lunes, 16 de mayo de 2016

El secuestro de los muertos


Acababa de producirse el alzamiento de los rebeldes contra la República. Era el 18 de julio de 1936. Según lo publicado, en estos días, en medios de comunicación, el 27 de julio, Manuel Lapena Altabás, fundador de la CNT de Calatayud, desaparecía. Fue fusilado en el barranco de La Bartolina sin juicio y condena a pena de muerte conforme a la ley, y enterrado en una fosa común, tan habituales en aquella tragedia. Su hermano Antonio Ramiro, se ocultó, pero al cabo de un tiempo, en octubre, decide entregarse con la esperanza de que respetaran su vida. Craso error, el 20 de octubre, en la tapia del cementerio de Calatayud, también es fusilado sin juicio ni condena. Demasiados asesinos, de gatillo fácil e instintos viles, andaban sueltos por los campos y ciudades de España.

La consigna estaba clara, había que erradicar las ideas socialistas, comunistas, anarquistas y cuantas fueran contrarias al tradicionalismo y a la España conservadora. Quienes atentaran contra ella, contra aquella España suya desde siempre, eran traidores y reos de muerte, a los que había que eliminar para volver a la pureza de la raza, a la España imperial y a la instauración de un sistema de corte fascista en alianza con los principios religiosos que defendía el Nacional-Catolicismo. Una sola España bajo una sola idea y un solo credo sometida al caudillo victorioso que eliminaría a los otros españoles traidores a ese pensamiento. La libertad está condicionada a los designios del jefe máximo mediante el ejercicio de una dictadura férrea y dispuesta a matar para no claudicar ante la demanda de esa libertad y justicia social que les estaba desbordando.

Ganan la guerra y siguen eliminando a enemigos de sus ideas, solo por pensar diferente, sembrando el terror y la represión en los campos y ciudades de España. El Caudillo dicta y los demás obedecen. Ya no hay enemigos, están muertos o sometidos, solo pueden sobrevivir en la clandestinidad expuestos al riesgo sistemático de ser descubiertos y fusilados o presos “sine die”. Ante esto se renuncia hasta al sagrado derecho de proteger a tus muertos, se cede y aceptan los designios del generalísimo que salvó a España de la esclavitud haciéndola “Una, Grande y Libre”. ¡¡Qué paradoja!!: UNA, cuando era diversa y se había fraguado a través de la historia mediante el reconocimiento de sus diferencias y los derechos que emanaban de ellas, dado que las Españas eran reinos diferentes a los que unió la historia; GRANDE, cuando había pasado a ser una nimiedad en el concierto internacional, debido a la nefasta gestión de los gobiernos habidos bajo la batuta de los reyes, caprichosos e incapaces, que fueron dinamitándola a lo largo del siglo XIX y principios del XX, perdiendo sus colonias, sacrificando vidas de sus hijos en las guerras de Marrueco y arruinándola económicamente; LIBRE… aislada del mundo por rechazo a un gobierno dictatorial que, precisamente, negaba esa libertad de su pueblo y lo sometía a sus caprichos e ideas totalitarias. Que ironía: UNA, cuando era diversa; GRANDE, cuando era una nimiedad y LIBRE, cuando sus ciudadanos eran esclavos del régimen.

Para rizar el rizo, en un acto singular que muestra la prepotencia  del dictador y sus secuaces, en 1959, deciden secuestrar los restos de aquellos dos hombres y otros más y llevarlos al Valle de los Caídos, donde los inhuman a voluntad del caudillo, para que sirvieran como cohorte en representación de los vencidos y sometidos bajo la fuerza de las armas, que les lleva a renunciar, al menos en apariencia, a sus principios ideológicos. Junto a ellos están los llamados mártires por la causa, los adeptos al régimen “caídos por Dios y por España”. Todo ello a modo de alabanza y mayor gloria del generalísimo rebelde, que se levantó contra el gobierno legítimo y ganó la guerra de la mano de Hitler y Mussolini. 

Qué razón puede asistir a los asesinos de dos hombres, que además de arrancarles la vida en su momento, ahora le quitan la muerte y el derecho que tienen a reposar en su tumba sin tener que hacer de palmeros a quien era el jefe de sus asesinos. Doble humillación que viene a mostrar cómo un ser dictador se cree dueño de la vida y de la muerte de sus adversarios. Los enemigos de Dios y de la Patria no son nada, no tienen derecho a nada, ellos no piensan igual, son diferentes, y solo pueden ser rehabilitados sin se integran en el régimen; los vivos renunciando a su ser ideológico, los muertos sometiéndose a la representación histriónica del homenaje al caudillo.

Solo esa idea de humillación final, puede justificar un acto de secuestro de los silenciosos e indefensos muertos enemigos, para alabanza del vencedor que ha tenido a bien compartir con ellos su lugar de descanso eterno, aunque las tripas de los fusilados ser retuerzan en la tumba. Creo que esta España infame, no cicatrizará sus heridas hasta que el trato a sus mártires republicanos no sea similar a los que se les da a los otros. Los beatos religiosos están en los altares, se les alaba, se procesionan, se les honra… eso no es un anacronismo que pretende sembrar la discordia, pero si se reclama sacar a los otros muertos de las cunetas o devolverlos del panteón del caudillo a su propio panteón, se clama al cielo y la derecha argumenta que ya estamos abriendo las heridas del pasado, cuando ese sería el mejor ejercicio para dejar constancia de que somos demócratas y queremos enterrar definitivamente las atrocidades que se cometieron por uno y otro bando.



6 comentarios:

Martina dijo...


"Ganan la guerra y siguen eliminando enemigos de sus ideas" Increíble. Te sigo. Saludos
elmarenunatina.blogspot.com.ar

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Una lección de historia. Como siempre estupendo

Antonio dijo...

Martina, para mí esa es una de las asignaturas pendientes.
Cualquier demócrata o sujeto revestido de valores humanos, defendería que los muertos reposen donde su familia y amigos les puedan honrar.
Saludos

Antonio dijo...

Gracias, Mª Angeles, por tu comentario.
Un abrazo

Myriam dijo...

Los que dicen que es reabrir las heridas,
están equivocados. En especial los psicólogos
de sobra sabemos que las heridas no pueden sanar,
mientras no haya un justo tratamiento de los
muertos y represaliados de la izquierda.
La derecha lloró a sus muertos, los de la izquierda
-la mayoría- siguen en fosas comunes o en lugares
infames como los que señalas en tu artículo.

Memoria histórica: justicia histórica:
toma de consciencia de los hechos: arrepentimiento:
superación del trauma nacional,
para que la historia no vuelva a repetirse.

Un abrazo

Antonio dijo...

Las heridas curan, pero dejan cicatrices con las que se han de convivir. Pero sanarlas solo se hace zanjando y drenando el pus que la infecta para que cierre desde la justicia y la asepsia. Son heridas de un pasado que solo debe enseñarnos lo que no debe volver a suceder, pero antes debemos ser justos con unos y con otros. Darle a los ausentes lo mismo que ya les dio a los otros. Eso es lo justo, eso es lo necesario para cerrar la historia.
Un abrazo