lunes, 3 de agosto de 2026

El «privilegio» de vivir esta época

 

La república tecnológica, una alianza

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No se sabe si vivir estos momentos a nivel nacional e internacional es una suerte o una desgracia. En todo caso parece que sí es un frenético y perturbador privilegio. Los acontecimientos se muestran entre imprevistos y disparatados. El mundo se ha convertido en una «Casa de locos», donde se perdió el respeto, mientras la lógica se ve condicionada por los intereses de grupo más que por el interés social que beneficie a todo el colectivo. El humanismo se deteriora acosado por posiciones egoístas que redefinen conceptos básicos como libertad, igualdad, solidaridad, justicia social, ética, derechos y otros, a golpe de motosierra o lanzallamas. La falacia y el bulo se abren camino en el mundo de la comunicación con la clara intención de sembrar el desconcierto e, incluso, la desafección política rompiendo los principios del respeto y la lealtad, si alguna vez los tuvo.

La deconstrucción del sistema

Estamos en un proceso de deconstrucción del sistema para crear otro donde, como he referido en otras ocasiones, el poder cambie de manos. La soberanía popular, propia de la democracia, podrá dar paso a una etapa donde el ser humano sea súbdito de una nueva majestad fundamentada en el poder y el valor del dinero. El Estado, como garante de la libertad y protector del bienestar de la ciudadanía y elaborador de normas de convivencia a nivel nacional e internacional, va perdiendo su poderío en favor de los oligarcas y grandes corporaciones. El fin será la conquista del poder para someter al Estado y reconducirlo, tal vez, a una plutocracia en la línea de la propuesta que plantea el libro "La república tecnológica: Poder duro, pensamiento débil y el futuro de Occidente", de Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska (2025). Bajo mi punto de vista es una posición perturbadora, como se podría desprender del manifiesto de 22 puntos, que surge de sus planteamientos.

Pero, volviendo a poner los pies en la tierra, ya tenemos monstruos impersonales, sociedades anónimas dueñas de casi todo, que se mueven en el oscuro mundo del negocio como buitres volando en busca de la oportunidad para invertir sin el menor pudor ético o, incluso, moral. Su oferta, para quien tenga medios, es asociarse a ellas, invertir en las mismas, para subirse al tren que, en su dinámica a caballo de la «ciberevolución» con la IA como máximo exponente de gestión, aporte beneficios al colectivo inversor. El pragmatismo conducirá a poner la mano para cobrar beneficios sin preguntarse siquiera cómo y de dónde sale ese dinero, si es de la guerra, de la especulación o del ejercicio mafioso de empresas sin escrúpulos. En todo caso, esas decisiones de gestión serán responsabilidad de la inteligencia superior que dirige el cotarro.

Sus amos, los oligarcas del poder, tal como dijo Elon Musk, pretenden erigirse en machos alfa para dirigir al grupo atrapado en una estructura férrea, perfectamente organizada, controlada por la Inteligencia Artificial (IA), que ejercerá la función pensante mejor que cualquier ser humano, actuando con el pragmatismo aplastante que ya he referido. 

La disgregación social

Ante esto, o por esto, nuestra sociedad se está disgregando, con escasa cohesión y mucha mala leche sembrada y cultivada por mentes aviesas de escasa lealtad al sentido común. Tenemos un exceso de sujetos que enfangan y perturban la vida social que debería llevar al sano ejercicio de la amigable felicidad. El problema es, en el fondo, que el campo de interacción donde se da una humana relación ha dejado de ser el contacto directo donde se practica la verdadera comunicación, sumando la digital y la analógica, o sea la verbal y no verbal, para transmitir y/o recibir la verdad del mensaje sin tapujos ni manipulación que tergiversen el mismo. La comunicación cara a cara, la expresión facial, incluido el contacto físico, es una garantía de cierta veracidad y, por consiguiente, básica para el desarrollo de la amistad y la convivencia.

Sin embargo, la aparición de las Redes Sociales (RRSS) ha roto el sistema de relación humanista. Se aceptan amigos virtuales que no lo son en absoluto, ni siquiera conocidos, basados muchas veces en que son amigos de tus amigos, paisanos o tiene alguna supuesta afinidad contigo. No sería mala cosa si se diera, en esaas redes, un respeto a las ideas, una ética en el trato y una actitud constructiva que facilitara esa nueva relación para fraguar amistad verdadera. Pero, en muchos casos, son infiltrados en la red que intoxican y más que amigos son enemigos o detractores que libran su batalla particular como correa de transmisión de dogmáticos posicionamientos ideológicos.

Por ello, cada vez se ve más brusquedad, descalificación, vehemencia y confrontación a través de los comentarios provocadores que se vierten en las RRSS ajenas. Es un mal síntoma ya que indica el pulso real y la temperatura que reina en nuestra sociedad, donde los grupos ideológicos, políticos o de credo se aglutinan y atrincherar en defensa propia, dispuestos a acabar con el enemigo, al que antes se le consideraba colocutor o contertulio. Ya no se acepta como esencial y básico el derecho a discernir con plena libertad de pensamiento sustentado en argumentaciones lógicas, pues se ha hecho del coloquio una batalla, un combate para imponer el propio pensamiento. De esta forma perdimos la capacidad de acercamiento y entendimiento, aproximándonos al abismo de la confrontación irracional.

El futbol como aglutinante social.

Curiosamente, cuando observamos esta peligrosa disgregación, descomposición o fragmentación, que nos lleva a la preocupante incertidumbre, aparecen momentos sorprendentes sobre los que vale la pena reflexionar.

El hecho más palmario es la reacción de todo un pueblo a la victoria española en la Copa mundial de futbol. Vimos una inmensa masa movida por la emoción que significaba ganar un mundial. Reconozco que me emocionó ver a tanta juventud asumiendo la honra de la victoria. Se habla de dos millones de personas saliendo a las calles de Madrid para celebrarlo. ¿No os parece demasiado? En todo caso estaban ávidos de compartir el triunfo, asumiéndolo como propio, en un sentimiento personal como integrantes del grupo, en este caso de España. Estamos excesivamente frustrados y agobiados por los avatares de la vida y cualquier ocasión para la autocomplacencia es bienvenida. Es evidente que el futbol tiene un componente alienante, como todo espectáculo de masas que mueve emociones, proyecciones personales y sentido de identidad grupal. Tal vez canalizar esas emociones pudiera darnos un hálito de esperanza para crear una nueva sociedad, reto harto difícil.

Falacias, bulos y manipulación

Complicado resulta cuando, en el mundo extenso de la política, aparecen determinados sujetos o grupos, potenciando la desinformación con el ánimo de confundir a la gente, sobre todo a aquellos que son asiduos en el uso de las RRSS y que dan más crédito a determinados «influencers» que a la ciencia. Aparece el indocumentado, el indigente intelectual, que pretende, en su demencial concepción del conocimiento, exponer una cosmovisión basada en la entelequia, donde la mentira y el bulo sustentan la manipulación emocional. Presentan esa posverdad a la que la RAE define como: «Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales».

«Que caiga España, que ya la levantaremos nosotros», decía Montoro en 2010. Podría ser la clave de bóveda de determinadas conductas y actitudes en el mundo de la política nacional. Tenemos un país polarizado y atrincherado en posiciones inalterables que sobrevuelan los propios intereses nacionales o de Estado. Prima el interés del partido sobre el general, lo que no deja de ser una traición al ejercicio de la propia política en democracia. Los políticos generan amor u odio en gran parte de la población, cuando no indiferencia, mientras una sombra de sospecha se cierne sobre todo, de la que no escapan componentes de la judicatura y demás poderes del Estado. Las raíces de la polarización son insondables.

Mientras tanto el mundo exterior sigue cabalgando cuan jinete apocalíptico. La política americana con sus imprevisibles e incomprensibles decisiones tiene un efecto desestabilizador a nivel mundial arrastrando a los demás. Extraños objetivos se esconden tras un halo de recelo que se van confirmando con el devenir de los acontecimientos. La concepción del mundo como un negocio no es una alternativa de contenido humanitario, al menos no cabe en la mente de los humanistas que poblamos la tierra. Vivimos tiempos difíciles, tal vez no sea un privilegio sino una maldición.

 

 

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