lunes, 5 de marzo de 2018

La Generación de los cincuenta en lucha de nuevo



Llevo bastante tiempo sin escribir en mi blog. Tengo desencanto político, rabia y preocupación por cómo se está enfocando la problemática de nuestro país en todos los sentidos. Tal vez por eso quiera hablar hoy de una generación que pasará a la historia de España por su responsabilidad, fuerza y trascendencia. A esa generación le llamo la “Generación de los cincuenta”. Ahí incluyo desde los nacidos en la posguerra inmediata hasta finales de los cincuenta.

La generación anterior a esta se vio inmersa en una guerra cruel, a muerte fratricida. Dejó el país lleno de sangre, de cadáveres en las cunetas y de injusticia, de odios y represiones, de chulerías del vencedor y de humillación del vencido, de dictador y de exilio, hasta que sus hijos, la generación de los cincuenta, le plantó cara al régimen y echaron abajo el muro de los Pirineos para que España fuera Europa. Manifestaciones, cárcel, represión, grises a caballo y mamporrazos, cañones de agua, torturas y un sinfín de presión. A pesar de todo, aquella generación doblegó al régimen. Sus líderes prometían democracia, derechos, igualdad, salarios dignos, pensiones garantizadas, sanidad y educación pública con la garantía del Estado y cobertura universal… y por eso lucharon.

Partiendo de un país destrozado por la guerra y la miseria tuvieron las agallas de levantarlo, de emigrar a Barcelona, a Madrid, al norte o a otros lugares que prometían futuro. Aquella generación, con sus brazos, con su esfuerzo personal y sacrificio, le dio la vuelta a la tortilla, levantó el país y cambió el régimen. Ilusión, esfuerzo, trabajo, estudios nocturnos para compaginarlos con la labor profesional, fueron haciendo de España un país más moderno y europeo.

El catolicismo férreo, censurador y adoctrinador en lo más retrógrado, se chocó de frente con una nueva generación de religiosos combatientes, comunistas algunos, creyentes de la teología de la liberación otros, que hicieron suya la lucha. Pasaron de la actitud sumisa, sí la de su misa y comunión dominical, a revelarse contra la sumisión, que dejó paso a su misión renovadora y democrática. Eso ayudó mucho, pues las iglesias eran, a veces, parlamentos democráticos donde se reunían los perseguidos sindicalistas dada la inviolabilidad del espacio sagrado para la policía.

Mientras tanto, a esa generación, le costó comprar el Seiscientos o el Simca 1000, el televisor en ByN, el pequeño piso… cargados de letras se siguieron esforzando por mejorar su vida. Cotizando para mantener y consolidar el sistema sanitario, pagando para tener una pensión digna el día de mañana. Fueron acudiendo a las urnas cuando eran llamados para participar con su voto en la construcción y gestión de la cosa pública. Se sacrificaron para que sus hijos fueran a la universidad, para que no pasaran lo que pasaron ellos, para facilitarles la vida y, a veces, se olvidaron que educar a los hijos no es darles todo, sino prepararlos para ganarlo y crear su propia economía, hacerlos responsables, participativos, luchadores, solidarios, pacifistas, tolerantes y a la vez críticos, pero constructivos y exigentes de sus derechos. Vivieron bien sus hijos del esfuerzo y la entrega de los padres, consiguieron que España tuviera la generación mejor preparada de su historia.

Lo malo es que sus políticos les fueron abandonando, traicionando aquel Estado del Bienestar que habían fraguado y, tras someterlos a múltiples reconversiones y recortes, mostraron su verdadera cara. De los ideólogos del pasado quedan pocos. La ideología ha dado paso a la avaricia, al egoísmo del legislador o político elegido por el pueblo para cumplir sus sueños. El cinismo y la engañifa se instalaron en la política. La manipulación fue marcando el sentido de la opinión. La posverdad, esa falsa verdad que se sustenta en la manipulación de las emociones, en los miedos y en las vísceras, afloró como forma de dirigir a los pueblos, potenciando la confrontación sin sentido de acercamiento, creando hooligans, en lugar de ciudadanos libres, con inmensas tragaderas para colársela doblada sin rechistar. La caja tonta fue haciendo tontos sumisos, comiendo el coco, diciendo ahora que España va bien porque el PIB ha crecido. Cierto, pero ha crecido en el bolsillo del que más tenía, porque otros ya no tienen ni bolsillos.

En esta tesitura de cambio y evolución, la Generación de los Cincuenta siguió en la lucha, más cuando llegó la gran crisis creada por la banca y sus ingenierías financieras, se descubrió el pastel y la crisis solo benefició a la banca y al poder. Detrás estaba toda una hoja de ruta para romper el Estado del Bienestar, despojar al propio Estado de su poder e ir rotando el timón hacia los intereses de lo privado y de las multinacionales, que son las verdaderas beneficiarias de la globalización. El neoliberalismo, que compró a los políticos, fue denostando la gestión pública, vistiendo de brillantez a la gestión privada con su marketing y sus medios de comunicación, obviando el gran fracaso de la gestión privada que nos había llevado a la crisis pero que, ante la imposibilidad de resolución sin contar con una banca fuerte (no se iba a privatizar la banca, claro, para eso estaba la UE con sus leyes y normas neoliberales que lo impedían), forzaron a los Estados a rescatarlas, o sea a cubrir sus pérdidas milmillonarias, socializando estas pérdidas a costa de los ciudadanos… El poder lo estaban ganado ellos y los Estados estaban en un brete ante esa amenaza. Mientras se imponía la ley y la opinión de las teorías económicas que le beneficiaban. Había que pasar a lo privado todo, la sanidad, la educación, los servicios en general y, ya de camino, las pensiones. Los conservadores americanos, con Trump a la cabeza, siguen las teorías neoliberales de Friedrich A. von Hayek, que bebe de Adam Smith, intentando exportarlas a todo el mundo, al que consideran un inmenso mercado libre con la globalización… su mercado, el de las multinacionales.

La crisis había convertido a la generación mejor preparada de nuestra historia en simplemente pre-parada, o sea parada previamente, porque se formó y no se supo aprovechar ese caudal de riqueza, dada la incompetencia de los políticos y la ausencia de mercado laboral. Entonces muchos de los miembros de la Generación de los cincuenta, sostuvieron a sus hijos en casa, ya que solo encontraban trabajos precarios, con salarios insuficientes para emanciparse. Ayudaron a sus otros hijos casados y sus nietos para salir adelante, empeñando su propia pensión, sus ahorros y bienes. Tras tantos años de esfuerzo seguíamos a la cola de Europa, con pensiones bajas, salario mínimo por los suelos y una economía precaria.

Y aquella generación que tanto luchó, ya jubilada en gran parte, fue de nuevo engañada. Mientras la corrupción campaba a sus anchas, los sueldos de los políticos se incrementaban, el nepotismo seguía vigente, se rescataba a la banca, a las autopistas y se ayudaba a las empresas… pero se recortaban los presupuestos de Sanidad, Educación, la ley de Dependencia, la investigación, etc. También jugaban con las pensiones dejando la hucha vacía (dicen las malas lenguas que, en gran parte, el gobierno compró deuda pública del propio Estado con ese dinero); o diciendo que incrementarían el IPC (0,25%), pero no contaron que habría copago farmacéutico para jubilados, que el IPC en el que ellos se basan está calculado con materia que no afecta al consumo del jubilado, por tanto el incremento de los productos básicos que lo sustentan se diluyen con otros que no le afectan.

Otra gran mentira que fueron difundiendo es que las pensiones de los jubilados las paga el contribuyente actual, cuando ya ha sido pagada por el jubilado previamente y a lo largo de su vida laboral. El contribuyente o trabajador actual paga la suya; no sea que luego los desarmen argumentalmente diciendo que ya no hay dinero para sus pensiones ya que la hucha se quedó vacía. El Estado es el avalista responsable de las pensiones y ha de recurrir a los presupuestos para garantizarlas, eso es de cajón.

Bien, con todo lo dicho hasta ahora y sin entrar en lamentables declaraciones de políticos cínicos y demagogos, de chupópteros saprófitos que hacen leyes a su favor y, sobrados de recursos, se permiten aconsejar planes de pensiones privados a gente que no tiene ni para llegar a final de mes, que burlan leyes de pobreza energética, que son insensibles ante el dolor y sufrimiento de los sintecho y sin recursos, solo cabe que esa Generación de los cincuenta vuelva a la calle, que saque su espíritu luchador y grite de nuevo por la decencia política y económica, por la democracia verdadera y no la secuestrada, por sus derechos y servicios públicos, por la justicia distributiva y contra el desmantelamiento del Estado del Bienestar.

La vieja generación, los jubilados de la “Generación de los cincuenta” vuelve a la calle. Son gente curtida en mil batallas, aguerrida y motivada, los padres de nuestra democracia, aquellos que cambiaron España y le dieron la vuelta a la tortilla, aunque después fueran engañados. Son gente que, provenientes en gran medida del semianalfabetismo, dominan con cierta soltura las tecnologías de la comunicación y están dispuestos a dar la batalla. Saben que muchos morirán en el empeño por motivos de edad, pero no piensan en ellos solamente, sino en sus hijos y nietos, en que la calidad de vida no retroceda sino que mejore para su descendencia.  El combate está servido y solo cabe que, desde su madurez no se dejen engañar, pero también que se sumen los jóvenes a esta lucha, pues los beneficiados serán ellos. Si bien hay jóvenes que ven a la Generación de los cincuenta con cierta altivez, porque no entiende bien las tecnologías, puede que se lleven una gran lección de lucha para defender sus derechos y consigan segregar la parte humana de la tecnología y comprender que todo ha de estar orientado al bien de la comunidad y no de unos cuantos. Por tanto:

¡VIVA LA GENERACIÓN DE LOS CINCUENTA! Aunque solo sea 20 años más.




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