domingo, 3 de julio de 2016

Hoy en Bagdad, ayer en Bangladesh


No puedo empezar hoy a escribir nada salvo volver, una vez más, a declarar, no ya mi repulsa y condena a los atentados terroristas como el de Bagdad de esta mañana, pues eso ya va por delante, sino mi absoluta incomprensión y rechazo a las “elevadas mentes satánicas” que siembran el odio y la semilla en sujetos de instinto asesino, conduciéndolos a credos integristas megalómanos, hasta tal punto que se inmolan, desde la alienación, llevándose por delante la vida de gente inocente. ¿Dónde y quién crea a esos seres sicópatas incapaces de entender que la vida de los demás no es patrimonio de ellos? Hoy ha sido en Bagdad, donde el terrorismo al amparo de una guerra de intereses espurios, machaca y machaca con su irracionalidad. Ayer en Bangladesh, antes fue en Turquía y antes… y antes… y antes... ¿Esto no tiene fin? ¿Será que quien puede contenerlo no lo hace porque le aporta algún beneficio inconfesable?

Por otro lado nos comemos el coco con qué hacer para ayudar a los que huyen de la quema, por dar cobertura a las necesidades de los refugiados por la guerra. Nos rasgamos las vestiduras al ver cómo la gente acaba sumida en las profundidades de los mares o abandonados a su suerte en los campamentos improvisados con cariz de definitivos. Hombres, mujeres y niños han caído en la trampa y, al huir de una guerra destructora y sanguinaria, se han encontrado atrapados en la ratonera. Nuestro corazón flagelado por la tele y la visión de estas y otras cosas que se muestran, se constriñe y la mente queda confundida sin saber cómo resolver la situación, preguntándose qué hacer desde la incapacidad personal e individual, sintiendo una dicotómica sensación de agobio mental y alegría al vivir y gozar aquí y no allí… temeroso de que salte acá la violencia, como ya estamos viviendo en algunas ocasiones.  

Pero en el fondo, la sociedad occidental está ejerciendo de médico malo. Tratamos, además mal, los síntomas, como el caso de los refugiados, el hambre y la miseria, la falta de medicamentos en los hospitales, las ayudas de las ONGs, etc. Pero seguimos avivando la enfermedad, alimentamos el virus que la provoca y sostiene. Se venden armas (gran negocio ese de las armas), se cultiva el odio, se apoyan a las facciones en lucha, se conspira para poner y quitar gobiernos afines, se busca o tolera el desencuentro, se anteponen intereses económicos y comerciales, se pretende controlar los yacimientos energéticos, se acepta y refrendan las conductas antidemocráticas e integristas de Estados totalitarios de corte feudal según el caso… A la sazón me viene a la memoria la declaración de Franklin D. Roosevelt, presidente de los EE.UU. cuando dijo de Somoza: “Tal vez Somoza sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. No, esta enfermedad no se curará así si no se ataca el germen que la provoca. Las mentes preclaras, las de los gobiernos de las grandes potencias, estoy convencido que saben como hacerlo, pero el negocio de la política geoestratégica, del mercado de las armas y lo demás, del dominio mundial y la instauración de regímenes afines, bloquea las soluciones, al menos bajo mi punto de vista.

Y volviendo a la frase sobre Somoza, yo me pregunto: ¿Cuántos hijos de puta tienen las grandes potencias en el mundo sostenidos en contra de sus principios democráticos o ideologías políticas, pero servidores de sus intereses? Tal vez, los hijos de puta sean muchos, todos aquellos que potencia y avalan las guerras para sacar su provecho. Tal vez, los hijos de puta estén por muchos sitios, en diferentes lugares, despachos o gobiernos. Tal vez esto no se acaba hasta que esos hijos de puta no se propongan definitivamente acabarlo. Mientras tanto, los actos terroristas puede que esos hijos de puta los entienda como efectos colaterales.


Para terminar con el terrorismo habrá que acabar con quienes dominan las mentes de los asesinos, con los que los cultivan, pues de lo contrario podrá inmolarse el suicida, pero no podremos decir: “Muerto el perro se acabó la rabia” porque la rabia radica en otros lugares y son otros los que la inoculan consiguiendo más agentes del terror. Ojalá algún día todos los seres de la tierra sepan defender su libertad respetando la del otro.


2 comentarios:

Fanny Sinrima dijo...

Antonio, un excelente texto, realista y crítico.Sin duda, el mundo tiene un serio problema y Occidente su parte de responsabilidad en él.Todos los fanatismos engendran violencia indiscriminada y también la desigualdad, la pobreza, la violación de derechos humanos, la incultura, etc. son caldo de cultivo para encontrar adeptos a movimientos fanáticos.

Un abrazo, Antonio.

Antonio dijo...

Fanny, la realidad del mundo es tan compleja que escapa a nuestra comprensión en muchos casos, pero la lógica del sentido común hace ver las cosas desde una perspectiva racional elemental que nos permite separar la paja del grano. Tanta complejidad nos hace perder de vista lo esencial.
Un abrazo