domingo, 1 de abril de 2018

Machismo residual



En estos días pasados se ha hablado mucho de machismo, de la igualdad entre el hombre y la mujer, de unos mismos derechos, de la lacra del maltrato de género con sus terribles consecuencias; cuestiones que se han de enmarcar en la más pura racionalidad de una legislación justa y que se ha de cumplir. Existe una realdad incuestionable respecto a esa desigualdad, suficientemente demostrada, que sigue siendo motivo de reivindicación para los defensores de la paridad legal y real de género.

Todo ello, como siempre, me ha vuelto a llevar a una autorreflexión (digo lo de auto porque me lo he aplicado a mí mismo).Dado que el machismo forma parte de una conducta o actitud social dentro de la cultura de los pueblos o grupos, como es el caso de la nuestra, habría que entender que se transmite por la educación. La educación no es exclusiva de colegios, sino que, en este proceso, se implica y engloba, sobre todo a la familia, a los medios de comunicación, a la formación en la calle y todo un conjunto de lugares y actos donde va aprendiendo el niño los valores que le inculcan. El machismo se da, de una forma anacrónica, en la mayoría de las religiones, también en algunas ideologías, en las culturas sociales y resalto especialmente las microculturas familiares. Nuestro padre puede ser machista, pero también nuestra madre que enseña o exige a la niña conductas diferenciadas de las del niño, mediante unos roles de género ya definidos. Los roles en libertad se han negociar en la pareja, pero en el machismo se definen por pura estructuración social. No seguiré en esta línea argumental dado que es de todos sabido cómo va esta situación y cómo se suele generar.

Pero si hablaré del proceso que hemos vivido, sobre todo en mi generación, la generación de los cincuenta, como yo le llamo. Nosotros fuimos educados en el machismo de una dictadura que proclamaba la sumisión de la mujer al hombre, como si fuera una posesión personal del marido, el cabeza de familia, a veces demasiado cabezón, que desde su ignorancia, en muchas ocasiones, debía asumir esa función. El hombre era libre de hacer y deshacer, podía emborracharse, usar el burdel si era de su gusto, tener amante y ser infiel a su esposa… “es que eso es de hombres”, se decía. A la mujer se le exigía sacrificio, entrega, servir a la familia y administrar la casa en lo cotidiano, fidelidad y obediencia a su esposo, sumisión. El adulterio femenino estaba castigado por ley y, prácticamente, se toleraba el maltrato de la mujer: “Si el marido le ha pegado será porque algo habrá hecho…” En los sesenta había una famosa y popular canción llamada “El preso número nueve”, que hoy sería de juzgado de guardia. La mujer tenía que ser honrada, cristalina, limpia, leal, respetuosa con los principios religiosos que debía inculcar a los hijos… una mujer de su casa, de su misa (sumisa, que era su misión), vamos. El pueblo se encargaba de desprestigiar a aquella que no cumpliera las normas sociales, y era muy habitual que se lanzaran las propias mujeres de la localidad al despiece de la pieza, resaltando sus pecados, porque eso afianzaba las virtudes propias de la criticona. En esos corrillos las feministas eran etiquetadas de marimachos. Hasta el cura en el púlpito, a veces, tenía que amonestar al beaterio que, cargado de frustraciones, eran más papistas que el papa. Hacían un excelente trabajo de control social.

Y claro, con este escenario cómo quieres que no saliéramos machistas los niños y las niñas, si desde pequeño se nos imbuía la cultura machista y se nos inoculaba por la sangre alimentaria del día a día. Los colegios segregados, las piscinas segregadas, los lugares de ocio condicionados al acompañamiento del marido, los roles perfectamente definidos, etc. El Nacional-catolicismo era plenipotenciario y llegaba a extremos sorprendentes como el que me contaba una amiga mía, a la que le hacían duchar en el colegio de monjas con la combinación porque, digo yo, no se sabría bien el sexo de los ángeles y ellos lo veían todo. Qué barbaridad, un cuerpo creado por la gracia de Dios se convertía en demoniaco por la gracia del clero. El pecado era controlado y la desviación, aunque fuera de pensamiento, implicaba la confesión, con lo que se le daba al cura una información precisa sobre cada cual y su capacidad pecadora y los estímulos que la provocaban… (acceso a sus ideas).

Pero antes de seguir me permito abrir un breve paréntesis para resituar mi explicación. En este punto no estaría de más retomar el artículo escrito en mi boog hace 7 años, un artículo llamado “Nuestro sofrware y nuestro hardware” (Cliquer aquí para cargarlo). En él planteo (salvando por supuesto todas las distancias habidas, que no son pocas) el símil del ordenador para el funcionamiento de la mente. Nuestra herencia genética nos proporciona el hardware definiendo la calidad del ordenador que adquirimos, su memoria, la capacidad de su procesador y demás características técnicas; es decir, nuestra salud, inteligencia y soporte de los procesos cognitivos según esta. Por otro están los programas que introducen al ordenado, el sofrware, que ya no los podremos borra de la memoria, al contrario que en el ordenador. Los programas que nos graban son los educativos, la formación y el conocimiento, los valores sociales, principios ideológicos, religiosos y la cultura social, con las conductas aceptadas y rechazadas.

Dicho esto, comentaré también que la generación referida ha vivido, sufrido y realizado los mayores cambios habidos en nuestro país, tal vez, en su historia. Ha transitado desde una dictadura férrea, dogmática y casi teocrática, a una democracia hoy bastante consolidada, aunque manifiestamente mejorable por el factor ideológico residual que permanece. Esa generación de mente abierta, le ha dado la vuelta a la tortilla, sufriendo su propia metamorfosis a caballo de los cambios. Siendo verdad incuestionable que continúan existiendo diferencias y marginación de género, no podemos negar que ha habido una revolución impresionante al calar en una amplia mayoría social el concepto de igualdad de género.

Los chicos y las chicas nacidos en las décadas de los 40 y 50 fuimos educados en una cultura machista, y, habiendo asumido el tránsito hacia la igualdad, permanece en nuestro interior el ramalazo de machismo, en mayor o menor medida, que nos inocularon en la infancia. Esa disonancia cognitiva subconsciente, que conflictúa nuestra relación de pareja y condiciona la introyección del pensamiento igualitario, es producto de la confrontación entre la razón y el impulso latente. Hemos tenido que acoplar nuestro sofrware viejo, que guarda los esquemas de ese impulso latente, a la racionalidad de los nuevos tiempos sin desinstalar el antiguo programa, sino modificándolo para neutralizar el troquelado que nos hicieron. Esto lo hemos tenido que hacer tanto el hombre como la mujer, que ha luchado por la igualdad sin abandonar su compromiso de ama de casa en la mayoría de las veces. En todo caso, lo importante es que en la relación de pareja se pueda haber realizado la transición con acuerdos libres entre las partes, organizando los roles en función de las competencias y deseos de ambos desde un poder igualitario.

Concluyendo: Muy a mi pesar, yo soy un machista residual. Lo soy porque siguen estando, en la más oscura profundidad subconsciente de mi mente, los principios que me inocularon en mi infancia; eso lo sé y esa conciencia es la que me permite controlarlos racionalizando la situación de conflicto entre mis convicciones actuales con los principios que me troquelaron de niño. La vida me ha sometido a un proceso de cambio donde mi conciencia y razonamiento me llevaron a cuestionar lo que me enseñaron de pequeño, mientras esa enseñanza se escondía en las profundidades de mi mente tirando de la cuerda que ataba mi pensar al pasado educacional. Eso, queramos o no queramos, nos ha pasado a todos los de mi generación, en mayor o menor medida. En todo caso, para terminar esta argumentación no estaría de más darse una vuelta por otro artículo que colgué en mi blog, que habla del ajuste de roles en la pareja y que puedes cargar (cliqueando aquí). Está sacado de una conferencia que ofrecía en el Aula de Mayores de la Universidad hace algunos años. Tal vez allí se pueda entender mejor ese tránsito que hemos tenido a lo largo del proceso adaptativo al que me he referido, una visión del camino recorrido.



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