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| La república tecnológica, una alianza |
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No se sabe si vivir estos momentos
a nivel nacional e internacional es una suerte o una desgracia. En todo caso
parece que sí es un frenético y perturbador privilegio. Los acontecimientos se muestran
entre imprevistos y disparatados. El mundo se ha convertido en una «Casa de locos», donde se perdió el respeto, mientras la
lógica se ve condicionada por los intereses de grupo más que por el interés
social que beneficie a todo el colectivo. El humanismo se deteriora acosado por
posiciones egoístas que redefinen conceptos básicos como libertad, igualdad,
solidaridad, justicia social, ética, derechos y otros, a golpe de motosierra o
lanzallamas. La falacia y el bulo se abren camino en el mundo de la comunicación
con la clara intención de sembrar el desconcierto e, incluso, la desafección política
rompiendo los principios del respeto y la lealtad, si alguna vez los tuvo.
La deconstrucción del sistema
Estamos en un proceso de
deconstrucción del sistema para crear otro donde, como he referido en otras
ocasiones, el poder cambie de manos. La soberanía popular, propia de la
democracia, podrá dar paso a una etapa donde el ser humano sea súbdito de una
nueva majestad fundamentada en el poder y el valor del dinero. El Estado, como
garante de la libertad y protector del bienestar de la ciudadanía y elaborador
de normas de convivencia a nivel nacional e internacional, va perdiendo su poderío
en favor de los oligarcas y grandes corporaciones. El fin será la conquista del
poder para someter al Estado y reconducirlo, tal vez, a una plutocracia en la
línea de la propuesta que plantea el libro "La república tecnológica: Poder duro, pensamiento débil y el futuro
de Occidente", de Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska (2025).
Bajo mi punto de vista es una posición perturbadora, como se podría desprender
del manifiesto de 22 puntos, que surge de sus planteamientos.
Pero, volviendo a poner los pies en
la tierra, ya tenemos monstruos impersonales, sociedades anónimas dueñas de
casi todo, que se mueven en el oscuro mundo del negocio como buitres volando en
busca de la oportunidad para invertir sin el menor pudor ético o, incluso,
moral. Su oferta, para quien tenga medios, es asociarse a ellas, invertir en
las mismas, para subirse al tren que, en su dinámica a caballo de la «ciberevolución» con la IA como máximo exponente de
gestión, aporte beneficios al colectivo inversor. El pragmatismo conducirá a
poner la mano para cobrar beneficios sin preguntarse siquiera cómo y de dónde
sale ese dinero, si es de la guerra, de la especulación o del ejercicio mafioso
de empresas sin escrúpulos. En todo caso, esas decisiones de gestión serán
responsabilidad de la inteligencia superior que dirige el cotarro.
Sus amos, los oligarcas del poder, tal
como dijo Elon Musk, pretenden erigirse en machos alfa para dirigir al grupo
atrapado en una estructura férrea, perfectamente organizada, controlada por la
Inteligencia Artificial (IA), que ejercerá la función pensante mejor que
cualquier ser humano, actuando con el pragmatismo aplastante que ya he referido.
La disgregación social
Ante esto, o por esto, nuestra
sociedad se está disgregando, con escasa cohesión y mucha mala leche sembrada y
cultivada por mentes aviesas de escasa lealtad al sentido común. Tenemos un
exceso de sujetos que enfangan y perturban la vida social que debería llevar al
sano ejercicio de la amigable felicidad. El problema es, en el fondo, que el
campo de interacción donde se da una humana relación ha dejado de ser el
contacto directo donde se practica la verdadera comunicación, sumando la
digital y la analógica, o sea la verbal y no verbal, para transmitir y/o
recibir la verdad del mensaje sin tapujos ni manipulación que tergiversen el mismo.
La comunicación cara a cara, la expresión facial, incluido el contacto físico, es
una garantía de cierta veracidad y, por consiguiente, básica para el desarrollo
de la amistad y la convivencia.
Sin embargo, la aparición de las
Redes Sociales (RRSS) ha roto el sistema de relación humanista. Se aceptan
amigos virtuales que no lo son en absoluto, ni siquiera conocidos, basados
muchas veces en que son amigos de tus amigos, paisanos o tiene alguna supuesta
afinidad contigo. No sería mala cosa si se diera, en esaas redes, un respeto a las ideas, una
ética en el trato y una actitud constructiva que facilitara esa nueva relación
para fraguar amistad verdadera. Pero, en muchos casos, son infiltrados en la
red que intoxican y más que amigos son enemigos o detractores que libran su
batalla particular como correa de transmisión de dogmáticos posicionamientos
ideológicos.
Por ello, cada vez se ve más
brusquedad, descalificación, vehemencia y confrontación a través de los comentarios
provocadores que se vierten en las RRSS ajenas. Es un mal síntoma ya que indica
el pulso real y la temperatura que reina en nuestra sociedad, donde los grupos
ideológicos, políticos o de credo se aglutinan y atrincherar en defensa propia,
dispuestos a acabar con el enemigo, al que antes se le consideraba colocutor o
contertulio. Ya no se acepta como esencial y básico el derecho a discernir con
plena libertad de pensamiento sustentado en argumentaciones lógicas, pues se ha
hecho del coloquio una batalla, un combate para imponer el propio pensamiento.
De esta forma perdimos la capacidad de acercamiento y entendimiento, aproximándonos
al abismo de la confrontación irracional.
El futbol como aglutinante social.
Curiosamente, cuando observamos
esta peligrosa disgregación, descomposición o fragmentación, que nos lleva a la
preocupante incertidumbre, aparecen momentos sorprendentes sobre los que vale
la pena reflexionar.
El hecho más palmario es la
reacción de todo un pueblo a la victoria española en la Copa mundial de futbol.
Vimos una inmensa masa movida por la emoción que significaba ganar un mundial. Reconozco
que me emocionó ver a tanta juventud asumiendo la honra de la victoria. Se
habla de dos millones de personas saliendo a las calles de Madrid para
celebrarlo. ¿No os parece demasiado? En todo caso estaban ávidos de compartir
el triunfo, asumiéndolo como propio, en un sentimiento personal como
integrantes del grupo, en este caso de España. Estamos excesivamente frustrados
y agobiados por los avatares de la vida y cualquier ocasión para la
autocomplacencia es bienvenida. Es evidente que el futbol tiene un componente
alienante, como todo espectáculo de masas que mueve emociones, proyecciones
personales y sentido de identidad grupal. Tal vez canalizar esas emociones
pudiera darnos un hálito de esperanza para crear una nueva sociedad, reto harto
difícil.
Falacias, bulos y manipulación
Complicado resulta cuando, en el
mundo extenso de la política, aparecen determinados sujetos o grupos, potenciando
la desinformación con el ánimo de confundir a la gente, sobre todo a aquellos
que son asiduos en el uso de las RRSS y que dan más crédito a determinados «influencers» que a la ciencia. Aparece el
indocumentado, el indigente intelectual, que pretende, en su demencial
concepción del conocimiento, exponer una cosmovisión basada en la entelequia, donde
la mentira y el bulo sustentan la manipulación emocional. Presentan esa posverdad
a la que la RAE define como: «Distorsión
deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de
influir en la opinión pública y en actitudes sociales».
«Que caiga España, que ya la
levantaremos nosotros», decía
Montoro en 2010. Podría ser la clave de bóveda de determinadas conductas y
actitudes en el mundo de la política nacional. Tenemos un país polarizado y
atrincherado en posiciones inalterables que sobrevuelan los propios intereses
nacionales o de Estado. Prima el interés del partido sobre el general, lo que
no deja de ser una traición al ejercicio de la propia política en democracia.
Los políticos generan amor u odio en gran parte de la población, cuando no
indiferencia, mientras una sombra de sospecha se cierne sobre todo, de la que
no escapan componentes de la judicatura y demás poderes del Estado. Las raíces
de la polarización son insondables.
Mientras tanto el mundo exterior
sigue cabalgando cuan jinete apocalíptico. La política americana con sus
imprevisibles e incomprensibles decisiones tiene un efecto desestabilizador a
nivel mundial arrastrando a los demás. Extraños objetivos se esconden tras un
halo de recelo que se van confirmando con el devenir de los acontecimientos. La
concepción del mundo como un negocio no es una alternativa de contenido
humanitario, al menos no cabe en la mente de los humanistas que poblamos la
tierra. Vivimos tiempos difíciles, tal vez no sea un privilegio sino una
maldición.

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