lunes, 14 de abril de 2014

83 aniversario de la II República Española


Este año y en esta fecha, 14 de abril, se cumplen 83 años de la proclamación de la II República. Pocos testigos vivos nos quedan. Mi madre, a sus 93 años, recuerda aquello, pero desde la lejanía, desde el pueblo de la Andalucía profunda, donde la mujer no solía ser muy beligerante, aunque en el campo andaluz había importantes movimientos anarquistas y socialistas. El año pasado, por estas fechas, dejé una pequeña reflexión sobre la república, como recordatorio de la fecha y los hechos que se dieron en España.  La podéis cargar cliqueando aquí.

Hoy, como es menester, como se merece la historia, pero, sobre todo, como una forma de compartir pensamiento y reflexión sobre algo tan importante como es el sistema de convivencia democrático y cuál es la forma ideal que pueda garantizarlo, me permito ahondar en el tema. Para tener una visión argumental más sólida y consistente, deberíamos pasear por la historia, pero como el tiempo y el espacio es reducido, lo haré de forma somera.

La monarquía, en el pasado, estuvo cargada de totalitarismo, salvo en Inglaterra, donde el rey se sometió a la voluntad popular forzado por conflictos e imposiciones del propio parlamento (ver su historia). El caso más representativo de absolutismo real es el de Luis XIV de Francia, que llegó a decir: “El Estado soy yo”. El asunto se agrava cuando este absolutismo se fundamenta en una monarquía teocrática, es decir, cuando se acaba aceptando que el rey gobierna “por la gracia de Dios”. Entonces Dios, Patria y Rey son los elementos que consolidad el Estado. En nuestro caso vivimos no hace tanto tiempo un Caudillo que se consideraba tal “por la gracia de Dios”, como ponían las monedas de curso legal en aquellos tiempos: “Caudillo de España por la gracia de Dios”. Lo dejaré así, sin mayores comentarios, porque hay que tener gracia divina para hacer lo que el sujeto ejecutó. Yo no le veo la gracia a ese dios que permite nos gobierne, bajo el influjo de las armas y del miedo, un sujeto cargado de responsabilidad por la muerte de tantos españoles.

Una característica, del histórico asunto monárquico, está en que el habitante del territorio, no es soberano, sino vasallo del señor, bien del propio rey o de la nobleza que lo es, a su vez, del rey. El rey manda y dispone de tierras, bienes y su gente. Define alianzas, parte o reparte el reino entre sus hijos, o los aglutinan bajo su mando por herencia o conquista, previo reparto del botín con los nobles que le apoyaron. No cabe, en absoluto, un sistema participativo de la ciudadanía. Si bien el Estado no es él, sí es suyo, o lo toma como propio en todos sus sentidos, junto a la caterva de sujetos que le acompañan en la corte como miembros de la nobleza. Es  más, el concepto ciudadano no se otorga hasta la propia revolución francesa, aunque ya existía en la antigua Grecia o Roma, pero limitado a los hombres libres nacidos en la ciudad o el imperio romano, pero tras eliminar a la realeza y nobleza del campo del poder en una revolución sangrienta donde la guillotina hizo de las suyas.

Otra cuestión digna de mención es cómo se entrelaza, desde tiempos remotos, la religión y el poder. Los reyes son ungidos por el clero, dando con ello el espaldarazo a esa voluntad divina de nombrar al rey con su gracia, como decía antes. Hasta tal punto, que, incluso, se ha buscado la sangre de Cristo en las casas reales para revestirlas de más poder a través de los merovingios. Según algunos escritos y leyendas, María Magdalena era la esposa de Jesús de Nazaret, con quien tuvo descendencia, y se instaló en Francia huyendo de Judea, de lo que no hay constancia o evidencia concluyente. Según algunas novelas y ensayos esotéricos los merovingios son descendientes de una supuesta relación entre Jesús de Nazaret y María Magdalena, quienes habrían tenido una hija, Sara o Sara la Negra, que migró desde Judea, a través de Egipto (Alejandría), al sur de Francia, desde donde se habría desarrollado un linaje cuya estirpe llegó al poder del reino franco. El Santo Grial, la Sangre de Cristo, sería Magdalena y su descendencia merovingia, madre de las casas reales europeas… “por la Gracia de Dios”. En el mundo musulmán, donde se da una teocracia,  existe cierta similitud, si bien, en este caso, sea la descendencia de Mahoma: “Muchos líderes y nobles de los países musulmanes, actuales y pasados, afirman ser descendientes de Mahoma con variables grados de credibilidad, tales como la dinastía fatimí del Norte de África, los idrisíes, la actual familia real de Marruecos y Jordania y los imanes ismaelitas que usan el título de Aga Jan· (SIC).

En definitiva, la religión y el poder real han estado casi siempre muy ligadas en sus objetivos. Las dos son organizaciones absolutistas, donde el poder es asimétrico, emana de arriba y transita hacia abajo. El pueblo se ha de conducir y regir por las clases destinadas a ello y debe someterse a sus designios y ser adoctrinado en su credo y valores, donde se exalta la "pobreza", la "obediencia" y otros. Por tanto, la monarquía lleva implícita, desde un punto de vista histórico, la simbología de la soberanía y el poder unipersonal. Esta asociación pesa en el subconsciente colectivo de la sociedad y cualquier revolución que defendiera una ideología igualitaria, de justicia social, acababa por meter en el mismo saco a ambas entidades. Pasó en Francia con su revolución, pasó en Rusia con la suya y nos pasó aquí con las fuerzas revolucionarias en los tiempos de la II República.

¿Y de este “totum revolutum” aparente a dónde llegamos? Pues yo pienso que a entender la monarquía como algo anacrónico, condicionada por el pasado y con la semilla de un absolutismo, más o menos domesticado por los avatares de los conflictos sociales que nos precedieron, pero carente, en su esencia, del proceso democrático que la consolide, ya que la democracia implica la reversibilidad del voto mediante elecciones periódicas.

El gran reto, de cara al futuro, desde la perspectiva democrática, está en consolidar un sistema que reconozca la soberanía popular, que garantice su progreso hacia un ser más completo intelectualmente, que los adoctrinamientos religiosos sean exclusivos de cada religión y la laicidad lo sea del Estado. En suma, un desarrollo de una democracia real, responsable, de implicación en la gestión pública, donde el voto sea renovable para todos los estamentos implicados en la administrar de la cosa pública. Esto, para mí, se puede hacer mejor con una república que con una monarquía, por muy parlamentaria que sea, ya que la valida la sangre y no las urnas.

Es cierto que determinadas monarquías europeas persisten y se mantienen de forma consensuada, ya que están consolidadas a través  de los años por una aceptación social de sus pueblos. Son como floreros, que se empiezan a cuestionar, no solo por asuntos ideológicos, sino por el coste que representa su mantenimiento. El problema es que no se someten a referendum o elecciones periódicas, ni siquiera en sus momentos más impopulares, en que han mostrado su incapacidad, su incompetencia, y han defraudado al pueblo soberano, máxime si se amparan en su inviolabilidad e impunidad, para actuar a su libre antojo, sin que la ley pueda hincarles el diente.

La complicación, dado que la solución pasa por la reestructuración del sistema, es que los poderes fácticos que viven de la desigualdad, de la asimetría económica y social, se resistirán a ello y seguirán reclamando el modelo de organización social que les encumbró y mantuvo en el poder desde el lejano pasado. Defender la monarquía como forma de convivencia, sobre todo entre los españoles, conlleva la amenaza de que si me la quietas la lio, o sea te introducen el miedo, mientras que el republicano sí ha de estar sometido sin liarla, pues ya se vio lo que pasó cuando llegaron las repúblicas a este país.  Pero diré, amigos, lo que pasó en tiempos de la II República: Un grupo de insurrectos, amparados en el desorden que ellos mismos potenciaron, trajeron la guerra para evitar un mal, al que ellos definían como mayor, pero la guerra resultó el peor de los males que le puede pasar a un país, con cientos de miles de muertos y la continuación de la injusticia social que se pretendía subsanar, por la república, bajo el dominio de la soberanía popular. Este país, posiblemente, esté condenado al ostracismo cuando dice: Prefiero malo conocido que bueno por conocer. Es claramente un mensaje conservador. Perpetuaron, pues, el sistema de desigualdad de clases que quería neutralizar la república.

Desde un punto de vista más universal y dejando lo ocurrido en esta España anacrónica, defensora de principios y valores que encajaron en el Nacional-catolicismo de la etapa franquista, de donde emana nuestra monarquía actual, hemos de analizar cómo la democracia se asienta en los pueblos a través del espíritu que predican las repúblicas. La república retoma su valor más significativo a través de la Revolución francesa donde “la idea de libertad, igualdad y fraternidad incluían a todos los hombres nacidos en el país, sin importar su condición social (excepto los criminales). La ‘Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano’, algunos años después, significó la consolidación de esta ampliación del término”. La soberanía pasa, del llamado soberano o rey, al pueblo. Si el pueblo es soberano, para qué quieren a otro soberano, podríamos decir…

De allí surge la I República francesa, que no durará mucho (12 años) y se debatirá Francia entre la guerra y el desencuentro que lleva todo cambio instaurado por la violencia. República, imperio y monarquía (Iª y IIª restauración)  van apareciendo hasta la V República que es vigente. Digo esto por la conflictividad que genera un cambio de tal calado hasta que se instaura un sistema definitivo que manifiesta su bondad para, incluso, ser exportado a otros lugares, como ha sido el caso francés, que fue espejo y precursor de la idea de libertad y soberanía popular.

Sin embrago, es significativa la resistencia de las clases pudientes y de aquellos que van ostentando el poder. Si observamos esa evolución va acompañada de un proceso de desarrollo social, cultural y educacional, que sitúa al ciudadano en una disposición para ejercer una soberanía responsable. Es decir, le dota de recursos intelectuales y cognitivos, suficientemente elevados, para poder manifestar y sostener su posición de forma razonada. De ahí que no esté bien visto por los antidemócratas la educación en el librepensamiento y pretendan el adoctrinamiento con sus “ismos” correspondientes (cristianismo, islamismo, comunismo, capitalismo, etc.).

Después de esta disquisición creo que es bueno llegar a algunas conclusiones:
·        La primera es que el problema de nuestra sociedad no está tanto en el dilema república vs. monarquía, sino en la necesidad de un verdadero cambio social que nos lleve a otro sistema más justo, donde el ser humano sea el elemento clave y no el dinero.
·        Se han de eliminar o reconducir aquellos elementos que siguen siendo una rémora del pasado y coartan la evolución de una sociedad libre y democrática… entre ellos las religiones y su influencia en el ordenamiento social.
·        Necesitamos otra constitución, otro conjunto de leyes que nos proteja de los abusos del capitalismo, del codicioso mercadeo y de todo lo que lleve el sufijo “ismo” para conseguir instaurar la democracia real.
·        Se ha de modificar el sistema educativo para hacer al ser humano un librepensador, un sujeto con capacidad para ejercer un pensamiento responsable y propio, para salir de la mediocridad que conduce al aborregamiento.
·        Se han de cambiar las reglas del juego para que el verdadero poder lo ostente el ciudadano desde la razón y la voluntad en su sentido humanista.

Por tanto, entiendo que:
·        La monarquía está ligada al pasado y es patente su anacronismo social.
·        La soberanía popular conlleva la elección libre y democrática de todos los entes que conformen el gobierno de los Estados Democráticos.
·        Si la idea de monarquía, en su génesis e historia, estuvo asociada al poder absoluto, la república se fundamentó desde su esencia y gestación en la libertad de los pueblos y en la defensa de sus derechos y exigencia de sus obligaciones.
·        Los principios republicanos siempre defendieron una educación del pueblo en la ideología de la libertad, de su desarrollo intelectual, en la igualdad y la solidaridad.

A la vista de esto, concluyo que el sistema republicano es más afín a los intereses del pueblo, de la gente, de la ciudadanía. Que facilita mejor la evolución sociocultural y que, siendo estructuralmente más democrático, permite el proceso evolutivo de nuestra sociedad hacia un mañana más equilibrado.


Por tanto, hoy más que nunca, habrá que gritar ¡VIVA LA REPUBLICA!


2 comentarios:

Prudencio dijo...

A veces uno se ha preguntado como hubiese sido España y donde estaríamos ahora si no hubiesen cercenado la ll República, y a tantos hombres y mujeres.Sin duda la libertad , la igualdad y la justicia hacen hacen sociedades mas razonables y prósperas. Ya que no la dejaron vivir merece nuestro reconocimiento gritando : VIVA LA REPUBLICA. Un abrazo, Antonio.

luna llena dijo...

Sí, VIVA LA REPÚBLICA pero primero que se haga justicia, metan en la cárcel a todos los ladrones y que devuelvan el dinero, no hay día que no salga por los medios un nuevo caso de corrupción, no entiendo como los españoles podemos aguantar tanta mierda.
Me voy a preparar unas torrijas para mi gente, haber si les endulzo estos días.
Un abrazo.