martes, 7 de febrero de 2017

El cóndor pasa


Hoy, mientras navegaba por internet, me deleitaba con los sones de la América profunda, con las imágenes de sus montes, ríos y bosques mientras el espíritu de sus antiguos pobladores danzaba por los aires a caballo de las notas musicales de la música andina. Llevado por ese baile, volando con la brisa, en una caricia imaginaria con el cóndor, que surcaba por los cielos de los Andes, quedé suspendido en ese extraño éxtasis que te arrebata del mundanal ruido y te devuelve a la esencia de la naturaleza, de la madre tierra que nos da la vida, el sostén y los sentires y emociones del espíritu ancestral de nuestra génesis. Y me acordé de los primitivos habitantes de América en toda su extensión, de su filosofía de vida, de cómo asumen como hermano a todo ser viviente o no, pero presente en su mundo. Ellos, siguiendo el espíritu de sus dioses, en una identificación cósmica, estaban en comunión con la naturaleza, con el hermano sol, la hermana luna, la hermana águila, etc. pues todo formaba parte de la creación donde fueron evolucionando juntos, de la mano y en armonía, haciendo el camino de la vida que a cada uno le tocó vivir, pero con el respeto y el rol de cada cual.

Y mientras esta melodía me sumía en la dulzura de un pensamiento sosegado, dejando volar mi mente como si de un viaje astral se tratara, irrumpió, en la tele, la imagen de un sujeto agresivo, verborreico e histriónico, que me devolvió a la realidad. Un sujeto elegido recientemente presidente, que quería hacer muros, impedir la llegada de otra gente a aquella tierra que en su día les fue arrebatada, por sus ascendientes, a los nativos que tanto la querían y respetaban.  Entonces comprendí cuán diferente concepción de la vida y su armonía con el mundo que los rodeaba, tenían los nativos americanos en comparación con quienes les invadieron para dominar su hábitat y reducir su cultura y sus dioses a la nada.  

América fue un mundo de sorpresas, de riquezas incalculables, de tierra no explotada, y eso sorprendió y asombró a los europeos, a los que fueron desde aquí para enriquecerse, para dominar la tierra y sus productos, para explotarla y sangrarla hasta agotarla, para conquistarla. Los inmigrantes de este lado del Atlántico no tenían esa visión cósmica y sagrada de la vida, veían las cosas con otro prisma.  Su credo religioso llevaba implícita la soberbia y el dominio sobre todo. Tenían fe ciega en que su Dios creador les había otorgado el poder sobre todo bicho viviente y la totalidad de la creación. Al sexto día dijo Dios: «Ahora hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Tendrá poder sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y en toda la tierra. Reinará sobre los animales terrestres, y sobre todos los que se arrastran por el suelo».  Qué curioso, no dijo que los eliminaran, que los explotaran, que los masacrara… Dijo que reinaría, que tendría poder sobre ellos. Pero el hombre, en su falaz interpretación, como hace siempre en beneficio propio, quiso ponerlos a su servicio, esclavizarlos y explotarlos como seres inferiores, dando rienda suelta a su codicia y egoísmo dentro de una cultura estratificada de dominio de todo el entorno. El indio gestionaba bien la relación sostenida con el entorno, el blanco no, pues a medio y largo plazo resultaría como el caballo de Atila.

Me quedé reflexionando si vale la pena esta tecnología para usarla como se está usando. Si tiene sentido este ritmo endiablado de consumismo atentatorio contra la propia naturaleza. Si no estaremos perdiendo la esencia del ser humano equilibrado para convertirnos en meros saprofitos, que se alimenta de un mundo en plena descomposición al que secan y destruyen. Sí, es la soberbia del dominio tecnológico, del poder de las armas de guerra, de delirio megalómano de gente inmadura psicológicamente, que solo pretende reafirmarse desde su inseguridad manifiesta, desde su analfabetismo existencial, desde su puerilidad inmersa en una cultura de confrontación que busca el poder de unos sobre otros para dar satisfacción insaciable a su codicia.

Trump ha reavivado las conciencias de mucha gente de bien. Ahora nos preguntamos, tanto o más que antes, dónde nos lleva esa política egocéntrica de dominancia. ¿No estaremos abocados a un conflicto irresoluble, o de muy mala solución, donde el desencuentro acabe con el más mínimo atisbo de paz entre esos pueblos que, en su día, convivieron pacíficamente? Si queremos un mundo de paz, coherente y en respetuosa convivencia no podemos prescindir de la sensatez en nuestros dirigentes, de la madurez psicológica, del sentido común que es el que defiendo los intereses comunes de todos los hombres y mujeres de la tierra en relación con su entorno. Los dirigentes impulsivos, cuyo vínculo predominante con sus votantes es el emocional y no el racional, ejercen la demagogia y la engañifa para conseguir sus objetivos personales, que en muchos casos no dejan de ser superar sus frustraciones y dar satisfacción a sus ansias de poder…

Creo que voy a volver a escuchar esa linda música y dejarme llevar por sus notas para volar como el cóndor sobre valles y montañas, ciudades, pueblos, ríos y lagos antes de que esta gente irracional acabe destrozándolo todo. Soy una gota de agua en este inmenso océano que no puede cambiar nada, solo la gota de agua, mientras ayuda a las otras gotas, con las que tiene contacto, a buscar también su camino de purificación intelectual y espiritual en comunión con todo el universo. ¿Me acompañas?




4 comentarios:

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Cada mañana antes de ponerme a escribir, mi pequeño/gran placer es pasearme con mi taza de cafe por las nubes. Visito a los amigos, leo los periódicos y... un sabor amargo, agridulce se posa en la cabeza. Antonio, creo que el ser humano está en un momento de inflexión y ha retrocedido; está perdiendo sus valores, está perdido.

Myriam dijo...

Te acompaño, además esa canción es... ¡HERMOSA!

Besos

Antonio dijo...

Creo que tienes razón Mª Ángeles. Nos están haciendo retroceder. Pero cuando los pueblos y su gente quieren caminar hacia adelante y el poder con sus intereses se opone a ello, hay que empujar más, hasta volver a caminar hacia adelante. Las crisis son crisis porque ya no sirve parte de lo que antes servía, porque hay nuevas cosas que nos sitúan en otros marcos y escenarios y se ha de cambiar. Es pues una oportunidad para seguir adelante, pero hay quien se empeña en buscar viejas soluciones para nuevos problemas.
Tal vez, nosotros, los que escribimos nuestro pensar, los que pensamos lo que escribimos, debamos seguir diciendo lo que decimos para neutralizar el pernicioso efecto de lo meramente emocional que nubla la razón.
Un abrazo, amiga.

Antonio dijo...

Sí, es hermosa la canción y bello el paisaje, digno de ver y acompañar en el tránsito.
Vamos allá, Myriam. Besos