miércoles, 6 de julio de 2016

Sobre el orgullo gay


(A Federico García Lorca de cuyo asesinato hará dentro de poco 80 años, en el día del orgullo Gay)

Hay una frase célebre que mucha gente le atribuye erróneamente a Voltaire, cuando fue Evelyn Beatrice Hall, que empleó el seudónimo Stephen G. Tallentyre, quien la introdujo en su conocida biografía de tan brillante personaje, Los amigos de Voltaire. En ella pone en boca de  este la frase: "Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo," como ilustración de las creencias de Voltaire.

Esa forma altruista de defender la existencia del diferente y su derecho a expresar esas diferencias aunque no se esté de acuerdo con ellas, dignifica al ser humano desde una cosmovisión enriquecedora y, a la vez, diversa que solo un sujeto de mente abierta, y capaz de entender su nimiedad en el inmenso océano de la vida, puede comprender. Tú puedes ser diferente y, aunque yo difiera de tus ideas, de tu forma de ser, has de saber que apoyaré tu derecho a ser y pensar así al amparo del mismo valor con que exijo ser respetado yo. Lo único que no soportaré será que intentes imponerme tus ideas o tu forma de vivir a mí por obligación.

Por tanto, desde mi heterosexualidad nunca discriminaré a los sujetos por su orientación sexual; es aquello de “cada cual en su casa y Dios en la de todos”. El proceso evolutivo que hemos vivido muchos de mi generación ha sido considerable, sobre todo porque yo soy un chico que creció en la segunda mitad del siglo pasado.

Nacido en 1951 me fragüé en aquellos principios dogmáticos del nacionalcatolicismo. A mí me enseñaron, o pretendieron enseñarme, a burlarse de los mariquitas, a despreciarlos como seres enfermos y perversos, a considerarlos dominados por una aberración incontrolable. Bueno, eso era lo habitual pues se cultivaba el machismo y todo aquello que hiciera al chico fuerte y machote. Entre otras cosas se cultivó el desprecio a lo diferente. Una sociedad donde la idea única imperaba, donde el credo religioso era determinante, anatemizando tantas cosas, condenaba la homosexualidad, como siguen haciéndolo ahora, aunque este papa ya está introduciendo otra visión del asunto, pero no se condenaban otras cuestiones. No era extraño la existencia de barraganas sirviendo al cura del pueblo, la pederastia al amparo de la frase evangélica: “Dejad que los niños se acerque a mí”, incluso la tolerancia con la misma homosexualidad dentro del clero siempre que no trascendiera al exterior. La hipocresía siempre reinó en los lugares de la represión. No estaba mal vista la infidelidad del hombre que, a su antojo, podía irse de putas cuando le apeteciera sin ningún escándalo, mientras la mujer tenía que someterse a los designios de su amo y señor y pobre de aquella que fuera pillado en actos de adulterio. En esa sociedad creció mi generación hasta que fue rompiendo el molde y creando un nuevo tiempo, una nueva idea, una nueva ética y moral más igualitaria, más tolerante con lo diferente.

Pero fijaros que en aquellos tiempos, y durante mucho después, se catalogaba a la homosexualidad como una enfermedad, incluso reconocida en el DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales). En 1973 la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) decidió eliminarla del citado manual y urgió a rechazar toda legislación discriminatoria contra gays y lesbianas. La acción vino motivada tras una completa revisión científica sobre el tema. Pero mientras esto ocurría en el mundo civilizado se seguía y sigue rechazando la homosexualidad, el lesbianismo y cualquier otra forma que salga de los deseos y conductas clásicas respecto al asunto de las  tendencias sexuales. Por suerte, salvo algunos posicionamientos de sujetos anclados al pasado anacrónico, en nuestro país se ha producido importantes avances en la opinión pública, observándose mayor comprensión y aceptación de los sujetos de orientaciones sexuales diferentes a la clásica heterosexualidad. Pero no olvidemos que todavía existen lugares donde la homofobia se cultiva y se fortalece desde la misma ley. Existen países donde se castiga hasta con la muerte el ser homosexual, donde se les maltrata, apalea y margina. En nuestro país, y en aquellos tiempos a los que me refería, una forma de huir de este acoso era casarse. El hecho de estar casado te permitía escapar de ese persecución y entrar en el mundo de la normalidad, aunque en el fondo fuera más maricón que un palomo cojo (permítaseme el término a modo de reafirmación de lo que digo). Recuerdo a un señor apodado la Paquita, que venía por mi pueblo reparando paraguas, tocaba las castañuelas de maravilla  con dos trozos de teja a modo de reclamo y oferta de sus servicios. Era un sujeto bien vestido, educado y excesivamente amanerado que llamaba la atención de los chavales como un tipo raro. Sus conductas y forma de expresión transgredían lo habitual, lo que le daba un cierto toque de distinción personal tamizado por su supuesta homosexualidad, pues nunca dio pie para confirmarla salvo su amaneramiento, al menos que yo sepa las líneas rojas se respetaban.
  
Estas líneas identificadoras de las conductas masculina y femenina son difusas y tienen relación directa con las culturas, credos e ideologías de una sociedad. Os invito a leer dos entradas que publiqué hace algunos años en mi blog sobre el tema las líneas rojas del sexo. Las podéis ver en los enlaces siguientes:

Todo esto lo traigo a colación por la celebración el domingo pasado del día del orgullo gay. En el mismo se hizo un homenaje a Federico García Lorca, nuestro gran poeta universal que fue asesinado por los seguidores del movimiento que se alzaron contra el gobierno de la II República en 1936.

Sin entrar a valorar los niveles de histrionismo que se dan en estos casos tan cargados de espectáculo y jolgorio en sus desfiles, quiero hacer algunas apreciaciones sobre la grandeza de los seres humanos sean o no de una u otra tendencia sexual, aprovechando la alusión a Lorca.

Permitidme que os recuerde que Federico García Lorca fue un gran poeta, dramaturgo y prosista, también conocido por su destreza en muchas otras artes como dibujo, música, etc. Adscrito a la llamada Generación del 27, es el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX. Como dramaturgo, se le considera una de las cimas del teatro español del siglo XX, junto con Valle-Inclán y Buero Vallejo; creativo, innovador, preocupado por la cultura, la libertad y el desarrollo del conocimiento de los seres humanos. Participó en programas de alfabetización rural, yendo a los pueblos a difundir el conocimiento, la lectura, el teatro y a enseñar a la gente a leer y escribir. La Barraca fue un gran invento para acercar la cultura al pueblo. Fue secretario del ministro de Instrucción Pública, D. Fernando de los Ríos, sobrino del famoso pedagogo Giner de los Ríos, participando y apoyando los programas elaborados en el propio ministerio. Esa fue una de las causas por las que se piensa fue asesinado, además de su homosexualidad como elemento reprobable para los energúmenos defensores del machismo de los rebeldes. Pero  Federico era un alma creativa de proporciones inmensas, solo hay que conocer mínimamente su obra para verlo.

Una luz literaria como esta se apagó a manos de unos sujetos rabiosos, descerebrados y violentos, de cuya incultura, ignorancia, rudeza e instinto asesino solo se pueden esperar estos resultados. Estos gaznápiros,  que acumulaban entre sus valores todos los calificativos afines a este vocablo, incluido los de memos e imbéciles, presumieron de haberle dado muerte por rojo y maricón. Uno, incluso, declaró haberle dado dos tiros: uno en la cabeza por rojo y otro en el culo por maricón.

Si se pone en un platillo de la balanza a Federico y en otro a sus asesinos, esta sociedad y todas las sociedades cultas del mundo, condenarán a los asesinos por haber privado a la humanidad de una figura creativa y enriquecedora como la del poeta. La única trascendencia que tendrán sus asesinos para la historia será esa, la de haber matado y despojado a este país de una de las figuras más importantes del siglo XX.

He aquí un claro ejemplo del valor de las personas sin distinción de orientación sexual. Federico, homosexual y creativo muestra un valor incomparable que enriquece la literatura española y mundial. Los otros machistas y hombres de pelo en pecho, son asesinos y ceporros que matan la cultura y el conocimiento para seguir dejando en la ignominia al pueblo llano.

Puesto a elegir: VIVA EL HOMOSEXUAL CREATIVO Y A LA MIERDA EL MACHISTA ASESINO… y puestos a decir, digamos que los seres humanos somos todos iguales sin distinción de raza, credo, género, ideología o tendencia sexual; al menos así debería ser.


1 comentario:

Mariano Jurado A dijo...

Abrazadas

Felices, sonrientes nos quedamos
serenamente dormidas... abrazadas.
Como dos personas
que simplemente se aman.

Aunque nuestros cuerpos
se parezcan mucho,
en realidad es lo único distinto.
En todo lo demás
nada es diferente.

La vida la llevamos dentro,
y vendrán lluvias y malos vientos...
y las dos palmeras juntas, despeinadas,
se doblarán sin romperse
ajenas al desaliento.

Respeto, ternura... tenemos
los mismos sentimientos,
las mismas caricias
los mismos miedos dentro.

Abrazadas...
batir de olas, luz de luna,
rodar de caracolas y calma.
Nuestro amor es el vuestro.

AUTOR: Mariano Jurado Arcos.
Aldaia 1 de Julio 2016.

Antonio mi aportación a tu interesante articulo y reflexiones
Gracias.