miércoles, 24 de febrero de 2016

VIAJAR: De Myrtle Beach a Savannah


Lago Prices Swamp Run

Los EE. UU. conforman un país polícromo, de tal diversidad en colorido, orografía, razas y culturas que no deja de sorprender al visitante. No es una unidad sino una alianza, más o menos instaurada, que permite la convivencia mediante un ordenamiento jurídico y normativo que a muchos nos sorprendería en una nación como España, pues las diferencias, incluso de carga tributaria entre sus estados, no son homologables a nuestro ordenamiento jurídico.  No es de sentido común, para nosotros, que en Delaware no se pague impuestos mientras en Pensilvania, que está justo al lado, se machaque al personal, sobre todo en el consumo de bebidas alcohólicas. ¿Qué pasa? Pues que la gente de Pensilvania va a Delaware a comprar sus cosas y, sobre todo, sus vinos europeos a precios razonables.  Una botella de cualquier vino español, eso sí de marca y con madera, puede costar entre un 40 y un 100% más que aquí. Otra curiosidad de Pensilvania y otros estados, es que los establecimientos de restauración, si quieren servir alcohol, han de pagar un impuesto especial, por lo que está permitido que el cliente lleve su propio vino para el consumo en la comida en aquellos establecimientos que no tienen licencia para servirlo.
 
Tomando vino de las bodegas de Francis Ford Coppola

La primera vez que lo visité me sorprendió el sistema que tienen de propinas. Tú pasas la tarjeta de crédito con el precio estipulado de la factura y te presentan un pre-recibo para que calcules el importe de la propina que darás, lo sumas al montante del consumo y obtienes el importe final, antes de pasar al cobro bancario. Esta propina, que solo se da cuando se recibe un servicio personal de camareros, se calcula entre un 15 y un 20% aproximadamente, en función de la calidad del servicio que has recibido, siempre bajo tu criterio. El mismo sistema impera también en Canadá, tal como comprobé en mi visita a las Cataratas del Niágara, al cenar en la torre Skylon y otros lugares.

Se pueden transportar hasta casas
Llama la atención, también, el nivel de circulación que hay en todas las autopistas, sobresaturadas en su mayoría, pero sobre todo en la interestatal 95, que recorre, próxima a la costa, todo el este, partiendo de Houlton (Maine) en la frontera con Canadá y terminando en Miami (Florida) al sur. Es decir, pasa por 15 estados, en una trayectoria de más de 3.000 kilómetros. Por lo general se puede circular a 70 millas por hora en la mayoría de su trazado (70 millas = 112 Km. Aprox.). Otra de las cosas que sorprende, además de la intensidad del tráfico y del número de carriles por calzada en algunos tramos, es los impresionantes camiones al estilo americano. Grandes vehículos tractores arrastran enormes remolques a considerable velocidad (la máxima permitida) con sus potentes máquinas de muy diverso pelaje y diseño. Los preparados para largas distancias van dotados de recursos para poder prestar un servicio completo a los conductores, garantizando una confortabilidad aceptable.
 
Lindo ejemplar de camión en ruta
Nosotros, en una primera etapa, partimos de Pensilvania con destino a Carolina del Sur, con parada para dormir en Rocky Mount (Carolina del Norte). Llegar a Myrtle Beach (Grande Dunes de Marriott) de una sola tirada se hacía largo. Viaje, pues, desahogado con pequeños contratiempos que se solucionaron con la información obtenida de internet y buena disposición, sobre todo para encontrar lugar donde cenar a las 22,30 de la noche en un país acostumbrado a hacerlo a las 6 de la tarde, además aderezado con un frio invernal a esas horas. El desayuno, aunque no sea muy variado en la cadena Marriott, era aceptable. 

Casa en el campo
Durante el viaje vimos el paulatino cambio de un entorno donde se fue modificando la propia arquitectura de las casas, su distribución a lo largo de la ruta, la ubicación de un sinnúmero de iglesias de diferentes confesiones, el cultivo de los campos y las casas solariegas con sus almacenes y graneros, sus tinglados para la maquinaria y su ubicación entre bosques y cultivos nos trasladó a los tiempos de la guerra de secesión. Al contrario que en el norte, es habitual encontrar porches en las casas del sur, sobre todo por la mejor temperatura de que goza y, no sé si por tener un lugar al aire libre desde donde vigilar mejor la propiedad. A mí me recordaron a la señorita Escarlata de “Lo que el tiempo se llevó”.
 
Esto más que una casa es una mansión
Ya sabéis que las dos Carolinas, la propia Virginia y Georgia, junto a otros estados del sur, formaron parte de la confederación secesionista en la llamada Guerra de Secesión Americana, apodados los Sudistas o Confederados. Una de las causas principales del conflicto fue el abolicionismo de la esclavitud que predicaba el norte y la resistencia que oponía el sur. El sur es una zona eminentemente agrícola, sobre todo productora de algodón, con mucha necesidad de mano de obra, a la que daban respuesta los brazos de los esclavos, básicamente negros. Al hablar de Savannah volveremos al tema, pero antes una pequeña reflexión sobre esas casas de labranza aisladas en el campo. No soy partidario de que nadie tenga armas de fuego en su casa libremente, pero cuando se ve aquella soledad y aislamiento se empieza a pensar que es lógico que esta gente busque reafirmar su seguridad con estas armas ante agresiones de alimañas y/o indeseables, aunque, en el fondo, los riesgos de tenerlas sean superiores al no poseerlas, pues una vez se tiene se justifica el uso, si no para qué se tienen.
 
Casa de cultivo junto a la carretera
Desde un punto de vista social y relacional, se adivina, viendo tanta dispersión, que el punto de encuentro de esa gente sería la iglesia y otros lugares establecidos para la reunión, bien sean bares, salones o clubes sociales. Trabajaban toda la semana y llegado el weekend todos a misa, o al acto religioso de su culto particular, ropa limpia y aseados, saludar y charlar con los vecinos, mientras los jóvenes buscan entre la gente a la chica o chico que les gusta y procuran conquistarla/o a la par que se toman una limonada en los alrededores de la iglesia en compañía del resto de feligreses o se escaquean de los mayores para actuar con libertad. Las iglesias, que suelen estar al borde de la carretera, tienen una buena zona de aparcamiento para los feligreses asistentes. Bucólico asunto, ¿verdad?
 
Iglesia en el camino
Ardillas en el centro comercial

Casa invertida

Hard Rock café

Sigamos. Dos ciudades a reseñar de esa zona, la propia Myrtle Beach (Carolina del Sur) y sus aledaños y Savannah, en Georgia. Myrtle nos ofreció dos caras bien distintas, una en su parte Norte, donde comimos en el Tbonz Gill&Grill, junto al lago Prices Swamp Run, y paseamos por la zona turística y comercial, con construcciones bajas y amplias avenidas, y la otra al Sur más turística y de ocio, donde tomamos un café en el espectacular Hard Rock, un local construido en una pirámide de 70 pies, con motivos egipcios, que alberga importantes testimonios de la música de las últimas décadas. Después, paseamos viendo la casa invertida, al estilo de la que hay en Mallorca, aunque he de decir que a mí me gustó más la nuestra, y una zona alrededor del lago con comercios y lugares de ocio.


El Resort donde nos alojamos

El Resort donde nos alojamos, Ocean Watch Villas de la cadena Marriott, era una pasada por los servicios que ofrecía y su ubicación, contando, incluso, con una piscina al aire libre con agua templada (al menos eso nos pareció al tocarla y ver que un sujeto nadaba alegremente en ella a pesar del frío), zona ajardinada con barbacoa, acceso directo a la playa y unas dependencias muy bien dotadas en cada apartamento: Cocina completa a la americana con lavadora, secadora, lavavajillas, microondas y demás utensilios; gran salón, dos habitaciones amplias con baño y buena terraza no muy utilizable en pleno enero. La vista de soslayo estupenda, de un mar Atlántico de lindo amanecer y, abajo, las instalaciones de la piscina y jardines.
 
Frank y Eva
Dicho esto, me paro y hago un homenaje especial a mi amigo Frank que fue el cicerone y el que realizó todas las gestiones para planificar y dirigir el viaje, junto a su esposa Eva. Esta experiencia sirvió para consolidar más, si cabe, nuestra amistad. Frank y Eva nos recogieron en el JFK de Nueva York y nos dejaron allí 3 semanas después. Durante todo este tiempo permanecimos unidos como una familia que convive en el día a día. Hasta tal punto que yo, que no soy creyente ni voy a misa, los acompañé dos veces a sus actos religiosos sintiéndome invitado a esa otra casa que compartía con los de su fe.

Bueno, hable de dos ciudades de esa zona y me he dejado una en el tintero, pero no olvidada sino relegada para el final haciendo honor a su singularidad y belleza. Me refiero a SAVANNAH en el estado de Georgia. Algunas fotos para empezar:
 
Loli y Eva en el puerto de Savannah

Loli y yo en el puerto

Buscando donde comer

Zona del puerto

Rio Savannah con el puente al fondo

Los cargueros suben por el rio

La ciudad de Savannah es la más antigua del estado de Georgia, fundada por el general James Edward Oglethorpe el 12 de febrero de 1733 como parte de la Colonización escocesa de América con 120 pasajeros, ingleses y escoceses, transportados hasta el lugar por el buque Anne. La colonia se vio reforzada en julio de ese mismo año con la llegada de algunas familias judías de origen portugués y español, cuyos ancestros habían huido de la persecución a que le sometió la Inquisición. (Por lo que se ve, también hay sangre española en su fundación). Es conocida por ser la ciudad más "hechizada" de los Estados Unidos, con más de 80 cementerios y cerca de 50 edificios encantados donde se datan fenómenos paranormales, que llama la atención de quien visite la ciudad.




Vistas de casas de la ciudad de Savannah

Ese dato, al igual que todos los históricos tomados de internet por mi parte y que pongo en cursiva, no lo pude comprobar pues, aunque sentí la llamada de un cementerio en el interior de la ciudad, no tuvimos presencias del más allá. El asunto de los cementerios en los EE. UU. es muy singular, suelen estar todos sin cerramiento, dentro del casco urbano en muchos casos y perfectamente limpios, con enterramientos en el suelo, sin bóvedas como nosotros, aunque sí panteones. Los he visto en el centro de Nueva York, Filadelfia, West Chester, Boston si no recuerdo mal, el mismo Washington y alguno más que no recuerdo. Dejemos el más allá y centrémonos en el más acá.


Vista de casas

El nombre lo recibe del río Savannah, que determina el límite entre Carlina del Sur y Georgia y desemboca en el Atlántico, siendo navegable para barcos, incluso de gran tonelaje como cargueros de contenedores, conformando una vía de comunicación con el exterior y permitiendo que su puerto comercial haya tenido y tenga gran importancia. Digo “tenido” porque tras la guerra de secesión, al ser ciudad perdedora, quedó algo marginada al progreso hasta años más recientes.  Desde la orilla se ve un espléndido cauce, amplio y, como ya dije, navegable, con un gran puente elevado (Talmadge Memorial Bridge) que permite el paso desahogado de los distintos navíos que atracan en su puerto. La zona portuaria, que se extiende a lo largo de 13 kilómetros de orilla del río, está cargada de encanto. Casas y edificios de los siglos XVIII y XIX te retrotraen a un pasado mágico. Calles empedradas, pendientes y escaleras, muros defensivos, y construcciones sólidas, de puertas bien enmarcadas y amplios muros, influidos por la humedad proveniente del puerto.




Zona del puerto

Queda a la imaginación, esa fantasía de ver los esclavos negros cargados de balas o fardos de algodón, haciendo de estibadores, mientras el señor vigila la faena, desde su coche o caballo, dándose golpecitos en la pierna con su vergajo o fusta; sujetos pendencieros, entre truhanes y piratas, que salen borrachos o acalorados, de los oscuros bares con sobredosis de ron, en actitud retadora; señoritas bien vestidas protegidas por criados o mozalbetes que las acompañan mientras ellas se sorprenden ante las fatigosas labores portuarias, o por esclavas-sirvientas como Mammy acompañando a la señorita Escarlata; sumisos esclavos por obligación que miran de reojo al señor amenazante con la fuste si no cumple su cometido;  carros, caballos, mulos y bestias de carga transitando como enjambre por las vías y aledaños… mientras un barco de vapor resopla fatigoso para mover las ruedas de aspas o palas que le hace avanzar lentamente por el río, bufando y avisando de su tránsito. Solo nos queda imaginar a las tropas del general nordista William Tecumseh Sherman a las puertas de la ciudad como último baluarte a rendir en el estado de Georgia, lo que le condenó al ostracismo durante muchos años…

Otras vistas de casas
Al otro lado del muro portuario, por encima del mismo, se extiende la ciudad vieja, no sé si se puede decir vieja a una ciudad que se fundó en 1733, o sea, anteayer desde una perspectiva histórica. Calles amplias, con árboles en sus aceras, casas de estilo colonial de dos plantas, balconadas cubiertas para que las señoras y señoritas pudieran gozar del espectáculo del circo callejero y cuchichear a gusto, mientras labraban con arte sus bordados. Escaleras de acceso a la vivienda y trampilla de bajada a las carboneras, con fachadas preciosistas y ventanas con visillos encubridores de curiosas miradas aviesas.




Sus calles y plazas

Caminas por la calle y, de cuando en cuando, te encuentras con una placita arbolada a modo de jardín (tiene 24 de estas plazas), deliciosos espectáculo que conjuga el verde vegetal con el ladrillo y el revoco en las fachadas adornadas de las casas que cercan la zona completando el cuadro. El cementerio colonial, incrustado en el mismo centro de la ciudad, nos recuerda a los que se fueron pero siguen presentes en la mente del colectivo, estatuas, cruces y lápidas le dan el sombrío aspecto que merece. A una manzana, la catedral de San Juan Bautista, fundada en 1802 por los franceses que huyeron de Haiti, se eleva poderosa sobre las casas bajas, con dos torres que vigilan el entorno dominando el panorama, oteando en lontananza. Cerca, a un tiro de piedra, la sinagoga reivindica su presencia de la mano del colectivo judío, en parte shafardí, que levantó la ciudad hace tres siglos.

Cementerio


La catedral con y sin luz.
La luna llena se asoma tras la torre de la izquierda.

Ya es tarde. La luz se va apagando por el horizonte. El cansado sol, por tan larga jornada de trabajo, se despide buscando el relajo y el sosiego en los confines de la tierra. Entre sombras y luces aparecen las farolas dando la luz alternativa que ilumine el canto nocturno de la noche, compinche de la luna, que aparece adornando con un tenue manto de plata a las plazas, las calles y tejados de los hogares. Sentimos el hechizo de la ciudad que reverbera entre sus calles y sus casas con esa luna llena de brujas y de magia que te ancla y amarra para que no huyas, para que no te vayas. Es tarde, rompemos las cadenas y escapamos de ese encanto que nos quiere atrapar y nos atrapa.
 
La sinagoga

El coche ya rueda hacia la casa, dentro de poco estaremos de vuelta en Myrtle Beach con la mente saturada por las imágenes que se fueron anclando en la memoria… una ciudad para no olvidarla. La única salida de su embrujo es el inmenso puente Talmadge Memorial Bridge que nos lleva al otro lado del río, a Carolina del Sur. Desde allí una última mirada, adornada por la luna y la luz de las farolas, nos reta en el recuerdo de tanta belleza y tanta magia. Tal vez sus casas encantadas, sus brujas y su hechizo, actúen como imán que nos atrapa esa mirada; tal vez su encantamiento sea verdad y, aunque te vayas, se ancle a la memoria para ir contigo allá donde tu vayas, sin encontrar el sortilegio que desate su magia, quedando de por vida atado al embeleso de sus casas.



Se hizo de noche, adios...

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