lunes, 8 de febrero de 2016

Visita al Gran Cañón del Colorado


Habíamos llegado la noche anterior, procedentes de Las Vegas, donde tomamos tierra en vuelo desde Cleveland (Ohio). Tras alquilar un coche, hicimos un largo camino hasta nuestro hotel en el Lake Havasu. La autopista transitaba por el desierto Mojave, árido como todo desierto, poblado de una flora sedienta y casi ausente y una fauna invisible, salvo el coyote que se nos atravesó en la carretera.

Salinos temprano de Havasu. Nos esperaban 226 millas de carretera para llegar a Tusayan. Habíamos decidido volar en helicóptero  sobre el Gran Cañón en el National Park, dejando para otra ocasión, poco probable, la visita al mirador de El Skywalk, una pasarela transparente en forma de herradura desde la que se pueden observar un vacío de 1600 metros, o el viaje en tren que se oferta por las  profundidades del Cañón Verde. Transcurrieron cuatro horas largas de camino hasta llegar al destino. El semidesierto nos fue brindando imágenes singulares de pobreza y esterilidad. Modestas casas se ofrecían a nuestra vista a lo largo del camino. Una amplia autopista con intensa circulación, sobre todo de grandes camiones  a la  americana, nos dirigía al destino. Al lado discurría un tren por una vía no electrificada, con tres máquinas esforzándose en arrastrar la friolera de 140 vagones, contados a conciencia. La serpiente, de apagados colores, parecía querer camuflarse con la hostil tierra del desierto.

Conforme nos fuimos acercando a Tusayan fue cambiando la orografía. El desierto empezó a ofrecer otra perspectiva, la nieve afloraba y acunaba la flora, y fuimos entrando en un bosque de superficie fría y blanca, de contraste entre el gélido blanco de la alfombra de nieve y el verde de la abundante arboleda.  Linda imagen que se completaba con la aparición esporádica de algún ciervo tranquilo y seguro que no se inmutaba con nuestra presencia. El frío hizo acto de presencia y los abrigos que sobraban en Havasu se hicieron imprescindibles en Tusayan.

Una vez en el aeropuerto, donde se ubicaba el helipuerto, pasamos por el protocolo de rigor: pesado, chaleco salvavidas, proyección de un video con las normas de vuelo y pasamos a ocupar un aparato para los cuatros. Loli y Eva delante, junto al piloto, Frank y yo detrás con ventanillas, era una cuestión de reparto de peso… Cascos, micro y bien sujetos por el cinturón de seguridad.  ¡Preparadas las cámaras, se inicia el vuelo!

Sobrevolar el Gran Cañón del Colorado es una experiencia singular que vale la pena vivir, sentir y disfrutar. Para alguien que, habiendo utilizado el avión en innumerables ocasiones, no ha subido jamás a un helicóptero, resulta una aventura especial. El helicóptero es un pájaro seguro de vuelo rasante, desde el que sientes, una vez controlado el miedo a lo desconocido, la sensación de dominio sobre la superficie que acabas de dejar bajo tus pies. Esa visión diferente del bosque, de la nieve, de la flora y alguna fauna, es innovadora y yo diría que tiene un componente holístico, de un todo bajo tus pies, que te permite ver el entorno desde una extensa magnitud que abarca mucho más del dominio habitual.

Te sientes seguro, con los cascos apenas escuchas el rotor y la comunicación entre el pasaje es fácil y fluida mediante la interconexión que te colocan. Atiendes perfectamente las informaciones que te van dando y puedes interactuar con preguntas y respuestas.  La elevación del aparato es suave y notas el balanceo de tu cuerpo en dirección a la trayectoria.

Volar sobre un bosque nevado, en una superficie plana, casi tocando las copas de los árboles, con sensación de tranquila sorpresa, es una buena forma de perder el miedo a volar. Pero cuando de golpe se rompe la continuidad de esa superficie y aparece bajo tus pies un inmenso vacío, tras casi tocar en vuelo rasante el borde del precipicio, una sensación de vértigo te saca de ese sosiego para crear en tu interior una súbita turbación; es una especie de miedo y admiración, de vértigo y caída libre al abismo de la que te distraen múltiples estímulos visuales. Conjugas sensaciones de asombro, estupor, miedo, admiración, sorpresa, vértigo, desubicación, etc. compatibles con el éxtasis o estado de exaltación emocional y admirativa. Es la inmensidad del Gran Cañón, su morfología caprichosa, labrada a voluntad del cauce del río Colorado, al que adivinas o vislumbras al fondo como una serpiente ondulante que esquiva la orografía de un valle inmenso excavado pertinazmente a través de milenios.

De un paisaje boscoso pasas a otro que parece propio de Marte o de la Luna. En su parte superior la nieve intenta agarrarse a la cortada superficie para evitar caer al vacío, mientras al fondo sigue el río con su pertinaz trabajo de siglos arrastrando en su corriente la tierra robada por su cauce. El cañón, como una gran arteria enramada hasta la capilaridad, ofrece un cuadro espectacular con múltiples cañones secundarios, donde la vista se pierde y es atrapada por un hechizo, dejándote obnubilado y abstraído en una mágica visión insospechada.

Sientes el poder del hombre, de sus máquinas voladoras, y piensas lo inimaginable que resultaría esta realidad para los indios havasupai y otras tribus que habitaban estas tierras desde tiempos ancestrales. El águila de hierro pasea por el abismo inescrutable con el ensordecedor grito de sus alas giratorias. Miedo, pánico a los dioses misteriosos que dominan en sus naves los cielos, suspendidos en el aire. ¿Qué extraño poder tienen estos seres a los que Manitú les permite ultrajar nuestros sagrados parajes? El ser humano, en nimiedad ante lo inmenso y superior, se crece y endiosa ante lo simple a caballo de su tecnología. Éramos pequeños dioses con poder para dominar los aires, para volar, en un acto de embrujo, venciendo los abismos ancestrales que reclaman la caída libre, vertiginosa, de las cosas que retan al vacío.

Treinta minutos de vuelo sobre el cañón con la sensación de casi tocar con los dedos las crestas de las montañas excavadas por el agua y por los vientos, te dejan alucinado, encandilado, con el troquelado de haber vivido una experiencia impactante por la inmensidad del espectáculo. Vale la pena vivirlo, aunque sea por una única vez, para no perder la magia. Luego, de vuelta al aeropuerto, vas digiriendo lo visto, el asombro y las emociones despertadas. Puede saltarse alguna lágrima o humedecerse los ojos… la adrenalina disparada a tope te otorga una sensación de placer conforme te vas relajando. El viaje va terminando mientras el helicóptero se deposita suavemente en el helipuerto… bajas con una sonrisa en los labios que es compartida por los acompañantes y comentas: ¡Es impresionante!

Después, montas en el auto y marchas a verlo desde los distintos miradores que ofrece la carretera que lo bordea dentro del Parque Nacional, al que accedes previo pago de 10 dólares por vehículo. Persiste la nieve, el bosque y el frío. Entras y sales del coche con el riesgo de no abrigarte bien llevado por la borrachera de espectáculo. Es invierno, la tardes es corta, el sol amenaza con su acaso y te roba la esperanza de ver todo lo que quisieras… ¿Llegaremos a la Torre de Vigilancia Desert View antes de que se ponga el sol? No, solo pudimos plasmar el crepúsculo de un ocaso consumado que iluminaba tenuemente el horizonte.  La bondad de la máquina de fotos nos ofreció lo mejor que supo y pudo la imagen de ese marco claroscuro de lucha entre el día y la noche, entre la luz y las tinieblas.


El día se acaba y hay que volver a Havasu, mañana salimos hacia Los Ángeles, dejamos Arizona para encontrarnos con California. Nos quedan muchas horas de viaje antes de gozar del merecido descanso, de una frugal cena, ducha y a la cama. ¿Volverá a cruzarse en los caminos del desierto otro coyote? La luna, por si acaso, se alía con nosotros y se muestra esplendorosa. Luna llena… llena de la luz solar que se nos niega, robada al otro lado de un negro horizonte que ya deglutió en sus entrañas los últimos rayos que ahora refleja la faz de la luna. Si el coyote, de nuevo, se cruza en el camino, la luz de la luna revelará su presencia.

Fotos:









































14 comentarios:

Antoñi Ariza Moyano dijo...

Que vivencias más bonita , ojalá me pudiera espreza así,la forma que lo cuentas,haces que cuando se va lellendo se meta uno en la propia historia

Antonio dijo...

Gracias, Antoñi. He procurado reflejar mis emociones y sensaciones para facilitar la empatía y hacer sentir lo mismo a quien me lea.

Desde mi Interior dijo...

Buen reportaje de tus vivencias Antonio.

Antoñi Ariza Moyano dijo...

Pues si que lo haz conseguido , es muy bonito todo lo que escribes , gracias por compartí un saludo

Anónimo dijo...


Todo esto estamos harto de verlo en los reportajes. Pero sabiendo que lo estas viviendo y tu forma de contarlo, es diferente, se te encoje el corazón. Nos vemos.
Juan Luis

Antonio dijo...

Gracias, Desde mi interior, por tu comentario. Un abrazo María Renée

Antonio dijo...

Gracias a ti, Antoñi, por leerme. Un saludo

Antonio dijo...

Juan Luis, vivir personalmente una situación es tan distinto a verla vivir a otros... Lo tridimensional es otro mundo donde juegan los sentidos en su totalidad.
Un abrazo

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Qué viaje más bonito, Antonio y qué bien relatado

Antonio dijo...

Gracias, Mª Angeles. Ha sido un viaje intenso, extenso e impresionante. Esta solo es una pequeña parte de las aventuras vividas durante tres semanas. Un abrazo

Lola Cabrera dijo...

Antonio: como siempre una descripción espléndida de tus vivencias en EEUU, me alegro mucho que pudieras hacer ese viaje tan bonito, las fotografías muy bonitas para recordar siempre ese viaje.

Antonio dijo...

Gracias, Lola Cabrera. Fueron diversas las vivencias que disfrutamos o sufrimos, aunque siempre es bueno sacar algo positivo hasta de lo que parece menos favorable, como quedarse atrapado muchas horas por la nieve en una caravana.

Myriam dijo...

Hola, Antonio. Primero felicitarte por tu cumpleaños que recuerdo que es a pasos de febrero, el 4 no? Luego felicitarlos por este viaje lleno de aventuras! Las fotos espectaculares y ese viaje en helicóptero envidiable!!!

Besos a los dos

Antonio dijo...

Gracias. Efectivamente el 4 fue mi cumpleaños, voy acumulando peligrosamente edad de forma rapidísima, parece un tobogán...

Besos de los dos para ti.