación de interdependencia. El mundo de la mujer y el del hombre eran distintos. Las cosas de uno y otra no se mezclaban, había “cosas de mujeres” y “cosas de hombres”. El campo de desarrollo personal no era común, por tanto no existía un flujo del crecimiento entre ambos. Dicho de otro modo, por lo general, no se daba una relación nutriente en lo referente al desarrollo personal. La comunicación era básicamente sobre aspectos funcionales, familiares y sociales. Tu a lo tuyo, yo a lo mía y los dos juntos tiramos para adelante. La cultura judeo-cristiana siempre fijó los roles bien diferenciados. También es cierto que la gran explosión del referido desarrollo personal se ha dado recientemente, por lo que el proceso evolutivo en este sentido era muy pobre y los sujetos solían tener un corto recorrido en esta materia a lo largo de su vida. Por tanto, las premisas conductuales que se dieron en el contrato matrimonial eran sostenibles en el tiempo, lo que evitaba los conflictos propios de los cambios personales. Argumentaciones como “tú ya no eres el mismo” y “tú has cambiado” eran armas arrojadizas en las discusiones matrimoniales, como si ello implicara el no cumplimiento de un contrato vitalicio; o lo que es lo mismo, estaba aceptado que, llegados a la adultez, la evolución, cambio de conductas, convicciones o la propia concepción de la relación familiar y social no debía evolucionar hacia otras esferas o planteamientos.

¿Qué ha cambiado? En un proceso lento, cuajado de dificultades y trabas, se ha ido desarrollando otra cultura relacional entre la pareja. La mujer ha reivindicado un mayor protagonismo y lo ha conseguido reincorporándose al mundo laboral de forma brillante. Pero en el hogar siguen muchas asignaturas pendientes, bien por el “escaqueo” del hombre, bien porque ella no quiera ceder la dirección y organización ante la incapacidad del compañero o bien por el arraigo de la responsabilidad del rol familiar clásico u otras causas singulares. En estas circunstancia solemos encontrarnos: Mujer que trabaja y lleva la casa de forma más o menos indirecta y hombre que trabaja y “ayuda” a la esposa bajo su dirección, pero desorientado ante esa pérdida o redefinición del rol de marido.

Bajo mi punto de vista ha ocurrido algo de especial importancia, como es el igualarse en las funciones y responsabilidades inherentes a la estructura familiar; pero sobretodo el entrar ambos en el campo de la autosuficiencia, dónde la dependencia ya no tiene tanto peso específico en el vínculo de la relación. En una pareja actual ambos asumen roles muy aproximados, ambos trabajan, cocinan, limpian, compran, ponen la lavadora, etc. En suma, aquella situación de disociación funcional, con roles diferentes y definidos, no tiene sentido. Por tanto, el lazo de la relación ha dejado de fundamentarse en la dependencia y ha pasado a consolidarse por la voluntad de mantenerlo. El “nos aguantaremos” no cabe en este marco. Cuando las cosas no funcionan, cuando el amor ha desaparecido, cuando el desarrollo personal choca con la intolerancia del otro, cuando la evolución es divergente y ambos se convierten en lastre o freno para la evolución personal del otro, y cuando la comunicación, como instrumento de entendimiento y aproximación, se ha roto o no es operativa, hay una puerta abierta menos traumática que en épocas pasadas, pues los dos son más autosuficientes y capaces de afrontar una nueva situación de independencia. Del “nos aguantamos” pasamos al “que te aguante tu madre”.

Pero, claro, no todo es tan fácil. Existen otros elementos que se han ido fraguando a lo largo de la relación que no son afectivos directos, pero sí compartidos. Los hijos, los bienes, las familias, los amigos, condicionan la relación y conforman una argamasa que debe ser considerada ante cualquier ruptura; los hijos, de forma prioritaria, son un punto de proyección afectiva común, donde confluyen las emociones de ambos con especial trascendencia. Esto explica que en conflictos de excepcional virulencia, donde el objetivo prioritario de los cónyuges es el hacer daño al otro, se usen los hijos como arma arrojadiza, estableciendo estrategias enfocadas a realizar ese daño sin pensar en la afectación que pudiera producir en los propios hijos; es una dolorosa miopía. Los bienes comunes son otro elemento de especial relevancia; su reparto causa grandes conflictos, pues es lógico que cada uno pretenda mantener la máxima capacidad económica y preservar los objetos para su uso personal. La lógica y la racionalidad choca con el egoísmo y solo en el caso de personalidades maduras, se suele conseguir un acuerdo justo en el reparto de los bienes materiales. Por tanto, la valoración de la influencia que cada uno de estos factores tenga en la argamasa que une a la pareja, y su posible dilución, determinará la viabilidad del proceso de separación.

Finalmente, pocemos convenir en que la autosuficiencia, adornada del desarrollo personal cercano a la madurez, es garante de que la relación que se establece es más objetiva que objetal, que la vinculación se mantiene en base a querencias y sentimientos más libres y que el entendimiento se realiza desde una perspectiva más igualitaria, menos chantajista e impositiva. A la par reivindicamos un mayor respeto a nuestros planteamientos, nuestros deseos y proyecto personal de desarrollo y exigimos que ese respeto se plasme en la libertad propia para llevarlo a término. La evolución individual es incuestionable y, lógicamente, puede ser divergente. La comunicación y el diálogo forman parte de esa herramienta para fraguar un entendimiento, una aproximación a la vía de desarrollo común y compartido en el proceso evolutivo de ambos, siempre que se dé una actitud de mente abierta. En este caso, la comprensión de la diferencia no tiene que llevar a la divergencia, sino a la complementariedad; es decir, somos diferentes, lo que nos permite tener una visión más amplia de la vida; lo importante es saber conjugar esas visiones para, mediante el proceso de diálogo y comunicación, poder enriquecer nuestras ideas y llevarnos a un crecimiento personal. La cuestión es si sabemos o no establecer ese diálogo, esa comunicación efectiva, si nos hemos desprendido de la rémora de los roles del pasado y si hemos introyectado nuevas formas de entendimiento rompiendo los esquemas clásicos de dependencia o situaciones asimétricas en la relación de género. De no ser así, de representar un lastre cualquiera de los cónyuges, se pasa al “que te aguante tu madre”.

martes, 10 de febrero de 2009

Granada y el Darro


Supongo que ando prolífico estos días y me estoy desquitando de todo lo que dejé de colgar los pasados meses. He de reconocer que escribir se está convirtiendo en un gusanillo que me gusta. Además, dado que recibo algún que otro feed-back animándome a hacerlo, no cabe duda que es más estimulante. Hoy os cuelgo un poema a esa ciudad inmensamente preciosa que es Granada. Forma parte de aquellas vivencias impactantes de hace años, en que periódicamente iba a la ciudad de la Alhambra. La imagen de la Alhambra y el Albaicín, separados por el río Darro, que a la altura de Santa Ana entraba embovedado bajo la ciudad para atravesarla, me inspiró y, ahora, lo plasmo en el poema. Nunca es tarde si la dicha es buena....


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Granada y el Darro


Tú no lo sabes,
pero yo quise ser río y tu Granada,
yo era el Darro y tu la Alhambra.
Había quedado prendado de tu encanto,
de tus ojos profundos cargados de misterio,
puerta de mil cuentos de líbidos deseos,
de fantasías ignotas cargadas de secretos.

Traigo de la montaña el agua pura y cristalina
que a tu faz dé frescura,
que limpie tu piel tersa y sin arrugas,
con una caricia de ternura.
Y vengo a regalarte
perfumes de agua fresca
y olores de azahar y tomillo
que nace en Sierra Harana,
la hija del Veleta.

Al pasar junto a tu falda,
rozando el Albaicín en un baile excelso de alegría,
la tentación me llama de forma irresistible
y pongo en marcha, con todo mi candor,
el arte seductor que me acompaña.
A cada salto entono cánticos de amor y de esperanza,
derramando gota a gota mi ilusión entres las jaras,
y llevado en volandas por mi fantasía
me armo de valor y juego con tu falda.
Bordeo y vuelvo a bordearla
hasta hacerme notar y sentir tu mirada,
entonces me observas desde arriba
y desde una torre mora
me arrojas la llave de tu casa.

Cerca de Santa Ana, ya todo se ha rendido,
ya no nos queda nada,
cogidos de la mano bajamos montados en pasión desenfrenada,
y entonces se inicia el juego del amor,
tu falda ya no está
y mi cauce se orienta hacia tu alma queriendo penetrarla.
Mis aguas invaden dulcemente tus entrañas
y atraviesan tu cuerpo dejándote preñada,
cargada de la vida que nace en la montaña,
y canto bailando entre tus ancas sintiéndote mi hada,
una canción de amor y sintonía,
donde le damos cuerpo a la alianza entre tú y Sierra Nevada,
entre el hombre que te vive y el agua que te baña.

domingo, 8 de febrero de 2009

Mi alianza con la luna

Te preguntarás cómo conseguí el apoyo de la luna para vencer a la tormenta del poema que presenté el otro día. Veras, estaba, en mi bodeguilla, leyendo un libro de Eduardo Punset, titulado “El alma está en el cerebro”. Con fondo musical de Sarah Brightman interpretando “Hijo de la Luna”, merodeaba alrededor de una frase: “Puede que a usted le resulte doloroso, pero debemos darle una mala noticia: está usted lleno de prejuicios”, pensando hasta qué punto esos prejuicios condicionaban mi visión de la vida, mis reflexiones y conclusiones sobre cualquier materia, evitando mi asepsia analítica. En esto estalló la tormenta.

La luna dormitaba plácidamente sobre esponjosas nubes, escrutando las estrellas, mientras escuchaba a la Brightman. Todo era paz y armonía y el flujo de la melodía la transportaba a sus fantasías en un vuelo imaginario sobre la voz suave que surgía de la bodeguilla. Ya sabéis lo sensible y sentimentaloide que es la luna. Ella protege y ampara a los enamorados, respeta su amor en la sombra, se amaga entre los árboles y juega, vergonzosamente, al escondite dando una suave luz que hace todo más bello y excitante. Desde su soledad, siempre soñó con ser madre, por lo que ampara el amor en una proyección armoniosa de sus deseos más frustrados.

Aquella vieja historia sobre la infidelidad de Zeus con Alcmena, con la que se identificó (sabéis que Alcmena significa “poder de la luna” en griego antiguo), engañando a Hera, de la que nació Heracles, le había traumatizado. Hermes se lo había arrebatado violentamente a Alcmena de su regazo y anduvo buscando a Hera para que le amamantara, pero la leche de esta se derramó y formó la Vía Láctea. Desde entonces, la luna, andaba triste y afligida buscándo a Heracles en los lugares más recónditos del universo para alimentarlo como si fuera su hijo. Por ello estaba tocada. La Brightman, con “Hijo de la Luna”, le estaba llegando al alma y la tormenta torpemente interfería el flujo de la melodía. Su resignación era evidente, y comprendía que era una circunstancia normal en pleno diciembre.

Y yo, ahí, fui más listo. Le puse “Winter in July” (Invierno en Julio) y quedó descentrada. Sin darse cuenta cayó en el engaño y pensó que no era diciembre, que era julio, que estaba siendo usurpada la noche veraniega y que la tormenta había roto el pacto rasgando la plácida noche con su exabrupto estruendoso de locura.

No se percató de que tras ella no vigilaba la Vía Láctea con sus millones de ojos nocturnos, con su polvo de estrellas, con su maternal disposición a orientar y dirigir al caminante en las cálidas noches veraniegas, esperando paciente a que Heracles pudiera nutrirse. Incluso llegó a pensar que Heracles, el hijo ilegítimo de Zeus, llevado por Hermes, había succionado la leche esparcida de Hera desvaneciéndola, lo cual le agradaba pensando que al fin se nutría.

Entonces empezó a enfadarse con la perturbada tormenta y, poco a poco, hinchó su pecho de cólera y le gritó que se fuera, que no era su tiempo y que ahora tocaban las plácidas noches, que guardara su energía para el crudo invierno. Al sentir el grito imperativo de la luna entendí su disposición a prestarme su ayuda. Esta alianza sería definitiva para derrotar a la tormenta, para ahuyentarla junto al viento, la lluvia y el trueno, para conseguir la calma y el sosiego que le diera serenidad a mi íntima noche y poder seguir mi lectura y reflexión con el Punset.

Entonces, en un momento de inspiración, le puse “Figlio perduto”. Su reacción fue inmediata. Estando tocada por “Hijo de la Luna” y engañada por “Winter in July”, este último impacto le fue irresistible. Su enojo subió de tono considerablemente y en un arrebato de ira, rayando en la locura, arremetió contra el viento quebrándole las alas. El viento ofuscado y confuso, pensando que no era respetado su tiempo, nada pudo hacer contra ella y le abrió camino hasta mi ventana. Luego se marchó esperando aflorar en otra ocasión, clamando venganza. Lo demás ya lo sabes, ya te lo he contado, te lo dije antes.

Desde entonces, al mirar la luna, me siento su cómplice en un tácito acuerdo, en el que le pongo música y ella fantasía cuando me la encuentro. Ahora, en las noches claras, me voy de paseo y por el camino nos lanzamos guiños por entre las nubes, nos tiramos besos en plena armonía, como enamorados esperando que no llegue el día. Y te juro que, si yo pudiera, la acompañaría durante la noche, a buscar a Heracles, pensando que posiblemente se encuentre en Tartessos, abriendo el camino a las naves, que permita el paso a esa extraña tierra que mentaran tanto Timeo y Critias, esa tierra ignota, la de los atlantes.
¿Comprendes ahora?

miércoles, 4 de febrero de 2009

¡Vaya día que llevo! Intento de relato en prosa rítmica


Vaya día que llevo. Hoy me he levantado y tras el arreglo, el poco que tengo, tomo la medicación y me marcho al médico. No porque esté malo, es de acompañante. Luego voy a rayos, que es lo cabreante. Espero un buen rato como el Santo Job, y al hacer la placa, no anda bien uno de esos trastos y nos dice el tío que tardará un rato. Vuelvo para casa y en comprando el pan ya me voy pasando… es que se hace tarde para que la abuela ahora se levante. En cuanto la llamo, hago el desayuno ¡Ay, cómo pasa el tiempo! Lo sirvo en la mesa y en un periquete lo tomo sin arte, sin ni siquiera poder ni sentarme. Lola me acompaña a regañadientes, pues no tiene hambre. La abuela lo toma, como siempre hace, con su parsimonia y sin inmutarse. Mientras tanto Lola, mantiene su arrastre de los virus locos, de esos gripeantes, que le dan la fiebre y la dejan luego fuera de combate. Tras comer la abuela retiro las cosas, friego habitaciones, cocina y aseo con mucho cuidado y especial esmero, pensando que luego, en la revisión, si no lo he hecho bien, me mande a paseo. Y con la lejía me quemé los dedos, ¡no me puse guante! y es tanto el efluvio que vuela en el aire que sientes por dentro como de quemarte.

Tengo que ir corriendo, como he dicho antes, a coger la placa y dársela al médico, para que me diga qué le pasa a ella, por qué está tan mal y qué hacer para repararle. La mira con su vista aviesa y en escudriñando con todo su arte, me dice el sujeto que siga adelante, que no pasa nada, que es cuestión de días que todo le pase, que guarde reposo y para evitarle alguna que otra cosa más desagradable, le manda que empiece de forma inmediata a medicarse.

Al volver a casa me encuentro con Carlos, que todo el camino me da su compaña. Y me va contando sus penas y males, sus preocupaciones y todas las cosas que el médico manda, las que ya le hicieron y las que ahora le hacen… y marcha conmigo hasta la farmacia. Maria y Antonia me llenan la bolsa y, bromas aparte, les comento a ellas: “Llegado esta edad no va uno al mercado a buscar nutrientes sin antes pasar por estos lugares, que te den pastillas para controlar lo que no funciona, para repararte y poder tirar siempre hacia delante”. Y ya me despido y vuelvo a la carga. ¡Es que ya es la una y se me hace tarde! ¡Dios mío, no llevo dinero! Paso por la caja y el supermercado, a comprar algunas cosillas que nos hacen falta. En llagando a casa espeto en la entrada: ¿Qué queréis comer? Y ella me responde: “Yo no tengo hambre, yo no tengo gana ya he desayunado en esta mañana”. Entonces calculo y, ante las reservas que quedan en casa, pongo en marcha un plan cuyo resultado resuelva la causa.

Con un poco de esto y de más allá comemos y todos contentos. Hice una tortilla, con todo mi arte, dándole la vuelta en el mismo aire. Le puse de todo, con jamón picado, verdura a la plancha que dejara antes, un poco de queso con su huevo, claro, que no se me olvide que es para cuajarle. Me salió tan buena que me fui al espejo y dije a mi cara: ¡Qué buen tortillero! Más pensando en esa expresión, me dije: ¡Cuidado, a ver la acepción que al verbo le damos! Pero al ser varón me paso por el mismo forro la propia acepción, dado que siento toda la atracción por el sexo opuesto, con toda razón.

¿Ya has hecho las camas? ¿Comieron los gatos? ¿Fregaste los suelos? ¿Y el lavavajillas? ¿Comió bien la abuela? ¿Le diste las bragas?… ¡Qué agobio Dios mío! ¡Anda, come y calla! Por cierto, que se me olvidaba, en todo este trance, reviso el diseño, que ya casi estaba, de la web que tengo encargada, y leo los correos desde mi “ordenata” y paso respuestas, según fuera el caso, a cada sujeto que lo precisara; repaso la prensa, con fondo de música, y dejo de hacerlo al ver como están las cosas fuera de mi casa. Tengo yo bastante con lo que hay dentro, nada más me falta, que arregle el gobierno tanta problemática.

Y ahora, cansado, sin haber contado aquellos detalles que el amigo Alzheimer no me recordara, me pongo en la mesa a contarte esto, como si a ti este asunto mucho te importara. Seguro que dices: “¿Pero qué me cuentas? Yo tengo bastante con el día que llevo, y por si no cuela, te diré: que cada palo aguante su vela”.

Lo cierto es mi amigo/a, que después de todo me he sentido bien. Ha sido un día de trabajo y estrés, de cuidar y cuidarse, de limpiar, comprar, cocinar, etc. Normalmente, estos trabajillos se comparten, pero en estas circunstancias se ha de asumir en su totalidad. Y llega uno a pensar que no le da miedo estar solo, no tienes tanta dependencia de otros, eres más autosuficiente que antes… y ves un peligro que contaré luego, más adelante, en escrito aparte, sin la prosa rítmica que vengo ahora usando para deleitarte. Si lo he conseguido y por un instante te ves distraído, con este relato, de todo el agobio que te da el currelo, te diré, mí amigo/a, que con ello ya me das bastante.
Hoy 4 de febrero. Mi 58 cumpleaños.

domingo, 1 de febrero de 2009

LA TORMENTA

Como ya sabéis la mayoría de mis amigos/as que habéis leído la presentación de mi bodeguilla en el blog, intenté crear un espacio para el disfrute que llevara al enriquecimiento personal. En ella oigo música, leo, medito y reflexiono, hablo con mis amigos/as y me traslado a otro mundo, el de la fantasía, la poesía, las nuevas sensaciones y la búsqueda en mi interior del sujeto que soy. Esta navidades pasadas estaba en el trance cuando la tormenta me sorprendió por su especial saña. Allí, mientras fuera tronaba, fui deshilachando estos versos hasta llegar al poema que hoy cuelgo. Fueron sensaciones que, desde el recuerdo, me elicitan emociones que puedes desprender de la lectura que presento.


LA TORMENTA

El gélido viento, en la calle,
ruge una amenaza.
Cabalga incesante sobre los tejados
y araña las tejas con su desvergüenza.
Tocando en la puerta, de forma insistente,
pretende que caiga en su trampa.
Mientras yo, plácidamente, me doy a la lectura,
al amparo del cálido fuego de mi chimenea,
y al ver su bravata,
busco refugio en la casa,
en mi bodeguilla, esperando,
a ver lo que pasa.
Se siente burlado y apremia,
se busca aliados y ataca con fuerza.
La lluvia torrencial le apoya
golpeando insidiosa sobre la ventana.
Por unos momentos
la estancia cae presa de un rayo de fuego,
que ilumina la suave penumbra,
en una promesa de luz engañosa
que lleva a la farsa.
El viento y la lluvia se escudan en ella,
para espiarme desde la ventana.
El trueno arrogante ruge con firmeza
pidiendo que le abra la puerta.

¡Qué extraña alianza!
¡El viento, la lluvia,
el rayo y el trueno en una partida
me buscan la cara,
queriendo pasar dentro de mi casa!
Más yo, precavido, atranco la puerta,
cierro la ventana, corro las cortinas
y pido resguardo al ardiente fuego;
y para matarles y ahogar sus gritos,
su insidiosa ira y colérica rabia
busco otra alianza,
elijo la suave ternura y melódica savia
que cure mi miedo desde una guitarra.
Al final conformo una colosal fuerza
que atrona en el aire a lomos de una aria.
La plácida mano,
dada por la voz de soprano,
de la Sarah Brigthman me empieza a dar alas,
retomo la fuerza y le planto cara.
A ritmo de “Winter in July”
me enfrento de nuevo a tanta amenaza.
En último esfuerzo reclamo a la luna,
que está en las montañas,
dominando el cielo,
sobre la tormenta,
para que destruya y espante su saña.
La luna,
escuchando a Sarah en “figlio perduto”,
se siente sensible y apoya la causa;
con un soplo inmenso le rompe las alas al viento,
que herido de muerte, dando un alarido,
vuelve a la montaña.
Y todos cansados de no lograr nada,
se rinden a esa extraña danza que vuela en el aire,
que les amenaza.

El viento se ha ido,
el trueno no clama,
la luz cegadora del rayo se apaga
y el agua se alía y empieza una danza
llevada por las suaves notas que salen de la aria.

La paz vuelve luego y reina el sosiego
sembrándose una dulce calma.
Mientras Sara canta,
la lluvia le crea una melodía de música sacra,
el fuego palpita en una extraña danza
elevando al cielo su cálida llama,
como si quisiera llegar a la luna a darles las gracias,
y la hija del viento,
en brisa montada,
roza suavemente sobre la ventana
queriendo pasar a compartir cama.

En la bodeguilla entra la bonanza,
la rítmica lluvia me canta,
la brisa acompaña,
el fuego me arropa y Sarah,
con voz de soprano, me da la compaña
y calma mis miedos
haciendo de madre benigna y afable.
Y vuelvo a mis sueños montado en mi libro,
volando de nuevo hacia la utopía
mediante las alas de mi pensamiento.

Para celebrarlo me sirvo una copa
y, en brindis al aire, voy dando las gracias
por haber vivido en estos momentos,
por sentirme libre,
por haber logrado imponer la calma ante la amenaza.

¡Ay! si la luna, con Sarah y mi libro, me dieran la fuerza
para darle fin a tanta bravata,
a tanta patraña,
a tanta injusticia que hoy nos espanta
y nos arrebata la esencia del ser,
de su fina alma,
que amenaza al mundo y la convivencia
desde la avaricia junto a la jactancia.

Antonio Porras Cabrera
Cuevas de San Marcos
(Navidad 2008)