lunes, 29 de febrero de 2016

28 de febrero. Día de Andalucía (Un motivo de reflexión)




(En primer lugar me gustaría pedir al lector su opinión sobre este blog. Al margen izquierdo encontrarás una encuesta a la que te ruego respondas si te apetece, claro está, para orientarme respecto al mismo. Gracias de antemano)


Las obras de arte que nos suelen resultar más atrayentes, más completas y seductoras, suelen ser aquellas que nos permiten elucubrar sobre ellas intentando comprender y aproximarnos al mensaje que el artista pretende mostrar, siendo protagonistas de esa interpretación. La ambigüedad, los mensajes subliminales, la simbología, etc. conforman un  abanico de posibilidades interpretativas que nos atrapan cuando queremos llegar al fondo de la obra. El enigma y la vaguedad son retos a nuestra inteligencia que nos invitan a elucubrar, a discernir, a establecer hipótesis interpretativas del mensaje para comprender mejor la obra del artista. En todo caso, no estamos exentos de proyectarnos en la interpretación. Ya sabemos que el ser humano establece su pensamiento y análisis, en la mayoría de los casos, con una buena dosis de proyección personal donde se vuelca un complejo entramado de conocimientos, sentimientos, experiencias, motivaciones, actitudes y conductas mediatizadas por su personalidad y que condicionan su visión de las cosas.

En piscología se intenta, incluso, llegar a un diagnóstico del sujeto en función de la interpretación que hace de determinadas figuras, como es el caso del Test de Rorschach, donde se entiende que, según su personalidad, realiza una proyección interpretativa de la mancha que se le muestra.

Cuando visito un museo de pintura, por ejemplo, me gusta observar la imagen e interpretar lo que el artista quiso decir con la misma, sobre todo cuando hablamos de arte abstracto, tendiendo a lo que entendió el ruso Pável Filónov como arte analítico, buscando a través de la figura la esencia de su interior, pero tratando su influencia como resonancia en mi interior de la expresividad del artista. Qué es lo que me transmite, qué sensaciones despierta en mi interior, qué emociones me provoca. Eso me pasa también con la música: Me gusta escuchar a Bach, Mozart, Beethoven, Vivaldi, etc. incluso, música pop, y entregarme a las emociones que despierta en mi yo profundo. La belleza, como dijo alguien, y si no lo digo yo, no está en las cosas sino en los ojos que las miran, en la capacidad de observar y comprender esa belleza.

Y ahora me dirás, a ver qué narices quiere decir hoy este. Pues bien, todo viene a cuento de una foto que hice ayer. Una panorámica que me dio que pensar. Era 28 de febrero, día de Andalucía. Y tal vez por eso, por esa especial sensibilidad que se despierta en tan señaladas fechas, andaba haciendo fotos de la zona de mi pueblo, un lugar en la Andalucía profunda, rodeado de olivar, montes, oteros y huertas, al que suelo ir todas las semanas. Se llama Cuevas de San Marcos, para más señas, ubicado en la parte norte de la provincia de Málaga.

La verdad es que con el tiempo que hacía, nubes intensas y amenazantes, claros a veces, lluvia en otros momentos, incluso mortífero granizo, junto a juegos de luz y de sombra, con cielos de tonos variados entre grises y verdes, coronados por claros que mostraban un azul celeste prometedor, pero bajo un frio desacostumbrado por estos lares, el panorama no dejaba de ser una continua sorpresa por la originalidad de las imágenes y la tonalidad que nos mostraba.

Estos días, donde se celebran las fiestas de la comunidad autónoma, se suele acompañar de algunas reflexiones sobre la tierra y su gente, sobre el ayer y el mañana, sobre lo que fue y lo que nos gustaría que fuera, sobre el tenebroso hoy y el incógnito futuro. Pero, claro, no podemos negar que en ese momento estamos en excelente disposición para ver la parte linda de la vida, de nuestra tierra, los aspectos más maravillosos que tiene, y tendemos a loarlos. Parece que la lealtad nos obliga a venerarla ese día, a verla como la tierra más maravillosa del mundo, sintiéndonos hijos agradecidos.

Tomé la foto que os presento, que para mí es bella y conjuga una composición rica en matices, en expresión simbólica donde se concatena la tierra con el cielo, el agua con la luz, los tonos de las luces con las sombras… tranquilamente sentado me di a elucubrar, a buscar su simbología interpretativa. Sígueme si te apetece y daremos una vuelta por la imagen. Empieza a imaginarte que es un Test de Rorschach que nos ofrece este cuadro para que lo interpretemos.

Sobre nosotros un cielo cubierto de nubarrones amenazantes, que escapan a nuestro control y que nos tapan la savia que el sol nos envía. Sin luz no hay vida, ni libertad para hacer volar nuestra mente al cosmos buscando las estrellas que nos guíen al Belén de la esperanza. Al fondo se vislumbra esa luz que descubre el perfil de la amenaza de las nubes, a la par que las destroza o las diluye abriendo la ventana que nos lleva al firmamento libre. Juega la luz perfilando con colores los bordes de las nubes y atravesando su cuerpo, ya debilitado, con los rayos luminosos que se muestran atrayentes como imanes de vida. Encima de nosotros oscuras nubes que amenazan, al frente atrayente luz de lúcidas promesas, mientras en tierra observamos en la oscuridad el camino serpenteante que nos conduce hacia el horizonte dominado por la luz, lejos, lejos, lejos… ¿El viento azaroso será nuestro aliado para despejar de oscuridad nuestro horizonte? ¿O acaso conducirá las pérfidas nubes hasta ocupar el futuro en lontananza, matando la esperanza de encontrar aquella luz que nos ofrece un futuro de optimismo?

¿Y no es eso lo que realmente está moviendo al mundo? Negras nubes amenazan a los hombres. Los guías que nos llevan por el camino no se aclaran, ni nos crean confianza, discuten entre ellos sobre la ruta más adecuada para llegar a un destino final que no tenemos claro. Al fondo vemos y sabemos cuál ha de ser ese destino, pero no se ve ni conocemos  la ruta y puede que la tormenta nos arrastre a la miseria antes de llegar a la meta. Sabemos lo que queremos, pero el conductor nos engaña y nos lleva por senderos extraños, diferentes a la ruta que nos prometió. Ante la tormenta nos cambia el sentido de la marcha justificándolo en inundaciones y miserias, en amenazas de ladrones y salteadores del camino que pudieran quitarnos lo poco que llevamos. Tal vez sean aliados y nos lleven a la trampa, a su horizonte de negrura.

Al fondo está la luz, en la cima de la montaña se esconden los bandidos de la banca, por el valle de lágrimas buscan su salvación los refugiados que huyen de la amenazante guadaña de la guerra, nosotros caminamos entregados al guía que nos conduce por tortuosas carreteras con promesas de libertad y bienestar que desmientes los hechos del día a día. ¿Vendrán mejores tiempos donde la tormenta escampe, donde las nubes levante vuelo y se diluyan en la nada, o ya estamos condenados a un nuevo mundo de pobreza, injusticia y desesperanza?

¿Qué será de mi Andalucía y de su gente el día de mañana? Tenemos la esperanza de la luz que se otea al horizonte, sabemos el camino hasta llegar a ella y debemos mostrarlo a nuestros hijos; muchos de nosotros caeremos antes de llegar a la tierra prometida, pero ese camino de futuro se fragua educando a nuestros hijos en el ejercicio de la libertad y responsabilidad y desarrollando su capacidad de discernir para que los falaces guías no sean necesarios, para que ellos, por su propio pie y sus exigencias a los guías, sepan alcanzar un mañana pleno…


Extraño panegírico el mío para celebrar un día de Andalucía que se alboroza en festejos, pero esta no deja de ser otra forma de desear lo mismo, al fin y al cabo, todos deseamos un mañana feliz a nuestros gente…



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