martes, 11 de marzo de 2014

11 M. In memoriam


Monumento a las victimas en la estación de Atocha (Madrid)
Hoy se cumplen 10 años del fatídico día en que murieron 191 ciudadanos españoles víctimas del más cruel de los atentados terrorista de nuestra historia reciente (ver). Yo solo quiero dejar constancia del hecho para que la memoria no permita el olvido de tan execrable acto.

No puedo olvidar la sensación que  me produjo la noticia. Fue una mezcla entre ira, desazón, indignación, estupor, incomprensión, confusión, incredulidad, vergüenza humana, etc. Un acto injustificable bajo ningún concepto. Cuando empezaron a decir que había sido ETA, he de reconocer que me sentí profundamente dolido al pensar que unos sujetos de mi misma cultura, de mis mismos principios occidentales, educados bajo el credo religioso y social que compartimos en el mundo occidental y democrático, pudieran haber llegado a enloquecer a semejante nivel. No comprendía cómo podíamos haber generado sujetos que fueran capaces de matar indiscriminadamente por una idea. No justifico causar la muerte a un semejante bajo ningún concepto, pero en este mundo de locura siempre se alabó la heroicidad de quien es capaz de matar por ideales y eso me apenaba, pues yo creo en la palabra como arma o instrumento de confrontación de ideas y no en los fusiles y las bombas.

Me resultaba extraño que, tras la experiencia del atentado de Hipercor de Barcelona, con 21 personas fallecidas, ETA hubiera cometido el mismo error. Ellos deberían saber que su apoyo en la sociedad vasca tenía unas líneas rojas que habían sido traspasadas y que, si volvían a pasarlas les reportaría una desvinculación de la base popular del pueblo vasco, una pérdida de popularidad en cierto sector de sus bases. No, ETA no podía haber sido. A las 11 de la mañana se lo comenté a una compañera. No me encajaba en absoluto una acción así por parte de ETA en esos momentos. No porque no tuvieran determinados miembros la frialdad de hacerlo, sino porque no le era rentable estratégicamente.

Por la tarde, sostuve la misma tesis delante de una vecina esposa de un exguardia civil, que juraba y perjuraba que había sido ETA. Le argumenté que el hecho no se ajustaba a las normas de actuación de ETA, pues ellos, siendo unos criminales, sabían que podían producir hasta cierto daño y que, pasado ese daño, les era contraproducente ante la conciencia de los apoyos sociales de la ciudadanía vasca más beligerante, por lo que solían avisar para causar daño material, pero no víctimas, al menos en esos momentos. O sea, no tenían la rentabilidad que les interesaba. En mi caso, veía mucho más claro la mano del integrismo islamista. El caso del 11-S con las Torres Gemelas de Nueva York, donde dejaron de manifiesto su desprecio a la vida del infiel, su capacidad dañina y destructiva, su motivación para matar indiscriminadamente a seres humanos indefensos e inocentes, era un aval incuestionable que garantizaba la imputación de la autoría a estos sujetos irracionales y alienados.

Luego, mientras las víctimas y sus familiares sufrían la desesperación y el dolor, cuando no la muerte, el juego de los intereses políticos dejó claro que el ciudadano le importa un bledo a determinados colectivos del poder. Lo importante eran las elecciones que se celebraban dentro de tres días y había que neutralizar los efectos negativos del atentado, a la par que sacar un máximo provecho de los hechos. Si era ETA se presentaba un excelente momento para demonizar el independentismo vasco y dejar contra las cuerdas a la asociación terrorista, pues el crimen les descalificaba, les convertía en inhumanos, en bestias salvajes que han perdido la dignidad y se han convertido en alimañas ponzoñosas que no tienen alma humana, valores, ni principios que les permita justificar su existencia. Su execrable crimen dejaba claro que todos debíamos unirnos para aniquilar semejante amenaza, especialmente sus valedores vascos, apoyando, con nuestros voto, a quienes se habían identificado como adalides de la lucha contra ETA. Su base social, que la tenía, debía abandonarlos salvo ser considerados cómplices de semejante barbarie. Estoy convencido de que ningún vasco bien nacido apoyaría a alguien que mata indiscriminadamente a trabajadores y trabajadoras que acuden pacífica, e inocentemente, a su puesto de trabajo. No, no hay ideología o posición que valide un acto semejante, tan criminal y alevoso, que vea un enemigo en la persona que responsablemente acude a su trabajo.

Por otro lado, si era Al-Qaeda, se levantaría un debate social donde, tras la foto de las Azores, se podría interpretar que la histriónica aparición de nuestro presidente nos habría colocado en el punto de mira de los terroristas. Por tanto, la gente podría interpretar una causa-efecto no deseado para el gobierno del PP, que tenía unas excelentes perspectivas de alzarse con la victoria electoral en ese momento. Ello llevaría a dar el voto a la oposición y negárselo al PP por la nefasta gestión de la crisis de Irak y su alianza con Busch y su agresión injustificable.

Pero, una vez más, hay otras alimañas o carroñeros que se nutren de la desgracia. Aflora el cultivo de la confusión, de las hipótesis indocumentadas y tendenciosas, de los protagonismos personales de histriónicos comentaristas y analistas políticos y sociales, que llevan a teorías conspiratorias, a teóricos inductores que no andaban en desiertos ni en montañas… Intentos de sembrar el desconcierto y levantar la sospecha irracional, sobre el papel jugado por el partido contrario como agente conspirador que favoreció el hecho, cuando no como inductor, dejan en evidencia la calaña de quien es capaz de recurrir a esa ceremonia de la confusión para obtener renta política.

La verdad estaba velada. La sospecha de engaño era patente y la sociedad española, que no es tonta, andaba con la mosca detrás de la oreja. Una vez más, determinados políticos juegan a la ceremonia de la confusión, como decía. Se dan instrucciones incompresibles para potenciar la idea de que ha sido ETA y se pasa, casi de soslayo, por la hipótesis islamista. La convicción de que el PP mentía en su propio beneficio, de que ocultaba la verdad por interés de partido, sobrevoló el escenario y perdieron las elecciones. No obstante, el PP, siguió erre que erre con la teoría conspiratoria incluso una vez juzgados y condenados los autores de la masacre. No hay cosa más lamentable que un partido que no es capaz de asumir sus responsabilidades y contar y admitir la verdad de los hechos, aunque no le beneficie.

Luego vinieron los enfrentamientos y las divergencias entre las asociaciones de víctimas, que nos fueron dejando un amargo sabor de boca, como si en lugar de defender a las propias víctimas, en algunos casos, anduvieran defendiendo a los posicionamientos políticos de partidos afines y su propio protagonismo. En este país, al final, acaba uno observando que cuando se crea una organización con determinados objetivos altruistas, se puede acabar derivando en el mantenimiento de la estructura en beneficio de los sujetos que la dominan.

El tiempo, que todo lo cura, o lo sedimenta para analizarlo mejor sin excesiva emotividad que condicione el análisis, acaba poniendo las cosas en su sitio. El PP ya no habla de conspiración, de ETA como autora, de la conexión ETA-Al-Qaeda, no desautoriza a los jueces que dictaminaron la autoría del integrismo islamista. Tal vez sea porque ahora está en el poder, que es lo que pretendía entonces, sostenerlo y no perderlo. Al fin y al cabo todo se remite a eso: LO IMPORTANTE ES EL PODER.


Yo aprovecho para hacer mi reflexión y dejar constancia del dolor que me produjo aquel acto salvaje. Para, desde el recuerdo,  homenajear a las víctimas y sus familiares, a madre, como Pilar Manjón y otras muchas, y padres que sufrieron la amputación de su familia llevándose a un miembro de la misma. Detesto a quien en nombre de su dios se permite asesinar a las criaturas que ese mismo dios ha creado, como si le estuviera enmendando la plana. No creo en esos dioses, pero me gustaría que existieran para que, cuando llegara ese juicio final, les pidieran responsabilidades a esos criminales que en su nombre se permiten matar a esos seres que ese dios, como digo, les otorgó la vida. No habrá vírgenes esperando al héroe triunfador que se inmola, sino demonios de conciencia que le arrastrarán al averno. No es bueno corregir a dios, es mejor dejar que él tome sus decisiones y no interferirlas. 

2 comentarios:

Alicia sánchez dijo...

Fueron momentos de confusión , de líneas colapsadas, de miedo, de angustia. Yo estaba embarazada y tuve miedo de que mi hijo llegara a un mundo patas arribas...horrible, aún hoy se me pone la piel de gallina al recordar el miedo, y la respuesta masiva de toda España.

Antonio dijo...

Fue un acto criminal que nos mostró cuan indefensos estamos ante la maldad, amiga Alicia.
Un saludo