jueves, 26 de enero de 2017

Rememorando las collejas


Hoy fui a mi pueblo con unos amigos y compañeros jubilados de la universidad. Lo curioso es que cada vez que voy revivo mi infancia, me fluyen los recuerdos del pasado y, ante las imágenes de sus campos de inmensos olivares, sus sierras y oteros, me vuelve la fragancia de su brisa, el aroma de sus prados, su huertas y sembrados. Cierras los ojos y te vuelves al pasado, escuchas el trino del jilguero, el piar del gorrión, el canto de la perdiz o el silbo del viento jugando y danzando entre los árboles o mordiendo los tejados. Todos los sentidos revierten al pasado y te transportan, en una máquina del tiempo imaginaria, a tu estoica infancia afrontando las dificultades del ayer.

Frío invierno para un desarrapado crio, sofocante calor en los abrasadores veranos e insaciable apetito ante la demanda natural del obstinado crecimiento. Había imaginación, inventiva y búsqueda asilvestrada de manjares complementarios a la exigua mesa que en la casa se ofrecía. A veces, jugando y entre travesuras, eran unas habas furtivas de la huerta ajena, otras una granada que dejaba su impronta churretosa en la camisa, higos, manzanas, peras o cerezas, según el producto del momento que el huerto te ofrecía. Nutrientes silvestres se buscaban por los campos mientras recogías raíces, leña para el fuego, hierba para los conejos, etc. Primaban los espárragos, las tagarninas y las collejas que llevabas a casa para que la madre los cocinara como mejor entendiera. 

En la escuela repartían un queso de sabor extraño y una leche en polvo, a la que no le daba tiempo a diluirse y pasaba a la garganta de los críos de forma "sequerona", fraguando una masa pastosa entre la boca de difícil deglución. Era la solidaria caridad que apaciguaba la miseria, lavando las conciencias de otros países, ayudando a sofocar el hambre infantil de una España marginada y lacrada por su inmediato pasado de alianza con los vencidos en la gran contienda mundial.

Después vino el abandono paulatino de la escasez. El país de la miseria y el racionamiento vividos en la posguerra pasó a otra etapa, donde la necesidad fue aflojando la cuerda del hambre miserable que apretaba amenazante al cuello de los más necesitados. Hubo más pan y aceita, más potaje y con mejores atavíos e ingredientes en cocina para adornar los exiguos platos… animales de corral, tocinos, chorizos y morcillas de matanzas caseras, y zurrapa y chicharrones que fueron apagando el hambre hasta erradicarla definitivamente. Después, progresivamente, vino la abundancia de la mano de un mercado accesible lentamente a los salarios de la clase “currante” hasta llegar a nuestros días, donde parece que vuelve de nuevo a declinar.

Todo esto lo viví como un flash mental que hizo pasar por mi mente los tiempos pretéritos, ya superados, pero, a su vez, anclados en el mundo indómito y subliminal del subconsciente. Y afloró el viejo sabor de las collejas que mi madre, esmeradamente, preparaba en tortilla con el huevo recién puesto por la gallina del corral, que era una fiel aliada encargada de reciclar los desperdicios convirtiéndolos en lustrosos y deliciosos huevos al servicio de la casa. Había comido no hacía mucho tiempo tales herbáceas silvestres, recogidas por un amigo mío del pueblo, cocinadas por su esposa a modo de exquisita tortilla. Entonces recordé que Loli había comprado collejas en el mercado de mi barrio, y fragüe mi estrategia para hacer una tortilla diferente donde conjugar viejos sabores con los nuevos condimentos. Esta tarde, cuando llegue a casa, me dije, haré una tortilla de collejas.

Dicho y hecho. Me metí en la cocina, batí cuatro huevos y los mezclé con un aguacate, una loncha de queso, taquitos de jamón, algunos guisantes y las collejas rehogadas con ajito picado que preparó Loli. Resultado: Una excelente tortilla, como puedes observar en la imagen, que conjugaba sabores del presente y el pasado. Algo nos sobró para el desayuno próximo, mientras quedé satisfecho al dar a mi subconsciente el contentamiento a su demanda y, en mi ánimo, evocar las vivencias de mi infancia.

A veces recordar los viejos tiempos, aunque estuvieran marcados por la necesidad, nos permite sentir la parte positiva de la niñez, vivir el calor de la familia protectora, los juegos y reyertas entre amigos, las pícaras miradas a las niñas, las distintas travesuras, la infantil inocencia, el cole y la Enciclopedia Álvarez con su adoctrinamiento y el continuo batallar para hacerse grande, para crecer y recorrer el camino de la vida, para ser lo que somos hoy como fruto de un ayer donde fuimos plantando y cultivando la semilla… Eso sí, con collejas, con muchas collejas de los maestros que usaban el castigo como forma educativa bajo el lema: “la letra con sangre entra” y con las otras collejas silvestres que paliaban el hambre y nos nutrían.


¡Lo que da de sí una tortilla de collejas! ¿Verdad?


8 comentarios:

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Cómo me ha gustado tu entrada de hoy escrita a corazón abierto. Gran comunicador eres!!!

Antonio dijo...

Gracias, La Ángeles. De aquellos niños menesterosos y harapientos tenemos hoy nuestros jubilados, que en el tránsito le cambiaron la faz a España.

belijerez dijo...

Don antonio, forever president !!!!!!

belijerez dijo...

Don Antonio, como me gusta su entrada!!!!!!!!

Antonio dijo...

Gracias, Belijerez. Recordar las vivencias del pasado, aunque sean de sufrimiento y necesidad, siempre es, incluso, terapéutico para afrontar la vida de adulto. Celebro que te guste.

anonimo dijo...

Pues sí, la tortilla ha dado para mucho pero bueno.☺

Prudencio dijo...

Con los sabores de la infancia recordamos muchas vivencias infantiles. Un abrazo, Antonio.

Antonio dijo...

Cierto, Prudencio. Me viene a la memoria aquel anuncio de Heno de Pravia, que decía era el aroma de mi hogar y salía la imagen de la señora cuando era niña...
Un abrazo